Encerrados y solitarios

Abro la ventana y tengo la misma sensación que al navegar en un banco de niebla. Un riesgo invisible, a veces solo imaginado; la inquietud de no ver más allá de unos metros, esperar a oír bocinas o ruidos que alerten de obstáculos; la psicosis de lo intangible que se cierne al otro lado del cristal. Nunca sabes si es más seguro avanzar o quedarse quieto en el sitio. Barajando posibilidades pasan las horas, acabo por empañar el vidrio y empeoro la situación.

Una vez conocí a un hombre que vivía solo y era feliz. Era un pope que habitaba en un monasterio de las islas Strofades, un pequeño archipiélago en medio del mar jónico; una tierra que abarca nada más que dos rocas dejadas caer en el agua, castigadas por los numerosos temporales invernales, y visitadas sobre todo por los pájaros que las utilizaban de escala en sus migraciones.

Según la mitología, esas islas eran la morada de las Arpías, unas bellas mujeres aladas que tenían cautivo a Fineo, el rey de Tracia, al que Zeus castigó por revelar secretos del Olimpo. Se convirtieron en la personificación del carácter destructor del viento y acabaron siendo asimiladas a criaturas monstruosas con cuerpo de ave de rapiña, horrendo rostro de mujer, orejas de oso y afiladas garras; llevaban consigo tempestades, pestes e infortunio. Cuando llegaron a las islas Jasón y sus argonautas, lucharon contra las arpías y liberaron al rey.

En el SXIII, la princesa Irene de Constantinopla, consiguió salvarse de un temporal refugiándose en las Strofades. En gratitud ordenó construir un monasterio para un puñado de monjes. Con el paso de los años, tras las continuas rafias de cruzados, otomanos y piratas, la isla se fue deshabitando y solo permanecieron en ella el farero y el pope Gregorio. Al llegar la automatización de la señalización marítima, el vigilante dijo adiós al monje. Se alejó el torrero en una barca, con pesar por aquel hombre que dejaba abandonado, mientras que un Gregorio sonriente le saludaba con la mano como si fuera un hasta luego. No quiso bajo ningún concepto dejar a sus animales y fue el único habitante de la isla durante 38 años, hasta poco tiempo antes de su muerte en 2017. Los guardas, que en invierno visitaban las islas cuando se lo permitía la meteorología, decían que desembarcaban con el alma en vilo pensando si lo encontrarían en buen estado, pero allí estaba, contento y satisfecho. Lo único que le molestaba eran las entrevistas, porque le aburría hablar de sí mismo.
–Me despertaba todos los días y lo primero que hacía era mirar al horizonte. Vivía solo, pero era libre.
–¿Qué era lo mejor de allí?
–Mi queso.
–¿No tuvo nunca miedo?
–Jamás.
–¿Qué le hizo permanecer tanto tiempo solo en la isla?
–Siempre evité los caprichos que tenían los demás. Y los demás los míos.

Tendremos que suponer que los demás ignoraban el rico queso que elaboraba el monje, para centrar sus deseos en móviles, viajes, restaurantes, vestidos o automóviles, mientras que Gregorio se zampaba a dos carrillos requesones y cuajadas, totalmente ajeno a los últimas tendencias de la temporada. Para el que sienta curiosidad dejo un video en el que sale Gregorio, al final del todo; aviso de que está en griego.

Las Strofades son hoy un parque natural. Su aislamiento y la usencia de visitantes han hecho de estos islotes un reducto de flora y fauna de gran diversidad y valor. Curiosamente, durante esta cuarentena, empiezan a ser numerosas las apariciones de jabalíes en nuestras ciudades, pavos reales tomando calles que los humanos les tenían vetadas, o pájaros haciendo nidos en playas ayer llenas de sombrillas y tumbonas. Los animales han tenido la paciencia de esperar hasta encontrar la ocasión propicia tras años de confinamiento o cautiverio, mirando tras los cristales empañados. Mientras tanto, sus antiguos vigilantes se comen las uñas al otro lado de la vidriera, contando los días que pasan, los que quedan, inventando triquiñuelas para salir a la calle, huyendo como pollos sin cabeza para escapar a su destino, olvidándose del cuento Sufí:

Vivía en Bagdad un comerciante llamado Zaguir. Hombre culto y juicioso, tenía un joven sirviente, Ahmed, a quien apreciaba mucho. Un día, mientras Ahmed paseaba por el mercado de tenderete en tenderete, se encontró con la Muerte que le miraba con una mueca extraña. Asustado, echó a correr y no se detuvo hasta llegar a casa. Una vez allí le contó a su señor lo ocurrido y le pidió un caballo diciendo que se iría a Samarra, donde tenía unos parientes, para de ese modo escapar de la Muerte. Zaguir no tuvo inconveniente en prestarle el caballo más veloz de su cuadra, y se despidió diciéndole que si forzaba un poco la montura podría llegar a Samarra esa misma noche. Cuando Ahmed se hubo marchado, Zaguir se dirigió al mercado y al poco rato encontró a la muerte paseando por los bazares.
– ¿Por qué has asustado a mi sirviente? – preguntó a la Muerte
– No era mi intención asustarlo -se excusó ella – pero no pude ocultar la sorpresa que me causó verlo aquí, pues esta noche tengo una cita con él en Samarra.

Deberíamos meditar sobre nuestro terror a la soledad y el recogimiento en nuestras casas. Muchos pagan hipotecas eternas por ellas, tienen niños que buscaron con inquietud, mascotas de altos pedigrís y una lista inagotable de deseos por cumplir en cuanto «tengamos tiempo»; libros que leer, música que oír y películas que ver. Lo cual me lleva a pensar en que comemos con los ojos y en realidad no tenemos apetito.

Ahora, cuando el viento azota furioso sobre la playa, reseca la arena y se desmoronan los castillos que construimos con empeño desde niños, me acuerdo de aquel hombre feliz que vivía solo. Pero él tenía un truco, me diréis: podía mirar al horizonte. Y sí, es verdad, tenía un horizonte nítido cada mañana: elaborar su queso como si fuera el primero.

Aνθρωποι μοναχοι

Υπάρχουν άνθρωποι που ζουν μονάχοι
σαν το ξεχασμένο στάχυ
ο κόσμος γύρω άδειος κάμπος
κι αυτοί στης μοναξιάς το θάμπος
σαν το ξεχασμένο στάχυ
άνθρωποι μονάχοι

Υπάρχουν άνθρωποι που ζουν μονάχοι
όπως του πελάγου οι βράχοι
ο κόσμος θάλασσα που απλώνει
κι αυτοί βουβοί σκυφτοί και μόνοι
ανεμοδαρμένοι βράχοι
άνθρωποι μονάχοι

Άνθρωποι μονάχοι σαν ξερόκλαδα σπασμένα
σαν ξωκλήσια ερημωμένα, ξεχασμένα

Hombres solitarios

Hay hombres que viven en soledad
como la espiga abandonada
El mundo a su alrededor como campos vacíos.
Y ellos en su velada soledad
como la mies olvidada.
Hombres solitarios.

Hay hombres que viven en soledad
como islas en el océano
El mundo es un mar que se extiende
Y ellos, mudos, vencidos y aislados
como islotes azotados por el viento.
Hombres solitarios.

Hombres solitarios como ramas rotas
como capillas desiertas y abandonadas.

6 comentarios sobre “Encerrados y solitarios”

  1. Hola anuska.
    Me sigue alucinando cuando nos cuentas historias de los dioses griegos. Yo entendía por arpías a muchas marujas que tú sabes que conozco bien… ya me entiendes, pero voy a tener que ampliar el foco.
    Qué razón tienes cuando dices que estamos navegando dentro de un banco de niebla. El problema es que muchos buques están gobernados por capitanes descerebrados, y así nos va como nos va… ¡ Como puede haber empresas intentando hacer negocio con la miseria de la gente! A ver si de todo esto sacamos en claro quién es quién para el futuro que nos espera, y no nos dejamos encandilar por el primero que llega.
    Bonitas las islas Estrofades, en medio de ningún sitio y difíciles de visitar si no es con un tiempo excelente. Otro apunte en mi lista de baile. ¿Cuando vosotros desembarcasteis en ella estaba pope Gregorio?
    He estado viendo el vídeo, en griego como comentas. No me enterado de nada pero me ha gustado el hombre. Eligió donde y como quería vivir. ¡Ole sus c…!
    Mil besos a los dos y cuidaros mucho.
    VIRIATO

  2. Sí, las arpías empezaron siendo hermosas mujeres y acabaron siendo enjendros monstruosos, a saber cual fue la razón mitológica del asunto; supongo que cada cual interpretó el cuento a su conveniencia.
    Sí que conocí a Gregorios, tenía unas barbas por los pies y daba unas ganas irreprimibles de charlar con él, aun que rehuía el contacto con la gente, al fin y al cabo eramos intrusos en su casa. Tenía una perra que era un autentico ángel, esos animales que se nota que se han criado sin contaminación humana, más que la suya. Fue un encuentro que se me quedó grabado. Los quesitos no los pude probar, «cachis», eso sí que hubiera sido una experiencia religiosa.

    Besitos muchos

    1. Estamos como una chota, Ana, jajajajajaja….. buscamos lo que no tenemos y cuando lo tenemos volvemos a buscar dianas lejanas a las que lanzar dardos… yo quiero irme a dos peñascos voramar solo solísssssimo, pero en laico.
      Lo que pasa es que no sé hacer, queso, ché…..qué bien escribes…….. tu blog me sienta estupendamente bien con el cortado en la terraza de mi casa: por favor, le digo a mi camarera imaginaria…. un cortado y la última entrada del blog de Ana…. 🙂

  3. Francisco Gaitán

    Hola de nuevo Ana. Felicidades nuevamente por enriquecernos con tus historias, desconocidas para mi, que leo con todo interés y espero como un niño ávido de sueños y aventuras lejanas. Gracias pues, por sacar del olvido a ese niño que aun vive en mi y rescatarlo de su letargo.
    La canción que hoy acompaña tan bonita historia es preciosa, la letra y por supuesto la música.
    Todo ello hace que se posible cerrar los ojos y viajar con la imaginación dibujando los escenarios que tan bien nos describes en tus textos.
    En estos tiempos de gran confusión se agradece la reflexión sobre otra vida, sobre otra forma de vivir, de sentir, de pensar, de razonar. Y que mejor sitio para hacerlo que evocar a ese Agora para relacionarse y donde la palabra era la gran excusa para hacerlo en la antigua Grecia.
    Grecia eterna, misteriosa y mística. Origen del pensamiento Occidental, tanto por agradecerle y tan poco como lo hacemos.
    Gracias de nuevo Ana por mantener la llama encendida, y ser un faro en el mar de las palabras, dándonos a conocer su eterna cultura.

    1. Gracias a ti por leer, Francisco. Cuando empezó este encierro me propuse escribir sobre cosas pequeñas que nos alegran la existencia: la sonrisa de un vecino, buena gente anónima que nunca habíamos pensado en su existencia, profesionales que hacen bien su trabajo por vocación, cosas así. Creo que es un buen ejercicio para valorar la vida y a aprender a conversar con uno mismo; ese pesado que siempre llevamos a cuestas.
      Un abrazo y a cuidarse.

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