Crucero por las islas griegas. Monemvasiá y Ritsos

Señora Monemvasiá, mi barco de piedra.
Miles son tus foques y velas.
Habitas inmóvil
para llevarme navegando alrededor del mundo.
Giannis Ritsos

A medida que el barco se aproximaba, se definía una roca inmensa, oscura y quebrada, que se adentraba en el mar como lengua de dragón. La ladera cobijaba un pueblo pequeño, del mismo color que la piedra desgastada por el tiempo, con tejados como setas a los pies de un roble, rodeado por correas de murallas que le mantenían en su sitio, sin dejarle precipitarse en el agua plateada.

La península que aloja a Monemvasiá, quedó convertida en isla por un terremoto y posteriormente se construyó el paso, el “pérasma”, que la comunica con el Peloponeso, de ahí su nombre: μόνη έμβασις , único acceso. Es un sitio fundamentalmente turístico, pero no exento de interés, sobre todo porque allí se encuentra la casa y la tumba de uno de los más reconocidos poetas griegos; Giannis Ritsos.

Hay numerosos viajeros que han escrito sobre Grecia, relatando sus periplos entre azules, islas sobrias o extraordinarias; plagados de placeres sencillos, mitológicos hallazgos y admiraciones diversas:

“¡Qué feliz vida esta que llevo!”, Mani, Patrick L. Fermor.

“La bondad y la belleza son separadas en el norte, pero no lo es en Grecia. Entre piel y piel no hay más que luz”. El mago (1965), John Fowles.

“Las razones se añaden luego, para justificarnos: seguimos amando y odiando como en Grecia”. Real sitio (1993), José Luis Sampedro.

«Entre todos los pueblos, fueron los griegos quienes más bellamente soñaron el sueño de la vida». Goethe.

«Dijérase que aquí, en Grecia, el milagro es la flor de la necesidad. Zorba, el griego (1946), Nikos Kazantzakis.

«En algún sitio entre Calabria y Corfú comienza realmente el azul» La celda de Próspero, L. Durrell.

«Vine de muy lejos en busca de la belleza». Leonard Cohen.

«Ítaca te brindó tan hermoso viaje». Konstantinos Cavafis:

Y así, todo un compendio de frases celebres o anónimas que intentan resumir la chispa, el destello que produjo el contacto con el asombroso archipiélago de nuestros orígenes. Estas frases crean el leitmotiv que los lectores intentamos buscar en el viaje, para que este no se convierta en un conjunto inconexo de fotografías filtradas y trucadas, donde solo se advierte felicidad cuando a veces, también, hay una desdicha necesaria para darle sentido al camino. Cada viaje debe ser, en el fondo, la banda sonora de nuestra vida, de los libros que estudiamos y de las inquietudes que nos llevaron a emprenderlo, para guardar entre dibujos y letras, los chispazos de gloria, o melancolía, que nos brindaron aquellos días de trashumancia.

Buscando un motivo para circunnavegar las islas griegas, entre los miles posibles, encontré uno que puede tener cierta gracia, aunque el trasfondo es amargo y diabólico. Entre tanto reclamo publicitario del estilo de “navega por islas paradisiacas”, “playas de ensueño” y “morada de los dioses”, ¿por qué no “crucero por los penales del Egeo”?, esas islas que durante la guerra civil griega y la dictadura de los coroneles se convirtieron en el calabozo de gran parte de la intelectualidad griega, y donde en medio del sufrimiento y la soledad se forjaron como artistas, para dar lo mejor de sus obras, Mikis Theodorakis, Manolis Glezos, o Giannis Ritsos. Este último representa el guía por excelencia de todas y cada una de estas cárceles, aisladas por el impenitente mar, disfrazando y escondiendo las amargas atrocidades entre brillantes versos.

El día 1 de mayo, fiesta de los trabajadores, cual fecha premonitoria, nacía Yannis Ritsos en Monenvasiá. Fue también un 1 de mayo, cuando compuso uno de sus poemas más conmovedores ante la foto de una madre sosteniendo a su hijo muerto en las revueltas de Salónica: Epitafio. Poema que fue quemado por Metaxas por subversivo; maniobra que le salió rana al dictador, como ya escribí anteriormente.

La vida de Ritsos es tan desgraciada que resulta difícil imaginar como su pensamiento produjo algo más que lamentos; pero realmente fue la escritura la que le otorgó sentido a su vida y resistencia a la adversidad; el aro salvavidas en medio del océano.

Su madre y su hermano murieron de tuberculosis, enfermedad que pronto contraería él y por la cual debió de ser ingresado años en un sanatorio. Su padre se arruinó y resultó confinado en un psiquiátrico, en la misma institución donde ingresaría más tarde la hermana de Ritsos. Falto de recursos, en 1930 fue a parar a un ruinoso y miserable asilo de enfermos en Creta, cuyas condiciones absolutamente inadmisibles denunciaría en un periódico, logrando que los enfermos fueran trasladados a Janiá.

Durante la invasión de Grecia por los ejércitos nazis, Ritsos se incorpora al Frente Nacional de Liberación, ocupándose de su sección cultural. Más tarde participa en la Guerra Civil y tras la llegada de Metaxas al poder, en 1948, es detenido y confinado en Limnos, en Agios Stratios y en Makronisos, donde también estuvieron retenidos Theodorakis y Glezos.

Limnos es dulce y voluptuosa, carente de montañas abruptas, tan suave como un cuerpo desnudo y bronceado tumbado sobre las olas; llegues por el norte o por el sur la mano se te escapa a acariciar esa piel de terciopelo cobrizo. Es una isla para mi muy especial; cuando estuve en ella por primera vez, se encontraba habitada en su mayoría por chavales cumpliendo el servicio militar, que daban de comer a las lavanderías, cafés y locutorios telefónicos con los permisos del fin de semana. El aspecto de su capital, Mirina, en ese momento, era bastante pueblerino, pero me demostró ser una isla inolvidable, donde uno se quedaría a vivir para siempre.

En Limnos había un perro amigo de los deportados políticos. Se llamaba Dick y odiaba a los guardias, a los que enseñaba feroz los dientes cuando se acercaban y los denunciaba ladrando cuando se escondían entre los barracones para espiar las conversaciones de los reclusos. Si le oían gruñir ya sabían que era hora de cambiar de conversación. Cuando Ritsos y otros presos fueron trasladados al penal de Makronisos no pudieron llevarlo con ellos, la pena por el abandono del animal se plasmó en un poema dedicado a ese héroe de cuatro patas. El poema está recogido en su “Cantata desde Makronisos”.

Makronisos es sin duda una isla hostil, con una forma amenazante, como un basto de la baraja española. Navegando por el estrecho que la separa de Cabo Sunio y el puerto de Lavrio, es posible discernir las antiguas construcciones militares, probablemente parte del campo de concentración.

Frente a ella se hundió el barco hospital HMHS Britannic, gemelo del Titanic, el 21 de noviembre de 1916. La nave reposa a 120 m de profundidad. En el naufragio 30 personas fallecieron  y unas 1.000 pudieron ser salvadas por los pescadores de Kea. Makronisos es siniestra, difícil que algún día imite la cara amble y luminosa de sus hermanas del Egeo. Aunque, al turista le construyen un par de hoteles y muchos son capaces de ir a veranear al mismo Hades sin enterarse.

En Agios Stratios, el territorio es tan exiguo que se recorre a pie sin muchos esfuerzos. Pero el puerto es tan minúsculo que hay que abandonarlo cuando entra o sale el Ferry. Aunque lo hemos visitado, poco pudimos saborear la isla, pues tuvimos que salir de allí pies en polvorosa.

Tras una etapa de estabilidad llega el golpe de estado de los coroneles y encuentra entre sus primeras víctimas al siempre políticamente rebelde Ritsos. Esta vez es deportado a Yiaros y a Leros, en 1967–1968, y después a Samos.

Leros es una isla señalada por alguna maldición. Siempre fue a parar allí aquello que nadie quería. Algunas dependencias militares, abandonadas por los soldados italianos fueron utilizadas como prisión política durante la dictadura. Y más tarde, los grandes edificios expresionistas construidos por Mussolini se llenaron de enfermos mentales. Curiosa asociación de locos con disidentes políticos tiene Leros. En este mar de ermitas y casas blancas, con puertas y ventanas pintadas y lleno de adornos y luminosidades escondidas en callejones estrechos, Leros es una auténtica extravagancia, una ciudad sobria, de tonos ocres y amplias avenidas; una exposición de arquitectura del racionalismo italiano que nadie comprende a qué viene.

Yiaros fue llamada la isla del diablo. Ya los romanos la utilizaron como cárcel de alta seguridad. Y tanto; situada en el medio del Egeo y batida por los temporales de vientos del Norte o del Sur, la fuga es casi imposible. Después de la Guerra Civil se enviaron a más de 20.000 comunistas al exilio forzado. Las deportaciones fueron declaradas como “vacaciones educativas“ con el objetivo de transformarlos en “buenos griegos”. Eufemismo para referirse a un campo de concentración con cámaras de tortura.

Los prisioneros tuvieron que construir su propia cárcel y muchos murieron de calor y de hambre. Apenas se terminó la obra, el gobierno de Atenas tuvo que cerrar la prisión por las protestas internacionales, pero la posterior subida al poder de “los coroneles” resucitó estas lúgubres instalaciones y fueron enviados allí miles de opositores, incluyendo a mujeres embarazadas. Yiaros es hoy un área militar restringida, con ningún punto para fondear, ni desembarcar. Su territorio se ha utilizado para albergar un gran parque eólico de grandes dimensiones y es un centro de reunión de numerosas colonias de foca monje. El lugar es sobrecogedor; camuflado entre sus piedras y entornando bien los ojos, se vislumbran los antiguos edificios polvorientos y malignos. Cuando navegas a sotavento de sus feroces acantilados, el ulular de los vientos te estremece, como si fueran ecos de gritos históricos.
La junta militar siempre negó la existencia de una isla prisión en Yiaros, pero unos periodistas alemanes consiguieron sobrevolar los edificios y tomar fotos que fueron publicadas en el periódico Stern y causaron un revuelo internacional. El fiscal griego, Costas Katsibinis, hace 19 años fundó una sociedad para la preservación de la memoria histórica y poder sacar a la luz los horrores que allí se cometieron.

Fotografía de Giorgos Stephanu

Y, por último, para finalizar este periplo vital, Ritsos acaba en Samos, bajo un arresto domiciliario a pesar de su terrible estado de salud que solo el clamor internacional consiguió levantar.

En 1974, cae la Dictadura de los coroneles y Ritsos es libre definitivamente.

Pues ya veis, años y años reviviendo el viaje de Ritsos sin pretenderlo, a salto de mata entre sus versos. Así que no tuvimos más remedio que acabar en Monemvasiá; no podría haber sido de otro modo. A la entrada de la ciudadela amurallada se encuentra su antigua casa familiar, con un busto de bronce del poeta con una mirada perdida en el infinito. Y un poco más allá, en el cementerio, está su tumba, también con hermosas vistas sobre el golfo. Tumba y estatua observan el mar, ese mar que, a pesar de los numerosos años de tormentos en su particular “crucero por las islas griegas”, nunca se cansó de contemplar y que se convirtió en el tintero de su genuina pluma.

Creo en la poesía, en el amor, en la muerte, por eso exactamente creo en la inmortalidad. Escribo un verso, escribo el mundo. Existo; existe el mundo. De la yema de mi dedo meñique fluye un río. El cielo es siete veces azul. Esta claridad es al mismo tiempo la primera verdad, mi última voluntad.
G. Ritsos

Os dejo con esta canción de Theodorakis, compositor y autor de la musica de numerosos poemas de Ritsos, presos los dos en las mismas cárceles, protagonistas de parecidos viajes.

Ποιος τη ζωή μου, ποιος την κυνηγά
να την ξεμοναχιάσει μες στη νύχτα;
ουρλιάζουν και σφυρίζουν φορτηγά
σαν ψάρι μ’ έχουν πιάσει μες στα δίχτυα

Για κάποιον μες στον κόσμο είν’ αργά
ποιος τη ζωή μου, ποιος την κυνηγά;

Ποιος τη ζωή μου, ποιος παραφυλά
στου κόσμου τα στενά ποιος σημαδεύει;
πού πήγε αυτός που ξέρει να μιλά
που ξέρει πιο πολύ και να πιστεύει;

¿Quién mi vida, quién la persigue
para aislarla en la noche?
Aúllan y silban los camiones.
Como a un pez me han atrapado en las redes

Para algunos en este mundo es tarde
¿Quién mi vida, quién la persigue?

¿Quién mi vida, quién la vigila,
¿Quién marca las estrecheces del mundo?
¿Dónde fue aquel que sabe hablar,
que sabe algo más para creer?

4 pensamientos sobre “Crucero por las islas griegas. Monemvasiá y Ritsos”

  1. Γεια σου, Ana. Bonito el viaje, muy parecido al que hice este verano, disfrutando de Monemvasiá desde el mar. Es verdad que Leros ha tenido mala suerte, pero, quitando la extravagante Lakkí, el resto de la isla, como Pandeli o Agia Marina, son encantadores. Además tiene muchas bahías donde fondear. Y sus gentes son muy amables y hospitalarias. Un saludo

    1. Hola. El periplo por las islas cárceles, es un guión, como otro cualquiera, para darle un sentido al viaje. Este año primero fueron las guerras médicas y luego, al llegar a Monemvasiá me acordé de Ritsos y su vida en cautividad por motivos políticos. Un gran poeta y un gran hombre.
      Sí, ya sé que Leros es algo más que Lakki, pero Lakki tiene una personalidad que eclipsa al resto de la isla.

      Saludos, Kiko

  2. Hola Ana, qué entrada más sobrecogedora y más bonita. Nunca pensé hacerme tourne con el Google Maps por el Egeo con semejante motivo. impresiona llegar desde el cielo de Google Maps volando a la isla de Yiaros y aterrizar en el penal. Lo que debieron de pasar aquellos hombres y mujeres allí metidos. Por cierto, sales muy reguapa en esa foto sobre la playa con la Maga el fondo. Ya era hora de que alguna vez lucieras palmito en las fotos de tu blog.
    Un beso muy gordo
    VIRIATO

    1. Ay, sí, hasta los mayores placeres, como vivir en una isla desierta del Egeo, se convierten en pesadilla si lo que te roban es la libertad. Todo el dia mirando un mar infinito sin poder escaparte por él.

      Un besazo y gracias por el piropo y a ver cuando nos vemos.

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