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Impresiones de Kalymnos

Según llegábamos a Kalymnos tuve la sensación de que cualquier palabra que pronunciara podría ser oída en otro punto de la isla. Los mastodónticos macizos, que asoman sus mondas cabezas por encima del mar, ocultando el resto del mundo, dominan la vida de este pedazo de tierra, tan cerca de Asia, tan cerca de otras islas, pero en el fondo tan alejado del universo; Kalymnos respira donde le dejan sus montañas. Y algo más: imaginé que cualquier pensamiento que tuviera, aunque fuera fugaz, se quedaría rebotando en sus cortadas, multiplicándose hasta el infinito, hasta hacerme perder el equilibrio. Tiene Kalymnos tres cordilleras y dos valles intermedios que corren juntos de Norte a Sur, y esto ha determinado la manera en como se habitó la isla. En uno de los valles se asientan las poblaciones importantes y en otro los cultivos para alimentarlas. Entre las dos, una mole de rocas parte la tierra por la mitad, haciendo dificultosa su intercomunicación. Hoy se soluciona con una carretera que va por la costa, pero antiguamente los caiques jugaban su papel en ir desde el puerto de Vathi hasta el de Pothia, en sus respectivos valles, con trasiego de mercancías y personas.

Homero la llama Kalydnes y la menciona en la Ilíada, cuando enumera a todos los participantes en la Guerra de Troya, con Fidipo y Antifos como capitanes. Después de la guerra, según Diodoro, cuatro de los barcos de Agamenón naufragaron en su regreso frente a la isla. Sus tripulaciones se establecieron permanentemente allí y construyeron un asentamiento que, en recuerdo de su patria, se llamó Argos. En la época clásica formó parte del reino de Halicarnaso, bajo dominio persa. Luego fue griega, luego turca, luego italiana y por último, griega otra vez allá por el año 1947, cuando se anexionaron las islas del Dodecaneso al recientemente creado estado griego.

Venía yo leyendo “Cristo de nuevo crucificado”, de Kazantzakis. No es el mejor Kazantzakis, pero es Kazantzakis, y nadie como él para dibujar a los griegos a base de pinceladas. Cristo de nuevo crucificado está ambientada en 1922, en una aldea griega de la Anatolia, cuando millón y medio de griegos fueran deportados después del conflicto greco turco de Asia Menor. La llegada de un grupo de refugiados hambrientos produce un enfrentamiento entre las dos formas de ver el cristianismo. Una, conservadora y defensora a ultranza de la patria, la riqueza y la propiedad privada. Otra, que se identifica con un Cristo humilde y compasivo con los necesitados y que al final es crucificado por los propios defensores de su credo. A la Iglesia Ortodoxa Griega no le hizo mucha gracia la novela, se debieron sentir aludidos, y la publicación poco después de la también controvertida”La última tentación de Cristo”, le deparó a Nikos Kazantzakis la excomunión. Una historia algo larga e interesante que algún día contaré.

En la novela, cuatro jóvenes vecinos del pueblo son escogidos para las representaciones religiosas de Pascua. Ellos aprovechan la oportunidad para poner a prueba su fe y la pureza de sus creencias. El más comprometido se retira en oración a las montañas y se convierte en el nuevo profeta seguidor de las enseñanzas de Jesucristo.

Lo que me interesó más del libro fue la referencia a los excéntricos iluminados que se refugiaban en las cumbres de los muchos picos que pueblan Grecia esperando la manifestación divina en la soledad de esas grutas. No es casualidad el que en Grecia existan cientos de montañas que se llamen Profeta Elías. La tendencia a la exclusión heroica de los griegos en cavernas, islotes o playas siempre me había sorprendido y como podía constatar en el libro, no era una manía reciente.

En Kalymnos, las profundas oquedades que asoman en las montañas, las enormes cuevas que forman boquetes como ojos de calaveras gigantes, tienen todos los atributos para ser moradas de misántropos eremitas. O almacenes de cíclopes. O el dulce hogar de King Kong. Algunas de ellas, habitadas por monjes ascetas en busca de la revelación, se convirtieron con el tiempo, barro y capas de cal, en blanquísimas ermitas colgadas de las paredes. Templos que nos hacen suspirar: ¡Quién demonios ha podido construir eso! ¡Ni un burro beodo subiría esa cuesta! Y ¿quién cuida y encala la ermita?, desde abajo se ve ígnea y pulcramente mantenida.

Yo siempre he imaginado a Grecia como una pugna entre el mar y la tierra. Contienda en la que siempre acababa el agua salada saliéndose con la suya, inundando tierras, conformando golfos y bahías, empujando más en los fiordos y cediendo un poco en las islas, a las que les deja asomar, exhibiéndolas sobre su reino de espejo invencible. Entramos en la bahía de Emborios y, por primera vez en este país, sentí que se habían alterado los papeles: las montañas se abrían, en desfiladeros para dejar cortésmente entrar al mar que, manso, se convertía en un río obediente.

Había un señor pescando en una barca que cabeceaba derivando en silencio. El pescador lanzaba sus poteras y no tardaba mucho en atinar. Sacaba zrápsalos, agarrados como lapas a los pinchos mortales camuflados en sus señuelos. El zrápsalo es una especie de calamar (nosotros lo llamamos pota o volaor) que tiene poco valor en el mercado, aunque cocinado con arroz o krizaraki es bastante sabroso. El fondo del mar de la plataforma de Kalymnos debe de estar poblado de ellos, porque no paraban de picar, y el hombre los recogía con el salabre a disgusto, esperando que en alguna de las mordidas saliera el cuerpo terso y amoratado de un auténtico calamar. Pero los obstinados zrápsalos debían de ser muy voraces; o muy lujuriosos; y caían rendidos con facilidad ante un suculento bocado; o una engañosa hembra provocativa y tentadora.

Una gallina cacareó en la lejanía y su canto se extendió por el valle, rebotando en las montañas, amplificándose y repitiéndose, primero a intervalos, luego de forma entrecortada y desordenada, como si fueran cien gallinas. Más tarde se oyeron los badajos de los rebaños que volvían al redil y de nuevo el concierto fue tomando cuerpo en una melodía de percusión. Y cuando gallinas y cabras decidieron interpretar, a la vez que la campana de la iglesia, un estruendo polifónico, las montañas retumbaron y la tierra se estremeció. Los arpegios se apelotonaron y confundieron, resbalando por las rocas, como si un gigante hubiera decidido barrer con su potente escoba a gallinas, cabras e iglesias y tirarlas a la basura.

Si la orografía determinó el asentamiento de los humanos y la riqueza de sus cultivos, el ritmo y el almanaque lo dictaban las esponjas. Del mar, que nunca acepta un lugar de segundón, venía aquel oro poroso que marcó la leyenda fascinante de la isla. La partida de los buceadores en primavera y la llegada en otoño, los dos momentos más importantes en la aislada vida de estos valles, ha ordenado desde hace siglos el calendario. Y ha sometido a Kalymnos a una criba constante de su población masculina y a un elevado porcentaje de mujeres de negro que, como en nuestra Costa da morte, maldecían a ese mar del que dependía su sustento. Una simbiosis de vida, riesgo, valentía, resignación y tragedia que ha quedado grabada para siempre en el carácter orgulloso y fatalista de la población. Pero también en un genio marcado y genuino, fruto de una actividad que sigue formando parte del alma misma de esta isla dura. Conocer esta historia es necesario si quieres entender parte de la fascinante presencia de Kalymnos y de su gente.

El día que arribamos a la isla, la prensa local mostraba en primera página la desgraciada noticia de la muerte de un joven de 17 años mientras buceaba. La reacción de los habitantes a dicho accidente y los actos que acompañaron al sepelio sabían a agrio jugo de limón vertido sobre una herida todavía purulenta. Pero eso lo contaré en una próxima entrada sobre Kalymnos; creo que la personalidad de esta isla merece dedicarle más tiempo.

En Kalymnos es difícil andar por los caminos sin ascender, quedarte sin resuello y detenerte a contemplar las vertiginosas vistas de los cañones y las pequeñas capillas blancas prendidas en este universo mineral. Como la iglesia de Kyra Psilí, la “Señora en lo alto”, desde donde se descubre el mar y el valle de Vathi, con sus huertos de naranjos y frutales; una refrescante singularidad en este paisaje lunar. En un recodo de la carretera había un mirador de madera, una discreta sombra para hacer un alto en el paseo y recapacitar sobre las primeras impresiones. Un rebaño de cabras, que habían decidido que la sombra era suya y deberíamos compartir con ellas nuestros devaneos, asomaban sus cabezas hacia Oriente. Sin quitarnos ojo de encima, pero sin ceder un milímetro de su ganado territorio, miraban las interminables ristras de urbanizaciones de Bodrum, la antigua Halicarnaso, donde se apelotonaba un turismo desordenado y brutal. Allí, en paz, entre ellas y sus cagarrutas, acabé preguntándome lo mismo de siempre: ¿es consciente una cabra de la felicidad de ser cabra? Pregunta absurda y sin respuesta, porque para eso deberían darse una vuelta por Bodrum.

En Emborios, el sol se zambulló en el agua, como un buzo colorado, y la tierra se inflamó cuál tea ardiente. Los rayos rojos se reflejaron en las lustrosas paredes pulidas de las montañas, rebotando en los macizos, cruzando el valle, encarnando las piedras, los árboles, las gallinas, las iglesias, la barca y los zrápsalos boqueantes. En unos instantes todo prendió en una ardiente hoguera. Y el mar respetuosamente imitó al atardecer colorado sin decir esta boca es mía.

18 comentarios en «Impresiones de Kalymnos»

      1. Yo también creo que las cabras son felices, porque también son sabias. Ese mirar amarillo, de locas, que tienen… Saben más de lo que parecen, pero lo disimulan. Las gallinas son tontas de remate, aunque ya sé que a ti te gustan mucho.

        Un abrazo. Feliz septiembre para vos

  1. Hola Anuska. Ya sabes que tus relatos de viajes los sigo por Google-map. Antes de vuestra llegada me paseé por Kalymnos y fondeé Emborios. Me pareció el mejor sitio para parar a descansar después de mi travesía digital. Viendo el puerto, al sur, es un trastazo en comparación con sus compañeros de otras islas. iSu capital es importante!. Ya nos contarás en la próxima entrada.
    Un besito para los dos
    Viriato

  2. Sí, el puerto de Kalymnos es muy grande, con mucha flota pesquera y barullo. Pero es una ciudad que te llega nada más conocerla. El único problema es el viento abrasador que entra por el valle, entre montañas calientes, cuando sopla del norte.
    Un beso y buen inicio de septiembre.

  3. Ana, enhorabuena, como siempre tus relatos fascinan y enganchan… es un problema porque crean adicción.
    Las cabras griegas llevan una vida privilegiada,aunque ellas no sean del todo conscientes, una opción a condiderar seriamente en caso de reencarnación.

    1. Sí, sí, las cabras y los burros siempre me han parecido seres serios y con una inteligencia disimulada. Hacerse el tonto es , a menudo, sinónimo de sabiduría. Nunca entenderé que la palabra aburrir venga de burro, cuando el animal lo que hace es recapacitar. Decía Josep Plan que la inteligencia de un hombre se mide por la capacidad de disfrutar del aburrimiento.
      Un abrazo y muchas gracias por pasar y dejar tus impresiones

  4. ¡Gracias, Ana! ¡Qué bonito, interesante y evocador! ¡Además me has pillado inmersa en la lectura de «Cantos de sirena» de Charmian Clift, que me tiene mentalmente en Kálimnos estos primeros días de septiembre! ¡Feliz travesía! ¡Besos!

    1. Gracias a ti, hermosa Leticia. El libro de Charmian Clift lo acabo de leer. Muy bueno. Condiciones duras las de la isla en los años 50, y la de toda Grecia, si me apuras, después de una ocupación alemana e italiana brutal. Pero la lectura de ese documento me ratifica:la gente humilde es la que más cosas tiene para ofrecerte.
      Sabes que se suicidó? Una pena, escribía muy bien.

      Un abrazote grande

      1. Completamente de acuerdo contigo en todo. He hecho esas reflexiones y he sentido lo mismo que tú. Qué maravilla esto de comunicarse a través de historias, las tuyas, las de Clift, los Durrell, etc., etc.
        Y, sí, qué pena que se suicidara. Leyéndola (¡qué bien escribe, qué imágenes tan poéticas y tan inteligentes e ingeniosas crea!) me he preguntado qué sucedería para que tomara esa decisión. Quizás si no hubiera abandonado Grecia, habría optado por la vida a pesar de su crudeza y sus limitaciones. En fin, de algún modo, eligió vivir en las palabras, que, tal vez, es una forma de vivir para siempre o de vivir más intensamente aunque se tenga una existencia breve. Está muy viva en estas páginas y nos hace un regalo, como tú, llevándonos a esas islas.
        Un abrazo grande.

  5. Hola Ana
    Que bien escribes,nos llevas por esos caminos, llegamos a sentir los esfuerzos de los repechos tuyos al andar y el placer de sentarnos cuando tu lo haces,como siempre, un gran placer el reflexionar luego de leidas las entradas.un abrazo

    1. Hola, Antonio. Si te gustan mis devaneos es porque, aparte de ser un generoso lector, están escritos con el corazón y cuando una isla me comunica algo, siento la necesidad de pararme y relatarlo. No hay mejor forma de guardarlo en la memoria: escribir o dibujar. Las fotos son facilonas y yo muy mala fotógrafa.

      Un abrazo

  6. Enhorabuena por la descripción que haces de Kalymnos. A mí parecer, refleja cómo es la isla y sus habitantes, gente hospitalaria y muy amable, al menos la familia que nosotros tenemos por allí. Tengo como próxima lectura el libro de Clift, y me alegra saber que va a merecer la pena haberlo comprado y sobre todo leerlo.
    Saludos

    1. El libro de Clift te gustará. A mí me quedo la duda de por qué eligieron Kalymnos, y más con dos niños pequeños. En los años 50 Grecia lo estaba pasando muy mal, peor que nosotros, pues la segunda guerra mundial fue devastadora para ellos. Pero su experiencia de la convivencia con los isleños es entrañable e interesante, muy diferente de la de los Durrell, que siempre fueron una familia inglesa acomodada en un Corfú mucho más rico que Kalymnos.
      Ya no estoy en la isla, me hubiera gustado saludar a tu familia de tu parte.
      Un abrazo

      Un abrazo

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