Hydra, la inmortal

Una supuesta frase de Leonard Cohen, quien vivió mucho tiempo en Hydra, se repite a cada paso que das por la isla: “vine de muy lejos en busca de la belleza”. En las tiendas del puerto se venden camisetas made in China, con la dudosa silueta de Cohen y su característico sombrero, donde se lee la famosa expresión. Los turistas se las llevaban a puñados. Me quedé parada frente al mostrador y me dieron ganas de escribir a continuación: …” y me compré una horripilante camiseta que nada tiene que ver con la hermosura que buscaba”.

La belleza es la palabra clave, la que se convirtió en un canto e invocación de los viajes a Hydra de muchos pintores, escritores y artistas que se sintieron atraídos por su peculiar forma de existir sobre el mar. Mick Jagger, Onassis, Maria Callas, Rex Harrison, Peter Ustinov, Eric Clapton y hasta Patrick L. Fermor, que escribió los recuerdos de sus viajes por el Mani desde aquí. Pero en la vida todo tiene un precio, fundamentalmente la belleza.

Miller dijo de Hydra que era la “salvaje y desnuda perfección”. Yo no la tildaría de desnuda, pero si de isla que se viste y desviste para la ocasión. Piedra caliente de día, con sus pueblos blancos en línea para refrescar la mirada y la sombra. Crepúsculo acicalado con luces de farol que van decayendo hasta la tranquila oscuridad, por la noche. El reloj da las horas puntualmente.

Hydra es una isla singular, porque, qué yo sepa, para ella no hay leyenda mitológica ni lascivos dioses, ni rapto de ninfa alguna, sin embargo se siente el crepitar de tierra única desde el primer vistazo, cuando te acercas por el mar y empiezas a vislumbrar su particular silueta rocosa recortada frente al Peloponeso.

Fue la primera isla griega que yo visité, cuando en el típico viaje de estudios a Atenas te quedaba el tiempo justo para tomar un ferry rápido por la mañana y regresar por la tarde. Gatos y burros. Luego volví unos años después, con el barco, y permanecimos en el puerto una semana. Gatos y burros. Esta vez, que ya pasaba de largo, un vehemente y querido amigo me dijo: “Da la vuelta y retorna sobre tu estela, en Hydra y su escuela naval están los mejores años de mi juventud y quiero compartirlos con vosotros”. Así que, a pesar de la pereza de amarrar en el puerto más caótico del Mediterráneo, donde los veleros se atracan en segunda y tercera fila formando un tejido perfecto bajo las aguas con las cadenas de sus anclas, tuvimos ocasión de conocer a varios isleños con los que pudimos conversar largo y tendido sobre el valor de las cosas hermosas. Los burros seguían en su sitio, bajo un toldo, esperando a sus clientes acalorados; pero los gatos, censados, vacunados y esterilizados por el ayuntamiento, habían sufrido una selección natural sorprendente; eran todos unos ejemplares hermosos de pieles de angora y enormes ojos verdes, mimados hasta el límite que se acercaban cuando lo deseaban, como siempre hacen los gatos, pero que afilaban unas uñas como navajas cuando no querían ser molestados; como la propia isla. Curiosamente, a pesar de ser uno de los puntos más turísticos de Grecia, Hydra era exactamente igual que cuando la conocí, hace 35 años. Cuando los zoólogos descubrieron unos pólipos de agua dulce que denominaron Hydra, se quedaron sorprendidos de que el animal no envejeciera nunca. Sus células no se deterioraban y el ser permanecía eternamente joven y era potencialmente inmortal. Nunca sabré si hay una coincidencia intencionada entre el nombre del pólipo eterno y el de la imperturbable isla.

Hydra no tuvo población estable hasta el SXV, cuando los albaneses ortodoxos, huyendo de la conquista otomana, encontraron refugio allí. A partir del SXVIII la isla experimentó un tremendo desarrollo comercial y naviero, asentándose en ella los principales armadores del país. Durante las guerras revolucionarias y napoleónicas, los barcos de Hydra rompían regularmente el bloqueo británico y la fortuna de los armadores de la isla se incrementó considerablemente. Nació entonces la casta dominante que ha regido Grecia desde antes de su creación como país libre: los navieros. Estos mandaron construir las imponentes mansiones diseñadas por arquitectos venecianos y genoveses que circundan el puerto. De la misma época data la escuela náutica de Hydra, una de las más antiguas de Europa. Con esta tradición marítima es comprensible que la guerra de independencia griega se gestase principalmente en el puerto de Hydra, participando en la revolución con su entonces poderosa fuerza naval.

Conocimos a María. Trabaja como profesora de lenguas clásicas y en sus ratos libres organiza visitas turísticas por el puerto, explicando los detalles y pormenores de su isla. Es una actividad que recomiendo a todos aquellos que no quieran quedarse solo con la superficie de las cosas. Como ella muy bien contaba, la población se estableció en castas diseminadas a lo largo de la costa, conformando los pocos pueblos, que dispuestos uno al lado del otro, alojan a toda la población hydrota. Los armadores, en las grandes residencias neoclásicas que circundan la bahía, los militares y estudiantes de la escuela náutica, también situada en el puerto; los artistas y extranjeros residentes que, como Cohen, adquirieron alguna casa del pueblo, ascendiendo por las pequeñas callejas empedradas y los pescadores y campesinos, que vivían alejados del puerto, en sus humildes casas de Kamíni y Vlihós. La propiedad de un burro, o un mulo, permitía a una familia vivir de forma desahogada, de esta forma estos animales se han conservado como tesoros hasta nuestros días, formando parte del paisaje, el olor y el sonido de Hydra.

 

 

Ceo que fundamentalmente ese es el secreto de su inmortalidad; la prohibición de los automóviles. Solamente un par de coches de bomberos, una ambulancia y un camión de la basura tienen permiso para circular por sus escuetas carreteras. Si quieres ir a cualquier parte tienes que caminar o montar un pollino. Construir en la isla, por la misma razón, es absolutamente prohibitivo. Unido a esto, el ayuntamiento impide cualquier otra cosa que no sea restaurar una ruina antigua. De esa manera la isla permanece intacta año tras año, como un roble centenario y el viajero reincidente tiene el alivio de llegar a un lugar congelado que reconoce como si volviera a su casa tras unas vacaciones.

Como decía al principio, la hermosura tiene un precio. Subir y bajar por las calles es un divertimento para el turista, pero el médico de Hydra me contaba, que salir urgentemente de madrugada en pleno invierno, resbalando por las cuestas mojadas, tenía poco de romántico. Por otro lado, sin coches tampoco hay gasolineras; los automóviles de los residentes tienen un aparcamiento reservado en el continente para cuando quieren salir de la isla. Por lo tanto, las calefacciones son eléctricas, con lo que la factura de la luz invernal es considerable. Maria asentía divertida, como persona nacida en la isla y acostumbrada al curioso funcionamiento de la comunidad, pero comprendía el porqué a los foráneos les costaba tanto adaptarse.

El puerto es un barullo descomunal con los ferris e hidro taxis saliendo a todas horas y los yates peleando por encontrar un amarre mientras dan vueltas por la dársena. Pero con la salida del ultimo transbordador, las olas amortiguan los balanceos, la isla comienza a sumirse en una sana quietud y los gatos se enroscan en las almohadonadas sillas de las terrazas. El silencio roto por las campanas del reloj y el clic-clac de las herraduras y los cascos en el empedrado. Hasta que amanezca, cuando los burros volverán a hacer cola frente a la barcaza que trae las mercancías y el material de construcción a la isla. Dóciles reatas de animales esperando su carga, sabiendo el camino de memoria hasta la taberna o la tienda donde les aliviarán. Más tarde regresarán a cubrirse bajo el toldo del puerto a esperar a sus opulentos turistas. Comienza el baile al compás de la resaca y la locura.

Hydra fue escenario de varias películas, como “Fedra” donde una bellísima y madura Melina Mercury, casada con un poderoso armador, se asomaba al balcón de una de las mansiones del puerto mientras que un jovencísimo Anthony Perkins se despeñaba con su descapotable por el precipicio de una isla donde solo hay una carretera. Una increible mala suerte; la que siempre acompaña a los protagonistas de las tragedias.

 

 

Pero si hay un rodaje que dejó huella en la isla, es el de “La sirena y el delfín”, película de 1957, protagonizada por una jovencisima Sofía Loren cantando en griego “Qué es esto que llaman amor”. Significó el lanzamiento de la actriz al estrellato holywoodiense y el descubrimiento de Grecia como interesante destino turístico despues de los duros años de ocupación alemana y posterior guerra civil. La Loren se comía a su pareja, un consagrado Alan Ladd, en cada escena que compartían y el actor, que a veces tenía que subirse a un taburete para rodar,  parecía más un apolillado vendedor a domicilio que un galán capaz de conquistar el corazón de tan bella criatura. El cine está lleno de anacronismos y torpezas, como la vida misma, como las camisetas de Cohen, o como el baile que se marca la protagonista al final de la canción, que poco tiene que ver con un baile griego y más con una Loren despampanante. Pero está tan guapa que se perdona la inexactitud; la belleza siempre tiene un precio.

6 pensamientos sobre “Hydra, la inmortal”

  1. Hola Ana:
    Descubrí Hydra un tanto tardíamente, fue el pasado año, y me acerqué a ella con cierto recelo, quizá pensando en los yates y en el poderío. Una vez allí el recelo se desvaneció pronto. Sí había yates y cierto poderío, pero también excelentes tabernas incluso cerca del puerto, bellos caminos que bordeaban la costa , barquitos que te llevaban a playas donde se respiraba bastante tranquilidad. Y no había coches ni ruidos, sólo las cigarras.
    Recuerdo ese color de las casas al atardecer. Recuerdo también el camino a Mandraky (sin cruzarnos con nadie) y allí una playita de cantos y una taberna arriba donde comimos junto a los correspondientes gatos, que compartieron el pescado con nosotros. Sí es cierto que al fondo de la pequeña bahía había un proyecto de resort o algo así, hasta parecían que ya llegaban taxi boats. Este año viendo el lugar al pasar en barco he visto el resort creo que terminado y rompe el lugar. Espero que la taberna y la playa de cantos con la tumbonas gratuítas siga resistiendo. Que siga resistiendo como muchas cosas más en Grecia.
    Y que siga sin haber coches en Hydra!
    Un placer leerte, como siempre.
    Un abrazo.

    1. Hola Mario. Coches ten por seguro que nunca habrá, es una de las cosas que convierten a la isla en genuina. Por esta misma causa la construcción está paralizada. Imagina lo que vale construir un hotel si tienes que llevar los materiales en burro. Además, patrimonio no permite construir sobre terrenos virgenes, siempre tiene que ser sobre alguna ruina y respetando la antigua construcción, eso la hace poco apetitosa para los promotores. Por eso se conserva como hace años.¡Viva los burros!

      Un abrazo

  2. Hola Anuska, hydra era una de las islas elegidas en nuestro viaje, antes de que Jesús nos aconsejara que fuéramos mejor a las Esporadas del norte, donde el Meltemi, si le daba por hacer de las suyas, nos iba a tratar con más cariño. Y acerto.
    La subida por el canal de Evia, el paso del puente, del que nos hablaste en anteriores entradas, Volos feo con un dolor de muelas, pero que nos permitió dejar el barco y acercarnos a Meteora, Skiathos, Skópelos, Alonnisos, preciosas, y de vuelta perdiendo aceite, como te he contado muchas veces, para acabar, abarloados a tu barco, celebrando juntos el cumple de Isa.
    Que de islas me quedan, tantas como las entradas maravillosas que nos has sido regalando en tu blog, caerán te lo prometo.
    Por cierto, qué razón tienes en decir qué sofía Loren está como un queso en las imágenes que nos has colgado, pero de juzgado de guardia tal como la saca a bailar uno de los chicos. ¡Menudos modales!
    Mil besitos
    Viriato

    1. En Hydra no sopla en Meltemi, lo que sopla es los cientos de barcos que intenta atracar cada dia en el pequeño puerto; se suelen poner de 2 en fondo, atracados de punta, proa con popa. Imaginate el lio de cadenas al dia siguiente. Pero por la noche se queda bastante tranquila. Desde el primer momento que pones un pie en ella sabes que estás en un lugar muy, muy especial.

      Abrazos

  3. Hemos ido muchas veces a Hydra y siempre hemos fondeado en Mandraki. Ir al pueblo es un paseo y siempre puedes volver en un hidrotaxi. Darte un baño en cuanto te despiertas en esa cala es una maravilla aunque últimamente está bastante concurrida. Me encanta el pueblo.
    Un saludo,
    Sylvie

    1. Si, amarrar en Hydra es toda una aventura. Esta vez lo intentamos porque teníamos enchufe, el Comandante de la Escuela Naval era amigo y nos ayudó a encontrar sitio. La verdad es que no es una isla recomendable para ir con barco.

      Un saludo, Sylvie

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