La ciudad sumergida. Pavlopetri

Creo que el cabo Maleas y sus alrededores se van perfilando año tras año como uno de los sitios más interesantes de Grecia para nosotros. Cada ocasión en que nos dejamos caer por las tormentosas y escarpadas costas del promontorio maldito, Καβομαλιάς, descubro nuevos detalles para justificar el viaje, a pesar de que su porte y su presencia siempre son una amenaza para los barcos.

En Maleas se juntan Oriente y Occidente, así que siempre ha sido un lugar de trasiego marítimo importante. Las duras condiciones meteorológicas, debidas al encuentro de dos mares tan distintos, constreñidos por el pequeño paso que deja la isla de Kithira y el Peloponeso, hacen que sea un punto geográfico repleto de historias siniestras y leyendas. El escritor y marino Andreas Karkabitsas, decía que “los temporales del cabo Maleas no los causan los vientos, sino los fantasmas”. Y si en verdad está repleto de espíritus, buenos y malos, no hay que aterrorizarse por los aullidos de sus vendavales; entre sus berridos, si agudizas el oído, verás que tiene inumerables historias por desvelar, secretos inimaginables para los barcos que navegan a lo lejos, prestando solo atención a darle resguardo a sus rocas para no perecer como los fantasmas de Karkabitsas. Qué inconsciente pérdida la del viajero que pasa sin detenerse.

En 1967 el geólogo marino Nicolas Flemming, del Instituto de Oceanografía de Southampton, descubrió, casi por casualidad, frente a la costa sur de Laconia en Grecia, las ruinas del yacimiento de Pavlopetri, la ciudad sumergida más antigua del mundo. Se encuentra frente a Elafónisos, isla que en algún momento no muy lejano permaneció unida al Peloponeso por un istmo arenoso. Isla de los ciervos, de Artemisa cazadora, la diosa de la luna que ilumina sus arenas blancas, dándole un contraste fatuo a sus piedras oscuras.

Un equipo de la Universidad de Cambridge trazó un mapa de la ciudad y dató los vestigios en el periodo micénico (entre el año 1.600 y 1.000 a. C.). En 2009 Las investigaciones revelaron otros 9.000 metros cuadrados edificados y cerámicas que indican que el asentamiento estuvo habitado durante toda la Edad del Bronce (al menos desde el año 2800 al 1100 a. C.). La ciudad fue abandonada alrededor del 1100 a. C. y acabó siendo engullida por el mar después de haber sido asolada por terremotos. Sin embargo, aún es visible en el lecho marino la disposición urbanística del asentamiento, con sus calles principales, edificios de viviendas, patios, tumbas cavadas en la roca y edificios que parecen haber estado destinados al culto.

Fotografía de https://elafonisos.inspacetime.gr

 

Dicho así puede parecer algo a lo que nos tiene acostumbrados los museos y los libros de historia. Pero lo genuinamente griego del lugar; la singularidad de concentrar tiempo y gloria en los pequeños detalles sin que nadie les de excesiva importancia, radica en que la ciudad sigue allí, sepultada por las olas, a escasos metros de profundidad, como si alguien despistado la hubiera dejado caer y luego se hubiera olvidado de contárselo al mundo. Pertrechados de unas simples gafas y aletas es posible sentir el vértigo de los siglos que se filtra entre la claridad resplandeciente de unas aguas esmeraldas. Tan solo un pequeño y descolorido letrero indica que allí hay un sitio de interés arqueológico. Y tú, en vez de pasearte por estrechos pasillos de vitrinas con ánforas repetidas y grabados con letreros en sus peanas, deambulas flotando sobre las calles que un día pisaron nuestros antepasados hace tan solo unos milenios. Ahí es nada. Y como si nada fuera más importante que la presencia del mar, que todo lo lleva y lo trae y también se lo traga; esta sorprendente Pompeya marina descansa discreta y resiste a las embestidas de unas olas brutas que escupe Maleas día sí y día no.

Según lo descubierto por los arqueólogos, la ciudad era un asentamiento próspero dedicado al comercio y posiblemente lo fundaron los minoicos, buscando una escala para sus navegaciones, al igual que Kastri en la vecina Kithira; representaría la prueba de un floreciente trasiego marítimo que les daría suculentos beneficios a los mercaderes cretenses. La ciudad tenía edificios de dos plantas, con cimientos robustos, ya que es una conocida zona sísmica, que ha permitido que todavía podamos contemplar su trazado después de tanto tiempo. El hallazgo de numerosas piedras agujereadas, posiblemente usadas como pesos en los telares, sugiere que el asentamiento prosperó por sus tejidos e incluso por la confección de vestidos y telas preciosas.

Es curioso que Homero, que nombra al cabo Maleas cuando relata el viaje de Ulises, no haga mención de tan importante lugar. Todo lo referente a la ciudad queda silenciado por los siglos de la historia, como si un importante secreto inconfesable, un pecado insolente de sus habitantes, los hubiera condenado a la ignominia de hundirse y disolverse para no ser nombrados nunca más.

Pero cuando Eos, la de las lindas trenzas, completó el tercer día, levantamos los mástiles, extendimos las blancas velas y nos sentamos en las naves, y el viento y los pilotos las conducían. En ese momento hubiera llegado ileso a mi tierra patria, pero el oleaje, la corriente y Boreas me apartaron al doblar Maleas y me hicieron vagar lejos de Citera. Desde allí fuimos arrastrados por fuertes vientos durante nueve días sobre el Ponto abundante en peces, y al décimo llegamos a tierra de los Lotófagos. (Odisea IX 67-83)

Pavlopetri, es un islote, apenas un escollo, al que se llega nadando con facilidad desde la playa, un precioso arenal de dunas y pinos donde solo algunos locos de la arqueología se preparan y se zambullen con resoplidos de placer. Detrás de la playa hay una laguna que en época lluviosa comunica con el mar. Me pregunto cómo sería el puerto. Posiblemente las naves podrían introducirse en la laguna para su protección; en el caso de que el lago ya existiera hace 4000 años. Lo que sí es probable es que la unión con Elafónisos, mediante un istmo arenoso, dejase un fondeadero protegido al Norte y otro al Sur de la ciudad, donde resguardarse de los temporales. Además, teniendo en cuenta que las trirremes y las galeras micénicas se varaban en la arena cuando no navegaban, cuidando sus maderas de la podredumbre del mar, el necesario refugio no tendría por qué ser parecido a lo que ahora conocemos como un puerto.

En la orilla, semienterrado por la arena y rodeado de plantas de hinojo, había un enorme engranaje oxidado, pura herrumbre de lo que en su momento fue una pieza fundamental del motor de un enorme mercante. Triste historia debía acompañar a ese pedazo de hierro, es mejor no imaginarla. Pero hasta los malos naufragios se calcinan con la luz limpia que deja el viento, con las sombras de los pinos que refrescan la arena y esa transparencia, casi imposible, que tiene el mar, dejando sus fondos salpicados de muros y jeroglíficos. Sentada sobre la rueda dentada recapacitaba sobre la débil línea entre la tragedia y la felicidad, entre el temporal y la calma ¿Dónde fueron sus habitantes? ¿Les daría tiempo a salir o les sorprendió el cataclismo de improvisto? ¿Por qué nadie volvió a hablar de la ciudad? Aquella playa fue para muchos el fin del mundo, con unas olas que procedían del fin del mundo y unos mares que no conducían más que al fin del mundo.

Me fui a dormir pensando en lo que haría al día siguiente. Lo que vería al amanecer, al atardecer, el paseo por la orilla con los pies sobre la arena fría de la mañana, en nadar de nuevo hasta Pavlopetri. Pero Maleas tenía otros planes; rugió, sopló y escupió. Allí estaba su presencia, gloriosa y dominante, encogiéndose de hombros ante ciudades y naves. Y dijo: huir de vuestros demonios es absurdo; el mar siempre regresa a la orilla. Simplemente, contempla y disfruta mientras puedas.

La ciudad. C. Cavafis

Είπες· «Θα πάγω σ’ άλλη γη, θα πάγω σ’ άλλη θάλασσα.
Μια πόλις άλλη θα βρεθεί καλλίτερη από αυτή.
Κάθε προσπάθεια μου μια καταδίκη είναι γραφτή·
κ’ είν’ η καρδιά μου — σαν νεκρός — θαμμένη.
Ο νους μου ως πότε μες στον μαρασμόν αυτόν θα μένει.
Όπου το μάτι μου γυρίσω, όπου κι αν δω
ερείπια μαύρα της ζωής μου βλέπω εδώ,
που τόσα χρόνια πέρασα και ρήμαξα και χάλασα.»

Καινούριους τόπους δεν θα βρεις, δεν θα βρεις άλλες θάλασσες.
Η πόλις θα σε ακολουθεί. Στους δρόμους θα γυρνάς
τους ίδιους. Και στες γειτονιές τες ίδιες θα γερνάς·
και μες στα ίδια σπίτια αυτά θ’ ασπρίζεις.
Πάντα στην πόλι αυτή θα φθάνεις. Για τα αλλού — μη ελπίζεις—
δεν έχει πλοίο για σε, δεν έχει οδό.
Έτσι που τη ζωή σου ρήμαξες εδώ
στην κώχη τούτη την μικρή, σ’ όλην την γη την χάλασες.

Dijiste: «marcharé a otra tierra, iré a otro mar.
Otra ciudad habré de hallar mejor que ésta.
Cada empeño que pongo lleva escrito una condena
y está mi corazón, como un muerto, sepultado.
En este declive, cuánto más se obstinará mi mente.
Adonde vuelva los ojos, adonde quiera que mire,
negras ruinas de mi vida es lo que veo aquí,
donde tantos años he pasado, he malgastado y consumido.»

No habrás de hallar nuevos sitios, ni encontrarás otros mares.
Te seguirá la ciudad. Las calles donde deambules
serán las mismas. En estos mismos barrios te harás viejo.
Y mudarás a gris en estas mismas casas.
Siempre vendrás a esta ciudad. A otros lugares —ni lo esperes—
no hay barco para ti, no hay camino.
Igual que malgastaste aquí tu vida, en este rincón menor,
así la has arruinado en el resto de la tierra.

11 comentarios en «La ciudad sumergida. Pavlopetri»

  1. Hola Anuska, que interesante lo que cuentas de la ciudad de Pavlopetri, sumergida junto a la costa de lo que ahora es la isla de Elafónisos. Cuántas ciudades habrá como esta, escondidas en selvas, bajo la arena del desierto o bajo nuestra propia casa. Le damos valor a esas construcciones cuando ha pasado mucho, muchísimo tiempo, pero en el momento, cuando las tenemos delante, deterioradas por el abandono o la desidia, pasamos de ellas, las arrinconamos y en su lugar montamos un brinco un supermercado. Me encantaría ver, dentro de bastantes siglos, que es lo que queda y a que le dan valor en el futuro, a las ruinas de nuestras ciudades.
    Mogollón de besitos
    Viriato

    1. En un futuro habrá turistas visitando el hotel del Algarrobico o las urbanizaciones del Pocero ¿Tu crees? ¿Te imaginas bucear entre las instalaciones de Marina d’Or y que los arqueólogos estudiaran las ruinas de cada edificio? Pues igual, tanto rollo con el comercio e igual Pavlopetri era un centro de veraneo de los minoicos. A saber. Menos mal que el mar se lo acaba tragando todo.

      Un besazo

  2. Buena zona, cuando paséis por Cabo Maleas recomiendo una visita al pecio del mercante turco Capetan Ismail Hakki y al bosque petrificado. Todo muy cerca de la iglesia de Agia Marina. En una mañana podéis hacer snorkel sobre el pecio (4-12m) y pasear por el bosque fósil. Se puede hacer una visita previa virtual desde Google Maps.

    1. Hola Cecille, un placer. La verdad es que cuando me soltáis esos piropos no paro de sorprenderme. Y no es falsa modestia, sino que supongo de que de tanto leerlo y releerlo para corregirlo, el texto acaba perdiendo su frescura. Así que os agradezco mucho vuestras impresiones como lectores.
      Muchas gracias por pasar por aquí.

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