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Aires de Icaria

-Señora, este vino no está bueno.

Nos miró sorprendidísima y se llevó las manos a la cabeza.

-Pero si es excelente- dijo-, es el vino más natural que podéis encontrar en la isla.

El líquido era de color ambarino, con una turbidez que impedía ver al través del vaso, y el aroma tenía matices de brandy peleón apagado con agua; para un vino blanco, lo que habíamos pedido, la semejanza era remota.

– No tiene nada de química. – Parecía desolada.

-Pues creo que ese es el problema, que cuando está reciente debe ser maravilloso- mentí-, pero con el calor del verano se ha picado. No se preocupe, yo se los pago igual, pero tráiganos una botellita pequeña de vino normal; del malo, por decirlo de alguna forma.

Se acercó el jefe en dos zancadas y al tomar conciencia del asunto de la discusión tomó partido por nosotros y la reprendió.

-Te he dicho mil veces que no sirvas este vino a los clientes. Trae otras copas, haz el favor.

Ella se alejó al borde del llanto y cuando él se cercioró de que no le oía, se llevó la mano a la mejilla, la ladeó un poco y nos dijo en un susurro:

-A mí tampoco me gusta nada, pero ella se emperra. Lo hacen en su pueblo y claro…en su pueblo todo lo hacen bien, ya se sabe. Ahora os traemos dos buenos vasos de vino embotellado. El mejor.

Las aceitunas, mejor no comentarlas, estaban tristes y se perdían solas por el plato. Allí sentados, en una terraza de Agios Kirikos, la capital de Icaria, volvíamos a constatar lo poco agraciado del pueblo. La carretera que pasa barriendo el frente marítimo puede tener la disculpa de la orografía atormentada de la isla, que no deja mejores soluciones. Pero no tenía perdón la acera que, rodeando al puerto, pavimentada con elegante piedra, con vistas privilegiadas sobre el mar, servía de aparcamiento a los automóviles, mientras que los peatones tenían que concentrar su atención en la calzada, para no ser vilmente atropellados por conductores furibundos ¿Quién habrá ideado este desastre? Incluso armados de la mejor intencionada condescendencia, Agios Kirikos no nos parecía un sitio amable. Tampoco lo es, en realidad, toda la isla de Icaria al acercarse por el mar. Más que una isla es un dique de piedra, enfrentado a los vientos; una muralla. Y cuando miras a sus cumbres, desdentadas, cual boca de ogro hambriento, inclinando la cabeza hasta desnucarte, acabas imaginándote que en la otra cara se reúnen las tropas enemigas y que en cualquier momento se verán aparecer las plumas y las flechas por las almenas de su cordillera. Las nubes vuelan por allí arriba como telarañas. El meltemi, perturbado por tan gran obstáculo, asciende furioso por la cara de barlovento y se despeña como un trueno sobre Agios Kirikos, barriendo todo a su paso. Aquí se precipitó el infeliz Ícaro, de ambiciosas alas, dejando esculpido, al estrellarse, el evocador nombre de la isla.

Esperando cualquier lluvia de piedras o lanzas, veíamos atardecer en el puerto mientras recordaba un artículo, aparecido en el New York Times, hace algunos años, sobre la asombrosa longevidad de los habitantes de Icaria. Hablaba el reportaje, del caso de un hombre de Chicago, ya desahuciado por una enfermedad incurable, que había decidido volver a su isla natal a pasar sus postreros días. 15 años habían pasado, contra todo pronóstico, y él seguía vivo y coleando. ¿Y no volvió usted nunca a Chicago a hacerse un chequeo médico?, le preguntaba el entrevistador. Si claro que lo hice, contestó, pero el médico que me trataba ya no estaba. Había muerto.

El autor se hacía cábalas sobre cuál sería la razón de que los icariotas tuvieran una esperanza de vida superior a la media. Enumeraba factores como el té de monte que tomaban, la ausencia de estrés, la forma de vida austera pero social. Yo añadiría el posible factor del vino; turbio, pero con cuerpo, como el más rastrero Pedro Ximenez que abandonamos por lustros en la cocina, amontillado y oloroso en la distancia, pero, como bien había dicho ella, natural y sin conservantes. Quizás esa bebida les roía las tripas y los embalsamaba, impidiendo su oxidación.

En cuanto la ausencia de estrés, doy fe de ello. Si no eres capaz de esperar un cuarto de hora en una tienda, para que te atiendan, aguardando a que el dependiente finalice una charla insustancial con algún conocido, es mejor que no vayas a Icaria.

-¿Le quedaría algo de pan?- Era sábado por la mañana.

– Ni una miga. Tendréis que esperar al lunes. Pero, ¿Para qué queréis el pan? Dicen que el trigo es malo para el intestino.

– ¿Quién dice eso? Usted es panadero, por lo tanto, sabrá que el cocinado de los cereales fue el primer paso para convertirnos en seres civilizados, para dejar de ser nómadas cazadores, asentarnos a cultivar los campos y dar origen a la sociedad y a las ciudades; la cultura, al fin y al cabo.

-Nunca lo había visto de esta forma, es curioso, a partir de ahora se lo comentaré a mis clientes. Pero, si esperáis un momento, llamaré para ver si queda pan por algún lado.

Telefoneó a unos y a otros, se entretuvo en preguntar por la familia, por el verano, por los planes del otoño, y, ¡Ay, sí!, se me olvidaba, si les quedaría algo de pan; aunque solo fuera del negro ese. Pues no, ni del negro.

Casi me alivió que la extrema parsimonia de la isla nos privara de un chusco oscuro, como el mismo vino turbio, carente de química y natural, siguiendo a pies juntillas una receta, de lo más sana, sacada directamente del neolítico.

El problema de los navegantes, es que a menudo nos quedamos con la fachada de las cosas. De puerto en puerto, de cala en cala. Siempre pensando en el parte meteorológico, en los buenos abrigos, en los puertos confortables, y eso, impide conocer las cosas con detalle, romper la cascara del huevo, visitar a los guerreros armados hasta las cejas que vivían al otro lado de la fortaleza inexpugnable. La gente ajena a los barcos piensa que somos privilegiados, porque llegamos con nuestra casa móvil a cualquier sitio, pero eso no es totalmente cierto. El barco tiene una servidumbre y unos desvelos, cualquier lugar no es bueno, y si quieres cuidarlo, para que luego él cuide de ti, los sitios accesibles están contados.
Sabíamos que Icaria era una joya, pero en otras ocasiones, cuando la habíamos visitado, el abrigo del puerto nos había escupido sin poder constatar nuestras intuiciones. Siempre hay un buen momento, hay que insistir. La construcción de una pequeña marina, al norte, nos dio la posibilidad de abordar la isla con más calma.

Los habitantes de Agios Kirikos suelen desplazarse por las noches y los días de fiesta a cenar al puerto cercano de Therma, mucho más agraciado que la capital, donde unas fuentes termales y medicinales hacen voto de la curación de dolores, reumatismos y eccemas. Hay un manantial que brota en el mar y si te sitúas en su proximidad, puedes disfrutar de un agradable baño caliente nocturno o hasta invernal, mientras el viento ruge fuera, como un demonio. Pero el gran éxito son los balnearios con piscinas de hidromasaje a altas temperaturas. Los viejos hacen cola en los bancos de la entrada, dándole a la sin hueso sin descanso. Una procesión de gentes encapuchadas, ataviadas con albornoces y zapatillas de colores, deambulan por el pueblo, pasean entres sus tabernas, junto a los niños que juegan en la plaza y los pescadores que descargan sus aparejos. El ambiente es festivo y de gran jolgorio, como si fueran una congregación de monjes dominicos floreados, con hábitos de rizo y guatiné, requeridos para las jaculatorias vespertinas.

Bueno, aquí hay otro factor a considerar; las aguas medicinales y las chácharas interminables mientras se espera a ser tratado. La fe mueve montañas y el ejercicio de la charla debería ser considerado por los psiquiatras como una terapia obligatoria a ciertas edades.

Sorprendentemente, la cara de barlovento de la isla no está llena de monstruosos cíclopes come piedras, sino todo lo contrario; el paisaje es más dulce y humano, salpicado de puertos y playas. El viento, que en Agios Kirikos es un huracán, aquí es suave y templado. Los bañistas cabalgan las olas, felices, con sus tablas y colchonetas, mientras que un toro negro pasea distraído entre las tumbonas ¡Qué templanza que tienen! Si fueran españoles, conocedores del peligro y valientes, saldrían corriendo como alma que lleva el diablo, hasta perderse en el horizonte. Eso quizás sea un parámetro a valorar en el estudio: la indecible calma frente a las vicisitudes cotidianas.

Realmente, el puerto importante, donde amarran los ferris, donde hay trasiego y donde los paisanos pasean los domingos y abarrotan las terrazas para tomar un café, hablando por los codos, es Evdilos, al norte de la isla. Un corro de casas blancas, limpias y alegres que rodean la rada y el malecón. Cualquiera que viniera por primera vez pensaría que esta es la capital y no Agios Kirikos, triste, solitaria y desalmada, por la eterna ventolera que no la deja en paz. En Icaria, veo que no siempre es bueno dejarse llevar por el sentido común o las primeras impresiones.

En un desvío de la carretera principal, se asciende entre pinos hasta uno de los lugares más singulares de la isla, el monasterio de Οχια Θεοκτιστης, fundado en 1680 y que en la actualidad está a cargo de una sola señora que lo cuida. Santa Theoktistis, una muchacha de Lesbos, fue raptada a la edad de 18 años por unos piratas. En el viaje, la nave sufrió un gran temporal y decidieron fondear en Nausa, Paros, para vender a los cautivos. La santa consiguió escapar y llegar a Parikia, la capital, donde permaneció 35 años dedicados a la oración y la escritura. Murió, allá por el 880 y sus restos mortales fueron hallados en Icaria, con claros indicios que aseguraban su pertenencia hagiográfica. Son un tanto fantasmales los periplos de estos santos, una vez fallecidos, de una isla a otra isla, hasta milagrosos; pero hablamos de una época en la que las reliquias, trozos de cáliz, retales de sudario y astillas de la cruz, se multiplicaban de una parte a otra del imperio romano, transformándose en mercancía coleccionable; todos disputándose su autenticidad genuina, en detrimento de otros restos sagrados, imitaciones sin valor. Los santos son capaces de todo tipo de prodigios y transmutaciones, y en el fondo qué más da, el caso es que allí se erigió el monasterio, en un lugar donde reina el más terrible de los silencios, donde se oye hasta la hierba crecer, el siseo de la pinocha al depositarse en el suelo y el batir de las alas de las polillas. Todo eso sin exagerar. Exagerando, uno es capaz de oír a los propios pensamientos y dejarse llevar por las ensoñaciones. Y debió ser alguien ensimismado el que construyó la potente ermita en lo más alto, sujetando las piedras que se inclinan hasta el imposible para dar cabida a una iglesia a la que se accede reptando, por una puerta de 1,40 de alto. Algún arquitecto famoso actual ha bebido sin duda de estos mutismos reflexivos.

 

El silencio, el tesoro más preciado, el bien que se ansía hasta volvernos locos, la desesperante maldición de no encontrarlo o que te lo arrebaten en cualquier lugar del planeta, por recóndito que sea. Ahí estaba el lujoso secreto de los icariotas, la clave sin duda de su larga vida. Con solo ascender a este monte sordo, se añaden minutos a la existencia. O se ralentizan, que es lo mismo.

Y, por último, el detalle íntimo mejor guardado de la isla nos lo encontramos en un promontorio de sus acantilados, que resguardaban una playa pedregosa donde llegaba con fuerza el oleaje. En medio de la ensenada, desembocaba un riachuelo que venía de los montes, por las barrancas, cubriendo de verdor y cañaverales la desnudez de las rocas. Y en un rincón, descuidado e indiferente a los playeros, que nadaban agarrados a una cuerda con flotadores para evitar las fuertes corrientes, el basamento de un antiguo templo de Artemisa. Esos lugares increíblemente hermosos. Bellos porque no existen, porque uno se recrea en sus detalles para imaginarlos y se sienta en sus piedras para notar sus corrientes sumergidas. El río, un antiguo puerto fluvial, en el pasado ascendía un buen trecho con profundidad para albergar muchas naves, que arribaban del mar por la ancha boca. El trasiego, los muros, los mercaderes, los piratas, las cabras, los barcos, los caballos y las sacas de género venido de otros países remotos. Y el pobre templo desvencijado, ajeno al devenir de los siglos, despojado de sus piedras para construir iglesias, siglo tras siglo, era tras era, contemplando, como ahora lo hacíamos nosotros, la belleza. ¡Por supuesto!, la belleza, se me pasaba por alto; la condición necesaria para vivir. Me gustaría escribirle al periodista para comentarle que al fin había encontrado lo que a él le desazonaba.

 

 

Volví a la panadería el lunes por la mañana, a las 9, pero solo le quedaba un pan.

– ¿Cómo está sin pan ya a estas horas de la mañana?

-Les comenté lo que me dijiste de la civilización- se sonrió con sorna- y ya ves, no han dejado más que este.

Eso me pasa por bocazas. Ellos, sin embargo, los icariotas, nunca desvelan sus misterios.

Χρόνια και χρόνια τώρα τριγυρνώ
σαν πουλί περιπλανώμενο
μες τη ξενιτειά μες στη μοναξιά
που δεν αντέχω άλλο πια
κι όλο νοσταλγώ γιατί λαχταρώ
την αγάπη μου και το χωριό.

και η αγάπη μου στην Ικάριά
έχει μαύρο πόνο στην καρδιά
δίχως συντροφιά δίχως αγκαλιά
δίχως τα γλυκά μου τα φιλιά
κι αφού με πονά κι αφού μ’ αγαπά
είναι κρίμα να ‘ναι μοναχια

Να πάρω θέλω την απόφασή
και να πάω στο όμορφο νησί
θέλω να της πω πως την αγαπώ
και μια μέρα θα την παντρευτώ.
Μες την Ικάριά μια γλυκεία βραδιά
θα το κάψουμε με τα βιολιά

Να χορέψουμε μαζί κι οι δυο
τον σκοπό τον ικαραιωτικό
Να γλεντήσουμε να μεθύσουμε
τους καημούς να λησμονήσουμε
μες την ικάριά και σαν τα πουλιά
θα ‘χούμε κι οι δυο ζεστή φωλιά.

Años y años deambulando
como pájaro errante
en el extranjero, en la soledad
que ya no soporto más
y todo lo añoro porque ansío
mi amor y mi pueblo.

Y mi amor en Icaria
tiene amargo dolor en el corazón
sin compañía, sin abrazos
Sin mis dulces besos.
Y como me duele, como me ama
es un crimen que este sola

Quiero tomar la decisión
e irme a la bella isla
Quiero contarle como la quiero
Y que un día me casaré.
En Icaria, una dulce noche
Lo quemaremos con los violínes

Bailaremos juntos los dos
el icarioticó.
Lo celebraremos y nos emborracharemos
Las penas olvidaremos
En Icaria, como los pájaros
tendremos los dos un cálido nido.

22 comentarios en «Aires de Icaria»

  1. Hola Anuska, decidido, lo de el vino turbio y amargo es el bálsamo para vivir muchos años. Si no que se lo digan al dueño de la taberna donde comencé mis pinitos con el vino, que lo traía de su pueblo, y el primer trago que limpiaba las arterias. Ese Ribeiro me ha dejado el hígado embalsamado como hueso de tu santa. A ver si de una vez alguien se decide a darme una ermita. Por cierto, leyendo investigaciones recientes, el motivo que nos ha traído a la civilización, el pasar de cazador recolector a agricultor, siendo gracias al trigo, no es por el pan, como le contaste al panadero de Icaria, sino para elavorar cerveza. La cerveza es el motor del mundo. Después los romanos popularizaron el vino, que es la gasolina, y así estamos como estamos.
    Mil besitos, y que el puñetero vendabal no se acuerde de vosotros.
    Viriato

    1. No sé si fue primero el pan , el queso o la cerveza, pero todos ellos son inventos sabios.
      Cuando Ulises llegaba a una isla siempre se preguntaba si sus moradores serían comedores de pan, eso quería decir que eran hombres civilizados y no enemigos trogloditas. También, con Polifemo, le emborrachan con vino para robarle los quesos, los muy pillastres; el pobre monstruo tuerto tenía el secreto de la fabricación de unos quesos portentosos.
      Aquí seguimos, esperando que mejore el tiempo, pero no, cada vez lo dan peor, ahora dicen que se nos viene un huracán encima. Menos mal que pan, vino y queso tenemos para sobrevivir.

      Besitos

  2. Hola capitanesa, resulta que ayer mismo paramos en un pequeño pueblo del interior de Naxos, su nombre Filoti. Atraídos por la visión de una pequeña tienda de esas que venden de todo, entramos buscando una botella de vino local. Resulta que la región destaca por las innumerables viñas que la rodean.
    La dueña de la tienda, nos dijo que el vino que habíamos escogido era polí kaló (disculpa el atrevimiento pero mi teclado carece de letras griegas), pero que debíamos probar el vino que su propio padre cosechaba, sin duda mucho mejor y más barato.
    Como buenos turistas inocentes y deseosos de descubrir el mejor de los caldos, no quisimos percibir las señales como el color amarronado, la falta de transparencia o el propio envase de plástico y ausente de toda etiqueta, que nos advertía del error que estábamos cometiendo.
    No fue hasta la noche, cuando nos servimos un par de vasos de tan enigmático brebaje, que nos dimos cuenta de que somos unos gili…
    En fin, nunca aprenderemos.
    Besos.

    1. No os de vergüenza, yo te podría contar y no parar, meteduras de pata debidas a mi folclorísmo. Cuando llegué a Grecia me dio por hacer un día dolmades, hojas de parra rellenas. Compré la hojas, les embutí la carne y el arroz, pero…¡Ay dios mío! había que poner en salmuera las hojas antes. No te quiero contar los retortijones. Y Jesús diciendo: pues a mi no me gustan. Y yo: siempre tienes que protestar por todo.
      Ya sabes que esos vinillos, al principio no entran, pero cuando llevas 3 ya todo te importa un bledo. Desde aquí puedo oir las risas de Almudena. Una rabia que no hayáis probado la cabrita, estaba mortal.
      Ahora nos dicen que nos va a pasar un huracán por encima ¡Fantástico! Ya os iré contando. Muac

  3. Hermoso todo lo que escribís, casi me sentí allí y si bien no tuve la fortuna de visitar la isla si aprendí a bailar este tema que compartiste. Volvi a sentirme en mi amada Grecia por un ratito. Gracias.?

  4. Pues cuando hablas de que algún arquitecto famoso ha debido de inspirarse de esos mutismos reflexivos he de decirte que la foto en contrapicado de Santa Theoktistis en una primera impresión me recuerda la Iglesia de Ronchamp de Le Corbusier.
    Con respecto a esos vinos turbios , creo que los lugareños ( antes) daban por sentado que te ofrecían lo mejor al dar por bueno lo casero frente a todo lo procesado y embotellado . Gran lectora que reviertes tu saber en estas perlas que nos regalas .Gracias por hacernos soñar con los lugares que visitas. Que Eolo y Poseidón os sean favorables.

    1. Claro, Le Corbusiere ¿ Y qué me dices de Gerhy? ¿No crees que alguna vez visitó Icaria? Alguno más debería visitarla.
      Ya sé que la señora lo decía con toda la buena voluntad, pro estaba claro que no era una bebedora de vino y solo se lo ofrecía a los visitantes. Igual era un experimento: para ver que cara ponían.
      Si, a ver si se calman Eolo, Poseidón y todos los dioses del Olimpo, porque hace un tiempo perruno.
      Un abrazo

  5. Hola,
    una delicia de lectura. Ahora, ya comenzado el otoño (aunque no lo parece), cuando lanzas estos comentarios al aire, uno de nuevo se detiene y traslada a aquellos lugares y sensaciones. Me parece todo tan real, casi lo toco. Para mí estas evocaciones son siempre una delicia.

    Moitos bicos

    1. Pues aquí, el otoño ha llegado de sopetón y cogido de la mano del invierno: viento, frío, lluvia…y ahora un huracán. Los puertos cerrados y muchos coles también. Seguiremos escribiendo para entretenernos en puerto.

      Un abrazo

    1. Hola, Juanjo. Es un placer saber de ti, ya te echaba yo de menos. Si me he superado es porque la islita lo vale.
      Sí , sí, locos pero ya ves…ayer me escribía una chica icariota y me contaba que su abuelo murió a los 99 años, un chaval, pero por culpa de un accidente. Habrá que pensárselo.

      Un abrazo

  6. Holaaaaaa , como esta mi capitana favorita?? Mucho cuidadito con esa pequeña brisa que se acerca a verte, no te fies de ella , .??
    Me ha encantado tu relato, me has hecho reir con lo del vino y el pan , que arte tienes para contar las cosas mas cotidianas miarma!!
    Mil besos y un achuchon desde los Dolomitas
    Chema y enky

      1. Hola capitana , hoy estamos en el lago dei garda, esto es un no parar de paisajes de cuentos…. tu ten mucho cuidado con ese como se llame h.d.p ….mil besos a ti y rexuerdos a jesus y a su pie, espero que ya este rexuperado del todo… te sigo de cerca guapa , un abrazo

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