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El color de la Maga Azul

Subí los escalones con cautela para no ser descubierta. Los azulejos de la entrada, geométricos, recargados, azules y ocres, me impresionaron, como quien se reencuentra con una persona a la que creía desaparecida. La barandilla de forja, con su piña dorada, me insinuó que la apretase con fuerza. Repasé los desconchones de la pintura, la suciedad de la claraboya y el desgaste de los descansillos; alcancé a ver alguna grieta familiar en la mampostería. Vi a mi padre subiendo una maleta al hombro. Vi una llave de hierro oxidado que abría la salida a la terraza. Vi una mirilla que se descorría como un abanico. Cuando llegué al último piso, miré hacia abajo, por el vano, siguiendo el caracol del pasamanos, y me senté en el rellano. Una nube, un viento cálido, un perfume ascendió sigilosamente y me dejó confundida. Una parte de mi vida estaba escondida en aquella escalera, pero yo lo desconocía hasta que aquel día encontré la puerta de la entrada abierta y me colé en el portal de la casa. Reviví cosas malas y buenas. Sentí la oscuridad de la caverna donde se guardan los sucesos olvidados. Pero el olor era delicioso, como se huele la infancia. En aquel edificio había vivido yo. Mi existencia se había quedado pegada a sus paredes. Soldada y desdibujada, hasta ese preciso momento en que la volví a vivir.

Recordar no es lo mismo que evocar. Recordar es engañoso e ingenuo. Evocar es sumirte en un zarandeo de sensaciones, una descarga de imágenes que te pertenecen, pero que se guardan en alguna parte de la memoria sin posibilidad de acceso. Me gustaría evocar el interior de La Maga Azul. Y mirar por los portillos como se escapaba el agua que se alejaba del barco cuando el viento la arrastraba, o cuando me arrastraba a mí; que es lo mismo, pero al revés.

Si aludo a Frankenstein cuando hablo de La Maga Azul, no es por su aspecto, sino porque muchos de sus componentes habían logrado una segunda vida después de la muerte. No era un híbrido espantoso, ni un engendro antinatural como el monstruo de Mary Shelley; era un barco, y por tanto, la nobleza y la hermosura se las otorgaba su destino. El motor era un británico Perkins, recuperado en Bilbao; el mástil y las velas de un barco que cambiaba su arboladura y la vendía a buen precio; escotillas, portillos, bitácoras, hélices y acastillaje, de diversos chivatazos, gangas o dádivas generosas. E incluso no oculto el haber buscado en contenedores de desechos de naves lujosas, que siempre tienen que estar cambiando componentes para justificar su opulencia. Tras muchos gozos y sinsabores, aquel laberinto de maderas y hierros, que comentaba en anteriores capítulos, fue tomando su bella forma. Ya que iba a ser el lugar donde habitaríamos durante muchos años a partir de su puesta a flote, los interiores habían sido previamente meditados, pensados, dibujados, discutidos y enrabietados.
–El salón a popa
–No
–Sí
–Ya veremos
El salón a popa fue un gran acierto y es algo que, desde entonces, siempre echaré de menos en los veleros. Permitía cierta intimidad cuando estabas amarrado en el puerto y a la vez disfrutar de buenas vistas en los fondeos sin necesidad de asomarte a la bañera. A cambio había poca altura, pero uno siempre está sentado en los salones. Por otro lado, obligaba a un diseño de bañera central, con lo que navegas más expuesto con mares de proa. Nada es perfecto, todo es una opción. Pero se vivía a gusto en aquel barco. Sobre todo, en aquellos años en los que poca gente habitaba en los puertos y la tranquilidad de las marinas era absoluta por las noches. Recordar es también rellenar con la imaginación los huecos vacíos de nuestra mente. Todo es posible, pero nada es totalmente cierto.



Una señora me dijo: Aquí no nos gusta la gente que vive en los barcos. Nosotros solo dormimos a bordo en las vacaciones. Y puso cara de vecina de corrala galdosiana.
Y yo le respondí: Pues qué pena. O bien no disfruta usted de sus vacaciones, o bien se mortifica, por alguna razón misteriosa, esperando ser feliz solo en ellas.

No hay nada más placentero que caminar sobre un suelo sumergido en el agua, mórbido en el líquido; sentir el cuchicheo del plancton nocturno al otro lado del casco como grillos veraniegos; el golpear amortiguado de las pequeñas ondulaciones que rizan el mar durante el sueño. Pero algunos Procustes están atados de brazos y piernas a sus propios prejuicios. Tanto entonces, como ahora, el mundo está lleno de ellos.

Muy poco disfrutamos del sosiego, teníamos un compromiso con televisión española para participar en un programa de Al Filo de lo Imposible. Estaba ya comprada la tela para las tapicerías, pero el tiempo apremiaba, así que descubrí que en una motora de gran eslora habían encargado nuevos colchones para las literas y desechaban los antiguos. Eran mullidos, de lana, con una tela de raso amarillo que se retorcían en dibujos floridos, como aquellos que alguna vez fueron moda y se utilizaban en las paredes, en las butacas y en las cortinas de las casas nobles y versallescas. De esos horribles, sin duda. Pero no tuve más remedio que coger tijeras, aguja e hilo y ajustarlos a las medidas de los asientos del salón. Esperé sin éxito la ayuda de las hacendosas hormigas de Psique, de los ratones de Cenicienta, pero ninguno hizo acto de presencia. Me dio el alba y seguía cosiendo fundas amarillas, con hilos amarillos y pespuntes amarillos. No fue un trabajo que perdurara, pronto las cambiaríamos por las definitivas, pero nos ayudó a salir del paso, aunque, el raso se escurría con cada balance y aparecían siempre amontonadas en un costado del barco.

Las prisas son malas, te hacen improvisar demasiado, pero, por otro lado, te obligan a dar el paso, de otra forma; como los trabajos realmente nunca se acaban, los preparativos se pueden prolongar por años. Cuántos barcos hay detenidos eternamente en puerto porque siempre falta algún detalle, hasta que sus armadores, aburridos, hastiados y con inquietudes más novedosas, acaban por abandonarlos como juguetes rotos. Así que, el que aquella mañana a pie de pantalán estuvieran esperando un cámara, un técnico de sonido, dos especialistas, realizadores y productores, fue el pistoletazo de salida para dejar atrás la tierra firme y el inicio de las singladuras de La Maga Azul.

Eran buenos tiempos aquellos, en los que TVE tenía medios y presupuestos generosos. Nos pagaban por hacer realidad un sueño, acompañados por un equipo que compartía con nosotros la ilusión por la aventura y que nos dio la oportunidad de disfrutar de personajes variopintos con las mismas pulsiones descabelladas. Creo que ya he puesto el enlace al programa en alguna ocasión, pero lo comparto de nuevo. Hago constar que yo no puedo mirar el video sin sonrojarme. Supongo que es la perdida ingenuidad la que me hace sentir incómoda. De la misma forma que me importuna sobremanera releer mis libros y encontrarles tantos defectos como para mandarlos a la hoguera.

Con el dinero ganado cancelamos una póliza de crédito.
–¿Estás segura?
–Sí
–¿Totalmente?
–No
Y con una mano delante y otra detrás, salimos nosotros y el barco a recorrer el Mediterráneo. No sabía la Maga Azul, que se llamaba así por su color, que muy pronto competiría en matices con un mar más azul que ella, y haría juego con un país en el que no sobraron aventuras dignas de ser contadas por la Musa, en un periplo de miles de viajes a Itaca. Y yo, daría una buena fortuna por sentarme en aquel salón para hacer renacer la vida; aquella que se quedó escondida en los mamparos, las colchonetas, los portillos y tantas otras cosas ocultas para mis ojos.

 

Το πλοίο θα σαλπάρει για λιμάνια ξένα,
για λιμάνια ξένα,
μαζί του θα σε πάρει, αγάπη μου, και σένα μακριά από μένα.

Την καρδιά μου ο πόνος την πληγώνει
και στο κλάμα βραδιάζει και νυχτώνει.

Φεύγεις, αγάπη μου, φεύγεις, χαρά μου,
πάρ’ τις ελπίδες μου, τα όνειρά μου,
γρήγορα να ‘ρθεις πάλι κοντά μου,
Το πλοίο θα σαλπάρει για λιμάνια ξένα
για λιμάνια ξένα…

El barco zarpará hacia puertos extranjeros
hacia puertos extranjeros.
Con él te llevará, amor mío, a ti
lejos de mí.

A mi corazón el dolor le aflige
y en llanto atardece y anochece.

Te vas, amor mío, te vas, mi alegría
te llevas mis esperanzas, mis sueños
ven rápidamente de nuevo a mi lado
El barco zarpará hacia puertos extranjeros,
hacia puertos extranjeros…

8 comentarios en «El color de la Maga Azul»

  1. Hola Anuska, A ti y a todos nos enamoró el salón en popa de la Maga Azul. Fue una idea brillante. Yo no había visto ninguno hasta esa fecha, y después curiosamente lo volví a ver en otro barco que tú conoces bien. El Tamata. ha sido una bofetada de añoranza volver a ver la foto que has publicado. Qué bonito. Ojalá que le vaya bonito, como dice la letra de la canción, a la Maga y a todos los que han sido, en los que hemos pasado momentos tan maravillosos.
    Un beso gordísimo para los dos
    VIRIATO

    1. Que de evocaciones y maravillosos recuerdos de varios años en la Maga Azul y también de su antecesora la Maga
      Yo solo navegué con Jesús. Besos y abrazos para el patrón y para tí

      1. Gracias, Mercedes, se los daré de tu parte. Es verdad, vosotros, igual que Lunero, fuisteis de los pioneros. Los que conocisteis y navegasteis en la Maga primera. ¡Éramos héroes por navegar todos juntos en barcos tan escuetos! Pero lo pasábamos genial.
        Un abrazo

  2. Efectivamente Ana, «No hay nada más placentero que caminar sobre un suelo sumergido en el agua, mórbido en el líquido….».
    Las cientos (que recuerdo como miles) de veces que he tenido que desembarcar para coger el coche y volver a casa y al trabajo; que metafóricamente denominaba «aterrarse» y efectivamente vivía con dolor y pena, demuestran lo antedicho.
    Parece que algunos necesitamos «evocar» el seno materno y recomponerlo en sus elementos esenciales: líquido placer, amparo y protección. «El que lo probó, lo sabe».
    Ahora, ya viviendo el júbilo del retiro, las cienes no llegan a decenas; aún así las sufro como aquéllas. Sigo necesitando del cobijo de curvas, cuadernas y mamparos para sentirme a resguardo de todos los embates de la vida.
    Por cierto, la gente a la que no gusta la gente que vive en los barcos, son mala gente; gente que

    1. No es que no les guste la gente que vive en los barcos, es que no le gusta la gente que se sale de sus esquemas. Son unos auténticos Procustes. Eso sí, cuando lo mismo que han criticado se pone de moda, son los primeros en pontificar. ¿Cómo era la canción? «Bailar pegados es bailar…Ua,Ua,Ua,» Pues dormir balanceados es dormir…Ui,Ui,Ui El que no lo sabe qué se jorobe.

      Un abrazote

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