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Érase una vez el barro

Lamentablemente, suelen ser las guerras, los desastres naturales o las epidemias los grandes impulsores de los avances científicos. En los bonancibles periodos de paz, cuando la humanidad se solaza y se recrea en su bienestar, hay un mayor desapego por la investigación; aparecen las pseudociencias y los chamanes, pretendiendo arreglarlo todo, porque, en esos precisos instantes, hay pocas cosas que solucionar.

En 1854, la coalición de las flotas francesa, inglesa y turca se enfrentaba a la armada rusa en la guerra de Crimea. El 14 de noviembre, una poderosa tempestad sorprendió a los contendientes, provocando el naufragio de 38 buques de guerra. Alguien debió darse cuenta de que las previsiones meteorológicas eran de vital importancia, sobre todo en la estrategia de las batallas navales. Aquella terrible tormenta —en realidad fueron dos, que se desplazaban sucesivamente hacia el Este— había azotado primero la costa francesa, luego París y después Múnich. Se fue intensificando a medida que atravesaba el continente, acompañada de una oscilación barométrica que se propagaba como una ola. Si hubieran estado en contacto telegráfico, se podría haber sospechado que llegaría al mar Negro con inusitada violencia.

La meteorología, que ya apuntaba como una ciencia, se convirtió en una prioridad, una necesidad surgida de aquella catástrofe. Fue un pistoletazo de salida para una carrera en la que todavía seguimos avanzando, tratando de desentrañar las reglas y principios de los cambios en el tiempo. Las potencias europeas, encabezadas por Francia, Holanda y Reino Unido, se enfrascaron en la creación de grandes institutos de meteorología, dirigidos por hombres de reconocido prestigio en la materia.

En Inglaterra fue Robert FitzRoy quien asumió la dirección del departamento de Meteorología de la Cámara de Comercio. FitzRoy era un experimentado marino que había capitaneado, entre otros muchos barcos, el legendario HMS Beagle, con Charles Darwin como pasajero. FitzRoy comprendió que establecer una red de observatorios conectados telegráficamente era esencial para la previsión del tiempo. Sabía que las tormentas se alimentaban del choque de dos masas de aire a diferentes temperaturas y que los cambios bruscos de presión permitían anticiparlas. Ideó un sistema de avisos visuales para alertar a los barcos con los detalles observados. Así nació el Weather Forecast, la previsión del tiempo, las dos palabras mágicas que preceden a las emisiones del pronóstico meteorológico marino y que nos hacen aguzar el oído para tomar notas pegados a la radio. El carácter oscuro y difícil de FitzRoy fue un impedimento para que sus avances tuvieran la popularidad que merecían. Como en toda historia de los progresos en el conocimiento, la lucha encarnizada contra sus envidiosos colegas rivales, que lo acusaban de profeta, y contra la prensa oportunista, que despedazó su método, tildándolo de adivinación más que de ciencia, acabaron minando su espíritu. Ya aquejado de una fuerte depresión, el capitán acabó suicidándose el 30 de abril de 1865.

Holanda, potencia colonial y naval de la época, también tenía mucho interés en el estudio de los vientos y corrientes marinas, sobre todo como necesidad estratégica. Nombró al matemático y químico Buys Ballot director del Instituto Meteorológico Nacional. Todos los que hemos estudiado algo de meteorología todavía recordamos su principio universal, el cual forma parte del refranero del “marino con buen ojo”:

“Colocados de espaldas al viento, las bajas presiones se situarán a nuestra izquierda”.

Hay que puntualizar que se habla de viento de gradiente, localizable si seguimos la trayectoria de los pequeños cúmulos en el cielo, y no de brisas generadas por el calor del Sol, que pueden soplar desde otra dirección completamente diferente.

España, como es su costumbre, llegaba tarde a ese nuevo saber. Fue también un aparatoso naufragio el que nos hizo valorar la importancia de las previsiones del tiempo. El buque de la Armada Española, el Reina Regente, se hundió frente a las costas de Cádiz durante una tormenta. El siniestro fue tan sonado que los gaditanos le dedicaron varias coplillas durante los carnavales:

¿Qué barquito será aquel que viene dando tumbos?
Será el Reina Regente que viene del otro mundo.


En realidad, el Instituto Central de Meteorología había acertado en el pronóstico, pero falló el sistema de aviso de temporales, que no pudo ser conocido por el capitán del Reina Regente. La comunicación tierra-barco siempre ha sido el punto flaco de la seguridad en el mar.

La especie humana se fortalece frente a los desastres, y en esos momentos afloran personas que sacan lo mejor de sí mismas para avanzar en la lucha por evitarlos. Es entonces cuando los individuos trascienden su mortalidad y pasan a la historia para futuras generaciones. Aunque a FitzRoy no le pareció razón suficiente para justificar sus deseos de vivir.

Hoy disponemos de potentes modelos matemáticos de previsión del tiempo, basados en los millones de variables que los satélites analizan constantemente en la atmósfera. Somos capaces de adelantarnos semanas, o hasta meses, y situarnos en un escenario futuro más probable. Podemos comunicarnos sin interferencias, vía telefónica, con fibra, ADSL e incluso mediante un enjambre de satélites que orbitan permanentemente sobre nuestras cabezas. Y, sin embargo, el poder devastador de las tormentas, los tornados y los huracanes nos sigue sorprendiendo. Somos dioses con pies de barro; nunca hubo una ocasión más tristemente explícita para tal afirmación. Hoy, en Valencia, a 12 de noviembre de 2024, tras el paso de una cadena de tormentas asociadas a una DANA, que ha asolado la zona sur del área metropolitana, arrasándolo todo y dejando la zona convertida en un lodazal. Una vez más, no fallaron las previsiones, pero sí la transmisión del mensaje.

El aislamiento y la incomunicación son la cara más desesperante de esta calamidad, acompañados del goteo de noticias, sin saber realmente si son verdaderas o falsas. Sentir como si el mundo se hubiera ido tras la lluvia y estuviéramos dando tumbos por un espacio oscuro, eternamente, sin destino y sin contacto.


Me llamaron de la cadena griega de televisión MEGA, para que les narrara, como ciudadana griega, lo que veía. No puedo ayudarles, dije, solo soy griega de adopción y desde aquí no veo nada. Estoy en un universo paralelo en el que no suceden las mismas cosas que las que acontecen a escasos kilómetros. Mi perplejidad es igual que la suya. Creo que deberían buscar a alguien más, alguien a quien no le importe inventarse los hechos y difundir bulos en las redes y los medios de comunicación. Y colgué. El barro, la mentira y la desesperanza comenzaron a desbordarse por la tierra, como la leche de un cazo. Érase una vez, pero ahora ya no era.

Sin embargo, de igual manera que la humanidad se crece ante el castigo, la generosidad es la única manera de sobreponerse al desaliento. Somos seres vivos y, por tanto, enteramente sujetos a la ley evolutiva de que triunfará el más fuerte. Así vivimos, compitiendo sin descanso, por ser los mejores, los más atractivos, los más ricos o los más envidiables. Solo en estas circunstancias límite de desamparo nace en nosotros la imperiosa necesidad de ayudar al desconocido. Lo que hemos vivido estos días conmueve al menos empático: personas venidas de todos los rincones del país a sumergirse en el barro y a empaparse hasta las cejas o hasta el desmayo. A pie o en bicicleta, caravanas de héroes anónimos, armados con escobas, han entendido que la felicidad, la pequeña, esa que se escribe en cursiva y con letras diminutas, habita más allá de nuestras manos. Y que nada nos hace más dichosos que el agradecimiento de un desconocido. El contacto y la comunicación vuelven a salvarnos de nuestros propios demonios. Esa ola contagiosa de altruismo y filantropía (amor por el ser humano) tiene en realidad una ventaja evolutiva frente al egoísmo y la indiferencia. Sin ello, como FitzRoy, acabaríamos por cortarnos las venas.

Debemos agradecer a todos los voluntarios que han participado en sus labores de limpieza, consuelo y entrega de alimentos, no solo su ayuda valiosa, sino la demostración de que otra forma de relacionarse es posible.

Era se una vez un mundo lleno de barro…

16 comentarios en «Érase una vez el barro»

  1. Hola Anusca, no puedo decir nada mas que “amen” a todo lo que has escrito. Es terrible lo que ha pasado. Las imágenes del desastre son dantescas, y ver la abnegación de los damnificados, limpiando con los pocos medios que tienen a su alcance sus casas y negocios sobrecoge. Espero que hayamos aprendido (todos) la lección después de esta catástrofe, si no, solo nos quedará el buen sabor de boca de la solidaridad.
    Un montón de besos para los dos
    Viriato

    1. Hola a los dos.
      Todos mis estudios universitarios los hice con la luz de un flexo en cuya caperuza había una pegatina que decía «siempre es mejor compartir».
      Ánimo y fuerza para los afectados, queda muchísimo por hacer y a todos, por aprender.
      Por aquí, más al norte, «monotonía de lluvia tras los portillos». El ruido de la lluvia golpeando la cubierta y la capota; los truenos y relámpagos y la búsqueda de la gotera que nunca se sabe de dónde viene son nuestra compañía, persistente y pertinaz compañía durante los últimos días. Hoy ha vuelto a sonar la alarma de protección civil pero, por suerte, la Gota Fría aquí es más clemente que al sur…. de momento, porque ahora cae con rabia… y el repiqueteo de las gotas se hace estruendo. Se está bien, seco y calentito en la cabina del barco y se duerme tranquilo en el camarote sabiendo que los barcos…. flotan… y las riadas mueren en el mar. Los peligros para los barcos, casi siempre, están al otro lado de puntas; para los marinos es más frecuente encontrarlos en tierra y, como con el resto por el egoísmo y la codicia de algunos.

      1. Lunero: Cuidadito con los barcos en las proximidades de desembocaduras de ríos caudalosos. Yo he visto a la goleta de la Generalitat, de 28 metros y 70 toneladas, salir lanzada como un patito de goma con la crecida del Turia y arrancar el pantalán. Fue bastante peliagudo el subirse a bordo para reforzar amarras. La tierra es la pesadilla de un barco, como tu bien dices.
        Abrazotes

    2. Hola, amigo Viriato. Cada vez vivimos más apiñados, pero más aislados, aborreciendo al contrario (Gracias a tipos como Elon Musk y Cia) La solidaridad ciega, creo que es un modo de subversión y, además, una manera de justificar nuestro paso por el mundo.
      Un beso a los dos y a ver si pasamos página de estos periodos agridulces

  2. Hola, Ana:
    De acuerdo en todo lo que dices y desde aquí te envío un fuerte abrazo para ti y para todos los que están sufriendo esta situación.
    Cómo bien dices: no fallaron las previsiones, fallaron los avisos a la población. Apareció la negligencia y luego la mentira. Léase el PP. Ya nos tiene acostumbrados: Prestige, 11M, etc. Y ahora doblan su apuesta en la mezquindad amparados en la ola de irracionalidad y maldad que recorre el mundo. En cuanto al gobierno quizá debió asumir la gestión total y estar con los que sufrían, pese a lo que a buen seguro llegaría después como respuesta del PP.
    Lo demás ya se sabe. No sé hace y no sé va hacer nada en cuanto al cambio climático. La locura de como se construyó en las conurbaciones de buena parte del mediterráneo ni se corrigió ni se va corregir.
    En fin, la humanidad camina firme hacia el autosuicidio.
    Un abrazo y mucha suerte, muchos la van necesitar; en cuanto a los otros…

    1. Fallo la información porque son unos inútiles que no están preparados para hacer su trabajo, solo disfrutar del «oficio más bonito del mundo», como decía Boris Johnson, cuando se corría sus juerguecitas mientras tenía al país encerrado. Ha sido una forma amarga de constatar que en el planeta, no somos los que más mandamos y que debemos tener cuidado con lo que hacemos.
      Un abrazo y me alegro de verte de nuevo por aquí.

    2. ¡ España arde !

      ¡ España arde !
      glosan con furia los voceros de la inquina,
      y alimentan su hoguera, su fuego fatuo y terrible,
      con la sangre del embuste, la verdad a medias,
      el bulo, la confusión y la lágrima,
      ¡ España arde !
      son los bastardos del socorro bien pagado,
      la falsa pureza de los dioses de barro,
      la adrenalina y la ignorancia enquistada,
      ¡ España arde !
      se desgañitan, afilando el colmillo ensangrentado,
      mientras abrazan con fruición al saco de las ganancias,
      ¡ España arde !
      …cuánta chatarra moral…España perece…

      Jm/01.11.24

    1. Yo también espero que ahora no nos encierren en una jaula cada vez que caen cuatro gotas, para librarse de toda responsabilidad. Tenemos que tomarnos en serio los planes futuros de urbanización. No todo vale, por muy suave que sea el clima en ciertas partes de la península, cuando el cielo se cabrea no hay quien le plante cara.
      Gracias JR

  3. Querida Ana,
    siempre atenta al devenir del mundo, me siento identificado y agradecido a tí por tu escritura.
    Todo lo que ha pasado en tu país valenciano, lo que seguirá pasando en todo el mundo es la consecuencia de un sistema económico depredador y suicida.
    Hay un comentario anterior de M. Barrios que no necesita más explicación, lo describe perfectamente
    Desde un punto de vista naútico me ha encantado tu » Tratado sobre la meteorología», los que navegamos sabemos de la importancia que tiene y los muchos científicos y observaciones necesarios para llegar a donde estamos.
    Una vez más te agradezco tus textos hermosos y consistentes, lejos de la vacuidad, frivolidad y tontería.
    Gracias.

  4. Hola Santi. La meteorología es una ciencia apasionante, y más para la gente de mar; nuestra seguridad depende mucho de ella. Con la llegada de la IA va a darnos muchas sorpresas, elaborando pronósticos con horizontes de tiempo más lejanos, pero, si no aprendemos a comunicarnos, nada del saber servirá para algo. En fin, me he hecho el propósito de no sumergirme demasiado en política, por mi bienestar mental :).
    Un abrazo y gracias por pasar

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