Dos playas y unos fantasmas

La tierra y el agua se pelean en las orillas. «Si ganas tú te daré un cabo», dice la ola. «Si me vences o convences, te otorgaré una playa», contesta la costa. Y así, en esta lucha de elementos, el mar y los ríos dibujan líneas elegantes en el encuentro con la madre tierra, y a nosotros nos parecen siempre bellas. O bien porque tienen buen gusto y saben perfilar cosas hermosas, o bien porque todo lo que hacen lo hallamos perfecto, como el rostro de una mamá cariñosa que se asoma a la cuna de un bebé. Las formas caprichosas de las islas, el litoral y las riberas, nunca cesarán de maravillarnos; sea cual sea la solución que se haya acordado, el resultado será el más acertado a nuestros ojos enamorados. Pero algunos lugares adquieren formas tan particulares que parecen guiños de la naturaleza para asombrarnos y no solo complacernos. Hay en Mesenia, en el Peloponeso, dos ensenadas contiguas, una es redonda, como un queso, y otra triangular, como un trozo de queso. La primera se llama Vidokiliá, Βοϊδοκοιλιά, que podría ser traducido como vientre de buey; y la segunda se llama Glosa, Γλωσσα, es decir: lengua.

Vidokiliá, es enigmáticamente redonda; como dibujada con compás. Desde el aire se asemeja a un riñón, o a un útero que desemboca en el mar por un angosto conducto, rodeada de altas dunas de arena blanca. Si vienes andando desde la bahía de Pilos, tienes que arrimarte bien a la montaña e ir saltando de roca en roca, pues cuando las lluvias son abundantes, una gran laguna anega el camino. Hay un desdibujado cartel que dice: «Prohibido el paso, zona de desprendimientos». Por allí delinquimos cada vez que la visitamos, con el corazón en un puño, mirando las enormes rocas de la montaña sobre nuestras cabezas, y los resbaladizos limos de la laguna a nuestros pies. Pero al llegar al arenal y ascender por la duna, cuando vuelves a ver el mar, te sientes espectador del gran teatro del mundo. La bahía de Vidokiliá se postula como el lugar al que llego Telémaco buscando noticias de su padre Ulises; la arenosa Pilos.

Ya el sol desamparaba el hermosísimo lago, subiendo al broncíneo cielo para alumbrar a los inmortales dioses y a los mortales hombres sobre la fértil tierra; cuando Telémaco y los suyos llegaron a Pilos, la bien construida ciudad de Neleo, y hallaron en la orilla del mar a los habitantes, que inmolaban toros de negro pelaje al que sacude la tierra, al dios de cerúlea cabellera. Nueve asientos había, y en cada uno estaban sentados quinientos hombres y se sacrificaban nueve toros. Mientras los pilios quemaban los muslos para el dios, después de probar las entrañas, los de Ítaca tomaron puerto, amainaron las velas de la bien proporcionada nave, ancláronla y saltaron en tierra.
La Odisea, canto III. Homero

A mí siempre me pareció más probable que aguantaran navegando una milla más al Sur, con el viento dominante del Noroeste a favor en esa costa, y se adentraran en la gran bahía de Pilos, que tiene un estrecho canal en su parte norte que permite el paso de embarcaciones de poco calado, como la que debía llevar a Telémaco. Esta ensenada, donde también tuvo lugar la batalla de Navarino, es mucho más protegida que Vidokiliá. Los Aqueos no necesitaban puertos propiamente dichos, porque varaban sus barcos en la arena, pero Homero claramente nos dice que anclaron su nave, luego debería ser un lugar poco expuesto al oleaje. De todas formas, discutir sobre estos temas es totalmente inútil, pues la costa ha podido cambiar mucho durante todos estos siglos; el mar y la tierra han seguido, en ese intervalo, con su infatigable contienda.

En un extremo de la ensenada, subiendo colina arriba, se encuentra la cueva de Nestor, una amplia gruta donde se recogían los rebaños del rey. En el otro extremo, subiendo de nuevo colina arriba, el Tholos de Tharsimedes. Esa tumba, atribuida con poca evidencia al hijo de Néstor, es un sitio peculiar, y tan evocativo como todos los restos arqueológicos de dudosa paternidad, de poca grandiosidad y de abandono descuidado; porque allí es posible sentarse y alimentarse de piedras, viendo los fantasmas pasear. Son lugares reservados, donde cada uno cree lo que quiere creer, e imagina lo que le place. Sentados sobre sus bloques de roca y arañados por los cardos, se disfrutan antiguas aliagas, se escuchan moscas y mariposas extinguidas y se respira un oxigeno eléctrico que airea las brasas del espíritu romántico, perdido entre los consejos de las guías de viaje. Esas tumbas que no son de nadie son en realidad de todos. Y si es verdad, como dicen, que los muertos solo desaparecen cuando los olvidamos, aquí puedes recrear la existencia de la humanidad, con respiraciones pausadas y profundas. Es lo que tiene Grecia, que, tan solo entornando los ojos, te deja pasear la ilusión por vidas vividas por otros y reinventadas por nosotros.


Siguiendo por la loma de la montaña se llega a la pequeña playa de Glossa, a la que se accede por una improvisada escalera. Este triangulo casi perfecto, cerrado por los acantilados por sus tres costados, se alimenta solo de una escueta corriente de agua, creada por las olas del Jónico que se estrellan en su boca rocosa, pierde fuelle en torbellinos y queda remansada entre las paredes. La quietud del mar te invita al baño, pero cuando te adentras en el agua, unos enormes pedruscos desuellan tus pies y retuercen tus tobillos para doblegarte; hasta que te rindes y te acuclillas, porque la belleza no siempre es amable. Y gracias a esa agresiva defensa la cala ha permanecido intacta y poco visitada hasta ahora.

Vivía aquí un eremita, de existencia un tanto proscrita y marginal, que se recluyó en este pequeño mundo triangular para no ver ni ser visto. Construyó en la orilla unas pequeñas piscinas con roca, con el propósito de que los peces crecieran protegidos de los depredadores. Supongo que su intención última era pescarlos él mismo con facilidad. Pero con el periscopio del Tripadvisor, descubrieron el escondite y hoy, la senda discreta que discurría por el sotobosque, ha quedado grabada por cientos de zapatillas cuyos portadores corren a inmortalizar la visita con fotos y comentarios en sus redes sociales. El calor estival les empuja a zambullirse en el agua, aunque como ya he comentado, la entrada es tremebunda, así que acaban sentados en la rústicas piscifactorías de la orilla, abandonando todo afán de nadar en aguas someras con fondos tan pendencieros. Y aquí viene lo bueno, porque el sueño del eremita se cumplió y algunos de estos improvisados criaderos están poblados por peces, pero con el tiempo y el confinamiento han sufrido crueles mutaciones y se han convertido en antropófagos. Los mordiscos en los pies al principio tienen gracia, pero acaban por asustar al turista, que sale corriendo de semejante trampa, dando saltos y alaridos, destrozándose la piel que había logrado preservar a la entrada, cuando solo deseaba un merecido baño tras la caminata. Bien parece la venganza del antiguo morador estilita contra los intrusivos veraneantes que le expulsaron de su ácido paraíso.

En este mundo ya no queda nada por revelar, ningún paisaje por fotografiar, ningún secreto que se pueda guardar para uno mismo. Todo está escrito, no hay argumentos originales que puedan sorprender a los lectores u oyentes, ni ninguna combinación de acordes que no se haya construido, las músicas y las canciones se repiten como recortables de tonadas ya compuestas, variando los ritmos, o tan solo el timbre de la voz. Qué envidiable vida la de Homero, cuando narraba las aventuras de unos héroes superdotados, frente a un publico embelesado que no se preocupaba de contrastar la veracidad o la exageración de sus aventuras, porque esto último era superfluo en aquel mundo nuevo y sin estrenar, como el cuaderno impoluto de un escolar a principio de curso.

Recuerdo que una vez escribí una entrada sobre un perro que viajaba en la moto de su dueño, en la isla de Lefkada. Muchos comentaron que lo habían visto con sus ojos y hasta alguien me mandó una fotografía preguntándome si era ese. Y sí, lo era. Siempre hay especialistas en las más diversas materias capaces de corregir las inexactitudes de tu historia o reprenderte porque has calificado inexactamente una imagen: «eso no son boquerones, hazme caso, te lo digo yo que de eso sé bastante, son sardinas». Cuando tu solamente estabas intentando contar un cuento.

Desde esta misma loma donde me encuentro, se pudo ver llegar la nave de un Telémaco imberbe, buscando las pistas de su padre; la hecatombe de bueyes que oficiaba el rey Néstor en la playa y hasta el palacio y la bañera donde la princesa Policasta bañó al hijo de Ulises y le unció con perfumes para reconfortarle de su viaje. Y hasta este lugar ascendía la nube de pólvora y el estruendo de la batalla de Navarino que congregó, en la protegida bahía de Pilo, a cientos de naves aliadas y otomanas, enzarzadas a cañonazos tras un ligero pestañeo y que dio paso a la independencia de Grecia. Cuentan que todo el golfo desapareció, devorado por la humareda y sacudido por las detonaciones de las baterías de las fragatas y navíos, disparándose a bocajarro. Muchos hombres perecieron y otros muchos quedaron sordos, cientos de naves se hundieron. Fue una de las ultimas batallas de buques de vela y todavía hoy hay que tener cuidado con el fondeo, por los muchos pecios que duermen en sus fondos.

Todas esas cosas le inquiría yo a Tharsimedes, asomándome al profundo hueco oscuro de su tholos, a través de esa espelunca negra que, partiendo de su sepulcro, conectaba con su infierno: «Todos tus héroes están rotos y desmembrados, diseccionados con el bisturí insaciable de los historiadores y escritores que los trocearon en artículos y libros por siglos, les dieron la vuelta una y mil veces para examinarlos desde distintos ángulos y, como al fin y al cabo eran humanos, al aumentar el grosor de la lupa, se acabó por descubrir que tenían carencias de simples mortales. Y si todo está escrito ¿Qué escribo yo, querido muerto? ¿Si a nadie sorprende, a quién puede entusiasmar? Deberé resignarme a leer cuentos ya creados, porque los míos no caben en esta maraña de palabras repetidas, voces de milenios que cuentan las mismas cosas de formas diferentes. Me he quedado prendida en una red, sin poder nadar hacia adelante ni hacia atrás, como los peces del asceta de la playa de Glossa.

Un olor fétido salió de la oquedad, un murmullo vibrante hizo temblar las piedras. Las moscas y mariposas huyeron despavoridas. Las plantas se marchitaron al instante. Una voz rugió desde los confines de la tierra y dijo:
Nunca dejéis de idear cuentos. Si lo hacéis, los muertos moriremos doblemente, nos olvidaran hasta las rocas que nos dan la sepultura. Porque, a la postre, nuestra existencia ¿Qué es, más que las palabras que alguien selecciona, entre otras muchas, para nuestro recuerdo? De mi ya no hay ni huesos, pero quedan los sentimientos que evoca en ti mi memoria. Mientras tanto, el mar relame, una y mil veces, las arenas de la costa para desnudar la tierra. Alguna corriente, algún día, volverá a traer las arenas a la playa. Así por toda la eternidad.


Κάθε φορά που ανοίγεις δρόμο στη ζωή,
μην περιμένεις να σε βρει το μεσονύχτι.
Έχε τα μάτια σου ανοιχτά βράδυ πρωί
γιατί μπροστά σου πάντα απλώνεται ένα δίχτυ.

Αν κάποτε στα βρόχια του πιαστείς,
κανείς δεν θα μπορέσει να σε βγάλει,
μονάχος βρες την άκρη της κλωστής
κι αν είσαι τυχερός ξεκινά πάλι.

Αυτό το δίχτυ έχει ονόματα βαριά
επτασφράγιστο που είναι γραμμένα σ ‘κιτάπι.
Άλλοι το λεν του κάτω κόσμου πονηριά
κι άλλοι το λεν της πρώτης άνοιξης αγάπη.

Αν κάποτε στα βρόχια του πιαστείς,
κανείς δεν θα μπορέσει να σε βγάλει,
μονάχος βρες την άκρη της κλωστής
κι αν είσαι τυχερός ξεκινά πάλι.

Cada vez que emprendes camino en la vida
no esperes llegar a la medianoche
Ten los ojos abiertos desde la mañana a la noche
porque frente a ti se tiende siempre una red.

Si alguna vez te atrapa en sus mallas
nadie te podrá liberar
tu solo, debes encontrar el extremo del hilo
y si eres afortunado empezar de nuevo.

Esta red tiene nombres de peso
grabados con siete sellos en el libro
Algunos dicen que es la perfidia del inframundo
otros dicen que el primer amor de primavera.

Si alguna vez te atrapa en sus mallas
nadie te podrá liberar
tu solo, debes encontrar el extremo del hilo
y si eres afortunado empezar de nuevo.

16 comentarios en «Dos playas y unos fantasmas»

    1. Gracias, mi hechicera amiga! Tus palabras vuelven a la vida a nuestros muertos dormidos!Los convocan para que no olvidemos que la eternidad es un atributo que les pertenece, y que sólo están en ella para recordarnos que los mejores cantos son los que nos mantienen en el embeleso ante la fugacidad de esta vida y ese instante heroico que la perpetúa. Gracias a tí por tanto!

      1. Hola, Estela. En este mundo que esta cada vez más lleno de banalidades, fotos repetitivas de los lugares de vacaciones y viajes sin sentido, con el único propósito de decir que ya he estado allí, sentarse sobre esas piedras de mausoleos anónimos y milenarios, tienen el poder de hacerte reflexionar y juntar palabras. Si el resultado es hermoso o no, lo dejo a vuestro criterio. Y me agrada muchísimo que os haga felices, aunque solo sea un poquito.
        Abrazos

    2. Buenos y pandemicos días Anuska. Esa cala redonda, simétrica, ya me había llamado la atención en mis viajes marítimos con Google Maps. Es perfecta, de aguas cristalinas, playa de arena y protegida. Un dulce para cualquier conejo/propietario que se precie. Cuando has empezado hablar del Peloponeso y te has suscrito a Pilos, de cabeza me he zambullido en sus aguas donde no me importaría fondear, en un día tranquilo al VIRIATO, si es que el fondo me deja meter el barco, que veo, en la carta, disminuye rápidamente y no es muy apetecible quedarse en la puerta donde el meneíto estará asegurado… digo yo. Lo que me ha costado encontrar y si he tenido que recurrir a mi queridísimo Google Maps, has ido Glosa, que ni me había percatado de su existencia. En la foto del satélite se distingue perfectamente las piscinas de piedra que comentas y para más coña, lo marca con el símbolo de una sombrilla, imagino será la del ermitaño que habitó la zona y se dejó pinchada en la playa. Estoy de acuerdo contigo con que Telémaco entraría en la bahía de Pilos y no en Vidokiliá, pequeña para albergar la ciudad de Neleo, donde, por lo que cuentas, había nueve asientos y en cada asiento (y entiendo que solamente tuviera nueve) se sentaban quinientas personas, con sus bien construidas nueve barbacoas para asar toros. Qué quieres que te diga , así, a ojo de buen cubero, no veo a 4500 pilios metidos en la playa de Vidokiliá asando muslos de toro… estarían un poco apretados.
      Mogollón de besitos
      VIRIATO

      1. La bahía de Pilos es muy amplia y tiene muchos sitios para fondear. Es uno de mis lugares predilectos. Desgraciadamente también de Cristiano Ronaldo que ahora se deja caer por aquí. De hecho están construyendo una urbanización de ultra lujo en la ladera de la montaña. En Vidokiliá es difícil meter el barco, igual está hasta prohibido.
        Ya sabes que Homero no era muy preciso sobre los lugares; en el fondo le importaba un bledo la exactitud , y eso es lo que más me gusta de él, que no tenía a la Wikipedia para darle la brasa.

        Un besazo

        1. Espero tus historias,como un regalo….impaciente y contento lo abro ,lo leo y escucho la bonita canción griega,que rematan tus historias.
          Un bálsamo para mi alma viajera,que en tierra espera.
          🙂🙋‍♂️.
          Gracias Ana!!

        2. En esta época de pandemia con los movimientos tan limitados y el ánimo quebrado te agradezco tus relatos/ cuentos de rapsoda viajera y atenta a lo esencial y que tan bien nos » cuentas»
          Soy heredera de una larga estirpe de la oralidad que me nutre y necesito como respirar.
          Homero, la tradición árabe de la que somos hijos ( «Las mil y una noches» )..recogida hasta nuestros días en el medio rural como mi pueblo donde el rapsoda Bartolo, ya fallecido , nos asombraba cada noche de verano con sus «historias» increíbles ( si un cuento no tiene parte de increíble y no constatable , no es un relato a tener en cuenta).El cuento debe dejar espacio al lector para la imaginación y que se crea tal cual está contado sin buscar coherencia y veracidad.
          Mi abuela me contaba relatos interminables a la luz de la chimenea en invierno.Nunca me preocupaba si lo que me contaba había tenido lugar.Al contrario.Cuanto más fantástico más me atrapaba y por supuesto el tono y cadencia de su » glosa» que es fundamental.
          Mi madre heredó afortunadamente esa proeza de cuentacuentos hasta el punto que me contaba durante años las mismas historias como si ella fuera la primera vez que me las contaba y yo las oía.Sólo al terminar le decía : » mami, si eso ya me lo has contado mil veces»
          Gracias .
          Tu » cuento» me ha gustado y emocionado.

          1. Ay, querida, sin cuentos que sería de nosotros. Yo añoro hasta las radionovelas que me hacía escuchar mi abuela por las tardes, las dos sentadas en la penumbra, iluminadas solo por las lamparas del aparato de radio. El relato oral es un arte. Leer está muy bien, pero que te lean, o que inventen, como lo haría Sherezade, es un placer de sultanes recostados sobre divanes de suaves almohadones; los árabes siempre han sido maestros en eso. Cuando nos hacemos mayores, parece que ya no toca que nos cuenten cuentos, hasta lo decimos de forma despectiva. También me emociona que os emocione. Gracias

        3. Hola Ana
          Cada nueva entrada te superas,lo maravilloso de tus relatos es que nos llevas de la mano y entramos por todos los senderos y nos vas mostrando lo que te llama la atencion y uno quisiera seguir escuchando y paseando, si; es verdad, hay agua, piedras, algun arbusto, ensenada , etc que todos sabemos ya,desde el origen de la humanidad ,mismo los sentimientos y hechos humanos son siempre parecidos y conocidos, pero lo grande de la literatura es como lo cuenta y lo hace nuevo y tu lo escribes de maravilla,leer y releer tus escritos siempre es una grata experiencia,nueva y renovada. muchas gracias

          1. Estoy de acuerdo contigo en que la diferencia reside en contar lo que uno siente, el resto son fotografías repetidas de los sitios. Si mis cuentos os resultan agradables, a mi también escribirlos.
            Yo también estoy agradecida a vosotros, fieles lectores de este blog. Gracias, Antonio.

        4. En la historia del mundo, hay mas recuerdos que besos.
          La primera vez que llegué a Grecia, amarré en Pilos. No conocía ni la bahía, ni el puertito. Después he vuelto alguna vez con el Django Blue. Pero tu evocación de los recuerdos y su sentido, me ha vuelto a llevar a aquél momento.
          Casi me atrevo a decir que, cumplidos los sesenta, somos lo que recordamos.
          Gracias por tus letras.

          1. Hola Django. Es un placer que mis escritos te evoquen recuerdos. Sí es verdad, somos lo que recordamos y seguimos vivos siempre que queramos seguir aprendiendo nuevas cosas, para luego poder recordarlas. El problema es que el mundo se acelera tanto que no da tiempo a asimilar. Cuando miro los niños de ahora siempre pienso: ¿Echaran de menos su niñez algún día? para ello antes deberían acostumbrarse a ella. En este pías, sobre todo, te vas de viaje y cuando vuelves ya no encuentras el camino de tu casa.

            Gracias a ti por leerme

        5. Te leo con avidez, me encantan lo que has escrito sobre que todo son fotografías repetidas, más que leer que te lean cuentos… El relato oral se reinventa cada vez: Homero (y mi querido Hesíodo), por eso son eternos.
          Este hilo tuyo me ha recordado por qué de joven decidí estudiar Filología Clásica (no la acabé -de momento- por obligaciones de la vida). Me decidí por las Clásicas por el eco de las palabras, su equivalente latino o griego, las reminiscencias que evocan al repetirlas, por más veces que las hubieras escuchado antes en diferentes lenguas vernáculas.

          1. Cuando iba al colegio, a las chicas nos obligaban a aprender a coser y bordar. Yo lo odiaba y tenía siempre las labores hechas una piltrafa. Ahora, de mayor, agradezco saber coser un botón y, por encima de todo, las historias que nos leía una amable profesora mientras dábamos puntadas; casi esperaba con emoción la hora de esa clase de «labores». Nunca sabe uno donde se encuentran escondidas las cosas emocionantes de la vida.

            Un abrazo, Narciso.

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