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Bandera amarilla de cuarentena

Si habéis navegado recordareis el arribar a un puerto de entrada con la bandera amarilla izada en babor; a estribor se muestra el pabellón de cortesía del país visitado. Ya fuera las 2 de la mañana o las tres de la tarde, la infracción al protocolo podía significar una desagradable sanción. Dicha bandera simbolizaba: deseo pasar aduanas y recibir a las autoridades sanitarias a bordo. Me declaro libre de enfermedades y solicito la entrada en las aguas territoriales de… Según de qué países se tratara, el proceso podía significar una noche entera sin dormir, aguardando que el funcionario de turno te hiciera conocedor de sus mordidas: una botella de ron, aquel vino apreciado y custodiado que se exhibía en el mueble bar a la espera de grandes acontecimientos, o simplemente charla inopinada de futbol hasta que los parpados se cerraban: libre plática, le llaman.

Antiguamente las epidemias solían entrar por mar, a bordo de los barcos que arribaban tras largas singladuras, repletos de mugre, ratas y piojos. Para intentar evitar su propagación se construyeron los lazaretos, donde se imponían cuarentenas a las personas y a los buques sospechosos de poder importar alguna enfermedad infecciosa y donde se procedía a la quema o aireado de las mercancías con posibilidad de estar contaminadas. Eran sanatorios segregados del resto de la población, normalmente situados en pequeños islotes, donde el barco atracaba o podía desembarcar a los enfermos. Los barcos con epidemia a bordo, para avisar a las autoridades, izaban a su llegada a puerto la bandera amarilla, que corresponde a la letra Q, Quebec, inicial de quarentine, también llamada “yelow jack”, nombre con el que se hacía referencia a la fiebre amarilla. Los buques que exhibían dicha bandera debían, a partir de ese momento, confinar a sus tripulaciones durante 40 días. Con el tiempo, el uso de dicha señal amarilla ha cambiado totalmente de significado. Hoy simboliza que el buque solicita libre plática, es decir: estoy libre de enfermedades y se requiere la inspección de las autoridades marítimas del país para que expidan el correspondiente permiso para entrar en puerto. En la actualidad, para señalizar la cuarentena se utiliza la bandera “L”, Lima, de cuadrados negros y amarillos.

Uno de los lazaretos más importantes del Mediterráneo fue el de Mahon. El lugar donde se ubica fue una originariamente una península, llamada San Felipe, y convertida en isla por los británicos. Estos establecimientos debían ofrecer la suficiente capacidad para descubrir, ventilar y purificar la carga, sobre todo, lanas, algodones, y tejidos de toda especie. También disponían de un locutorio para recibir visitas, con la conveniente separación.

La solución de aislar a los enfermos antes de ingresar en un territorio ya estaba ideada desde tiempos remotos. Justiniano promulgó una ley alrededor del año 549 para incomunicar a las personas que llegaban de tierras infestadas de plagas. Pero fue en 1348, en medio de la Peste Negra, que se cobró millones de víctimas en Europa, cuando Venecia estableció el primer sistema institucionalizado de cuarentena, es decir, la prohibición de desembarcos durante 40 días.

La palabra lazareto proviene del italiano, lazzaretto. Los cruzados que viajaban a Jerusalén crearon la orden religiosa-militar de San Lázaro, santo al que se asociaba con la enfermedad de la lepra, por derivación de la parábola del Evangelio de Lucas, donde se nombra a un tal Lázaro cuyo cuerpo se cubrió de llagas. De esta manera, San Lázaro es considerado patrón de los mendigos, de los leprosos, y de todos aquellos que padecen úlceras o enfermedades de la piel.

Debido al total desconocimiento de la enfermedad de la lepra, de su mecanismo de contagio y de que, sorprendentemente, los síntomas desaparecían y reaparecían tras largos periodos de inactividad, los leprosos eran confinados de por vida. Las fuentes civiles y eclesiásticas medievales alentaron la percepción popular de que alimentos como el cerdo, el pescado o las patatas; el agua, las ropas y hasta las paredes de las casas, podían transmitir la enfermedad. Según los intérpretes de las Sagradas Escrituras, la descomposición del cuerpo de los leprosos era la manifestación de la corrupción del alma y los infectados debían ser expulsado de la comunidad y condenados a vivir de la mendicidad por el resto de sus días.

Cuando los descubrimientos oceánicos pusieron en contacto a los nativos isleños con el hombre blanco, lo hicieron acompañados de terribles enfermedades que los europeos llevaban a bordo, para los cuales, los indígenas no tenían la más mínima resistencia inmunitaria. De esta forma muchas islas del Pacífico quedaron casi desiertas. Fue particularmente importante el caso de Hawái. Tras su descubrimiento por el Capitán Cook, el archipiélago fue un poderoso atractivo para aventureros sedientos de riquezas. La creciente llegada de colonos americanos y chinos trajo consigo la enfermedad de Hansen, también conocida como lepra. A mediados de siglo XIX el número de enfermos era tan numeroso que llegó a amenazar la supervivencia de la población hawaiana. El rey autorizó la creación de un campamento en el que los afectados permanecerían encerrados hasta el fin de sus días, pues no existía cura para esta dolencia altamente contagiosa. En la isla de Molokai, existe una península separada del resto del territorio por unos imponentes acantilados de 600 metros de altura. Allí se creó la aldea de Kalawo, un campamento para leprosos. Las condiciones de vida y las historias terroríficas sobre la aldea alimentaron a la prensa durante décadas, pero con el tiempo, la colonia se fue dotando de comodidades y dado que estaba en un entorno singularmente bello, muchos enfermos no querían irse de allí, incluso cuando se les daba por curados.
Jack London visitó Molokai y lo describió con agradable sorpresa, e incluso hasta envidia, en su libro autobiográfico: El crucero del Snark:

La colonia de Molokai goza de un clima aún más privilegiado que el de Honolulú, pues está situada en la costa de barlovento de la isla y expuesta a la fresca brisa de los alisios del nordeste. El paisaje es magnífico; por un lado, está el mar azul, y por el otro la increíble pared del pali, abriéndose por aquí y por allá hacia los preciosos valles de las montañas. Por todas partes abundan verdes praderas en las que pastan los cientos de caballos propiedad de los leprosos. Algunos de ellos tiraban de carretas y otros estaban enjaezados con diversos adornos. En el pequeño puerto de Kalaupapa hay varios botes de pesca y una lancha de vapor, todos ellos propiedad privada de los leprosos. Naturalmente, sólo pueden navegar hasta una determinada distancia, pero por lo demás no están sujetos a más restricciones. Venden el pescado al Departamento de Sanidad y el dinero que ganan es exclusivamente para ellos.

Hoy Kalaupapa es un lugar tranquilo en el que viven unos pocos enfermos y sus descendientes, los antiguos hospitales se han convertido en ruinas y la vida transcurre de manera tranquila en una península que fue durante más de cien años una prisión sin salida.

Cuando Grecia logra su liberación del dominio otomano, el país se encuentra devastado tras la guerra de independencia y las dos contiendas civiles que acompañaron el proceso. Las autoridades se enfrentaban a un país sin la más mínima estructura sanitaria. Se acuerda como una solución correcta el confinamiento de los leprosos en algunas islas del Egeo. Así nació Spinalonga, una isla cercana a Creta que, como en el caso del lazareto de Mahón, fue originariamente una península y posteriormente se separó del resto por acción humana.
Spinalonga, al igual que Molokai, comenzó siendo un infierno sin humanidad ni esperanza para los deportados, sin que ningún sanitario supervisara sus condiciones o dolencias. La falta de rigurosidad en el criterio médico, supuso el confinamiento de muchos falsos positivos, que a lo sumo sufrirían de psoriasis o alguna otra dermatosis desconocida. Con el tiempo, las condiciones de vida fueron mejorando: se les suministraba agua y comida, así como asistencia médica. El ultimo habitante de Spinalonga fue un pope, quien se negó a abandonarla hasta que no se cumpliera con la costumbre ortodoxa de homenajear a los difuntos tras los 40 días, 6 meses, un año, 3 años y 5 años después de su entierro.

Spinalonga se hizo famosa a raíz de una novela de Victoria Hislop llamada “La isla”, que se convirtió más tarde en una conocida serie de televisión. Hoy es una de las atracciones turísticas más visitadas de Grecia.
Pero no solo Spinalonga fue transformada en Lazareto, sino algunas otras pequeñas islas del Egeo. La verdad es que, dado el carácter insular del país, es relativamente sencillo decretar el confinamiento en parte de su territorio. El otro día leía que la hermosa Donusa fue también una leprosería durante algunos años. Se emitió un sorprendente edicto que regía el destino de los leprosos del Peloponeso:

1º … las propiedades y bienes de los leprosos y sospechosos, inmediatamente después de su reasentamiento pasarán al poder del Estado.
2º Los leprosos infectados en las islas deberán ser trasladados a otras islas desiertas del mar Egeo. Y éstas, según la Comisión, son la isla desierta de Donusa, entre Naxos y Amorgos, y los islotes adyacentes. A estas islas desiertas donde hay suficiente tierra, agua y madera, el comité cree que lo mejor para el Estado es trasladar a esos leprosos y sospechosos del Peloponeso porque así tendrá muchos menos gastos.



Es curioso que esta bella isla del Egeo, a la que considero una de mis favoritas, haya sido dedicada al destierro ya desde tiempo de los romanos. Paseando por sus luminosas playas, con esas aguas que duelen al mirarlas y ese cielo barrido por el Meltemi de cualquier miasma sospechosa, me da a mí que pensar que eso de la deportación no puede ser tan malo como lo cuentan. Seguro que se dieron casos de personas, como en Molokai, a las que tuvieron que sacar de allí con retroexcavadora, una vez erradicada la enfermedad. Y eso que no tuvieron ocasión de ver las imágenes de las grandes ciudades, como Madrid o Valencia, en este periodo previo a la Navidad: calles y avenidas atestadas de gente, colas interminables en bares y restaurantes, un barullo de villancicos solapados y un bramido del Averno. Como si las luces de colores y los arbolitos nevados estuvieran intentando decir: el que traspase este umbral que pierda toda esperanza.

Lo bueno y lo malo, lo cruel y lo piadoso, el dolor y la dicha, dependen siempre del punto de vista del observador. El tiempo acaba alterando las cosas y trocando el horror por belleza.

Μια θάλασσα κρυφή
κι ένας φόβος που αρμενίζει
στέκει αμίλητος κι ορίζει
τη ζωή μου τη μισή.

Στο βράχο περιμένει
μια βαλίτσα κι ένα βλέμμα
αχ να ‘ταν Θεέ μου ψέμα
να μην έφευγες ποτέ.

Είν’ η αγάπη της αρρώστιας γιατρικό
να ξεφύγω απ’ της ζωής μου το μαρτύριο
κρύβω μέσα στην καρδιά μου μυστικό
προσευχή στο βραδινό σιωπητήριο.

Θα ξαναρθώ με δυο φτερά
και της λύρας το τραγούδι
να γίνει ο έρωτας λουλούδι
κι ο χορός αστροφεγγιά.

Un mar escondido
y un miedo que navega
permanece en silencio y define
la mitad de mi vida.

En el islote aguarda
una maleta y una mirada.
¡Aj, Dios! Si fuera mentira
si no partieras jamás.

Es el amor la cura de la enfermedad>
para que se aleje de mi vida el martirio
scondo en mi corazón una
secreta plegaria para el silencio de la noche.

Volveré con dos alas
y la música de la lira
se convertirá en flor del amor
y baile de los luceros.

10 comentarios en «Bandera amarilla de cuarentena»

  1. Pues la llamada «Isla del Rey» frente al puerto de Mahón donde estaba ese hospital, hace muy poco ,unos megarricos suizos lo han transformado en un espacio de exposiciones, multicultural, donde se puede además come.Hay barquitos gratis que llevan desde el puerto de Mahón a la isla .El espacio se llama como sus promotores , el matrimonio Hauser & Wirth.
    Deseando ir desde que lo abrieron y de paso visitar «Lithica Pedreres de s’ Hostal.

    1. He estado con el barco en muchas ocasiones frente al lazareto de Mahón, pero hace tiempo que prohibieron el fondeo. Se veía muy bien el canal que excavaron los ingleses para convertirlo en una isla. La verdad es que cada vez entiendo menos a los megaricos y su afán de poseerlo todo para transformarlo a su gusto. Supongo que por eso son ricos y yo no.
      Muchas gracias Julia por pasar y dejar tus opiniones
      Un abrazo

  2. La lepra, esa maldición bíblica, nunca había visto ningún paciente, solo lo estudiado en los libros, hasta que llegué a la India. En Varanasi (antes Benarés) circulan por la calle con total libertad y se pueden reconocer a simple vista por su “facies leonina”, esto, dado el tratamiento ancestral dado a los leprosos, que tan poéticamente nos has contado, contrasta, sorprende y hasta inquieta aunque ya sepamos que es la menos contagiosa de las enfermedades infecciosas.
    Como siempre, querida Ana, consigues despertar mi curiosidad y conocimiento con tus escritos.
    Siempre recordaremos la experiencia por el Jónico y seguimos soñando con otra por el Egeo.
    Un abrazo, feliz Navidad y feliz 2024!!

    1. Hola Carmen. Yo también me acuerdo mucho de vosotros.
      No creas que idealizo aquellos oscuros años en los que a los leprosos se los enterraba en vida en guetos. Pero lo que me sorprende es que esos mismos lazaretos sean hoy objeto codiciado del turismo. Una vez desaparece la amenaza de la enfermedad, porque la conocemos mejor y sabemos enfrentarnos a ella, caemos en la cuenta de los tremendos errores históricos. Sus enclaves únicos son muy atractivos en plena globalización. Es gracioso pensar como se puede convertir en un paraíso algo que para nuestros antepasados fue una maldición.
      Un abrazo muy fuerte a todos

  3. Hola Anuska, que interesante lo que cuentas, la verdad es que en muchos sitios hay lazaretos famosos. A mí siempre me ha llamado la atención la isla de San Simón, al final de la ría de Vigo, en una zona donde la marea baja la deja casi en seco. Cada vez que paso por el puente de Rande y la veo allí, como parada en el tiempo, me hago el propósito de ir a visitarla, pero nunca lo hago.
    Mogollón de besos para los dos
    VIRIATO

    1. No conozco la isla de San Simón, supongo que también era un lazareto, por lo que dices. Las rias, como las islas, son espacios ideales para confinar a la enfermedad. Pero, lo que no entiendo es: si la marea baja la convierte en tierra firme ¿Cómo no se escapaban todos corriendo? Ahí hay gato encerrado.

      Un abrazote

      1. Querida Ana,
        escuchando la música que envías y los versos que contienen,
        «Un mar escondido
        y un miedo que navega
        permanece en silencio y define
        la mitad de mi vida.»
        Me parecen de una belleza que me emociona.
        Gracias otra vez y siempre por tus bellísimos textos y por tu sensibilidad.

        1. Hola, Santiago. Son escenas de la serie La isla, basada en la novela homónima de Victoria Hislop. Te confieso que no la he leído, ni he visto la serie, pero es un dramón, como puedes imaginar. Confinados a la fuerza en ese pequeño islote, mirando desde lejos a Creta, donde hasta hace poco tenían su hogar y su familia… Parece mentira que ahora sea objeto de deseo de todos los turistas. Grecia por sí sola es de una belleza emocionante, no es complicado ser sensible frente a ella.
          Muchas gracias por tu comentario y Felices Fiestas

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