Eretria, Halkida y el paso del tiempo

Regresarán las uvas a la tierra.
Y aún allá abajo el tiempo sigue siendo,
esperando, lloviendo sobre el polvo,
ávido de borrar hasta la ausencia.
Cien sonetos de amor. Pablo Neruda

Voy a contar la historia de dos notables ciudades vecinas que pelearon sin tregua. Entraron en guerra por el control del tráfico marítimo que transcurría frente a sus costas, entraron en guerra por la posesión de los campos de cultivo que había en el valle situado entre ellas. Y lo más curioso del caso, es que nadie sabe a ciencia cierta quien ganó; posiblemente perdieron las dos, eso siempre sucede en los arrebatos polémicos; pero con el devenir de los siglos una desapareció en el polvo y el silencio y la otra prosperó holgadamente, a pesar de ser la más débil de la historia. Hablamos de Erétria y de Halkida; ambas nombradas ya por Homero, en su Ilíada, como proveedoras de naves para ayudar y acompañar a los argivos en la ofensiva de Troya.

Eretria es hoy una ciudad de la isla de Evia de unos 13.000 habitantes, frente a Oropó, en el continente, con quien tiene una permanente conexión con ferri. El puerto tiene un abrigo natural por el sur gracias a algunas pequeñas islas y la construcción de un largo espigón al norte protege amplias playas de arena, donde con facilidad se podrían varar las barcas, los trirremes y hoy, las hamacas y las sombrillas de los atenienses que vienen de veraneo. El puerto es profundo y permite el fondeo de los barcos de recreo.

Es posible que su nombre proceda del vocablo ερετμον, remo, lo que hace sospechar de su peso marítimo y su potente flota. En la época Clásica la importancia de Eretria era de tal calibre que Cuando Dario I se dirigía hacia Maratón, para luchar contra los atenienses, antes se acercó a Eretria para asolarla y quemarla. Tenía miedo, el rey persa, de no cuidar su retaguardia y de paso le servía de escarmiento a los habitantes de tan soberbia ciudad que había ayudado a Atenas en la sublevación jonia de Asia Menor.

Como decía más arriba, Eretria disputaba con Halkida el control sobre las naves mercantes que transitaban por el interior del golfo, entre Evia y el continente, protegidas de los vientos y los mares del Egeo. En una inscripción hallada en el puerto y fechada en torno al año 530 a. C. se cita un texto legal en el que fijaba tarifas para los barcos en circulación.

Después de pelear contra Halkida y los persas, la ciudad entró en decadencia. La guerrera y avariciosa Eretria se metió en todo tipo de intrigas y operaciones contra y a favor de Atenas, de Esparta o de Macedonia, de las que salió maltrecha y empobrecida. Hasta que llegaron los romanos, muy aficionados a las soluciones del tipo “Cartago delenda est”, la arrasaron, la incendiaron y la borraron del mapa. El territorio permaneció deshabitado por los siglos mientras la lluvia y el barro ocultaban los pasados esplendores, los barcos navegaban frente a su costa sin inmutarse, las burras coceaban por los montes y las cabras acababan con la poca hierba viva que habían dejado los romanos. Nadie más volvió a oir hablar de ella hasta que, tras la guerra de independencia de Grecia, los supervivientes de la matanza de la isla de Psará, se refugiaron aquí y construyeron una nueva ciudad. Sorprendentemente escogieron el mismo emplazamiento que la antigua y prácticamente el mismo trazado.

La moderna Eretria es extensa y espaciosa, con numerosos cafés y tabernas al borde del mar y amplias calles en las que te vas tropezando con los restos del pasado: aquí la puerta oeste, aquí los baños, más allá el imponente teatro. Todo disperso y entreverado con las auténticas casas de ahora. Cuando conoces el contorno de la ciudad clásica, te das cuenta de lo grande que era; casi mayor que la Eretria actual. Si hiciéramos una extrapolación de su envergadura para el siglo V a.C., quizás estaríamos hablando de una arcaica Nueva York.

Las dimensiones del teatro eran rivales del Odeón ateniense. Hoy no se puede visitar ya que hay un equipo de arqueólogos trabajando, pero se puede observar desde la valla su escenario y graderío semienterrado por la montaña comedora. Más allá, el camino asciende hacia una loma donde se encuentra la acrópolis, desde la que se divisa la ciudad y el mar; para que no escapase ningún navegante sin pagar.

Bajo la parra de una casa tenía lugar una tertulia de vecinos que cotilleaban a la sombra. Yo me detuve a mirar unos olivos con unas aceitunas de tal tamaño que hacían doblarse las ramas hasta el suelo como si fueran sauces llorones y cuando el peso era insoportable, las dejaban caer sobre la acera, despanzurrándolas y dejando los adoquines ásperos de amargura oleácea.

-Oiga, Señores, buenas tardes, perdonen que les interrumpa ¿esas aceitunas son suyas? Son enormes ¿No?

La charla se silenció mientras me miraban de arriba abajo, valorando mi posible procedencia bárbara, ya que me sorprendía el tamaño de las olivas; las que ellos habían visto desde su ventana toda la vida. Pero cuando supieron que era española me preguntaron:

-¿No hay aceitunas en España?
-Si, Señores, pero no gordas como ciruelos
-Estos olivos son muy antiguos
-¿Y siempre han dado esas olivotas moradas y sabrosas?
-Sí, siempre. Esos árboles están aquí desde que yo era pequeño.

Me alejé de ellos exclamando ¡Qué gordas, qué gordas! Y ellos me miraban desde lejos asintiendo, alguno de ellos se levantó y las sopesó en la mano, mirándolas como tesoros apenas descubiertos. ¡Tan grandes como la antigua Eretria!, exclamé. En estos sitios uno se siente como un visitante liliputiense en el país de Gullivert.

Imagen de eviagreece.gr

Unas 15 millas separan a Eretria de Halkida, la verdadera controladora del trasiego de barcos en la actualidad; la que se llevó el gato al agua y hoy tiene una población de unos 60.000 habitantes. El mar se estrecha en la entrada de la ciudad, llegando a constreñirse en unos pocos metros, bajo el puente de Evripos, que se abre por la noche para dejar pasar a los barcos. El agua, obligada a circular por tan angosto paso, se acelera, creando unas corrientes formidables, de hasta 9 nudos, que cambian 6 veces al día de dirección con unos intervalos de repunte de marea intermedios, con flujo apenas perceptible de unos pocos minutos de duración. Evidentemente, las mareas están relacionadas con la luna, pero en este caso ocurren aberraciones dentro de cada ciclo lunar, de forma que determinados días la corriente cambia casi 14 veces de sentido, sin ningún periodo de pausa. El fenómeno, por supuesto, es la consecuencia de las posiciones relativas del sol y la luna, dentro de cada intervalo de 28 días.

Cuenta la leyenda que Aristóteles, que vivió en Halkida los últimos años de su vida, intrigado por este comportamiento impredecible del mar, se lanzó al agua para constatar en persona como cambiaba la marea. A mí, el cuento me parece inverosímil, ya que el experimento se podría haber llevado a cabo con un cordel y un flotador. Dudo mucho que Aristóteles, célebre por su sabiduría y capacidad de observación, hubiera puesto en peligro su vida de esa forma. Hoy, los piragüistas se entrenan aguantando el tipo y la proa de su piragua en los regueros y remolinos, remando con fiereza para no ser arrastrados.

Cuando llegamos a Halkida me dio un vuelco el corazón; hacía 28 años desde la última vez que pasé por aquí. Casi la mitad de mi existencia. Esas cifras sobrecogen, pero, por otro lado, me consoló ver que la ciudad era totalmente reconocible, tal y como la recordaba; su bullicio, su mercado, los paseantes presurosos por los pretiles de lo que parece un río, pero que es un mar, y las dos mitades de una ciudad cortada por una corriente de agua. Las ventanas enfrentadas a uno y otro lado del puente, dejando a los amantes separados, los noctámbulos atrapados y algún que otro gato somnoliento buscando la forma de volver a su habitual cubo de basura; porque cuando abren el puente, la ciudad se desgaja y se desconecta, como si a la puerta de tu casa, a tu calle, le abrieran un socavón insondable.

De alguna manera, Halkida, sigue conservando ese aliento “politikí”; palabra con la que los griegos adjetivan a Constantinopla, la ciudad, la poli, στην πόλι, Estambul. Como la gran urbe, un estrecho la secciona y la diferencia, ahondando en la trascendencia de un mar, ya de por sí importante, que moldea tus hábitos ¿Tu eres de aquí o de allí? No vengas tarde que te quedarás al otro lado. Niños, jugad en esta orilla, no en la opuesta, que si no luego no os encuentro. Y el fresco caudal de agua trae pescados y mariscos que enriquecen el mercado y las mesas de las tabernas.

Pasar el puente es una pelmada; me pareció mucho más sencillo la primera vez, quizás porque estábamos solos. La burocracia te obliga a ir y venir, a la Capitania para la inspección de papeles y al puerto a pagar las tasas. Luego esperar el cambio de corriente nocturna, que te llamen por radio y que te den una orden de transito; siempre los mercantes primero y los barcos de recreo después. El oficial que ordenaba el tráfico se esforzaba en que las cosas salieran correctamente y con seguridad, pero los insurrectos navegantes deportivos, haciendo caso omiso de sus indicaciones, se agolpaban frente al puente para pasar los primeros, se cruzaban por delante con maniobras peligrosas y aceleraban como condenados escapando de prisión; los mercantes sonaban sus bocinas pidiendo que se apartaran. Yo, inocente, no comprendía muy bien la causa de tanta prisa, pero se trataba de coger sitio para amarrar en la otra parte del estrecho; como cuando las hordas van a la playa de Benidorm con la toalla.

Tristemente en eso sí que ha cambiado y no el paisaje; la solidaridad y educación de los navegantes se esfuma con el tiempo. Ahí sí que se notaba el transcurso de los 28 años. El mar había arrasado cualquier rastro de cortesía; sin embargo, Halkida había aguantado.

 

 

 

10 pensamientos sobre “Eretria, Halkida y el paso del tiempo”

  1. Ana, la de las dos palmeras ? ?

    Ana, cada vez que añades un nuevo texto a tu blog voy reconstruyendo vuestra travesía, intentando acompañaros con nostalgia en vuestros septiembres nómadas.
    Pero me tengo que conformar con navegar en Google por ese intrincado laberinto de islas y penínsulas que parece inventado por un dios juguetón para perdernos. Porque, a pesar de las viejas cartas, del GPS y del nuevo dios Google, por suerte sigue siendo posible dejarnos llevar por el viento para perdernos en los laberintos de los mares de Grecia. Gracias por compartirlo.

    1. Hola, Ana. Este año también vosotros habéis andado cerca ¿No? La verdad es que hemos intentado esquivar un poco el Meltemi y así ha salido el viaje que ha salido, lo cual es una suerte. Grecia no solo son sus islas, sino sus islitas, recodos, bahías; allá donde te dejes caer habrá algo interesante que contar.

      Un abrazo muy fuerte y cuida de tus palmeras, son una joya.

  2. Gracias, Ana, por tan bello relato. Siempre he querido pasar por esa zona y siempre la he dejado para más adelante (hay tantas cosas interesantes para ver en Grecia), pero creo que va siendo hora de hacerlo realidad. Para el año que viene. Un saludo

    1. La verdad es que cuando sales a navegar te pones nervioso de ver tanta isla y las quieres visitar todas, olvidando el continente. Es como si al poder ir por carretera careciera de interés. Pero lo cierto es que las cosas no se viven igual por mar o por tierra, los sitios tienen otro significado, aunque yo siempre lo digo y no me creen los ajenos a este mundo marino, a veces el barco molesta más que ayuda y te impide entrar en determinados puertos por su seguridad.

      Un saludo, Kiko

  3. Vaya, Ana. Parece que has hecho un recorrido parecido al que yo hice en primavera. Eso sí, yo por tierra y tú, por supuesto, por mar. No llegué hasta Eretria, pero hice una parada en Halkida, para rendir tributo al bueno de Aristóteles, que murió allí, y contemplar la curiosa geografía del Euripo y la bahía de Aúlide, donde se supone que se concentraron los griegos antes de partir hacia Troya. La historia de estas dos ciudades y su espíritu de aventura es fascinante. Fueron grandes impulsoras del proceso de colonización y fundaron ciudades en el sur de Italia, Sicilia y el norte del Egeo. La península Calcídica (Χαλκιδικί) le debe su nombre a Halkida y nosotros, en última instancia, le debemos nuestro abecedario, porque etruscos y romanos adaptaron a su lengua el alfabeto griego de Cumas, una ciudad de Italia fundada por calcidios. Perdona que me enrolle tanto, pero tú sabes bien que detrás cada lugar de Grecia se esconden historias interminables y apasionantes. Ya estoy deseando saber si después de cruzar el Euripo tu viaje sigue coincidiendo con el mío.
    Un abrazo.

    1. Pues a mi me da que seguimos rutas parecidas. Pasamos frente a las Termópilas, pero hoy es tierra muy firme, inaccesible con barco. Sí que conseguimos fondear frente Artemision, para completar el recorrido médico ¿Fue esa la continuación de tu viaje? Bueno, no importa, en Grecia uno se puede buscar infinidad de coartadas para pasar por lugares como estos. Y si encima vas con el libro de Heródoto en la mano, pues cien veces mejor, lo vas viviendo todo como en una película.
      Y gracias por enrollarte, siempre me parecen muy enriquecedores tus comentarios.

      Un abrazo, Juanjo.

        1. Nuestro viaje derivó, desde Artemision, por el Egeo en demanda de Lesbos. Pero Eolo ya sabes que es un poquito temperamental, así que no hemos discutido mucho con él y nos hemos dejado llevar.

          Ah, Volos. Supongo que probaríais los Mezés, son famosos en toda Grecia. Buenismos.

  4. Hola Anuska, lo que se aprende con tu blog. Yo esa zona me la ventilé como si me hubiera dejado al fuego las lentejas al otro lado del puente de Khalkis. Y por mis nietos que te juro que pasé justo enfrente de Eretria, pero solo recuerdo los cascos arrumbados de varios grandes mercantes antes de pasar bajo el puente de Evripos. Me alucinó las corrientes bajo el puente que los romanos llamaron Negroponte (tu mira qué cosas se me quedan en la mollera), he igual que tú, no me imagino a nadie, con dos dedos de frente, pegándose un bañito por el placer de ver adonde te llevaban las rápidas aguas de la corriente. iAl otro lado del puente! No hay que ser Aristóteles para imaginarlo.
    Espero que estéis pasando unos días estupendos, y que el Meltemi no os esté dando mucho coñazo.
    Un beso muy gordo
    Viriato

  5. El paso del Evripo, si quieres que te diga la verdad, me pareció un coñazo. Todo el día esperando, para pasar a las 2 de la mañana. El de Capitania, que era bastante simpático, estaba que trinaba con los capitanes domingueros de los yates. Me contó que era de Preveza y supongo que el destino de Halkida era algún castigo, porque tener que explicar 100 veces lo mismo: que «hagan ustedes el favor de pasar por orden y dejen primero vía libre a los mercantes», no es plato de gusto. Y luego nadie le hacia puñetero caso. Se debía sentir un fracasado.

    Un besote

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