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La botadura de la Maga Azul

La botadura de un barco representa el comienzo de su vida a flote, que en realidad es su vida misma. Es, por tanto, un momento de gran expectación y alegría. Como todas las ceremonias marineras, tiene un estricto ritual, que de ser contravenido puede traer consecuencias funestas.

Durante el lanzamiento, el buque resbala a lo largo de unos raíles denominados imadas, dispuestos simétricamente respecto al plano longitudinal y con bastante pendiente, para facilitar el proceso. El barco se puede dejar deslizar de proa, de popa e, incluso, de costado. La principal ventaja del lanzamiento de popa es que, en general, los barcos tienen asiento positivo; o sea, los calados son mayores en popa que en proa. Esto reduce la altura de agua necesaria en el extremo de las imadas para que el barco quede a flote y minimiza el impacto contra el agua; el llamado saludo.

He asistido a múltiples botaduras tradicionales de este tipo, subida en cubierta; no por bautizo de la nave, sino tras una varada para realizar su mantenimiento. Cuando dan el aviso de lanzamiento y retiran las trincas, tú te encuentras a unos cuantos metros de altura; muchos, si el velero es de gran eslora. Notas el retemblar de la liberación de los apoyos, el crujir de las maderas, el rechinar de las imadas engrasadas. El barco inicia su descenso y va acelerando nervioso en busca del abrazo del mar. Cuando choca su espejo contra la superficie brillante del agua, se oye un chasquido de protesta del, hasta ahora, pacífico líquido, y un barullo de olas y salpicones. Me es inevitable cerrar los ojos y esperar con inquietud el volver a sentirlo boyante sobre su medio. Siempre me parecerá un milagro.

El bautismo de un barco está, desde los inicios de la navegación, cargado de protocolos y supersticiones. Podemos no creer en supercherías, pero, como haberlas hailas, lo mejor es no tentar al diablo. Es el momento culmen del diseñador, del armador, del capitán. Todos frotan sus manos, nerviosos, esperando el desenlace de tantos meses de trabajos en tierra. Por otro lado, sabemos que la historia de la construcción naval está llena de horripilantes fracasos que siempre dejan la duda: ¿Se rompió la botella?, ¿pusiste la moneda en la quilla?, ¿la madrina iba de negro?, ¿quizás era martes?, ¿de quién era ese maldito paraguas?, ¡había un gato negro que se paseaba por el varadero!

Con motivo de la Expo 1992 de Sevilla, se construyó una réplica de la Nao Victoria, primera embarcación que dio la vuelta al mundo. Tras 24 minutos de haberse botado el 22 de noviembre de 1991, la embarcación escoró y nunca más se adrizó. A bordo iba la mascota de la Expo, Curro, quien salió ilesa tras el accidente. Dio constancia del acto, y del rostro contrito de algunos políticos presentes, toda la prensa nacional y extranjera.
También dicen los chismosos que el Costa Concordia nunca se bautizó. O que jamás se rompió una botella de champán en la proa del Titanic, justamente para evitar creencias estúpidas.

La Maga Azul se botó de una forma más moderna: con un “travelift”, un pórtico rodado que sujeta al barco con unas eslingas, lo transporta hasta el foso y lo hace descender suavemente. Pero tuvo varias madrinas y una botella de cava que estalló espumosamente en su roda. Fue una mañanita de marzo, que son buenas de dormir, pero a mí me desvelaron las estrellas.

Habíamos trabajado duro y deprisa. Habíamos pospuesto la botadura varias veces, debido a las lluvias abundantes del invierno y al barro que se formó bajo el casco, que impedía al travelift adentrase hasta allí. Habíamos convocado al cámara del programa de TVE, “Al Filo de lo Imposible”, a amigos, a familiares y a conocidos; e incluso algún desconocido que saludó efusivamente a todo quisqui sin que nadie diera cuenta de su procedencia. Habíamos invertido tanta ilusión y esfuerzo que ese día me entró terror ante el abismo; como un corredor de maratón que no imaginara otro estado más allá del dolor de sus músculos, la falta de respiración y el adormecimiento cerebral para llegar a la meta. Me hubiera escondido en la cama.

Suspendieron el barco y la botella estalló. Entre gran alboroto se descorcharon los vinos y se inauguró el jamón. Y, mientras todo el mundo charlaba con los carrillos bien llenos, nosotros subíamos y bajábamos, revisando todo aquello que solo interesa a los armadores: que no hubiera fugas en los grifos de fondo, ni goteo en la bocina, que el motor arrancara y la línea de flotación estuviera en el nivel esperado.



  1. ¡Flota! El barco dio un respingo al encontrarse libre de las cinchas y efectuó un discreto cabeceo. Cuando se sosegó, sentí una corriente muy tenue en la cubierta. Nadie se dio cuenta. El casco se sumergió un poco más, una inmersión apenas perceptible; lo justo para desalojar 21 gramos de agua. 



Y así, sin más, nació La Maga Azul.

 

15 comentarios en «La botadura de la Maga Azul»

  1. Que chulo lo cuentas!! He botado muchos barcos, y siempre me parece un momento mágico, cargado de incógnitas y miedos, sea nuevo o viejo, sea mío o de otros, por rampa, travelift, grua, camión, con carro, con toro, incluso en Grecia con una excavadora ligada a un carro especial, y hábilmente manejada. Siempre me entra un cierto miedo, aunque no sea yo el propietario, y pese a saber que el barco donde debe estar es en el agua, sé que es donde se siente bien.
    Pero solo he estado cerca de una botadura de un barco nuevo, de serie, y fue frío porque lo hacían los técnicos como en una cadena de montaje, con todo muy claro y muy rápido, esta fue mi sensación, no hubo emoción, no había preocupación (el nuevo armador no sabía lo que se hacía), nadie percibió los 21 gramos… tampoco yo. Pero si sentí, como en ciertas bodas, que no había pasión, y que no parecía duradero. Y no me equivoqué.

    Pero una botadura siempre es un momento bonito, como un amanecer, es una nueva oportunidad para la vida tras un letargo.

    1. Esa botadura que cuentas es triste, un armador con corazón de hielo nunca llegará a encontrar el alma de su barco y se pierde la mejor parte de la navegación.
      Yo recuerdo las botaduras de la Goleta de la Generalitat Valenciana donde trabajaba. La varábamos en el público de Valencia. Cuando la lanzaban daba vértigo. Claro, nosotros estábamos a unos 8 metros de altura y ver a aquel trasto lanzado contra el agua era todo un espectáculo. Había que agarrarse fuerte a los obenques. Y al pobre que le tocaba sujetar el timón, no veas que esfuerzo. Era muy bonito verlo.
      Y los griegos, eso son palabras mayores, en mi varadero se tira un hombre a bucear cuando hay que sacar el barco del agua, para colocar el mismo el carro. Son unos héroes.
      Gracias, Agus por pasar por aquí. Y un abrazo

  2. Hola, yo que seguí la construcción de La Maga Azul cuando dejaba de ser un terrícola y pasaba a pisar la cubierta de mi querido Lunero, puedo dar fe de que esa construcción sí que fue una aventura «al filo de lo posible». Nos acercábamos Blanca y yo al varadero y cerca del barco ya se oían los ris-ras y los plum-plum de sus trabajos, dábamos la voz de permiso y nos asomábamos a su tambucho para divisar el cafarnaún de su interior y allí estaban Ana y Jesús cubiertos de virutas de madera, o de sika o de grasas diversas; mamparos tumbados, listones, herramientas, tornillería, inodoros sin montar, grifos, tubos y el motor desnudo y a la vista de todos. Los ojos inyectados de cansancio, decenas de latas de coca-cola por ahí tiradas y un comentario respuesta de cualquiera de los dos a nuestro saludo: «va bien, ¿verdad?» y tú -condescendiente y colaborador- respondías: «sí señor ésto marcha» mientras tragabas saliba con un glups disimulado para que no se te notará la cara de susto ante la «inmensidad» del trabajo que percibías y ofrecías…. «pero, venga, vamos a los Pescaitos a tomar un arroz y charlamos» y nos íbamos y las cervecitas frescas, la moralla y la paella levantaban los ánimos y volvíamos entre risas por los muelles para dejar a la pareja de nuevo embutidos en su sísifo particular.
    Los trabajos +/- concluyeron y por fin la Maga Azul beso el agua y allí estábamos todos comentado la futura aventura de Al Filo de lo Imposible, cuando la aventura casi-casi imposible ya se había desarrollado y muy pocos alcanzaban a saberlo.
    Ana, continúa, por favor con la historia de la Maga Azul, de la otra, de La Maga, también tendrias mucho que contarnos y yo de disfrutar pues su cubierta fue la primera que pisé y disfruté en mi vida marinera.

    1. ¡Qué hubiera sido de nosotros sin las paellas de «pescaditos»!, tienes razón. Sobre la otra Maga, la primera, ya conoces la historia: la vendimos a un desaprensivo que le cambió el nombre por el de Viriato; anatema total en el mundo de los barcos. Creo que ha hecho su aparición aquí a continuación.
      Sobre la entrada: publique el enlace en FaceBook, y el Feed mostró la imagen de la botadura, con la botella de champán estallando en la proa. Me escriben, al cabo de unos minutos, y me dicen que la fotografía infringe sus normas por mostrar imágenes de violencia. Hace unos días, ¡le prohibieron a una amiga la foto de una lamprea!!! Esto de estar en manos de IAs estúpidas no ha hecho más que empezar.
      Un abrazo gordo (como los que da Viriato) 🙂

      1. Jesusito, no hagas ni caso. Cuando les compré La Maga Acuadrac, una de las condiciones fue la de cambiar el nombre. Debe ser que la capitana ya estaba pensando en escribir libros exitosos y no quería compartir derechos de autor. Como ves, unos escriben la historia y otros cardamos la lana… Mi único pecado fue cambiarla de sexo, pero si no recuerdo mal nació masculina… (y que la IA no me condene, que la operación de sexo fue legal😜)

        1. ¡Qué buenos tiempos Cesurri! Y no es que los actuales sean malos, aunque me mosquea que con los peazos barcos que tenemos ahora siga añorando las andanzas con aquellos barquitos. Ana: ese es un buen tema para un hilo.
          Ah, y para los dos. Sigo siendo ¡Oh Rey do pocha!.

          1. Jesusito, respecto a los tiempos pasados, lo único que echo de menos es la edad, no cambio mi VIRIATO actual por ningún otro (y que el Viriatuno me perdone),
            Y Ana, los bocadillos de hígado que nos tomamos en Palermo Jesusito y yo estaban cojonudos, y si no que Lunero me corrija. Si la envidia fuera tiña…🤪

          2. Que se me olvidaba…
            A ver si nos reunimos a echar una pocha, que creo que el rey soy yo…
            Mogollón de besitos a todos, os quiero un montón!

  3. Hola Anuska.
    Como bien describe nuestro común amigo Jesús, hasta que la Maga Azul besó el agua, os disteis un curro de narices, qué bien contaste en los dos anteriores capítulos. Verla flotando en el foso del Travelift debido de suponer un descanso. Otro paso hacia delante dado, solo nos queda aparejarla para que pueda navegar
    ¡casi nada!
    Tienes razón. La varada de un barco resbalando sobre unos carriles es emocionante, pero no sé si a ti te pasa, como a mí, que cada vez que veo mi barco flotando en el aire, suspendido sobre dos cinchas, el corazón se me desboca… ¿Y si ahora van y se rompen?
    Un beso gordísimo a los dos
    VIRIATO

    1. Accidentes con los travelift ha habido muchos también. A nosotros, en una de las varadas de la Goleta, estuvieron a punto de arrancarle el backstay al suspenderla. Y barcos caídos, por bragas defectuosas, hay a montones. Te cuento esto, pero, no sufras ni tengas pesadillas, son casos raros.:)

      Un abrazote

  4. Yo nunca lo habría descrito así, lo de la botadura o como poner un barco en el agua. Pero si que he vivido varias veces ese acontecimiento con mi propio barco y te aseguro que me estremecía la emoción mientras pensaba ‘los barcos no están hechos para volar ni ir por tierra’.

    1. Hola, Alvaro. Los antiguos griegos transportaban sus naves, desde el Egeo hasta el Jónico, a través del Diolcos, un camino que corre paralelo al actual canal de Corinto. Algo parecido al caso de la película Fitzcarraldo. Todavía es visible hoy ese camino, aunque nadie le presta atención y todos fotografían el canal de Corinto sin darse cuenta de que, lo realmente sorprendente, está al lado.
      Un abrazo

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