La ceremonia de la despedida

Me paso la vida de un lado para el otro, siempre acarreando enseres y pertenencias, siempre llegando, siempre partiendo. No intento ver otros mundos, solo entender el mío, y a base de tanto trasiego acabo añorando ese rincón que no existe, donde una vieja almohada ajada y descolorida me debería esperar para descansar, haciéndome ilusiones de que nada ha cambiado y de que solamente cambio yo. Es verdad que el mundo es redondo y zarpar acaba siendo sinónimo de arribar, salir de entrar, hola de adiós, pero en cada despedida acaba congelándose una parte del alma, aterida de tanto desapego. Hay algo negativo en la trashumancia: nunca pertenecer a sitio alguno, pero hay algo positivo: te convierte en un narrador. O en un cuentista, oficio que me agrada mucho, porque sin fábulas no es meritorio ningún viaje.

Ahora que me voy de Grecia, completo mis ritos de despedida de la gente, de las islas, de los mares y los días soleados, de los bosques y las mañanas grises, de los truenos, de resplandecientes tormentas, de los sonidos y de los olores. Sin estas ceremonias mis supersticiones me perseguirían en el invierno por haber osado abandonar la tierra sin sembrar nuevas cosechas para el año venidero. La sangre de este blog, que ya empieza a ser antiguo, es justamente el gérmen que dejo creciendo para mi retorno; si florecen me darán nuevas líneas, en caso contrario, me iré secando y dejaré de construir nuevas historias.

Hay un monasterio en una colina al que subo en otoño antes de irme, dentro de esa liturgia anterior a las partidas; es el monasterio de San Juan evangelista, Agios Ioannis Theológos. Es un lugar singular construido en el año 1654, donde pocas veces me he cruzado con nadie. Entre olivos y encinas se alza una iglesia de piedra. Sería un lugar como otros, si no fuera porque la vista del valle es un entretenimiento que puede durar horas. Mirando los campos y los rebaños, que se mueven muy lentos allí abajo, con las nubes quietas sobre las descarnadas montañas de la isla y el horizonte azul del mar jónico, que desde aquí arriba parece sereno, aunque rabie de olas y vientos otoñales si desciendes. El edificio está en un estado bastante ruinoso y unas maderas impiden el paso a todo aquel que crea en las prohibiciones. Y en el patio interior, hoy cubierto de malas hierbas y hojarasca, crecen los ciclámenes buscando por el suelo sus adoradas y orondas aceitunas. Allí me siento a celebrar la ceremonia del adiós.

En ese claustro se encuentran las antiguas columnas de un templo Dórico, consagrado posiblemente a Deméter, que salieron a la luz gracias a las excavaciones de Wilhelm Dörpfeld. El arqueólogo alemán siempre estuvo empeñado en demostrar que la Itaca Homérica estaba oculta en Lefkada y se trasladó a la isla después de colaborar con Schliemann en los trabajos en Troya. Concretamente, en la Jirospiliá de Evgiros, mi querido pueblo, localizó la posible cueva donde Eumeo tenía su majada de puercos y donde se encontró con Ulises a la vuelta de sus aventuras.

La manera en que Dörpfeld databa los lugares mediante la observación de los estratos en los que se encontraban objetos de valor histórico y los materiales de construcción empleados, fundamentó un pilar en la investigación arqueológica. Consagró los últimos años de su vida en la justificación de que la isla de Lefkada era la patria de Odiseo. Pero eso fue una disculpa, porque la verdadera razón fue que se enamoró perdidamente; se enamoró de la isla blanca. Aquí vivió y aquí murió. Todavía hoy se puede encontrar su tumba escondida entre los árboles y la maleza, frente a Nidrí, justamente donde realizó la mayor parte de sus trabajos y descubrimientos.

La ubicación del reino de Ulises es un enconado tema de controversia. Pero la propuesta de Dörpfeld nunca me ha parecido descabellada, teniendo en cuenta que cuando Ulises salió del país de los feacios, es decir Corfú, navegaría viento a favor; no tenía otra manera si carecía de buenos remeros. Los vientos dominantes en la zona son del Noroeste y por lo tanto, la primera isla de importancia que se encuentra en su travesía es Lefkada. Lo único que le falló a Dörpfeld en su apuesta fue que los restos que encontró en Nidrí resultaron ser algo posteriores a lo estimado, pero él nunca lo llegó a saber.

Dörpfel en las excavaciones del monasterio de Agios Ioannis

Pero volviendo al claustro del monasterio, no hay nada más delicioso, a la vez que inquietante, que sentarte entre esas piedras piadosas, sin interesarse mucho por su fe, ya sea San Juan o la diosa Ceres, donde tantos devotos alzaron sus ruegos esperando una caricia divina. Siempre he considerado nutricios estos lugares. El silencio ayuda a la introspección, pero el débil zumbar de los insectos, como coros de almas de difuntos peregrinos, acaban por atontar mis oídos, y mis nalgas adormecidas sobre la piedra fría crujen bajo influencia de anónimos espíritus.
El año pasado dejé crecer la simiente en el monasterio. Este año, pensando en el inquieto arqueólogo alemán, me propuse localizar su tumba; algo que no es realmente difícil en estos tiempos de Google maps. Pero lo realmente encantador es que la visita a la abadía me sugiriera tales necesidades inútiles, aunque vuelvo a considerar que las cosas sin valor son las que realmente más me emocionan.

Por un camino de tierra, bordeando el mar, entre un tupido bosque de pinos y cipreses, se accede a un mínimo recinto vallado donde está el sepulcro de Dörpfeld. Había llovido copiosamente la noche anterior y los truenos hicieron temblar a las montañas como si en cada relámpago se apareciera el mismo San Juan con su Apocalipsis en la mano. Pero la mañana clara que limpió el viento del norte y el campo mojado, hacían muy agradable y romántico el paseo sin prisas. Sobre la lápida había flores secas que alguien quiso depositar con mimo, devolviéndole al muerto su amor por la misma tierra que excavó hasta sus últimos días. Entre los arbustos, el incontestable azul del mar le daba el toque de serenidad que requieren estos lugares y el pinchazo de emoción que atrapa a los visitantes. Es realmente un sitio hermoso y una buena excusa para sentirse dichoso en un día de octubre.

Demeter, o Ceres para los romanos, era la diosa de la agricultura y los cereales. La portadora de las estaciones y la dadora del grano que hacía al ser humano diferente de otros animales salvajes. Al mito de Deméter y Perséfone, que constituye el corazón de los misterios eleusinos, ya me he referido muchas veces. Perséfone se convirtió en diosa del inframundo cuando Hades la secuestró. La naturaleza se paralizó, mientras la melancólica Deméter lloraba sobre una piedra. Se llamaba Agelasta la roca sobre la que sollozaba la diosa, apenada por el rapto de su hija, término que proviene de Αγέλαστη, sin risa. Hoy se sigue utilizando el adjetivo prestado de agelasta para las personas tristes que nunca sonríen.

Finalmente, Zeus no pudo permitir más la amargura que destruía a la tierra y que los granos se pudrieran sin germinar por dejación de la diosa. Obligó a Hades a devolver a Perséfone. Antes de liberarla, Hades la engañó para que comiese seis semillas de granada, lo que la obligaba a volver seis meses cada año. Cuando Deméter y su hija estaban juntas, la tierra florecía de vegetación y rebaños. Pero durante seis meses al año, cuando Perséfone volvía al inframundo, la tierra se convertía de nuevo en un erial estéril. El invierno y el verano. Fue durante su viaje para rescatar a Perséfone del inframundo cuando Deméter reveló los misterios eleusinos que se celebraban anualmente cerca de Atenas.

Como decía al principio, hay que sembrar ideas para seguir recogiendo historias. Es un lugar idóneo este monasterio, con las columnas del templo de Deméter inclinadas, cada una por su lado, como si fueran los dientes torcidos de un ogro. Un árbol rebelde creciendo entre la pilastra, pretendiendo ser parte del conjunto también él. O como si alguien lo hubiera plantado intencionadamente, aprovechando la alegría primaveral de Deméter. Cogí una flor y desgrané sus pétalos y sus estambres por el suelo. Es mi forma de exorcizar la ausencia. Si al año que viene vuelvo, quizá me insinúe nuevas tareas que desvelar y así poder seguir escribiendo estas cosas sin sentido, por el mero placer de hacer feliz a alguien que al otro lado lo lea. Como Dörpfeld lo ha hecho hoy conmigo, al otro costado del mármol de su sepulcro enmohecido y con este árbol rebelde que creció en los restos de sus zanjas y socavones.

Ρίχνω στη νύχτα μια σπρωξιά
παίρνει φωτιά και ξημερώνει
στη τελευταία ρουφηξιά
παίρνω όρκο να τελειώσει πια
ό,τι τελειώνει.

Μπαίνω στο τρένο την αυγή
για να με βρει σε άλλο μέρος
η μέρα ετούτη που θα μπει
να με γλιτώσει από κει
που ήμουνα ξένος.

Φεύγω, φεύγω, κάθε μέρα φεύγω
μέτρο μέτρο, όλο πιο μακριά
φεύγω, φεύγω, τόσα χρόνια φεύγω,
στη καρδιά μου όλο πιο κοντά.

Ρίχνω στα μάτια μου ένα φως
και κάνω ανάκριση μονάχος,
ο χωρισμένος μου εαυτός
είναι που χώρισε το κόσμο
από λάθος.

Άραγε τι να φταίει τι
που ονειρευόμαστε στον ξύπνιο,
και να ‘ναι η λησμονιά αυτή
που ανοίγει πόρτες το πρωί
στο πρώτο χτύπο.

Doy un empujón en la noche
se prende fuego y amanece
Con la última bocanada
hago promesa de que termine ya
lo que tenga que terminar.

Me subo al tren de la aurora
para que me encuentre en otra parte
la mañana que entra
para que me saque de aquí
donde era un extraño.

Me voy, me voy, cada día salgo
metro a metro, cada vez más lejos
Me voy, me voy, tantos años partiendo
en mi corazón todo cada vez más cerca.

Desprendo una luz de mis ojos
y me pregunto a mi mismo
si mi mitad segregada
es la que separa al mundo
por error.

Quien es el culpable, quién
de lo que soñamos despiertos
y este olvido
que abre la puerta de la mañana
al primer golpe.

14 comentarios en «La ceremonia de la despedida»

  1. Gracias, Ana, por hacerme feliz. Feliz regreso y feliz otoño para ti. Buen descanso para el soñador Dörpfeld. Difícil resulta imaginar un lugar más hermoso para pasar el sueño de la muerte.
    Un fuerte abrazo.

    1. Si te hago feliz me siento muy bien pagada. Creo que fue García Marquez quien dijo: yo solo escribo para que me quieran. El otoño es delicioso y en Lefkada todo se relaja después del ruido veraniego. Me encanta esta época.
      Un beso muy gordo, Leticia

    2. Tus palabras son el el vehículo de traslado instantáneo En un segundo de América del Sur llegué a ese lugar de Grecia. El viaje es algo siempre subjetivo transmitirlo es algo que se agradece Gracias

      1. En el fondo eso son los libros: viajes guiados por la mano del escritor que tu haces tuyos y transformas. Un trabajo en equipo. Muchas gracias por tu comentario
        Un abrazo

        Ana Capsir

    3. Kalispera Ana:
      Hace un momento leía tu relato y no puedo dejar de compartir la emoción de la partida, ese nuevo regreso, la necesidad del contacto con lo duradero. Lo describes muy bien, el lugar que detallas es como un espacio del alma, y luego lo mitológico, Grecia.
      A pequeña escala, cada vez que regreso de esa tierra me asalta lo mismo y siento que dejo no solo un lugar y unas experiencias. Siento que me separo de un espacio profundo que forma parte de mi vida y los años cada vez me aportan más luz a ese océano de emociones, más certidumbres acerca de lo que aquellos que están ajenos no entienden, bien por no querer, bien por no saber.

      Un abrazo y buen regreso.

      M.Barros

      1. Pues creo que somos afortunados, por emocionarnos por el regreso a alguna parte, la mayoría de turistas viajan sin sentido, como las moscas. El viaje es más viaje cuando tienes ganas por continuar con aquello que dejaste. Y cada vez que vuelves tienes cosas que revisar. Grecia sigue después de tantos años sacando lo mejor de lo que humildemente puedo describir.

        Os deseo un feliz otoño.

    4. Hola Anuska. Como pasa el tiempo, ya de vuelta… Te imagino deshojando la flor y lanzando los pétalos al viento, al igual que tus relatos, no se si con la intención de que germinen (lo has logrado en mi mollera y ya sabes que es bien dura), sino por el placer de hacerlo, por extraer, con tu escritura, la belleza de la Grecia de la que estás enamorada, contagiándonos a todos. (Esto que he escrito tan hortera, es para que te sientas en la obligación de pagarte una paella, ahora cuando nos veamos😜). Y no es raro que te pases la vida de un lado a otro. Cuando se lleva la mar en las venas, nunca se para de conjugar el verbo partir. Es lo que tiene haberse comprado un barco en vez de una hamaca…
      Nos vemos pronto
      Un beso muy gordo a los dos
      VIRIATO

      1. Lo de la paella ya empieza a oler. Haced el favor de pasaros por mi tierra que tengo my buenos sitios para degustar paellas a leña que todavía no conocéis.
        Y nos contamos la vida, que eso también es emocionante, amigo.

        Besiños

        1. Hola Ana, siempre que te leo siento una paz infinita.
          Qué buen lugar eligió el arqueólogo para reposar su muerte, y ese monasterio que se mantiene en pie de milagro, te debe trasmitir tanta historia, que arribarás bien cargada a tu otra tierra para poder llenar todos los espacios vacíos que te deja la despedida de tu casa griega.
          Un besazo guapa!!!
          Pronto nos daremos un gran abrazo! Qué ganas!!
          Isa

          1. Pues la tumba esta muy bien, pero la casona que tenía un poco más arriba ya te la puedes imaginar. Si el pobre levantara la cabeza y viera a su Nidrí toda llena de turistas y beach bar, se moriría de la pena. Pero así es la historia, unos llegan y sepultan los restos de los anteriores. En el futuro, alguien excavará para sacar a la luz lo que ahora vivimos con normalidad.

            Muchos besos, pronto en vivo y unplugged

        2. Gracias por compartir tus ideas, sentimientos y emociones. Gracias por esos pétalos que hasta aquí han volado hoy para mí. Gracias por tus relatos, cada vez mejor escritos y cada vez más difíciles de mejorar.
          Estoy seguro de que tus pétalos germinarán. Ya lo han hecho en muchos de nosotros, y cuando Persefone vuelva junto a Demeter todo renacerá en ese ciclo infinito que es zarpar y arribar.
          Volver a Grecia es encontrarse uno mismo.
          Un beso

        3. Espero que así sea, que cada vez que vuelva me encuentre a mi misma, no como cuando llego a España, que casi tengo que preguntar al policía donde está mi casa porque no reconozco nada.

          Un abrazo, Eduardo y gracias

          Ana

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