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El regalo de Prometeo

Nos creemos únicos, pero no es así de sencillo. Somos mitad humanos, mitad bacterias. No cooperamos conscientemente, nos somos indiferentes y vamos cada uno a nuestro aire, pero no viviríamos si nos separáramos. Es una extraña forma de amistad intangible. La mayoría de estos microorganismos viven en nuestro intestino, y este funciona de forma autónoma a nuestra voluntad, asistido por el sistema nervioso entérico, organizado y con capacidad de operar de manera independiente del cerebro, compuesto por una red de unos 100 millones de neuronas, equivalente a la cantidad que podemos encontrar en el cerebro de un gato. El aparato digestivo recoge información sobre el organismo que habita y luego la envía al sistema nervioso central para que la vincule con las emociones, como el estado de ánimo, el estrés o los nervios. De ahí que se le considere el “segundo cerebro”. Nuestro yo irrepetible y egocéntrico es ajeno a que realmente sobrevive en paralelo a los “Aliens” que lleva a bordo. Deberíamos ser humildes y considerarnos simples Nostromos de transporte.

Hay un momento clave en la evolución humana: el descubrimiento del fuego. Aquellos homínidos, que se habían bajado de los árboles y se habían erguido sobre sus patas traseras, pudieron utilizar libremente sus manos y cocinar los alimentos. La digestión se hizo más rápida y comprometía menos gasto y esfuerzo fisiológico. De esta manera, el individuo pudo desarrollar otros órganos importantes, por ejemplo, el cerebro. Se agrandó nuestra masa encefálica, se volvió más compleja y, un día, saltó la chispa; de esa garganta que hasta ahora emitía simples sonidos guturales, surgió algo así como: «¡mamut!». Y otro hombre contestó: «¿mamut?». Habían aprendido a hablar. Juntos corrieron hacia el mamut, lo cazaron y se lo asaron entusiasmados. De esta manera nació la civilización, con esa especial y divertida forma de expresarse con la lengua.



Nuestros hombres, alrededor de la hoguera, calientes y defendidos de las fieras, se fueron haciendo cada vez más listos, complicaron su lenguaje y adquirieron la capacidad de imaginar e inventar cuentos. Leyendas escenificadas al calor del fuego seguidas atentamente por todo el clan. Fábulas de cazadores, de tormentas, de animales y de estrellas ¡Ah, qué mágico momento! Nacía la literatura y el teatro. Todo esto por un tronco en llamas.

La mitología griega atribuye al titán Prometeo el regalo del fuego. Cuenta la leyenda que Zeus negaba el conocimiento y el aprendizaje de los mortales. Prometeo, por el contrario, apostaba por educarles y tolerar que adquirieran nuevas destrezas que permitieran su evolución. El robo del fuego del Olimpo fue un enfrentamiento contra el poder de Zeus y por ello, Prometeo fue condenado a sufrir un terrible martirio: un águila devoraría sus entrañas lentamente. Pero Prometeo consiguió su propósito e iluminó al hombre con la antorcha de la sabiduría.

¿Sabéis como se dice en griego proveer? Se dice Προμηθεύω, pronunciado promicevo. Prometeo fue el proveedor de inteligencia y prosperidad a la raza humana ¡Qué preciosidad!

Encontrar estas leyendas escondidas y esparcidas entre las sílabas de la lengua griega, me produce una emoción comparable a descubrir al culpable de una novela de misterio; y una tremenda gratitud. Solo hay que rebuscarlas, como las piezas de un puzle, para ir reconstruyendo una historia, que es la nuestra. Y si encima nos ayudamos de las estrellas, el goce será mayor.

Hoy se celebra el día internacional de la lengua griega, coincidiendo con el aniversario de la muerte del poeta Dionisios Solomós. Así que he querido compartir estos pequeños fragmentos de felicidad que otorga el conocimiento. Y aunque algún Zeus afirme que el estudio del griego no sirve para nada, no hagáis caso, Prometeo nos dio la luz para hacer crecer nuestro saber. Y para abrasar a los ignorantes.

Como tantas otras veces, he comenzado hablando de una cosa y he acabado con otra diferente. Hablar y hablar. Hay que darle a la sin hueso y festejar que las palabras son un regalo de los dioses.

4 comentarios en «El regalo de Prometeo»

  1. Hola Ana, qué razón tienes, la herramienta del habla es de lo mejorcito que tenemos, junto con la cocina de inducción. Ahí dos de los mayores placeres que tenemos en la vida, juntos en una mesa. Por un lado el palique y por el otro mover el bigote. Digo cocina de inducción, y no fuego, por lo limpio y rápido que se cocina con ella, aún que no imagino a Prometeo birlándole una a Zeus, ya que, junto con el electrodoméstico, tendría que haberle robado la electricidad y las encimeras, y no creo que el gran Dios estuviera dispuesto a perder tanto… imagínate el castigo.
    Mogollón de besitos a los dos
    VIRIATO

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