El baile de la estrella

Ayer vi a Sirio al amanecer. Ya se asomaba en el rosicler de las primeras horas frente a un Venus enérgico. Esas perversiones tenemos los marinos; el ver la aurora en múltiples ocasiones, mientras la mayoría de humanos sueña arrebujada entre las sabanas que evitan el rocío de la aurora. Un amanecer después del paso de viento fresco es limpio y formal, las estrellas se quedan prendidas como alfileres en los pliegues del bastidor oscuro y puedes ver a través de ellas, como cerraduras de puertas misteriosas. Sirio al amanecer, ¡Uhm!, se acercan los sirocos.

Relataba Diodoro de Sicilia, un historiador del S I a. C., la terrible plaga que acabó con un tercio de la población de Atenas y se llevó por delante al mismísimo Pericles. Durante aquellos meses de desesperanza, se realizaron muchos sacrificios a los dioses, pero no surtían efecto. Solamente cuando lo hicieron en presencia de Sirio, la estrella más brillante del cielo, cabeza del Can Mayor y compañera de Orión, solo en ese momento aflojó la epidemia. En aquella época la aparición de Sirio precedía al tórrido verano, ahora marca la llegada del otoño. Yo, por si acaso y con toda la precaución, le ofrecí a la estrella el sacrificio de diez moscas vírgenes, para aplacar la furia de los dioses, pero dudando bastante del resultado. Entorné los parpados y agucé el ojo para escudriñar por la rendija de Sirio, preguntándome si habría dioses observando.

Sirio es una estrella binaria. Sirio A y Sirio B orbitan una alrededor de la otra a una distancia parecida a la que hay entre el Sol y Urano. Si las miras en un amanecer raso, puedes notar los latidos de las dos estrellas y los destellos de color que cambian del azul al rojo por pulsos. Su fulgor es como una diminuta y remota ventana al otro lado de la cual tiene lugar un banquete con guirnaldas de colores, de elegantes convidados con trajes de lentejuelas. La fiesta es tan lejana que no nos llega la música, pero sí los cambios de tonos con el volar de las cortinas y flamear de los candelabros a través de los vidrios de los grandes ventanales ¡Quién pudiera estar allí y divertirse con ellos!


La tónica general del verano podría clasificarse de “incierta e imprevisible”. Todos los amigos que han venido a Grecia lo han hecho no sin sufrir una buena ración de vicisitudes y peripecias, pero no de las que nos cantaba Cavafis y que nos harían más sabios al llegar a Itaca, sino sosas y aburridas; de aeropuertos, policías, controles y carreteras. Todos exclamaron lo de “¡al fin lo logramos!, ¡qué difícil ha sido todo!” pero poco a poco se iban sumiendo en el dulce encanto de Grecia y hasta olvidaban que un día llevaron mascarillas. Un tiempo de pasar al otro lado de la puerta, a la fiesta colorida de las estrellas, donde por unos momentos pudieron bailar despreocupados. Y se fueron diciendo que había sido la mejor semana del año. Con lo cual se demuestra mi teoría de que el viaje debiera ser esforzado para alcanzar el gozo y no simples transportes de un sitio a otro para llenar el móvil de fotografías con las que poner los dientes largos a los amigos de las redes sociales. No es que en Grecia se hubieran olvidado de la existencia del coronavirus, más bien tenían otros problemas que capitalizaban conversaciones y  ocupaban las cabeceras de los periódicos; entre ellos su eterno enfrentamiento con los turcos por las aguas territoriales de las islas del Egeo, donde la flota de Erdogan había comenzado unas prospecciones petrolíferas sin atender a tratados de derecho internacional.

-¿Qué pasará con el virus dichoso este invierno?

-¿Qué virus? ¡Y Turquía!

En la vida es todo relativo, nada nuevo bajo el sol.

Una vez me encontré a una tortuga moribunda. Se había enredado en una red y se dejaba morir a la deriva, rodeada de los flecos de nailon del trasmallo que atenazaban su cuello y sus patas. El animal estaba extenuado de luchar contra los sedales y ya, abandonado a su suerte, movía las patas por puro instinto de supervivencia. Estaba yo sola y el bicho tenía una envergadura considerable que, sumada a la red que llevaba colgando, hacía imposible cogerlo con las manos. Tuve que utilizar una driza del barco para izarla a bordo, arrastrando su bata de cola de mallas enrevesadas. Liberarla tenía su trabajo, pues los sedales se cortan bien, pero el grueso cabo que arma el trasmallo es muy duro para las tijeras. La tortuga retorcía el cuello e intentaba morderme, dificultándome la labor; yo tenía miedo de que fuera del agua se muriera por deshidratación.  Cuando logré liberarla, la dejé caer al mar y se sumergió como alma que lleva el diablo. Pensé: su glotonería la perdió pues soñando con la posibilidad de devorar a todos aquellos peces se enredó con ellos y, desesperada entre el marasmo de hilos y plomos, a cada movimiento suyo, su propio terror la hacía liarse más y más, hasta quedar encarcelada en la trampa que ella misma se iba creando. Luego llegué yo, su salvadora, pero ella, con su cerebro de pulga, intentaba morder y dañar a su única esperanza. Si sigue existiendo en algún lado, espero que haya recapacitado sobre que algunas veces somos nuestros peores enemigos. Yo si lo hice. Nada nuevo bajo el sol.

Los griegos temen el invierno tras una temporada poco rentable, pero los viajeros que se han aventurado a venir han disfrutado de un país como hace décadas que no veían. Algunos amigos con negocios turísticos y náuticos me comentan que si todo empezara a ir bien a partir de ahora, tardarían un par de años en recuperarse. Hay que tener en cuenta que Grecia empezaba a levantar cabeza tras una larga etapa de recortes y paro desorbitado; las caras de desencanto son palpables.

Lo que si me ha resultado sorprendente es el encontrarme con numerosos griegos navegantes. Posiblemente los había otros años, pero quedaban enmascarados por la multitud de barcos extranjeros que aparecían en verano a disfrutar de las aguas del país. Me recordaba nuestros inicios en la navegación en España, con veleros pequeños y algo cascados, muy lejos de las modernas unidades fabricadas para el alquiler, y un cierto aire de camaradería que ya brilla por su ausencia entre los actuales “lobos de mar europeos”. Esa candidez náutica me resulta atractiva y envidiable. Esto ultimo me ratifica en mi segundo postulado: cuanto más humilde y modesta es la gente, más interesante es conversar con ella. Qué diferentes se tornan los armadores cuando se compran un barco de mayor eslora y solo berrean histéricos, asidos al balcón de proa, ante la perspectiva de que alguien les cruce su ancla ultimo modelo; son bochornosos y ridículos.

El verano no ha acabado, pero continúa siendo incierto. Por motivos familiares igual tengo que regresar a España, con PCR, QR, trabas y desencantos. Dejar la luz de Sirio para volver a la oscuridad me supone una tragedia, como a la tortuga su malla. Así que achico el ojo para contemplar entre pulsos azulados las maravillas que ocurren siempre en los cielos y mares de Grecia, donde por un tiempo fugaz, como los latidos de Sirio, podemos jugar a ser felices.

Γίνε πουλί μου θάλασσα
κι εγώ το ακρογιάλι
να ’ρχεσαι με τα κύμματα
στην δική μου αγκάλη

Αμυγδαλάκι τσάκισα
και μέσα σε ζωγράφισα

Ο μισεμός είναι καημός
το έχε γεια είναι ζάλη
και το καλώς ορίσατε
είναι χαρά μεγάλη

Θάλασσα κι αλμυρό νερό
να σου κακιώσω δεν μπορώ

Σταλαγματιά σταλαγματιά
το μάρμαρο τρυπιέται
κι αγάπη που δεν παίρνεται
δεν πρέπει ν’ αγαπιέται

Θαλασσα θαλασσάκι μου
και φέρε το πουλάκι μου
Θάλασσα κι αλμυρό νερό
να σου κακιώσω δεν μπορώ

Conviértete en mar, pájaro mío
Y yo seré la orilla
Para que vengas con las olas
a mi abrazo.

Partí una almendrita
y dentro te dibujé.

La partida es dolorosa
el adiós me marea
Y la bienvenida
una dicha enorme.

Mar y agua salada
no puedo guardarte rencor.

Gota tras gota
se perfora el mármol
y el amor que no cala
no se debe querer.

Mar, marecito mío
tráeme a mi pajarillo.
Mar y agua salada
no puedo guardarte rencor.

20 pensamientos sobre “El baile de la estrella”

  1. Qué placer Ana, disfrutar de la navegación en Grecia como se hacia 30 años atrás, estas son las grandes cosas que nos está dejando esta pandemia, otras ya no nos gustan ni poco, ni mucho ni nada. Por cierto esa tortuga, se estará acordando de ti eternamente, le devolviste la vida y por muy tonta que sea no lo olvidará.
    Que a tu vuelta de Grecia todo siga bien. Un beso y sigue contándonos maravillas griegas.

    1. Hola Isa. Pues no sé yo si la tortuga aprendió la lección o se volvió a enredar en otro trasmallo repleto de peces. Ya sabes que la tortuga es el único animal que tropieza con la misma red dos veces. ¿O era el hombre y una piedra?

      Muchos muuaaccs (Prohibidos)

  2. Igual es una tontería, pero te imagino en la bañera de La Maga escribiéndonos todo esto que nos cuentas de tu paraíso. Volver aquí no tiene que ser muy agradable, al menos estarán los tuyos, amigos, familia, para recibirte con ganas. Unos cálidos abrazos y besos siempre vienen bien…
    Upss…pero si no se puede besar y abrazar !!, cagüen la mar salada, nos han quitado hasta eso.
    Buen viaje Ana.

    1. Par mí volver, en estos momentos, a una España histérica y peleada entre si (nacionalistas, comunistas, fascistas, feministas, negacionistas, creacionistas, machistas, ecologístas, barcelonistas y madridistas…) me supone un trauma. Prefiero vivir en la inopia de Sirio el mayor tiempo posible. Me gustaría echar de menos mi casa, pero no lo consigo de momento. Seguiré esforzándome.

  3. Te leo siempre, desde hace un montón de años. Es más, espero cada artículo con impaciencia. Pero no suelo escribir, no es lo mío y me cuesta trabajo. Pero hoy quiero agradecerte lo que haces por Grecia, difundiendo su cultura y viajando hasta allí en estas condiciones. Yo he sido cobarde, es el primer año que no voy en vacaciones después de casi 20. Y me arrepiento, pero el miedo es libre. Ojalá el verano próximo sea propicio.

    1. Pues has hecho muy mal, el miedo es libre pero hay que reprimirlo a base de razón. No podemos permitirnos vivir aterrorizados por los titulares escalofriantes de la prensa, que está muy lejos de hacer su verdadero trabajo: informar, y no vender a costa de convertirse en «El Caso». Si seguimos la corriente acabaremos todos viviendo bajo tierra.
      Un saludo y ánimo

  4. Querida Anuska… o debería llamarte Esopo por la fábula del Trasmayo y la tortuga? Animalito, después de salir del huevo y jugarse la vida cruzando vaya usted saber que playa, donde gaviotas y demás sedes con patas y zapatillas intentan atraparla, se va al mar, se enreda con una red (y nunca mejor dicho) Y cuando ya lo da todo por perdido, un ser de esos con zapatillas que quería comérsela y llevársela por ahí, le salva la vida. Alucinante hubiera sido, que te hubiera dado las gracias, y te hubiera pasado su número de móvil. Espero que lo que te obliga a regresar a España, no sea importante.
    Un beso muy gordo para tu chico y para ti desde la isla de Tabarca, donde estoy fondeado con el Viriato.

  5. Saludos Ana soy un seguidor tuyo.
    He disfrutado mucho trasladamdome años luz a tu celebracion sideral.
    No te imaginas lo que la mente agradece ese viaje ajeno a las aburridas y monotonas preocupaciones del momento.
    Gracias por tu prosa y pir la poesia cantada. Animos desde Badalona

  6. Hola Ana,
    Nosotros ya estamos de vuelta después la maravillosa semana en LaMaga y otra semana de recorrido por las carreteras griegas (buenas, malas, infames y desaparecidas) entre Mesolongi, Meteora y Delfos. No es fácil encarar el otoño, pero intentemos ser positivos y mirar a las estrellas para darnos cuenta de nuevo de lo pequeñitos que somos y lo ínfimos que parecerán nuestros problemas desde Sirio…
    Te deseo lo mejor para la vuelta, también aquí hay pequeños rincones donde refugiarnos.
    Un abrazo, Καλλο Χειμονασ (mi ordenador es tonto y no me encuentra la omega ni los acentos en griego)

    1. Ηολα, Alicia y Hugo.
      Pues parece que las peripecias de este año todavía no han terminado, ahora nos azota un Medicane, huracán mediterráneo, que va a barrer las islas jónicas y medio Grecia. Veremos como acaba todo esto. Yo no sé a que dioses hemos ofendido, pero vaya veranito. Un abrazote a los dos.

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