Saltar al contenido

Dátiles hospitalarios

Tanto los dátiles como la fabricación del azúcar vinieron de oriente, de donde viene la luz, el sol y el cielo que se derrumba sobre nuestras cabezas cada noche. Y como todo está entremezclado y enrevesado sin principio ni fin, como una cinta de Moebius, voy a tratar de demostrar que por culpa de palmeras y endulzantes, el mundo se hizo pequeño y partieron viajes y expediciones de una parte a otra del globo a descubrirlo todo; hasta llegar a este mismo instante en el que tecleo yo bobadas.

Las palmeras son un símbolo de elegancia y delicadeza por su altura y porque concentran sus preciados atributos en la parte más lejana e inaccesible, la belleza debe siempre comportar algo de imposible, algo de esfuerzo inútil. Aunque no son árboles propiamente dichos, más bien plantas arbóreas. No tienen troncos de madera con anillos anuales, sino que sus largos cuerpos son la suma de pequeños conductos tubulares y fibrosos, como diminutas venas, que las hacen mucho más flexibles y les permiten doblarse con viento como una ligera bailarina.

Así decía Ulises, cuando llega al reino de lo feacios y se encuentra con hija del rey, Nausicaa, a la que compara con una palmera por su hermosura:

Que nunca se ofreció a mis ojos un mortal semejante, ni hombre ni mujer, y me he quedado atónito al contemplarte. Solamente una vez vi algo que se te pudiera comparar en un joven retoño de palmera, que creció en Delos, junto al ara de Apolo -estuve allí con numeroso pueblo, en aquel viaje del cual habían de seguirme funestos males-; de la suerte que a la vista del retoño quedeme estupefacto mucho tiempo, pues jamás había brotado de la tierra un vástago como aquél.
Homero, Odisea VI

Bajo esa palmera de Delos que describe Homero, Leto dio a luz a Apolo y acabó convirtiendo el árbol exótico en especie noble y sagrada, con sus palmas, aventajando a los insignes laureles, agitadas para recibir a ilustres y campeones; costumbre que también copiaron los cristianos para celebrar la llegada de Jesus a Jerusalén.

Los feacios de Corfú siempre me cayeron bien porque no se interesaban por batallas ni conquistas sino que dedican sus energías a los mástiles y los remos, y a las bellas embarcaciones que cortan los mares cubiertos de espuma. Yo no sé si tuvieron algo que ver con los fenicios, por su nombre y aficiones, pero sí que curiosamente, en griego estos últimos se llamaban como la palmera, φοίνικας , como la que alude Odiseo al contemplar a la bella princesa Nausicaa. Y ella, al descubrir al náufrago tendido en la playa, se lamenta:

Éste es un infeliz que viene perdido y es necesario socorrerle, pues todos los extranjeros y pobres son de Zeus

La hospitalidad era insoslayable para los griegos, e incluso hoy sigue siendo una costumbre tradicional de las áreas rurales. Todos los extranjeros y pobres estaban bajo la protección directa de Zeus y no cumplir con el deseo del dios era un sacrilegio. Esta divinización de la acogida facilitó que los griegos fueran un pueblo viajero y permitió su contacto y enriquecimiento con otras civilizaciones. El forastero era rápidamente convertido en invitado y agasajado con comida, descanso, aseo y hasta provisto de sirvientes, animales y naves para completar su aventura. La costumbre no carece de interés, ya que el visitante queda automáticamente en deuda con el anfitrión, por lo tanto, en cualquier situación en la que él necesite ayuda podrá pedirla. Y así lo expresa Menelao:

También nosotros, hasta que logramos volver acá, comimos frecuentemente en la hospitalaria mesa de otros varones; y quisiera Zeus liberarnos de la desgracia para en adelante.
Homero, Odisea IV

Los frutos anaranjados, colgados a montones de sus pedúnculos como abalorios, son terribles bombas energéticas para recorrer desiertos; la falta de humedad hace que se concentren los minerales, azucares y vitaminas en una pulpa apretada y vigorizante. Los griegos clásicos comían los dátiles secos acompañados de vino e higos, ofreciéndolos como un manjar delicioso y preciado en los buenos banquetes. Jenofonte relataba que en las mesas nobles persas se servían ejemplares enormes y jugosos mientras que los pequeños, como los que se vendían en Grecia, eran ofrecidos a los siervos y esclavos. Los persas siempre fueron lo más en temas gastronómicos, quizás por eso perdieron la guerra.

Es en los meses de octubre y noviembre cuando se endulzan y engordan los dátiles, cambiando y oscureciendo su color. La planta los sigue alimentando, como buena nodriza, con su sabia, para cebarlos y suavizarlos, pero con los primeros sirocos, azota el viento las largas pelambres y airea los racimos listos para la recolecta a golpe de machete. Algunas variedades más delicadas como el Deglet Noor, o dátil de la luz, requieren una recolección más esmerada, encaramándose a lo alto de la palmera y escogiendo uno por uno sus frutos.

Las buenas cocinas griegas acumulan tarritos de colores llenos de frutos rojos, verdes y amarillos, reposados y brillantes, que descansan en elevadas alacenas, al abrigo de los gatos, para agasajar al visitante. Son los “dulces de cuchara”; frutas en un denso almíbar que se sirven en pequeños platos de cristal acompañados de minúsculas cucharillas. Al depositar una pequeña cantidad en la boca, se cierran los ojos y se piensa en la fruta; cual es, en qué lugar se recolectó, como se cocinó, como se formó lentamente el caramelo y se dejó espesar, qué viajero de Arabia trajo el azúcar, que curioso es que entonces la miel fuera barata y el azúcar extremadamente caro, cómo cambian las cosas, que rico que está el bísino de agrias cerezas y el kumkat de naranjas enanas de Corfú, aunque prefiero el dulce de pistachos de Egina, de uvas, higos y mandarinas de Quíos, con limones de Santorini, con las nueces ikariotas o de las almendras con canela de Kos, que bonita está la tarde y que viento más agradable agita el mar contra la otra orilla. Y cuando el último vestigio de sabor se cuela por las papilas gustativas y la imagen del postrero pensamiento se desmadeja, se chasquea la lengua varias veces y se bebe un empañado vaso de agua helada. Si eso os ocurre alguna vez y al abrir los ojos veis a una sonriente señora que pregunta si queréis más, ya sabes que siempre estaréis en deuda con ella y que gracias a su invitación, en algún momento, se pudo llegar a la luna.

 

Dátiles

 

La receta de hoy es un dulce de dátiles muy simple que encontré en un libro para niños. Según el autor es un dulce típico bizantino elaborado en los monasterios de las islas jónicas, donde la cocina está claramente influenciada por los italianos.

Dulcia domestica
Ingredientes:
• 200 gr. de dátiles frescos o secos
• 50 gr. de nueces troceadas
• un poco de sal y pimienta
• vino con miel

Preparación:
Eliminar los huesos de los dátiles y rellenar con las nueces. Salpimentar y cubrir con el vino con miel. Cocinar a fuego lento hasta que las pieles de los dátiles se desprendan con facilidad (aproximadamente 5-10 minutos). Dejar reposar

Que aproveche.

ΑΦΡΙΚΑΝΑ
Σαν λουλούδι πλάνο μαγικό
Μυρωμένο και ελκυστικό
Είναι το γλυκο της στόμα
Το φιδίσιο της το σώμα

Μες τη χώρα αυτή τη ξωτική
Τη μαγεύτρα πλάνα Αφρική
Του χουρμά όλη τη γλύκα
Στα χειλάκια της τη βρήκα

Αχ πως ποθώ μελαμψή Αφρικάνα
Να ριχτώ ξανά μια βραδιά
μες την αγκαλιά σου την πλάνα
Αχ νοσταλγώ τον τρελό τον σεβντά σου
Τα θερμά σου λάγνα φιλιά
Και το μυρωμένο άρωμά σου.

AFRICANA
Como flor sensual mágica
aromática y atractiva
es el dulce de su boca,
su cuerpo serpenteante.

En este exótico pais,
en la sensual Africa mágica
la dulzura del dátil
en sus labios encontré.

¡Aj! Como anhelo a mi negra africana
y arrojarme de nuevo una noche
a su abrazo sensual
¡Aj! Como añoro tu turbadora melancolía
tus ardientes besos voluptuosos
y tu aroma embriagador.

11 comentarios en «Dátiles hospitalarios»

  1. Hola anuska, después de tan almibarado artículo, me he puesto a preparar el desayuno escuchando la canción. Ya con los primeros acordes se me han ido las caderas como si fuera una bailarina de la danza de los siete velos, mientras endulzaba mi té rojo con azúcar morena. Como ves tambien en mi cocina han entrado china y el caribe. En mi infancia, las palmeras marcaban la casa del indiano regresado de las Américas. No recuerdo si los frutos de estas palmeras, crecidas al lado del frío Atlántico, daban dátiles comestibles, si no su altura imposible visible desde todas partes, faro de la riqueza del paisano. Los dátiles más ricos que probado en mi vida, los compramos en un mercado de Sidi Bon Said. Los racimos endulzaron la cabina del VIRIATO durante su travesía hacia Sicilia, y nos quedamos con pena de no haber comprado más. iAlucinantes!
    Un beso muy gordo
    VIRIATO

    1. El artículo exquisito, este comentario espectacular y el tema muy genial. Excelente en serio. Gracias por compartir y por la dedicación. Un saludo desde Venezuela y Éxitos, muchos éxitos.

  2. Bueno, imaginarte de bailarina sensual me ha amenizado la mañana. Sería digno de canal de youtube.
    Los dátiles buenos son la repera, están superbuenos, pero según los masticas ves crecer los michelines. Ya sabes que con unos cuantos y leche de camella, los beduinos cruzaban el desierto.

    Pues yo siete besos, uno por cada velo

    1. En la taberna de María había muchos tarritos de colores de γλυκο κουταλιου, pero siempre llego al postre a punto de reventar y no los he probado. Este verano me regalaron uno de higos rellenos de almendras, que mezclado con yogur estaba de morirse.
      Otro grandote para ti.

      1. En la taberna de María había muchos tarritos de colores de γλυκο κουταλιου, pero siempre llego al postre a punto de reventar y no los he probado. Este verano me regalaron uno de higos rellenos de almendras, que mezclado con yogur estaba de morirse.
        Otro grandote para ti.

  3. Me chiflan los dátiles. Con los polvorones y el turrón de almendras duro, el de toda la vida, son mis golsinas de Navidades.

    He publicado el artículo en la Hermandad. 🙂

    1. Sí que es verdad que se asocian con las navidades. Los pobres son tan hipercalóricos que engordas solo de mirarlos, pero tienen un sabor sugerente; me gustan sobre todo los frescos.
      Puedes publicarlo donde quieras, faltaría más, si no lo hago yo es porque como no siempre tienen que ver con los barcos, tengo la sensación de que enlazarlos allí puede sonar a pegote.

      Un abrazo Guillermo

  4. Gracias por compartir tu amor por Homero y por narrarnos tu propia Odisea.
    Quería comentarte que en Mallorca las palmeras son también símbolo de hospitalidad. Hace no tantos años, cuando nuestra isla era aún un lugar pobre y mal comunicado, los payeses que tenían que recorrer grandes distancias para llevar sus productos o comprar ganado a un pueblo lejano, sabían que las casas en cuya puerta había una palmera encontrarían siempre un rincón para dormir cerca de una chimenea si su viaje era demasiado largo o una tempestad les impedía llegar a su destino. Las casas con dos palmeras (que solía ser una casa señorial o «possesió») tenían siempre un rincón para el caminante al que además le daban sopas y pan.
    El Archiduque Luís Salvador, que compró en la sierra de la tramontana algunas fincas y casas desde las que se podían disfrutar los paisajes más bellos de la isla, conocedor de esta tradición, abrió una posada para caminantes, que se llamaba «Ca Madó Pilla» (que era el nombre de la mujer que la regentaba) en la que daba alojamiento gratuito, hasta un máximo de tres días, a los caminantes de la Costa Norte, a los que además ofrecía jabón, agua y pan. Las dos palmeras eran su cartel para anunciarlo. Allí pernoctaron los primeros turistas que descubrieron la belleza de nuestra isla.
    Por cierto, el Archiduque fue también un gran amante de Grecia (dedicó varios libros a algunas de sus islas) y visitaba con frecuencia a su prima Sissi, la triste emperatriz austríaca, que tenía una casa en la costa de Corfú.
    Por cierto, mi casa tiene dos palmeras en la puerta…

    1. No sabía de esa relación de las palmeras mallorquinas con la hospitalidad, me parece muy bonita. Qué afortunados los primeros turistas de tu isla, con el tiempo y la muchedumbre todo se pervierte. En Grecia, antaño, cuando aparecía un forastero en un pueblo pequeño, los vecinos discutían por ver quien se lo llevaba a casa; en el fondo era interesado, pues así les facilitaba noticias del extranjero. y al día siguiente podía chafardear de información. Sigue siendo un país hospitalario; la “filoxenia” es una virtud obligatoria para un griego; si tiene dos higos, te ofrecerá uno y si le preguntas el camino te acompañará un trecho. Esas cosas alegran la vida más que cualquier modernidad en forma de código QR, tan de moda últimamente.

      Muchas gracias por pasarte por aquí. Tu siempre serás: Ana la de las dos palmeras.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.