La ensenada de Maratón y un perro persa

Había un perro en la playa, un “adéspota”, como llaman los griegos a los perros sin dueño que sin molestar ni ser molestados intentan buscarse la vida de la mejor forma posible. Era un ejemplar grande, con mugre, con canas y con un andar parsimonioso, pero de cola alegre. La vida le había enseñado que si se esperaba paciente a una distancia prudencial y sin aspavientos, cerca de alguna familia con merendola, había posibilidades de que le llegara alguna croqueta volando o algún hueso chuletero. Nos vio y nos acompañó un rato en nuestro paseo, sin pedir nada a cambio, como quien enseña su jardín a unos amigos. Tenía el lomo con una cataplasma de resina, de tanto frotarse en la corteza de los pinos; daba la impresión de que aun en el supuesto de que las pulgas no acobardaran si alguien hubiera decidido acariciarle, se habría quedado pegado a su espinazo para siempre, como un tofe entre las muelas. Era un perro con un escudo persa.

Llegar a estos lugares, avanzando contra el viento y con una navegación lenta, hasta doblar el cabo que te ofrece un refugio, es un privilegio. La bahía de Maratón es una extensa playa, rodeada de pinares, donde la arena se adentra entre las sombras del bosque y nubes de polen, mariposas, mosquitos y milanos dejan ese aspecto de cuento de hadas y lobos que aullarán en cuanto caiga la noche. Esos sitios me hacen sentir feliz, por un lado porque me encanta caminar por la arena caliente al atardecer, con la sombra de los árboles inclinándose hasta oscurecer el agua y los últimos rayos filtrándose entre la maleza que parece una corona dorada. El peso de la historia sobre tu cabeza. Pero por otro me producen melancolía. Esos paisajes que teníamos en nuestro país y que nos robaron a golpe de ladrillo y asfalto, un progreso aturdido y veloz que no cesó hasta dejarnos perdidos y sin encontrar nuestras huellas en la arena; caminos que se dibujaban en la orilla y que al girarte se habían convertido en paseos adoquinados con farolas. El empecinamiento humano por civilizar la naturaleza. Qué suerte tenían esos niños que se bañaban, lanzándose las pelotillas de algas que la resaca, a base de ir y venir, con el tiempo, deja convertidos en proyectiles inofensivos.

Viajemos al 490 a.C. durante la primera guerra médica; Dario y su ejército se dirigen a Grecia para castigar la revuelta jonia de Asia Menor, alentada desde Atenas. La flota persa, después de cruzar el Egeo y asolar Naxos y Eretria, da rumbo hacia Maratón, para más tarde atacar Atenas. Darío y sus trirremes eligieron bien el sitio de desembarque; una playa de arena, con fondos que decrecen con lentitud y un cabo de abrigo para los vientos dominantes. Parece que estamos lejos de Atenas, pues hay que superar diversos cabos de la península del Ática, pero la distancia terrestre con la capital es de apenas 40 kilómetros.

La armada persa podría constar de unas 600 naves, con 30 epibates cada una. Los griegos, que estaban en inferioridad numérica notable, les esperaron formados en la playa. Según Heródoto, los atenienses se lanzaron como fieras suicidas sobre los atacantes, profiriendo su grito de guerra: «¡Ελελευ! ¡Ελελευ!» Darío no daba crédito, porque la carga era una locura dado que los griegos no tenían caballería ni arqueros. Los persas, habituados a que sus adversarios griegos les tuvieran miedo y huyeran en lugar de avanzar, se desbandaron y subieron presas del pánico a bordo de sus barcos. Fue la primera vez que los griegos derrotaron a los persas en campo abierto, por eso, aunque Maratón no fue una batalla decisiva, dejó a los persas humillados, su arrogancia herida y enfrentados a la evidencia de que vencer a los griegos no era una cuestión de pasearse por sus islas.

A partir de aquí se crea la leyenda. La imagen de unos pocos atenienses salvando la civilización frente a una horda de bárbaros fue utilizada como un símbolo en la historia moderna. La carrera de maratón, como prueba atlética, fue ideada por el académico Michel Bréal, amigo de Pierre de Coubertin, para las pruebas de los Juegos Olímpicos de Atenas de 1896.

La asociación de la Batalla de Maratón con la famosa carrera de 42.195 metros, procede de varios hechos históricos controvertidos. Heródoto cuenta la hazaña de Filípides, famoso corredor ateniense, que salió de Atenas hacia Esparta para pedir la colaboración de los espartanos en la defensa de Atenas, a donde se dirigía la flota de Darío tras la derrota de Maratón. Los laconios tenían un impedimento religioso y no acudieron en auxilio de la liga ateniense hasta pasados unos días. Pero, la distancia de Atenas a Esparta es de 240 km y Filípides la cubrió en dos días. Los que sí salieron corriendo para defender Atenas fueron los supervivientes de Maratón, que llegaron en 24 horas. Las versiones posteriores cuentan la historia de diferente modo, con Filipides corriendo desde Maratón a Atenas, unos 42 km y muriendo después, logrando crear la transcripción mítica y cinematográfica que ha llegado hasta nuestros días.

Se dice que fue Filípides, el corredor, el primero que usó esta expresión al anunciar la victoria de Maratón a los arcontes que estaban sentados y preocupados por el final de la batalla: ¡Alegraos, vencemos! Y al decir esto, murió, exhalando su último suspiro junto con la noticia y el saludo.
Luciano de Samósata, Sobre un error cometido al saludar.

Cuando cayó tranquilamente la noche, el perro se escabulló entre los árboles para rascarse un poco más, los bañistas, paseantes y corredores desaparecieron, los niños escondieron sus municiones entre las raíces para futuras batallas. Las estrellas brillaron un rato, hasta que el gran resplandor de Atenas se las fue tragando.

Se puede dar vueltas al mundo buscando paisajes sorprendentes e islas recónditas, pero días como estos se esconden en el viaje, aparecen de improviso y agradecen el esfuerzo. Te dejan un agradable sabor, como el de un buen queso.

Ακόμα κι αν φύγεις
για το γύρο του κόσμου
θα ‘σαι πάντα δικός μου
θα είμαστε πάντα μαζί

Και δε θα μου λείπεις
γιατί θα ‘ναι η ψυχή μου
το τραγούδι της ερήμου
που θα σ’ ακολουθεί

Τα ήσυχα βράδια
η Αθήνα θ’ ανάβει
σαν μεγάλο καράβι
που θα ‘σαι μέσα κι εσύ

Και δε θα σου λείπω
γιατί θα ‘ναι η ψυχή μου
το τραγούδι της ερήμου
που θα σ’ ακολουθεί

Τα ήσυχα βράδια
θα περνάει φωτισμένο
της ζωής μου το τρένο
που θα ‘σαι μέσα κι εσύ

Και δε θα σου λείπω
γιατί θα ‘ναι η ψυχή μου
το τραγούδι της ερήμου
που θα σ’ ακολουθεί.

Aunque te vayas
a dar la vuelta al mundo
serás siempre mío
estaremos siempre juntos

No te echaré de menos
porque será mi alma
la canción solitaria
que te seguirá

Las noches tranquilas
Atenas alumbrará
como  un gran barco
donde estarás tú también.

Y no me echarás de menos
Porque será mi alma
la canción solitaria
que te seguirá.

Las noches tranquilas
Pasará encendido
el tren de mi vida
donde estarás tú.

Y no me echarás de menos
Porque será mi alma
la canción solitaria
que te seguirá.

16 pensamientos sobre “La ensenada de Maratón y un perro persa”

  1. Gracias por otra descripción cálida y a la vez fresca de rincones de Grecia, que no hemos tenido el placer de conocer, y que nos transporta a vivirlos como si estuviéramos presentes.
    Un abrazo

  2. Hola, Ana. Me pillas volviendo a casa, después de surcar el Egeo y costear la Argólida y el sur del Peloponeso. Está año el meltemi no ha dado tregua.
    Para los amantes de Grecia, que además somos historiadores, la batalla de Maratón (como lo fue, posteriormente, la de Salamina), es algo que nos conmueve. Existe la creencia de que fue Filípides quien corrió la famosa carrera, pero, según Heródoto, este personaje corrió de Atenas a Esparta para pedir ayuda, cubriendo unos 250 km en dos días. Hazaña más que reseñable. Según Plutarco, el que corrió la distancia de Maratón a Atenas para anunciar la victoria, fue el heraldo Tersipo, aunque apenas es conocido su nombre.
    Preciosa la canción. Un saludo.

    1. Como ves, los fake ya se elaboraban hace siglos. Al pobre Filipides le atribuyen de todo, hasta de correr con sandalias, faldita y escudo; no me extraña que posiblemente muriera al final, porque llegar a Esparta tiene tela, con la cordillera del Taigeto. Los que si corrieron como locos son los pobres que lograron sobrevivir y encima tuvieron que salir presurosos para seguir defendiendo Atenas.

      El Meltemi ha soplado este año sin descanso y ha desbaratado todo tipo de planes. Pero eso también es parte de la gracia, dejarte caer por donde nunca habías pensado. Kavafis debió pillar un buen Meltemi cuando escribió su Itaca.

      Un abrazo, Kiko

  3. Anuska, no sé si la colección de “adéspotas” en tus historias gana a la de tabernas favoritas. Te debes de conocer a casi todos los perros “payeiros” de Grecia. A mi me pasa con los gatos, pero nunca se me acerca moviendo el rabo. En fin…
    Yo la historia de Filípides que conocía es la cinematográfica, de Maratón a Atenas y después al hoyo. Me parecía exagerado eso de que, después de correr 42 km, el pobre hombre la espichara ( yo corro medio kilómetro y tenéis que llamar al Samur ) pero Filípides, como comentas, era un atleta, para él, 42 km, es como para mí salir a comprar el pan, un paseo. Ahora la pregunta del millón: Heródoto cuenta que corrió 240 km en dos días. Entonces… Qué es lo que le dió cuando llegó Esparta???
    Otra pregunta más facilita:
    En la foto, la isla mas cercana que se ven al fondo, (detrás esta Evia) es Megalonisos. No? Como ves, yo siempre con lo mío.
    Mil besitos
    Viriato

    1. Bueno, los keniatas se corren los 42 km. en 2 horas, aproximadamente; así que Filipides era muy lento si lo comparas.Ya sabes que los perros me encantan. Y yo les encanto a ellos, así que enseguida hacemos migas. Estos callejeros, llevan tantas pulgas como sabiduría en sus ojos.
      Lo que se ve es Evia y más oscurito, a la derecha, si que debe ser Megalonisi.

      Un abrazote

  4. Preciosa canción, me encanta porque la letra está justo a mi nivel de griego…. me la aprenderé de memoria, gracias por compartirla.
    Me encanta como escribes y los temas que eliges.
    Gracias!
    Καλό ταξίδι!

  5. Gracias Alicia. Las letras las traduzco yo, así que a lo mejor algún griego podría discrepar. La poesía es algo difícil y no suena igual bien en todas las lenguas si traduces literalmente, así que hay que hacer ajustes. Que me perdonen si meto la pata.

    Muchas gracias por tu comentario y adelante con el griego.
    Un abrazo

  6. Ya estás dando envidia con tus viajes como todos los principios de curso. Yo también pasé por Maratón esta semana santa y disfruté de su paisaje y de su leyenda, aunque llegué con el corazón encogido, porque viniendo por carretera se pasa en el otro extremo de la bahía entre los pinares y las casas carbonizadas de Mati, donde hubo un terrible incendio el año pasado.
    Coincido en que la canción es preciosa y además la traducción estupenda, como el resto del artículo.
    En cuanto a los perros sin dueño no sé si conoces una oda de Blanca Andreu a los perros de Atenas. Te copio unos versos:

    …descubrí los perros de mármol que se han bajado de los frisos
    y se reúnen por la noche en cónclave
    y muestran su estirpe socrática filosofando en las esquinas.
    Los he visto citarse en semáforos
    quedar en las encrucijadas
    parecen gente civilizada que acude al ágora y se atiene
    a lo que dictan los tribunales
    aunque vayan a cuatro patas.

    Un abrazo.

    1. Qué bonito poema. La verdad es que esos perretes son tan sabios como los dioses olímpicos.
      Este llevaba buena carrera, jovenzuelo no era, así que había sobrevivido a incendios y hecatombes; un buen tipo.
      Recuerdo el incendio tremendo del año pasado, la vegetación ha ido disimulando las cosas pero el dolor del drama no es tan fácil de esconder. Nunca supe si fue intencionado o resultado de una hoguerita.
      Este año, el meltemi nos ha llevado por otros derroteros, pero fantástico, as always. Una pena que no andéis por aquí, para tomarnos unos kilogramos.
      Muac

  7. Buenas tardes Ana. He comprado tu libro y puedo decir que no había leído un libro sobre Grecia tan bello desde que leí hace 20 años el CORAZÓN DE ULISES, UN VIAJE GRUEGO, y que me llevé en mi luna de miel haciendo un crucero por el Mar Egeo. Con tu libro he visto y olido el mar azul profundo griego, he contemplado amaneceres y atardeceres, he sentido su viento, oído a la cigarra incansable y he dormido sobre su arena y me he recostado en sus templos clásicos y bizantinos. Gracias Ana, por ese libro que es todo un regalo para los que amamos Grecia. Efjaristo Poli.

    1. Muchísimas gracias, Manuel. Me llena de satisfacción que mi libro te transporte y te haga revivir buenos momentos. Supongo que cuando las cosas se escriben con el corazón es más fácil que lleguen a emocionar. A mi me hace feliz escribirlas, por eso, tu comentario me impulsa a seguir haciéndolo. A veces pienso que ya está bien, que soy un disco rayado; pero, pensándolo bien, no me importa.

      Un abrazo

  8. Hola Ana
    No quiero repetirme, pero es inevitable, describes tanto y tan bien los diversos paisajes, como la atmofera que nos llevas cuan una sherezade desde el comienzo al final del escrito, y deseando que no llegue ese final y para colmo, nos pones musica, con lo que quedamos como los marineros compañeros de Ulises,un verdadero placer.
    No conocia a esta cantante, muy buena

  9. Hola Ana,
    Me ha encantado la canción. Gracias por compartirla.
    En diferentes viajes a Grecia hemos intentado llegar por carretera hasta el túmulo de Maratón y no lo hemos conseguido ¡Habrá que probar por mar!
    ¡Menos mal que este año hemos ido en Junio y no había empezado el Meltémi!
    Un abrazo

    1. Hola, Sylivie.
      Sí que es bonita la canción de Arleta. Y le pegaba mucho a la entrada, en cuanto la oí lo supe.
      El Meltemi es una maldición, pero también una bendición; deja al Egeo con unos colores azules como los que no encuentras en ninguna otra parte.

      Un abrazo y buena suerte en tu próximo viaje a Maratón. El bosque del que hablo es hoy un parque nacional.

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