La dama del Lago

Sentados frente a una bien surtida mesa las discusiones suelen ser interminables. “Estos mesologgitas siempre hablan de lo que se debe hacer y luego nunca hacen nada” Los vasos crujían dando culadas sobre la mesa y los carrillos se movían al ritmo marcado por la conversación y el tenedor. Era un convite perpetuo en el que nuevos comensales iban llegando a la mesa, ocupando espacios vacíos, uniéndose al baile de mandíbulas y a la perorata. Por ultimo llegó el alcalde, que debía tener más hambre que el perro de un ciego, porque se ventiló una fuente de anguilas mientras entretenía a los oyentes con las ultimas ocurrencias y proposiciones, aderezadas con historias antiguas y cotilleos, para reforzar sus postulados.” Pues yo creo que hacen bastante”, contesté señalando la mesa llena de pescados a la brasa, pitas y ensaladas. “Y si no vienen turistas, pues ese disgusto que se ahorran. Acuérdate de nuestro desastre en el Mar Menor o la Albufera de Valencia”, añadí.

La laguna de Mesologgi es un estanque bíblico, donde se multiplican los peces y reverbera el cielo, las estrellas y el sol hasta perder la noción de si la naturaleza es real o imaginada. Caminales estrechos cortan con tiralíneas el agua mansa y en sus reflejos uno no sabe si pisa la tierra o el cielo, boca arriba o boca abajo, vivo o solamente un alma errante ente los espíritus de los humedales. Observadores acuáticos asoman incautos sus boquitas para ser pescados, pillados por un tridente, enredados en una red, o concentrados en nasas y empalizadas. Por los senderos es normal cruzarse con hombres armados de palos y arpones para atraparlos al robo; fija la mirada del pez, atenta la vista del cazador, un lance certero y cae el animal coleteando, por torpe y atolondrado.

En ningún sitio como este hacen tal distinción entre diferentes tipos de mújoles, según su sexo y estado reproductivo, para salarlas y abrirlas por la mitad como mariposas, a descansar sobre las brasas, siguiendo la tradición del “petali”. Stira, Kefalos, Bafa, Mixinari, jrisojromo. Anguilas gigantes, consumidas sus grasas pieles en el carbón, para dejar las carnes prietas y sabrosas. Si el monstruo del lago Ness viviera aquí, se las ingeniarían para sacarlo a rastras de su ciénaga y asarlo en una hoguera gigante, con tomates y aceitunas. Sobre los tomates, doy fe de que son los mejores, pues no tengo empacho en declararme experta en mollas y jugos del Solanum lycopersicum, “el melocotón de los lobos”. Lobos hambrientos como los participantes del ágape.

“Bien que hacen, estos seguidores de Epicuro, no necesitan turistas para nada y saben muy bien donde se encuentra la felicidad”, repetí. “Los visitantes harían fumigar el lago para evitar los mosquitos; huirían de la laguna y del tifus que mató a Lord Byron en esta ciudad; una falsedad que se hereda con los tiempos, pues creo que murió de un ataque epiléptico y de una sangría exagerada de los médicos, pero los bulos son como los virus, tienen vida propia. ¿Les harían asco a las anguilas?,¿acabarían comiendo hamburguesas o pizzas?, ¿buscarían la foto de casitas blancas con contraventanas azules?

El río Aqueloo divide la zona dejando a los etolios en una ribera y a los akarnanios en otra y ellos cruzan por puentes y canales para vivir en una de las tierras más generosas de Grecia. Ya he hablado de tomates, pero las sandías no tienen rivales.

Por fin pude descubrir donde se esconden las barcas de pesca, que hace tiempo abandonaron los puertos oficiales para dar cabida a los yates, o quizás simplemente huyeron de ellos, de sus gritos exaltados y de su ignorancia, en un mar cada día un poco más mediocre y más memo por su ausencia. El río glotón, que se tragó a sus propias islas desafiantes, las Oiniades, deja conductos y desagües para refugio de los pescadores, entre bosques de chopos y cañaverales, ocultos como furtivos de un mundo que los persigue sin descanso para hacerlos desaparecer. Son los bronquios de unos pulmones que se resisten a dejar de respirar.

Justo al lado de Platiyali; un puerto comercial abandonado que se construyó para abastecimiento logístico militar durante la guerra del golfo y más tarde se vació; los pescadores de Valtí se reunían frente a una choza tomando uzo y aceitunas y nos miraban interrogantes pensando en qué habíamos venido a hacer nosotros en ese sitio tan viejo y tan tosco; los perros no sabían si ladrar o mover el rabo. Yo me hubiera quedado el día entero, porque precisamente, esos sitios desvencijados y pobres desatan en mi un interés infantil. Cualquier frase de estos hombres, por intrascendente que fuera hubiera dejado una semilla de sabiduría; el reloj que se para en estos lugares tiene antiguos mecanismos para poner en marcha el espíritu como un café de la mañana.

En Lesini, antigua isla de las Oiniades, se encuentra el monasterio de la Virgen Lesiniotissa. Hace tiempo que el recinto se encuentra en tierra firme, pero antaño estaba rodeado por pantanos y se accedía por estrechos senderos sobre el agua. El monasterio estaba pulcro y cuidado y unas mujeres, supongo que responsables de la conservación del lugar, cotorreaban a la sombra de la galería que conducía a las celdas. Esas alegres voces, entre comadreos y cancioncillas, me dejaron un gustillo dulce; en estos tiempos de cólera obsesivo, las notas agudas de sus voces hacían renacer la nostalgia de vivir con más lentitud, entre las brumas de otra estación. También me hubiera quedado con ellas, para seguir con sus risas el paso del sol sobre nuestras cabezas.

A la hora del Hiliobasilema, el reinado del sol, nos pusimos nerviosos buscando el punto exacto para disfrutar de ese gozo infinito de la despedida solar en un día de verano. “Sobre las blancas montañas de sal”, “no, un poco más allá, cerca de Etolikó”, “mirando a los cerros”, “frente a la laguna”. Y acabamos en la iglesia de la Virgen de Finikiás. Ella sí que emergía entre las marismas, mientras que la parroquia se bañaba en sus aguas hipersaladas, sanadoras, calientes, embellecedoras, purificadoras y mágicas. Y por supuesto que sé que hay sitios tan prodigiosos como este en otras partes del mundo, pero aquí me hubiera quedado otra vez más, entre el griterío de las gentes felices que flotaban como corchos sobre una superficie de nubes violetas, garzas patilargas, destellos dorados y el primer guiño de Venus, bailando como un candil sobre las olas de sus alegres movimientos. Una mujer se acercó y me trajo un puñado de barro milagroso.

Me contaba mi amigo Rodi, que había una vez una pintora que cada tarde salía con sus utensilios a pintar la misma esquina de la laguna, porque cada día era diferente para sus curiosos pinceles y pintó y pintó hasta que se deshizo en el lago. Nada más comprensible, es difícil encontrar un lugar tan agradecido, donde la luz y el agua juegan con nuestros sentidos para hacernos gozar. La fotografía es un instante, meditado pero fugaz, la pintura es un proceso durante el cual nuestra alma se transforma mediante la observación y recorre nuestros nervios para llegar a los dedos y mandarle ejecutar la belleza. Los míos son tan torpes que mejor solo aprieto el disparador y escribo estas lineas.

Los antiguos dioses tenían por costumbre visitar lagos y ríos por lascivia, en busca de sus náyades y ninfas, como Pan y su inalcanzable Siringa, pero acababan quedándose en sus aguas por amor. No somos dioses, pero lo intentamos.

Dedicado a Dimitris y Marisé que me enseñaron a mirar su limnothalassa.

Η Λίμνη η πεντάμορφη χρύσωσε τα νερά της
και άρπαξε τον ποταμό στο σφιχταγκάλιασμά της

Μες τη σιωπή ερίγησαν οι ίσκιοι από τα πεύκα
και σαν Νεράιδα έγειρε το σώμα της η λεύκα

Πως τραγουδούνε οι καρδιές σ’ αυτό το πανηγύρι
και λούζεται ο έρωτας των λουλουδιών τη γύρη

Ο ποταμός ερωτικές ματιές στη λίμνη ρίχνει
και τρεμοσβήνουνε γλυκά των αστεριών οι λύχνοι

Απλώθηκε στον ουρανό μια θεία μελωδία.
σαν δαγκωθήκαν οι ψυχές στα χείλη με μανία

Πως τραγουδούνε οι καρδιές σ’ αυτό το πανηγύρι
και λούζεται ο έρωτας των λουλουδιών τη γύρη

Πλημμύρισε από ηδονή το ιδρωμένο χώμα
κι η λίμνη και ο ποταμός φιλήθηκαν στο στόμα

El lago hermoso doró sus aguas
y atrapó al río en su abrazo.

En el silencio se alzaron las sombras de los pinos
y como las nereidas inclinaron su cuerpo el álamo.

Como cantaban los corazones en el baile
y se bañaba el amor en el polen de las flores.

El río al lago le echa miradas románticas
Y parpadean las luces de las estrellas.

Se extendió por el cielo una divina melodía
como si las almas mordieran sus labios con locura.

Como cantaban los corazones en el baile
y se bañaba el amor en el polen de las flores.

Y se inundó con placer la tierra mojada
y el lago y el rió juntaron sus labios.

 

 

 

9 pensamientos sobre “La dama del Lago”

  1. Hola Anuska. No se puede aderezar un artículo hablando todo el rato de comida, al final, en vez de imaginarme los prados de agua y las marismas eternas, se me abre un apetito que me nubla la vista y me importa un pito si Lor Bairon la espichó por un bacilo malintencionado, o por unas sangrías en mal estado. Todo el mundo sabe que es una bebida muy cabezona. Que le vamos hacer, ya sabes que tu amigo es muy tripero, pero no se me olvidará en la vida la subida con el Viriato entre canales y casas pegadas al río, camino de Mesolongi. En otro orden de cosas, te tengo que dar la razón en el desastre del turismo masificado. Unificar para vender, es morir.
    Mogollón de besos para los dos.
    Viriato

    1. Igual va a ser que Byron vino a defender la causa griega y acabó comiendo anguilas y enfermó de atracón, quién sabe. La historia no siempre pertenece a los protagonistas y se transforma de boca en boca en leyendas, como la mitología.
      Un abrazo gordo

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