Cartas de amores y desamores

El amor es una emoción compleja, transcendente, gratificante, pero en ocasiones puede llegar a convertirse en un estado vital trágico y dañino. Hay amores que matan, y a pesar de toda precaución, es posible enamorarnos de nuestra perdición, de un ser que nos hundirá en el abismo, donde todo es inestable, violento, desconfiado y vengativo.

Llegada esta época del año, pre primaveral, los enamoramientos surgen como setas a los pies del árbol, y nuestras almas cautivas en los cuerpos materiales, entran en éxtasis tras la persecución de la belleza del otro, a la vez que sienten una moderada frustración sabiendo que dicha caza no dará el fruto necesario, porque por mucho que no lo queramos, seguimos encadenados al mundo propio. Esta idea de amor puro y platónico ha llenado, llena y llenará páginas y páginas de la historia de la literatura, sobre todo en su versión desgraciada, porque no hay pasión más desgarradora que aquella que nos hiere y nos mata, parece que esta malignidad del afecto es la que llena de verdadera existencia a nuestras vidas. Los amores correspondidos se diluyen con el tiempo entre los dulces recuerdos de imágenes cotidianas, los encuentros desengañados, por el contrario, se alzarán una y otra vez en nuestra evocación, como la escena más luminosa de nuestra novela.

De todos los libros románticos, ya he nombrado en varias ocasiones la “Heroidas” de Ovidio. Son 21 cartas de regias amantes despechadas, en las que el olvido, la soledad, la venganza y la melancolía se arrojan en forma de versos sobre los amores traidores. “21 cartas desgarradas de Penélope hacia Ulises, de Briseida a Aquiles o de Elena a Paris, donde el autor se mete entre las faldas de la heroína e imagina la firmeza del trazo de su pluma a la hora de soltar sapos y culebras sobre el marido infiel. Particularmente conmovedora es la de la Reina Dido escribiendo a Eneas y sobre todo en la versión musical de la opera de Purcell: El lamento de Dido

En la entrada anterior hablaba del Vellocino de oro y el inicio de una leyenda que perdura hasta nuestros días, sobre el poder escondido en la piel de un carnero. Todos estos relatos épicos corren paralelos a las historias de amor y honor de sus personajes, como combustible de la aventura, y si las batallas sembraban los campos de cadáveres, también los versos se iban rellenando de almas arruinadas y abandonadas. Una de los más famosos es el de la reina Hipsípila, rota por el oportunista Jasón, que también da lugar a una de las cartas de Ovidio.

Cuando Jasón se embarca en la nave Argos, en compañía de sus fieles argonautas en pos del Vellocino de oro, que estaba en posesión del rey Etes, a orillas del mar negro, a quien se lo había regalado Frixo; la primera singladura que hacen les conduce a la isla de Limnos, donde intentan abastecerse de víveres y vino. Allí gobernaba la reina Hipsipila, sobre un pueblo exclusivamente femenino. Las mujeres de la isla habían asesinado a sus maridos, por serles infieles con las esclavas tracias. Cuando Jasón y sus compañeros desembarcan en la playa de Mirina, unas hembras ardientes y sedientas de amor salen a recibirlos, con desesperación y con placer contenido. A todos debe de agradar el encuentro, sobre todo a Jasón que acaba casándose con Hipsípila, dejándola embarazada, prometiéndole amor el eterno y su vuelta en cuanto conquistara de nuevo la piel del ansiado cordero.

Con estos preciosos versos describe Ovidio su inevitable separación:

El verdinegro mar se aparta y cuela
Argos, la insigne con veloz demedo
tu miras a mi alcázar yo a tu vela.
La tierra miras tu porque yo quedo en ella
más no triste, por mirarte,
Miro las aguas que me ponen miedo.

Hipsipila esperó y desespero su regreso, vertiendo amargas lágrimas sobre las playas de Limnos, oteando el horizonte y buscando los vientos favorables. Hasta que alguien le informa de que Jasón ha tomado como nueva esposa a Medea, la hija del cruel Etes, rey que asesinaba a todos sus huéspedes. Medea, con hechizos y sortilegios, traicionando a su propio padre, logra que Jasón recupere el ansiado trofeo, evitando a los enormes toros guardianes, y a la serpiente de fuego que lo custodiaban.
Ovidio, pone voz al corazón destrozado de la reina que se lamenta de que Jasón ni siquiera se haya dignado en mandar una carta:

¿Por qué no me escribiste falso amante,
Como hubiste el dorado Vellocino
Al dragón adurmiendo vigilante…
…¡Ay donde está la fe de tus promesas!
Tus juramentos ¿Dónde se ausentaron?
Tu palabra Jasón ¿Tan poco pesa?

Lo curioso, es que la mayoría de los improperios de Hipsipila van a parar a Medea, la otra, la rival, que hasta recibe la maldición del mal del que va a morir. Mientras que el verdadero culpable, Jasón, casi aparece como una víctima del destino.

Ande vagando pobre, que es mal fuerte,
Y de tanto sufrir desesperada
Se de rabiosa y miserable muerte.

Lamentablemente, Ovidio había muerto siglos antes, de no ser así cualquiera hubiera podido adivinar en la carta al alter ego de María Callas, quien tuvo que enterarse por la prensa del casamiento de su amado Onassis con Jackie, como si la maldición de Hipsipila hubiera traspasado el tiempo y el espacio y llegado hasta los días en los que la cantante representaba con voz sublime el papel de Medea una y otra vez, por todo el mundo.

 

Los amores, los grandes, siempre son desgraciados, así que casi nos aliviamos de no sentirlos y de que sean otras, señoras de libros y cuentos las que los vivan y mueran. Y aquí tengo que nombrar a una de mis grandes novelas románticas, aquella en la que se describe un amor tan intenso que no termina con la muerte, sino que empieza con ella. La pasión del Drácula de Bram Stoker por su esposa Elizabetta, lo que le hace perder el alma y convertirse en vampiro para vagar por el tiempo buscándola. El amor es lo único que da razón de ser a la tan cruel y atormentada existencia del conde empalador y el único sentimiento capaz de redimir su culpa y librarlo de su maldición. Como manifiesta él mismo :
-«…se puede decir que el hombre más dichoso es el que encuentra el amor verdadero…»-

Dejándonos a todos sin habla. Nunca hubiéramos imaginado al sanguinario vampiro sintiendo tan noble pasión.

Y si tremenda es la voluptuosidad colorada del inmortal conde, tremenda es también la Canción de amor para un vampiro, de Annie Lennox, de la pelicula Drácula, de Coppola. Que la disfrutéis .

8 pensamientos sobre “Cartas de amores y desamores”

  1. Hola Anuska. El amor, algo que se cura con la edad, sobre todo ese amor que narras c el amor desgarrado, febril. Si, se lo que estás pensando, aquí está el descreído de César, hablando de las fiebres de la pubertad, Como si con canas estuviera prohibido enamorarse. Pones a Jason como ejemplo. Aquí las pringadas son ellas, se enamoran locamente, mientras él lo que va es a sacar tajada. Sabes que yo soy muy malo para estas cosas, pero me recuerda a Ulises, que en su odisea, también lleva tirando todo lo que se menea, para conseguir llegar enterito a Itaca. No será que estos mozos de la antigüedad, me refiero a ellos, son todos unos aprovechados? En su descargo habrá decir que ya son unas pánfilas, se enamoran hasta las cejas para que después las dejen tiradas como colillas. Sin estas historias no habría óperas que llevarnos a la boca. En fin. iQue viva el amor!
    Un besazo como una casa
    Viriato

    1. Dese luego, Cesar, por ti la literatura estaría escrita en MS-DOS. No me puedo creer que sea más sensible Drácula que tu.
      Las mujeres de Limnos no eran muy pánfilas, que digamos, se habían cargado a sus maridos por serles infieles; así que un poco preocupados debían estar los argonautas por las noches. Hipsipila comete el mismo error que Penélope, Dido, Filis, Ariadna; engancharse a marinos embaucadores que las dejaban contando olas en la playa. Algo tiene el navegante que lo convierte en persona como para no fiarse. Aplícate el cuento.

    1. Hola Jose Luis, gracias. Veloz demedo es lo que pone en la traducción que tengo de las Heroídas, el traductor es Diego de Mexía, la versión es en PDF, e igual tiene alguna errata . Me encantaría si alguien tuviera una versión en papel que nos pudiera resolver la duda.

      Un abrazo

  2. ¡ Oh, el amor ! Casi ná, una de las fuerzas que mueven este mundo. En su nombre se han ejecutado a lo largo de la historia algunas de las mayores locuras.
    No recuerdo quien lo decía pero empiezo a darle la razón, será la edad, «procuro en la vida no aferrarme a nada ni nadie, al final todo lo perdemos»…
    Y en el eclesiastes se puede leer, «Que pacífica sería la vida sin amor, que segura y tranquila. Y que insulsa.»
    Me ha gustado eso de Drácula y la sensibilidad jajaja

    Te sigo leyendo.

    1. Esta claro, Fernando, la vida sin pasión es más equilibrada pero…¿Es vida? Yo, personalmente, prefiero algo de sufrimiento que compense los momentos de gloria.
      Drácula es el romanticismo puro, en el fondo todo lo hace por amor. El rojo, la sangre, la pasión; vaya un mito mas desbaratado. El problema es para todos aquellos que no son su adorada Elisabetta, que les pega unos chupetones tremendos.

      Un abrazote, con capa colorá

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