Dos locos cualquiera

Yo le puse el mote de Apagorévete; απαγορεύεται, en griego significa “se prohíbe”. Luego supe que se llamaba Stavros; así quedó convertido en Stavros Apagorévete. Era rechoncho, bizco, con los pantalones arremangados, sujetos en los sobacos por un cordón verdoso, con una gorra que algún día fue negra y una camisa granate de lunares blancos. Cuando se asomaba a la orilla se reflejaba una mancha sangrienta de lunitas blancas que bailaban mientras se perdían en la distancia. Como un autentico vagabundo, transportaba sus pertenencias en un pañuelo anudado y las colgaba del extremo de un palo que le hacía las veces de caña de pescar. Tenía roña por kilos y un enjambre de pajas y moscas que le seguía de cerca. Y como autentico griego, sentía devoción por todo lo que sucediese al otro lado del liquido espejo donde se reflejaban sus lunares, como si allí estuviera sumergido el secreto del mundo y de la existencia. Lanzaba sus sedales a la caza de peces o de sabiduría, pero pendían flácidos por enteras jornadas.

Aquella era una Lefkada de la protohistoria, con un puerto sin asfaltar donde crecían las malas hierbas y las barcas se apelotonaban amarradas a estacas, farolas, patas de bancos y arbolillos esmirriados. Él pescaba entre las estachas y podía tirarse horas muertas observando el imperceptible movimiento de sus tanzas desperdigadas por la orilla, donde se liaba todo paseante despistado. Stavros tenía mucha movilidad y cambiaba de puerto a menudo, tan pronto lo encontraba en Préveza como en Nikiana, siempre con su camisa encarnada, sus moscas y sus briznas, siempre con sus sedales extendidos y su ojo estrábico que miraba a todos lados, como un icono bizantino. Llegaban los primeros barcos de recreo y a veces tenía que recluir su pasión en medio de pasarelas y extranjeros que subían y bajaban montando un estruendo que sus peces tranquilos no podían tolerar. Se enfadaba y blasfemaba entre dientes.

Un día, llegaba él a la vez que un velero intentaba amarrar en un hueco disponible, Stavros le echó una mirada de maldición y gritó: “apagorévete”, “no boat”, “apagorévete”. El capitán le vio haciendo aspavientos en el muelle, dudó un instante y deshizo parte de la maniobra que ya casi había completado. Se alejaron; Stavros dejó su hatillo bajo la farola y extendió sus filamentos. Respiró hondo y se sintió lleno de poder.

Pasé un tiempo sin encontrarlo, hasta que lo vi acercarse por la carretera de las marismas, como una amapola lejana. Como era pronto, el puerto estaba vacío y desperdigó sus enseres por el muelle. Cuando empezaron a llegar los navegantes de la tarde, comenzó con sus berridos y manotazos, previniendo a los transgresores con policías y multas. Consiguió de nuevo un amplio espacio para su pasión, pero no sonreía ufano, sino que lo tomaba como un derecho natural a su condición de pescador, porque solo de ellos era el reino de los cielos. No hubo forma de que algún paisano cariñoso, llamándole por su nombre, le intentara persuadir de que era un puerto y en los puertos amarran barcos y que los turistas eran buenos porque traían dinero para poder asear el puerto; les clavaba la mirada de ido y les repetía su letanía: “apagorévete”. Así se fue creciendo en su propia leyenda de mago prodigioso, que conseguía milagros con solo pronunciar su abracadabra. La montaña se abría, en este caso el mar, para dejar asomar las boquitas de los miles de seres hambrientos que esperaban sus suculentos, pero mortales, cebos.

Empezaba a entrar el verano. Yo solía correr por la mañana, hasta llegar a una playa donde me refrescaba. Si iba temprano, en la orilla me encontraba un pollino pensativo que bizqueaba con la brisa, con las patas delanteras en el agua. Tenía moscas, tenía briznas y tenía un ronzal de un verde sospechosamente parecido al cinturón de Stavros. Tuve una corazonada que nunca pude corroborar, porque en Grecia, sobre todo en aquella, los hechos insólitos nunca ocurrían por casualidad. Le enseñé un trapo blanco con lunares, pero me torció la cabeza tras olisquearlo un rato y no encontrarlo interesante. “Apagorévete”, le dije, pero no movió ni una oreja, solo miró al horizonte como buscando alguna nave lejana por venir y me dio la espalda. Bueno, la grupa y el rabo. Le dejé por imposible.

Apareció por el puerto otro hombre peculiar. Este era flaco y consumido, no tan vistoso como Stavros, pero tampoco un prodigio de elegancia. Era un nervio puro que iba y venía por el muelle buscando cualquier cosa que se moviera al otro lado del espejo de las maravillas. Venía mejor pertrechado, con silla de enea y todo, con cañas de carretes y una buena tanda de vasos de Nescafé frappé que se acumulaban a sus pies. La cifosis le vencía, sería una joroba natural, pero se acrecentaba por la postura encorvada sobre el taburete y los ojos desorbitados mirando el agua. Creo recordar que se llamaba Mihalis, aunque yo le bauticé como Ta Nevra , τα νεύρα, Nervios, porque parecía que sus escuetos músculos estuvieran siempre recorridos por una corriente de alto voltaje y sus cabellos a punto de incendiarse. Si Stavros pescaba horas, este lo hacía día y noche sin comer ni dormir, al menos eso creo.

Mihalis miraba a Stavros con resquemor, y éste le devolvía su mirada de cíclope irritado, aunque sentados uno a un lado y el otro al otro, mirándose solo de reojo, lograron tolerarse por un tiempo. Pero cuando “Ta Nevra” contempló la sutil estrategia de los “apagorévetes” de su rival, se quedó boquiabierto, sin respirar. Se percató de que con aquella fórmula extraordinaria había logrado engañar al incauto navegante que le dejaba un preciado hueco en el muelle; se irguió de un salto, recorrió el paseo arriba y abajo, con el lomo erizado como un gato. ¡Aquello era fantástico!, pensó; los dos juntos conseguirían hacerse con el puerto.
Durante una temporada, por las tardes, se oía el jolgorio de “apagorévetes”, de “no boats” y de “pólice”, a veces triunfaban, la mayoría no. Un día llegó la policía de verdad y les echó una reprimenda. Eran dos ingenuos dementes, y ese mismo verano desaparecieron; no les volví a ver, no creo que acabaran en manicomio alguno, sino pescando en sitios recónditos, ocultos a los turistas. También se esfumó sospechosamente el burro. Los locos se fueron y en ese mismo instante el mundo comenzó a enloquecer. De forma similar, cuando murió el dios Pan, el último, el corazón del mundo clásico dejo de latir.

Δυό ψυχές
Χαμένες στ΄ανοιχτά
Τόση θάλασσα και ποιος θα την ξοδέψει
Δυο ψυχές
Τα ταξίδια που αφήσαμε στη μέση
Ποιό ζευγάρι θα τα κάνει τελικά;

Δυο ψυχές
Στην πόλη ναυαγοί
Ο καθένας θα ‘χει τα προσωπικά του
Δυο ψυχές
Κι αν βρισκόμαστε τυχαία κάπου-κάπου
Θα ξεχνάμε πως μας δένει μια πληγή

Τι γίνεσαι, τι γίνεται
Έχεις αλλάξει
Τι γίνεσαι, τα νέα σου
Πως πάει η δουλειά
Χαθήκαμε, βρεθήκαμε
Όλα εντάξει
Μπορούμε να τα λέμε τυπικά

Δυο ψυχές
Που είχαν ενωθεί
Και μοιράστηκαν για λίγο ένα σώμα
Δυο ψυχές
Δυο ψυχές που θ αγαπιόντουσαν ακόμα
Μα σε λάθος ώρα είχανε βρεθεί

Dos almas
perdidas ahí afuera
tanta mar y quién la gastará
Dos almas
Los viajes que dejamos a medias
¿Quién los hará al final?

Dos almas
Náufragos en la ciudad
Cada uno con sus problemas
Dos almas
Y si nos encontráramos por casualidad alguna vez
olvidaríamos que nos unió una herida.

¿Cómo estás? ¿Cómo va?
Has cambiado.
¿Cómo estás? ¿Qué noticias tienes?
¿Cómo va el trabajo?
Nos perdimos, nos encontramos.
Todo bien.
Podemos tener una charla insustancial.

Dos almas
Que habían estado unidas
Que compartieron un cuerpo
Dos almas
Dos almas que todavía se amarían
Pero se encontraron en un momento equivocado.

23 pensamientos sobre “Dos locos cualquiera”

  1. Gracias Ana. Me encanta volver una y otra vez a Grecia y sus singulares habitantes de la mano de tus historias.
    Desde que mi barco y yo volvimos, no hemos dejado de anhelar el regreso…
    Un abrazo

    German «El Gaviero»

  2. Hola anuska, menuda historieta interesante. A mí los locos profesionales me apasionan, y no me digas por qué, siempre acabo topándome con ellos, sin distinción de pueblo o país por donde pase. Lo sé, lo sé, no lo digas, dios los cría y ellos se juntan. Te acuerdas del loco de Safi que se enrolló conmigo? Imán que tengo para estos individuos. El rey de todos estos, mis locos favoritos, era don José, personaje qué nos encontrábamos, en Samil, cuando íbamos camino a la playa (yo tendría ocho años) y siempre nos contaba que en los balaústres de ladrillo del puente que cruza el río Lagares, estaban enterrados los huesos de los muertos en la guerra civil española. Nunca tuve curiosidad de rascar para ver si era cierto. Imagínate el susto si me hubiera encontrado una tibia o unos dientes pegados a su calavera.
    Mil besitos
    Viriato

  3. Será que tu estas un poco pallá también ¿No? Los perros siempre intuyen cuando hay gente a las que gustan y cuando no. Pues con los locos debe pasar lo mismo. Por eso somos amigos. 🙂
    Animo qué ya os están desconfitando a vosotros también; ya queda menos para la paella.

    Un besazo

  4. Hola:
    Me ha encantado el artículo ¡Qué bonita descripción de esos personajes tan típicos de casi todos los puertos griegos! ¡Qué ganas de volver!
    Gracias,
    Sylvie

  5. Como siempre, disfruto leyendo tus artículos Ana, estos personajes entrañables que surgen por todas partes y en los que la mayoría no se fijan, tu los haces grandes con tus palabras.
    Gracias por hacernos viajar a esos pequeños y entrañables puertos griegos.
    Mil besos Preciosa!!

    1. Gracias Isa. La verdad es que he tenido un parón, todo me parecía mal, poco interesante, prescindible; escribía algo y lo tiraba. Qué días mas tormentosos hemos pasado. Espero que cambien y nos veamos. Besos

  6. Hola Ana:
    Me relaja dejarme escapar de la habitación para viajar hasta cualquiera de los pequeños puertecitos del Jónico, en busca de encomiable escena de un pescador que al amparo del estridulo de las cigarras, se afana en capturar cualquier pez que se atreva a frecuentar sus orillas. Seguro que hoy no será su día, porque no hay, porque no les gusta la carnada, porque no es su día, o porque el ruido de una hélice espanta la poca pesca que se pasea por la costa. En cualquier caso, el bueno de Apagorévete como tantos otros, habrán sabido sacarle provecho a la jornada espantando moscas con el rabo.
    Alguna se van, otras caen rendidas, pero la mayoría llegan, se cuelan y ponen sus huevos allá donde Dios les dio a entender.
    Bendito turismo del que muchos vivimos y maldiga sea la mierda que trae consigo.

    Mil besos desde el norte.

    1. Lo malo del turismo no es la invasión, porque eso pasa y volvemos a ser iguales, como la invasión de las moscas que tu dices. Lo malo es cuando todo se modifica para agradar al turista, entonces empieza a ser irrecuperable. Pero lo que es indiscutible es que todos, de una forma directa o indirecta, vivimos del turismo; solo hay que verle las orejas al lobo, como ahora, para que nos aterroricemos. Cuando alguno habla de que el turismo da trabajos precarios y estacionales, está claro que tiene razón, pero trabajo son; ya le gustaría a muchos camatas de chiringuito que los reconvirtieran, con empleos de calidad.

  7. Hola Ana:
    Precioso relato que me traslada a Grecia por un lado y siento una necesidad enorme de volver. Por otro, vuelvo a mi niñez. Crecí en un barrio que miraba al mar y aquella era época de pobreza y de parejas de la G. C. acechando en los caminos. Y había borrachines, gente de mal vivir, pescadores de todo pelaje, verdaderos locos que se iban con su caña a peñascos azotados por temporales. Era un mundo que desapareció y no queda ya ni rastro.
    Hoy lo que prevalece es sentarse con la cañita y el móvil en la terracita frente al océano.
    Porco mundo.
    UN abrazo y a ver si podemos volver.

    1. Grecia abre fronteras ya a mediados de junio, el problema seremos los españoles. Pero creo que Europa les está poniendo las pilas a todos para que se acuerden de que el turismo es casi el 15% del PIB europeo, y que por definición, Europa tiene que ser una y sin fronteras. Yo creo que mejorará todo en los próximos días. Esperanza y buenos tiempos por venir, despues de esta pesadilla.

      Abrazos

  8. ¡Hola,Ana Capsir! Una vez mas,releo tu libro para hacer mas llevadera la nostalgia que tengo de Grecia,mas aun si cabe, en estos momentos en Barcelona.Recuerdo un perro»adéspotas»de la plaza Syntagma que se pasaba casi todo el día despatarrado,arriba de la escalera de marmol blanco de la entrada del»Grande-Bretagne»,arriba ala derecha;por la noche se retiraba,al fresco,bajo los arbustos de la plaza»mecido»por música rebétika.El personal del hotel le había dado un nombre tan cursi,poco griego,como improbable dado su aspecto físico:»Sweety».Muy mayor,ya,cuando lo conocimos no se como aguantó tantos años con su mala salud y una diabetes evidente,provocada sin duda por las «delicatessen» varias que le suministraban sus devotos amigos del hotel…Sweety,incluso daba un poco de grima:hinchado,sin pelos ya,con la piel rosa-violacea llena de manchas extrañas,pero cuando se dignaba entreabrir sus parpados veías la mirada del «chico»joven y listo que fue.¡Te guiñaba un ojo!eso si llevaba con mucha desenvoltura su cadena de identificación.Cualquier persona que no conozca la idiosincrasia griega,no puede imaginar semejante estampa delante del»Ritz»en Paris,o del «Savoy»en Londres o del «De la ville» en Milan.la cara de estupefacción de los clientes nuevos o de «los grandes de este mundo»que subían la escalera para entrar en el hotel era de antología! Sweety,al amparo de los imperturbables y majestuosos porteros con sus libreas verdes y oro y sus gafas de sol Sweety no prestaba atención a la comedia humana que desfilaba delante de su hocico!El,dormitaba,arrullado por el sonido de las palabras afectuosas que le dedicaban…a veces,se dignaba mover un poco la cola en señal de agradecimiento,pero ligeramente harto de tantas alabanzas!vaya vidorra de jubilado!había que verlo también a la cabeza de la tropa de sus «amigachos adéspotas»cuando cruzaba,imperial,respetando el semáforo a la esquina del hotel con Syntagma!no le molestaban el ruido de los taxis,limusinas,follones varios,llegadas de ministros o de estrellas del momento,pero…si lo oías ladrar y te asomabas al balcón¡veías que se acercaba un Porche!..¡Sweety no soportaba a los Porches!murió hace tres años…no lo reemplaza ningún otro «adespotas»arriba de la escalera de mármol blanco del»Grande Bretagne»…¡es más,se han llevado sus compinches de la plaza Syntagma!¿adonde?¿será también otro tributo de Grecia a los hombres de negro,esta vez,de sanidad de Comunidad Europea? tampoco están ya los que poblaban el aeropuerto de Heraklion…pero,el año pasado,en Delphi, seguían allí los perros «adespotas»,fieles seguidores del Oráculo,tirados como mantas por el suelo, bajo un sol de justicia,delante de la entrada del museo;compartían mansamente el espacio con numerosos gatos lustrosos.¡Otra especie animal,pero al fin y al cabo,también de la especie Helénica!.(TRIBUTO A SWEETY) Ana capsir,esperamos otro libro tuyo…te imaginamos,feliz,en Kolivata…en cuanto a nosotros,nuestros corazones están en Kardamily y Plaka (Creta),¡SALUD! Françoise&Josep, Barcelona.

    1. Yo, los adespotas más gamberros los he visto en la estación de autobuses de Atenas. Por el día deambulan entre el tráfico llenos de grasa y roña, y se dejan caer en cualquier esquina. Pero por la noche, cuando se acaba el trasiego de viajeros, se ponen en marcha como si fueran «Gangs off New York» , la película de Scorsese: vacían los cubos de la basura y se entretienen llevando las bolsas de un lado a otro.
      Una vez leí que e Moscú, los perros callejeros habían aprendido a colarse en el metro y bajarse en sus estaciones favoritas, donde más turistas había y más probabilidades de comida.
      En fin, algun día llegarán a ser más inteligentes que nosotros, no lo dudo.
      Muy has gracias por pasar por aquí y comentar, espero que pronto podáis viajar a Grecia y acariciar algún déspota chulapo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.