Saltar al contenido

El vientre de la ballena

Nunca desees los bienes del prójimo si no eres capaz de asumir los esfuerzos que implica, porque lo malo de los deseos es que a veces se cumplen. De las personas que se embarcaron en la construcción de un velero muy pocas lo acabaron. Hay un hecho importante: el tiempo. Si no consigues quitártelo de encima en uno o dos años, el trabajo se hará cada vez más duro, la labor más enorme, el final más inalcanzable. Y en el transcurso de la obra, tú iras evolucionando, adaptándote a los acontecimientos, renunciando a viejas inquietudes. El barco no cambiará, seguirá siendo el mismo pedazo de hierro que dejaste, esperando que completes sus instalaciones eléctricas, su fontanería, sus mamparos, sus puertas, barnices, pinturas, tapicerías, acastillaje, arboladura, motor… Así hasta un número bastante próximo al infinito. Algunos abandonaron sus barcos en la campiña, otros huyeron a las montañas, hay alguno que incluso lo hundió para dejar de ver el testigo mudo de sus pecados de juventud. Pero siempre habrá alguien que te diga: qué ilusión, qué bien te lo tuviste que pasar durante la construcción. Lo único envidiable de construirse un barco es mirar viejas fotografías; solo son instantes sin sombras. El día a día se diluye en la curda de nuestros recuerdos, y hasta nos pueden parecer divertidos.

Si hay un momento sobrecogedor es el de la primera carga de maderas.


Es el vientre de una ballena, pensé.
Jung afirmaba que sentirse en el vientre de una ballena era ”una regresión hacia el oscuro estado inicial en el líquido amniótico del útero grávido” ¡Será pedante! Está muy bien idear sentencias parapetado tras la mesa de un cómodo despacho de psicoanalista, pero debería haber estado allí para sentir lo que es el vientre de una ballena de verdad: un barco de acero vacío y la llegada del primer cargamento de maderas. Todo lo que hasta ahora habíamos diseñado, dibujado y discutido, yacía ahora desparramado entre cuadernas y baos desnudos, esperando ser montados. El momento de la verdad.

A partir de este instante, transcurrieron dos años de dedicación exclusiva. Levantarse y acostarse con la misma obsesión, con olor a pintura y barnices, con serrín en el pelo y las manos desolladas. Con la compañía de dos bombillas, una radio sin botones que escupía polvo por el altavoz y los desternillantes diálogos de Gomaespuma. Es incontable el número de oficios que se aprenden al construir un barco por tus propios medios. Realizas, sin darte apenas cuenta, un master en hidrodinámica de fluidos, en mecánica cuántica del electrón, en termodinámica de los motores de explosión, en fisicoquímica del comportamiento de polímeros acrílicos, en materiales y electromagnetismo, en soldadura en frío y en un largo etcétera que podría ser resumido en: pintar, serrar, soldar, conectar y empalmar.

—¿Quedamos a comer?
—No podemos.
—A ver cuando acabáis de una vez
—Eso quisiera saber yo también.

Lo bueno de revisar fotografías es que el paso de una a la siguiente carece de dimensión temporal. Entre una y otra hay un buen saco de penurias que se ocultan en un álbum afónico. Si una te abruma, la siguiente te dice: ¡Qué bestias!, ¡lo hicimos!

Cuesta creer con qué facilidad las piezas van encajando en la memoria. Los mamparos se atornillan, las puertas se sitúan en sus huecos, los grifos conducen agua y las luces iluminan. Aparecen mástiles, bitácoras, candeleros, motores; aunque haya que ir a buscarlos a la otra punta del país. Todo en perfecto orden para que aquel Frankenstein que tomaba cuerpo realizara sus primeras inspiraciones. No, no tenía alma todavía, no puede tenerla un barco que no ha probado el agua. Pero sí que es verdad que allí se quedó parte de la nuestra.


Tengo que confesar que, si aquel barco se acabó y fue más tarde La Maga Azul, no fue por mis méritos, sino por los de un ser extraordinario que vive conmigo. Yo hubiera sido de las que huye a las montañas, se escapa tierra adentro, se sumergen en el mar, o abandona el barco en la campiña. Hay que tener un determinado carácter para construir un barco. Hay que ser un héroe para acabarlo. Un héroe capaz de estar 24 horas trabajando sin parar, con la sola ayuda de litros de Coca-Cola. Me levantaba y estaba allí, me acostaba y estaba allí. Las fuerzas se debilitaban, el dinero se agotaba, pero él seguía allí, con sus botellones de poción mágica.

A veces me quedaba observándole, todavía lo hago, y me pregunto si es un ser de otra galaxia.

¿Habrá vida en Marte?

Etiquetas:

6 comentarios en «El vientre de la ballena»

  1. Un placer seguirte Ana, y siguiendote recordar los momentos compartidos a bordo de La Maga 3.en junio del 2023.
    Tu relato me traslada a mis sueños de juventud. Os recuerdo como ejemplo de «MARINERIA». A ti Ana como la perfecta anfitrión para todos y todas las que disfrutamos de aquellos días a bordo de La Maga3.
    A Jesús por su capacidad resolutiva y lección marinera de como gestionar la reparación de la vela mayor, con muy poco espacio y en unos minutos.
    Buen viento con un abrazo enorme!!

    1. Hola, Carlos. Ya sabes que, en los barcos pequeños, hay que ser capitán y marinero a la vez. Un buen marinero hace grande a un mediocre capitán; y a la inversa: con mala marinería
      poco puede hacer un buen capitán. Es conveniente desarrollar ambos oficios con igual dedicación, porque los dos son bonitos.
      Yo también aprendí mucho de vosotros y de vuestros relatos marinos. Esa es la grandeza de los que se encuentran en el mar y comparten experiencias.
      Un abrazo a todos

  2. Debe ser toda una experiencia poder diseñar y construir el barco de tus sueños. Acostumbrados a elegir barcos anónimos y sin alma en un catálogo o, como en nuestro caso, buscarlo entre los barcos de segunda mano para intentar ajustar sueños y presupuestos, me imagino la emoción de botar por primera vez el fruto de cientos de planos desechados, de miles de horas de trabajo y de los ahorros de toda una vida. Un proyecto compartido que debió daros muchos disgustos y bastantes noches de insomnio, pero también un sueño por el que luchar, un futuro hecho de largas travesías, de nuevos mares y paisajes compartidos.

    Enhorabuena por todas vuestras Magas. Por todas las empopadas y los traveses de la vida. Porque al final lo habéis conseguido.

    1. Sí, es cierto, fue toda una experiencia. Los planos del casco los compramos, eran de los ingenieros navales I. Echenique y J.L. Angoso, pero los interiores obra nuestra. Esta Maga tenía el salón a popa. Echo de menos esa distribución que te permite tener intimidad, incluso con el barco amarrado; hay muy pocos así. En cuanto a diseño de interiores, ya te puedes imaginar que Jesús estuvo cara al Autocad un año entero, buscando encajar piezas, milímetro a milímetro.
      Bellos recuerdos de una bella dama que fue La Maga Azul.

  3. Hola Anuska. Recuerdo un viaje en La Maga anterior a la Azul, a Oliva, a ver un hierro de construcción amateur, junto con las horas, delante de una botella de vino, hablando y hablando del proyecto de vuestro futuro posible propio barco, de cuando Jesus me confirmó la compra de los planos y el comienzo de lo por tí tan bien narrado en estas dos entradas, del parto de lo que al final sería La Maga Azul . Los dos currasteis como animales, aportando lo mejor de cada uno. No tengo que explicarte, por que lo sabes, lo que pienso de Jesus, al que quiero como a un hermano, pero sin tu aportación, el proyecto Maga Azul no habría salido adelante. Los dos sois unas personas excepcionales.
    Mogollón de besos
    Viriato

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *