Kifanda, la luz del can

Cuando hayan transcurrido algunos siglos y los extraterrestres descubran la tierra se preguntarán: ¿Qué había de interesante en el mar para que todos vivieran hacinados en la orilla? Y si tanto les sorprendía esa superficie azul infinita ¿Por qué la ensuciaron y la maltrataron? A lo mejor el peligro venía de tierra adentro, pensarán, y por ello se apilaron en edificios altos y encumbrados, como colmenas, para resistir juntos al enemigo mirando al mar. Acertarían en su adivinación si consideraran al turismo y a la especulación como un monstruo marino terrorífico que hizo a los terrícolas amurallar con edificaciones sus costas.

Es curioso como el mar, y el reflujo de las cosas que trae y quita, determinan la morfología y posición de los pueblos y ciudades. Hubo un tiempo en el que la piratería y los atacantes que asolaban las costas, hicieron que los habitantes se trasladaran tierra adentro, colgando sus casas de las montañas para verlos venir y fortificando sus contornos para resistir sus asedios. Pero como del mar siempre llegaban las necesarias noticias, los peces, los barcos o el comercio, se generaba una psicosis entre cerca o lejos, trasladando los pueblos cerro arriba, cerro abajo, siguiendo las corrientes invasoras. Kifanda, hoy Kiparissi, experimentó durante siglos esa trashumancia obligada por los acontecimientos.

Sobre el nombre antiguo de Kifanda, Κύφαντα, hay numerosas versiones. Unos dicen que se debe a la hechura de las puntiagudas montañas, profundas y tortuosas barrancas, desfiladeros y caminos aserrados; porque Κυφός significa eso, torcido, que hace que la Cifosis sea una enfermedad en la que se tuerce la columna y aparece la joroba. Pero en algún otro sitio he leído una explicación más peregrina pero más bonita: su origen sería resultado de juntar el vocablo clásico kyōn, perro, con φανάρι, fanal; la luz del perro, la estrella más brillante del Can Mayor, es decir, Sirio, uno de los astros más utilizados en la navegación y en la medida de las estaciones favorables para ello. Por lo tanto, en su entrada debía existir algún faro que guiaba a las naves en su complicada recalada y cuando Sirio apareciera marcaría la epoca para salir con las naves desde tan recóndito puerto.

Kifanda era conocida en la antigüedad por sus fuentes medicinales. Los enfermos tomaban las aguas en unas pequeñas bañeras excavadas en la roca que se alimentaban de las torrenteras que bajan de las montañas. De acuerdo con la mitología, Atalante golpeó una roca con su lanza y brotó un manantial de aguas tan prodigiosas que podían hacer sanar a los visitantes. Por este motivo también se la conocía como Βρύση, fuente. Todavía hoy se puede encontrar una cueva donde se halló una estatua de Asclepio, el dios de la medicina.

Kifanda, junto con la vecina Yerakas eran los únicos puertos de la antigua Esparta. Realmente cuesta pensar que los espartanos utilizaran Kifanda para cargar y descargar sus barcos, pues cuando miras desde la playa hacia las cumbres de las picudas montañas, el cuello se te descuelga por la espalda sobreviniendo la cifósis inversa, y aunque los espartanos ya sabemos que podían ser como los de Bilbao, bajar por aquellos acantilados les debía llevar su tiempo. Me encontré una pareja de atenienses que acababan de llegar con el coche y decían que habían tardado 3 horas en cubrir los 80 kilómetros que separan Esparta de Kiparissi, bajando por carreteras de vértigo y precipicios interminables que cortaban la respiración. Pero bueno, ya se sabe, los de Atenas siempre han sido unos flojuchos comparados con los de Esparta.

A Kyfanda la asediaron los piratas, la asediaron los otomanos y, por último, la asedió la policía buscando a los asesinos de Kapodistrias, el primer presidente griego. Los magnicidas hermanos Mavromihalis se refugiaron en lo más recóndito del Peloponeso, en Kapsali, el pueblo contiguo a Kiparissi, donde fueron detenidos, no sin antes dejar sus semillas esparcidas por el lugar; porque la mayoría de los habitantes autóctonos llevan Mavromihalis como apellido. Y entre este trasiego arriba y abajo, apareció un adinerado señor Kiparissi que compró todas las tierras y le dio su nombre actual, bastante más común y anodino que la fantasiosa Kyfanda.

Sentí una gran alegría cuando entramos en Kiparissi, ese tipo de eufórias que surgen de la belleza. La roca bruta que abraza a la bahía sin escapatoria, paralizada frente a un agua brillante y tranquila, el pequeño pueblo encalado y el olor a salitre de la playa con su grava efervescente al notar la llegada de cada ola, producían la imagen de la perla generada con el dolor de la ostra año tras año, lágrima a lágrima, hasta cubrir de nácar al intruso. Los piratas, los turcos, la ocupación alemana, los asesinos del presidente, todos habían pasado generando matanzas y desgracias, pero al final, el hombre y la naturaleza habían vuelto a reproducir la perfección.

Un camino bordeaba la orilla de un mar sin defectos y una tierra húmeda de rocío, con los pinos relucientes por el sol de la mañana y los primeros ciclámenes que hacían valer sus sonrosadas cabezas entre la tamuja, llamando a los virtuosos insectos para que perpetuaran su existencia. Pisando estas maravillas me dió por pensar si aguantaría el embate final, el de la especulación y el turismo inopinado, o acabaría en lo mismo de siempre, para que los marcianos venideros corroboraran sus teorías sobre la estúpida humanidad.

El camino terminaba en una ermita, tan repintada que había que mirarla con gafas de sol, y allí, en uno de los pequeños bancos a la orilla del mar transparente, es posible pasar horas y días sin nada mejor que hacer que contemplar y esperar, o desesperar, cualquier cosa. Un hombre venía cada tarde para abrir la puerta y encender la llama del icono de la ventana, le pedí permiso y entré con él en la iglesia. El olor a incienso, ahumando a los altísimos santos de miradas graves y tristes, daba una solemnidad al interior de la que carecía la alegre fachada blanca y azul. El hombre se inclinó y se persignó.

 

 

– Es San Jorge, me dijo, siempre vengo a rogar y a pedirle ayuda cuando lo necesito.

Me gustó el fervor y el alivio que sentía en su plegaria, siempre he tenido envidia de los creyentes que pueden reconfortar su espíritu de esa forma sencilla y discreta. Así que le dije:

– ¿Y podría pedirle yo algo?

Me miró y asintió con la dicha de haber captado a un nuevo fiel. Lo intenté, aunque ya sabía yo que por muy santo que fuera el bondadoso Jorge, hay desventuras que no tienen solución alguna.

Μουσική: Σταμάτης Σπανουδάκης
ερμηνεία: Ελευθερία Αρβανιτάκη

Ίσως εκείνο που ζητάς
εγώ να μην το έχω
κι απ’ ό,τι ονειρεύτηκες
εγώ πολύ ν’ απέχω.

Ίσως να μη σου φτάνω εγώ
γιατί πολλά ζητούσες
μα θα ‘ταν όλα αλλιώτικα
αν λίγο μ’ αγαπούσες.

Μη μ’ αποφεύγεις μάτια μου
μη με κοιτάς σαν ξένη
ζωή που δε μοιράζεται
είναι ζωή κλεμμένη.

Ίσως να σε κρατάει εδώ
μονάχα η συνήθεια
μα όσα κι αν μου ‘πες ψέμματα
σ’ αγάπησα στ’ αλήθεια

Música: Stamatis Spanudakis
Interprete: Eleftheria Arvanitakis

Quizás aquello que buscas
yo no lo tenga
y de lo que sueñas
yo diste mucho.

Quizás no te basto
porque pedías mucho
pero todo sería diferente
si me amaras un poco.

No me evites, cariño mío
no me mires como una extraña
Una vida que no se comparte
es una vida robada.

Quizás te mantiene aquí
solo la costumbre
pero aunque me digas mentiras
te amé en verdad

4 pensamientos sobre “Kifanda, la luz del can”

  1. Hola Anuska, si viniesen los extraterrestres y vieran lo que estamos haciendo con el mar, yo creo que lo menos que podían hacernos era disolvernos, pero esperemos que no sea en el propio mar. Es lo que le faltaba.
    Y lo que le faltaba a los creyentes, es tenerte a ti de fiel devota. iQue los Dioses nos cojan confesados!
    Un millón de besitos
    Viriato

  2. Sí, para cuando lleguen el mar ya será sulfúrico y nos desintegraremos rapidito. Oye que yo no he dicho nada, a estas alturas es poco probable que cambie de credo. Como decía el otro, solo creo en Yoko y en mi. Bueno, cambiando Yoko por otro nombre, claro. Solo digo que las pequeñas capillas frente al mar captan más fieles que las enormes catedrales.

    Un besazo

  3. Desde luego, Kiparissi es bahía de calma, aún en verano.

    Y , cierto, que las pequeñas capillas frente al mar captan más fieles que las enormes catedrales. Quizá por que conectan con nuestra parte mas sencilla, mas real…

    Gracias por la publicación.

    1. No sé si hablamos de la misma Kiparissi, hay varias. En el Peloponeso hay dos, una en el Jónico y otra en el Egeo. El nombre de Kiparissi, ciprés en griego, parece que es muy socorrido.

      Muchas gracias a ti por leerme y comentar, donjosele.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.