Flotando como un velero

A los navegantes les sobrecogen los relatos de mares gruesas y temporales inclementes que empujan a los barcos contra orillas llenas de arrecifes y bajíos, las olas rompiendo en siniestras espumas y los tripulantes, aguerridos, haciendo lo indecible para salir de allí. Pero si hay una visión que hiela la sangre del marino más curtido, cuando se encuentra al ancla en un remoto fondeadero de aguas quietas y seguras, oyendo el murmullo de los pájaros, el zumbido sordo y envolvente de los insectos, interrumpido por el balar de algún rebaño de fieras lanudas y bobas, es ver crecer a lo lejos la silueta inconfundible de la flota enemiga, el color de sus estandartes y el eco creciente de sus dotaciones enfurecidas. Sentir acercarse una “flotilla”.

Para los ajenos a este mundo aclararé algún concepto. Una «flotilla» es, como su nombre puede hacer sospechar, un conjunto de veleros que navegan juntos en pos de tremendas aventuras, bajo la supervisión de una nave capitana, comandada por el único ser con conocimientos marineros: el “jefe de flotilla”. El resto, Ji-ji, Ja-ja. El resto, es la chusma reclutada en los muelles de Liverpool o Hamburgo por los reclamos de las agencias de viajes, gentes a las que la idea de navegar en conserva les parece excitante, aunque nunca antes se hayan puesto al timón de un velero ni les interese saber muy bien cómo funciona. Para eso está el jefe, para deshacer sus entuertos.

El desafortunado navegante solitario, perdida su paz interior, abrumado por el griterío y preocupado por la seguridad de su barco, comienza a verse rodeado de naves, cadenas, auxiliares, bañistas y navegantes nerviosos que inician sus maniobras entre bramidos y a velocidades increíbles, ante la mirada atenta y las risotadas de los acompañantes. El jefe, con pocas o muchas palabras, dependiendo del día de la semana en el que suceda el encuentro y cuanto le quede para acabar su misión, procede a la reubicación de anclas, refuerzo de amarras, labores de mecánica, solución de imprevistos, recogida de basuras y desatasque de inodoros. En media hora el mar hierve y se encabrita. Afortunadamente, al caer el sol, se agrupan y se alejan paseando, dejando una tremenda polvareda por el camino, hacia la taberna tan bonita al borde del mar, donde el navegante pensaba cenar tranquilo y ensimismado. A la mañana siguiente, volverá el hombre de mar a oír el aullar de los galeotes, bañándose en derredor y jugando al balón. Y atenderá respetuoso al «briefing» playero que les da el jefe de flotilla, donde explica pelos y señales de la jornada por venir, dónde bañarse, dónde parar a mediodía, dónde pernoctar. Es necesario estar muy atento, si no quieres pasarte la semana coincidiendo con la misma flotilla en todos los puertos.

 Por lo expuesto, las flotillas son consideradas como la plaga de las langostas y son la desgracia de cualquier día de verano en cualquier cala mediterránea. Además, con los tiempos, la eslora de los barcos, mandados por manos inexpertas, ha ido creciendo, como crece la mayúscula osadía de los tripulantes, y si antes parabas el desvío de un velerito atravesado con un pie, hoy ya no puedes hacer nada más que rezar, frente a un 15 metros lanzado con toda su inercia sobre tu costado.

Un día llegó a mis manos un antiguo artículo sobre los inicios de este tipo de navegación vacacional y me hizo recapacitar. Quizás, pensándolo bien, parte de las comodidades de las que disfrutamos hoy en día los veleristas, en el Mediterráneo, se debieron a la audacia y sed de aventura de algunos procaces navegantes que nos abrieron camino.

Fue un tal Eric Richardson, en 1973 quien por primera vez compró un grupo de 20 barquitos de 25 pies, los Snapdragons, para realizar cruceros en conserva con amigos o clientes. Los botó en el golfo Sarónico, cercano a Atenas y por los pocos datos a los que he tenido acceso tuvo como primer jefe de flotilla a una mujer. Si, exactamente una de esas raras féminas a las que le gusta la vela y la aventura más que rizarse el pelo o vestir a la moda, una de esas a quien, a las que a pesar de, o más bien por su insultante atrevimiento, calificarían en algunas tertulias náuticas casposas, con tono jocoso y algo peyorativo como: “La almiranta”.

 

Snapdragon 25

 

En aquellos tiempos la aventura era total. Viajaban de isla en isla, recalaban en puertos donde nunca antes habían visto un velero e iban mendigando por las casas y cafés a alguna buena señora que les hiciera la cena, la que fuera, y les vendiera unos pocos víveres para el día siguiente. En alguna escala estaban varios días, para poder visitar monumentos arqueológicos o parajes incomparables, a los que necesariamente había que ir andando o en autobuses regordetes y resoplones. El único material de navegación: la carta de la zona y una pequeña radio VHF para mantenerse en contacto.

En cada barco iban 3 personas, no necesariamente conocidas con anterioridad. Una dormía en la proa, otra en la mesa del salón, convertible en cama, y una tercera, y más desdichada, en la conejera, es decir, embutida como el hombre bala, con las piernas y el cuerpo en un sarcófago, bajo la bañera, y la cabecita asomando en el salón. Cuándo se cocinaba en el infernillo, o cuando alguien usaba el aseo, los otros dos salían a echar un pitillo a cubierta, esperando su turno. A más de uno se le pondrán los pelos de punta con semejante tortura vacacional, pero googleando un poco encontré el artículo de una americana que había participado en una de esas “expediciones” y lo contaba como una de las experiencias más estimulantes de su vida; incluido cuando se equivocaron de isla y aparecieron en una desierta, si poder ni siquiera cenar.

 

 

La gente, fundamentalmente británicos y holandeses, empezaron a aficionarse a este tipo de navegaciones y las flotas se ampliaron y extendieron por la antigua Yugoslavia, Turquía, Cerdeña… y llegaron mucho después hasta el Caribe. Así describe uno de los pioneros sus navegaciones por el Jónico. Si algún lector ha entrado en los últimos años en Sivota, al sur de Lefkada, le aconsejo que coja algún pañuelo para enjugar sus lágrimas, antes de leer el siguiente párrafo:

Sivota es un magnifico refugio y un lugar increíble. Una minúscula aldea de doce casas se extiende por la orilla. Todavía no hay electricidad, pero la sensación de calma y tranquilidad es algo difícil de olvidar. Hay un café con pocas provisiones, pero si alguna barca ha atrapado algún pescado no dudará en venderlo si te empeñas.  Una fuente de agua fresca provee de agua a la villa y saciará tu sed tras un delicioso paseo, montaña arriba, para deleitarte con las vistas. El descubrimiento de este fondeadero es el sueño de cualquier crucerista.

Hoy sigue siendo una manera popular de hacer turismo, pero, dada la tendencia que se tiene a banalizarlo todo y vaciarlo de significado, las flotas han crecido de tamaño y lo que antes era una juerga; el amarrar todos juntos; ahora se puede convertir en un drama, el día que hace viento. El jefe de flotilla suele ser una joven e inocente criatura, pero al finalizar el verano habrá acabado con todas las cajas de tranquilizantes disponibles a bordo y volverá raudo a su ciudad de origen, donde acabará sus estudios, para no ver nunca, ni de lejos, el mar.

Pues, sí. Es posible que, gracias a esos pioneros, disfrutemos ahora de puertos con aguadores, tabernas, supermercados, mecánicos, veleros y un largo etcétera de facilidades para los navegantes, pero… ¡maldita la gracia! A mí lo que realmente me gustaría, es poder volver a paraísos como el de Sivota, porque lo otro, el tener las mismas comodidades que en casa… pues, para eso me quedo en ella.

Y para finalizar, como siempre, todos los caminos conducen a Grecia. En griego, navegar, flotar y barco; πλέω, επιπλέω, πλοίο; tienen la misma raíz. Así que no os extrañéis, la flotilla también es una forma de navegación, aunque nos pese.

 

10 pensamientos sobre “Flotando como un velero”

  1. Sniff, has descrito en tu estupendo relato, a aquel barquito con el que inicie, en propiedad, mi amor a la vela. Aldebaran tenia 24 pies y tal cual era o és, como aquellos que describes. Y Sivota, la recuerdo tal como es ahora, precisamente el otro día, tras morir la nevera de mi casa, releí una postal que me había enviado a casa , allá por el 2008 Y, todavía adornaba el lateral de la nevera con sus tortugas caretas. Y cierto que unas cosas llevan a las otras, las mejoras, pero el hombre es insaciable y ahí duele. Mil besos guapa .

    1. Yo, a Syvota, la conocí siendo todavía un paraíso de flores y gallinas por la playa, pero ni de lejos a lo que narra el navegante que cito. Sí me acuerdo, y no hace muchos años de esto, cuando en Tabarca no había luz y por la noche iba la gente con linternas por la calle, era un sitio tranquilo e idílico. No digo más, que luego me tachan de abuela cebolleta. Seguiremos encontrando huertos abandonados donde pasear y aislarnos del mundo, de vez en cuando.
      Un besazo con mucha añoranza.

  2. Hola anuska, las flotillas, iMenudo susto!. Aún recuerdo una conversación que tuvimos en La Maga sobre este tema, narrándonos vuestras pericias para ir en contra de las frutillas. A mi la idea, en concepto, no me parece mala, el problema es, como bien dices, la impericia de los que patronear el velero. iDa miedo como maniobran al fondear al ancla!
    En Corfú vivimos las delicias de una flotilla y acabamos tomando un café en el VIRIATO con una de las chicas que las comandaba. Por la boca soltaba de todo menos bonito. Era española y todavía no entendía muy bien como se había metido en ese «sarao». De lo que estoy convencido, es que en el futuro sería una patrona autosuficiente. iProblemas a mi!
    Mil besitos
    Viriato

    1. Bueno, yo ya no hago distinción entre flotilleros y charteristas. Y voy más allá: hay muchos actuales propietarios que deberían pasar por una flotilla antes de patronear sus barcos. Por lo menos, el de la flotilla tiene asumido que no tiene ni idea, pero los propietarios, muchos se creen descendientes del almirante Cadarso y están para volver a hacer las prácticas de PER

      Ya sabes que no hay escuela que curta más que el chárter, sobre todo el prehistorico, cuando hasta cambiabas una válvula del motor fondeado en Illetas. No exagero

      Un abrazo

    1. Me dice Jesús que está lleno de erratas. Yo y él lo hemos revisado 10 veces cada uno, pero al maquetarlo se han alterado cosas y nadie me las ha pasado para corregir. Estoy un poco enfadada.

  3. No he tenido el disgusto de tomarme con una flotilla de esas, bueno, creo que por el Cantábrico es lo suyo jejeje…
    En Baleares solo he fondeado en una ocasión, dada mi, aún, corta vida marinera, estuvimos en una calita preciosa solo dos veleros durante dos días, una experiencia preciosa. Imagino que el día que me toque una experiencia como la que narras me acordaré de algún muerto…
    Tu libro se lee prácticamente solo.
    A cuidarse.

    1. En el Cantabrico, una flotilla de esas habría que tratarla con cuidado. Puede ser de sanguinarios vikingos. Ja,ja Ni se les ocurre, mandar a novatos allí.
      En la taberna de mi pueblo han colocado el libro en medio de la terraza, en un atril. Parece la virgen del Carmen. Le faltan un par de floreritos.

      Un abrazo

  4. Hola guapa! Aquí estoy trabajando un poquillo…pero, es que me lo estás poniendo difícil… lo de trabajar, se entiende, ya que estoy deseando ver a dónde me llevan tus relatos y qué nuevas aventuras me esperan… así que…me voy al «sarcófago» a sumergirme (casi mejor que me quedo en la superficie!) en un nuevo capítulo.
    Un besazo

    1. Ten cuidado con el sarcófago, no sea que te crezcan los colmillos. ¿Has notado si te producen alergia los ajos últimamente?
      Anota todas las erratas que veas e intentaré escribir a la editorial.

      Besitos

      Ana

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