Casi no llegamos al concierto

Comenzó la caída del rocío sobre las ramas de los árboles y sobre las piedras desgastadas de lo poco que quedaba de un monasterio. La ausencia de brisa dejaba arder llamas verticales y limpias que subían de cada vela, colocadas en fila en el escenario, en los escalones, bajo los pequeños iconos de la capilla abierta de par en par esa noche; iconos ortodoxos de miradas sesgadas y enigmáticas. El pope daba sus últimas bendiciones mientras los tres músicos y la cantante se disponían bajo un cielo aun de raso y con alguna estrella impaciente como nosotros. La electricidad era palpable y hacía saltar chispas a cada movimiento. Era el domingo 12 de julio y mientras nosotros escuchábamos a Ludovikos ton Anogión, el futuro del país se debatía a puerta cerrada a muchos kilómetros de aquí. Presentíamos que aquella noche era única y última;  la última de algo que nadie se atrevía a nombrar.
Este músico y compositor cretense es de los favoritos de mi amiga María. Cuando, saltando y palmoteando, me dijo que actuaba en un monasterio medio abandonado del bosque, no lo dudé un segundo y le dije:

– Esa tarde cierras la taberna, venimos a por ti y nos vamos dando un paseo por el campo.

– Sí. Y me pondré mi vestido blanco.

Se enfrascó en sacar y colocar todos los CDs que tenía de él y disponerlos alrededor de la foto enmarcada del cantante, como en un altar. A ella misma le dio un ataque de risa.

Cuando llegué la tarde del concierto y vi toda la taberna llena de gente la miré y sin esperar mi pregunta respondió:

– Tenían sed y ¿Qué iba a hacer yo?- Se arrimó a mi oído y me dijo en voz baja- Después del concierto vienen los músicos a cenar a mi taberna.- Destapó unas cacerolas y me admiré de los exquisitos platos que había estado cocinando; empanadas de calabacín y menta, flores rellenas de arroz, pollo al limón.- ¿Le gustará al cretense? ¿Tú que crees?

El teléfono no paraba de sonar. Que si periquito tiene hambre y hay que subirle un bocadillo al monasterio, que si a Juanito, montando el escenario, se le ha caído una piedra en el pie y necesita una tirita, que si zutanito quiere agua. Andaba por allí Stelios, un amable vecino que a veces aparece en la taberna a ayudar, a cambio de que le dejen darle un buen tiento a la nevera
de las cervezas. Subía y bajaba Stelios con todos los recados, pero cuando llamaron pidiendo Frapés, primero se negó en redondo, luego me miró y por último, con ese alegre desparpajo que tienen los griegos, para los que pocas veces algo es considerado imposible, nos dijo:

– Yo llevo el coche y vosotros los cafés.

No rechistamos. Nos metimos en el automóvil abrazados a unos vasos bailarines y salpicantes, mientras él se encargaba de pillar todos losbaches, subirse en todas la piedras y tomar las curvas lo más deprisa posible. Cuando llegamos, la mayor parte del café la llevábamos encima pero a nadie pareció importarle. Las sillas estaban dispuestas, las velas colocadas y el escenario preparado.
Volvimos a la taberna para darle el primer aviso a María, pero estaba desolada. Acababa de descubrir una mancha en su vestido y sin pensárselo dos veces lo había lavado y colgaba chorreando de un árbol en medio de las mesas, donde todavía daba el sol. Los clientes que pasaban indudablemente se enredaban en sus flecos.

– Si no se seca me lo pondré mojado.

El teléfono seguía sonando y yo comenzaba a impacientarme mirando el reloj. Pero con la última llamada, María se había puesto lívida y se aferraba al auricular mientras canturreaba una canción. Colgó y casi no hablaba.

– Era él, Ludovico. Me ha preguntado ¿De qué color es el amor? Y luego me la ha cantado bajito.- No hubo forma de que se recuperara, flotaba como un algodón de campo mientras me preguntaba al oído- ¿Tú sabes de qué color es el amor?

– Rojo, María. Como el de la rabia que nos va a dar como no lleguemos al concierto.

Conseguimos embutirle el vestido mojado y cerrar sus pulseras finas. Se pintó ojos y labios, coloreó sus mejillas y tras media hora de mirarse al espejo; tiempo que decidimos pasar compartiendo con Stelios parte de la nevera; apareció en la puerta como una sacerdotisa blanca. Se agarró a nuestro brazo y nos fuimos. Nos paramos a saludar a todas y cada una de las personas con las que nos cruzamos.

– Stelios ¿Te vienes?
– No, me quedo a controlar las brasas. Dijo mientras buscaba
el abrebotellas.

Concierto

Llegamos con las últimas bendiciones y las primeras notas. Comenzó la melodía y un gran silencio. Entre canción y canción Ludovico contaba
chistes y María se desternillaba. Con el inicio de los primeros compases de cada balada, María me agarraba el brazo hasta gangrenarlo; luego lloraba mientras canturreba bajito. Así se pasó la noche; llora que te llora, rie que te rie Algunos gritaban Viva Grecia, otros hacían coros con una estrofa sobre el Sí y el No. Nos emborrachamos con el encanto. Al día siguiente nos sorprendió la resaca.

El color del amor
Letra y música: Ludovicos ton Anogión
¿Cual es el color del amor?
¿Quién me lo puede decir?
Si es rojo como el sol
Quemará como el fuego
Si es amarillo como la luna
Tendrá soledad
Si tiene el color del cielo
Estará muy lejano
Si es negro como la noche
Será malvado
Cual es el color del amor…
Si es una nube blanca
Irá y vendrá
Si es un blanco jazmin
Se marchitará
Si es un arcoíris no podre atraparlo
Siempre parece que lo alcanzo
Pero se escapa

Cual es el color del amor…

17 pensamientos sobre “Casi no llegamos al concierto”

  1. Hola Anusca, que bonita la letra y la canción. Pensando, pensando, no se cual color ponerle al desenlace final, si desenlace y final son palabras adecuadas a lo que a ocurrido son el tercer rescate a Grecia. Rojo de ira, negro de futuro o arcoíris de desconcierto. Dinero, dinero, dinero. ¿Cuál es el color del dinero? ¿Morado de avaricia? Si, lo sé, el clero así lo viste, será por eso que me ha venido a la cabeza.
    Diez millones de besos
    Viriato

  2. Bueno, no sé cual es el color del futuro; oscuro quizás. Desde luego nada de fondo azul con estrellitas amarillas. Hoy, después del berrinche vuelvo a vero todo del color del mar; en Grecia no te queda más remedio; y aquí me encuentro mejor que en ningún sitio, pase lo que pase. Eso, a Merkel nunca le sucederá. Pobre, se lo pierde.

    Besillos

  3. Hola Ana, acabo de leerlo y de escuchar la canción. No tengo palabras. Como ya te dije hace días, regresé de Grecia hace un par de semanas y el alma todavía está impregnada de esa luz única, del murmullo de un pueblo amigo. Alejarme de allí es alejarme de casa (muy a mi pesar) y uno siente que lo verdaderamente importante es aquella sencillez, la generosidad, el paso del tiempo frente al mar, el sonido del viento, todo eso que reflejas tú a la perfección. Por eso ahora, a la vista del criminal acuerdo que se quiere imponer al pueblo griego, todo se vuelve negro, como si una nube enorme cubriera toda Grecia.
    Por eso no tengo palabras ya.
    Sólo deseo que ese sol que a diario sale en el Egeo no se apague y que todos los malnacidos que humillan al pueblo griego paguen por lo que están haciendo. Y sin quita.
    Un abrazo.
    M.B.

    1. M.B. Ya sabes que la historia de esta tierra y su relación con los bárbaros del norte siempre ha sido parecida: la bavarocrácia que sufrieron tras su independencia de los otomanos, los franceses, los ingleses, la ocupación alemana y casi exterminio de su población por hambre… para que seguir. Después de todo eso la luz del Egeo sigue siendo la misma que hace 6000 años, eso no se puede cambiar. Además la ventaja de este país pobre es que ha aprendido a sobrevivir y hacen excelsas las cosas más humildes.

      Otro abrazo

  4. Ay Ana. Malos tiempos para la lírica, pero si un pueblo es capaz de decir en voz alta que hay cosas que no le gustan, aunque al final ganen los de siempre, queda el verde de la esperanza como posible color al que acogerse.
    Yo por mi parte me sigo acogiendo a tu forma de contar las cosas que me permite verlas a través de una mirada y una pluma que tienen capacidad de llegarme hondo.
    un abrazo inmenso.
    Ángel

  5. Ay Ana. Malos tiempos para la lírica, pero si un pueblo es capaz de decir en voz alta que hay cosas que no le gustan, aunque al final ganen los de siempre, queda el verde de la esperanza como posible color al que acogerse.
    Yo por mi parte me sigo acogiendo a tu forma de contar las cosas que me permite verlas a través de una mirada y una pluma que tienen capacidad de llegarme hondo.
    un abrazo inmenso.
    Ángel

    1. Gracias Angel.
      Tienes toda la razón, la esperanza es lo último que debe perderse.
      Intento contar pequeñas cosas de la vida cotidiana, porque esa es al fin y al cabo la que importa, las pequeñas pinceladas de los habitantes de esta tierra que son en el fondo unos supervivientes. No te miento si te digo que hay mucha gente mayor que no parece inmutarse; si fueran españoles dirían eso de "en peores plazas hemos toreado".
      Otro más inmenso todavía y saludos a María, aunque no la conozco.

  6. Tampoco yo he tenido mucho tiempo estos últimos meses y añoraba leerte, más con todo lo que está pasando en Grecia. Ahora ya me he estado poniendo al día. Saludos desde otra orilla del Mediterráneo!

  7. Claro que volvimos a la Taberna pero nos fuimos pronto. María estaba en pleno ataque de histeria sirviendo las mesas. Stelios hacía eses con la bandeja como de patinaje sobre hielo.

    Otro besote. Te echamos de menos.

  8. Hola Ana
    Como siempre un magnífico relato.
    Yo creo que tienes razón en la importancia de las pequeñas cosas: son las mas importantes, las que nos dan la vida, las que nos hacen reir y compartir, las relaciones con la gente, el cariño, el amor….solo es necesario darles el valor que realmente tienen.
    Besos

    1. Gracias Mafin. Claro que las pequeñas cosas son las más interesantes, además las grandes se cocinan en el Bundestad y en Wall Street sin pedirnos opinión. Así que por lo menos hablemos de los minúsculos detalles de la vida. Esos no nos los pueden quitar.

      Muchos besos para ti y gracias por dejarte ver de nuevo por aquí.

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