La espiral de Kalamata

En la vida todo gira. Y el universo tiene la pertinaz costumbre de solucionar los problemas de la misma manera, con idénticas figuras geométricas. Ya sean margaritas, pétalos de una rosa, la cola de un espermatozoide, las telas de araña, las hebras de material genético de nuestros cromosomas, las piñas, el caracol, las galaxias, los bancos de barracudas, el halcón persiguiendo a su presa, los antiguos discos de vinilo, el agua escapando por el desagüe o los ciclones. La espiral de Arquímedes, que desarrollada en tres dimensiones se convierte en una hélice, la serie de Fibonacci. Es la curva de la vida, o mas bien, del crecimiento, del ahorro de espacio, algo que preocupa tanto en la naturaleza, como si estuviera contemplado el que algún día no cabremos, si seguimos creciendo a este ritmo, independientemente de que el universo sea infinito. Cuando algo rota y se expande, de forma espontanea y de acuerdo con la voluntad de la termodinámica, formará una espiral logarítmica. Bernouilli la llamó spira mirabilis, espiral maravillosa, y la eligió para su epitafio: «Mutante y permanente, vuelvo a resurgir siendo el mismo». Y doy fe de ello porque me han pasado un par de huracanes por encima, personales y atmosféricos, y aquí estoy de nuevo, perdón por el retraso. Os cuento la aventura meteorológica, que es más interesante.

 

KALAMATA

Los puertos comerciales tienen siempre un aire tristón, de transitoriedad y de paso. De paso del tiempo, sobre todo del próspero, de paso de marinos y barcos cargados de pasajeros, que solo lo rozan con sus suelas y maletas y se apresuran para no volver. Es incomprensible como un espacio tan agraciado, como es el plano de agua de la dársena de un puerto, acaba degradándose y concentrando todos los deshechos y escombros de la ciudad. Los edificios rotos y grises, como el “kylindrómylo”, el antiguo molino, que fue la actividad más importante de Kalamata hasta mediados del siglo pasado, esperan, inhabitados  y con el retintín de sus vidrios rotos, que alguien, a parte de sus fantasmas, aparezca para darles luz interior.

En el puerto, en uno de los soportales de un edificio abandonado había un hombre que vendía maquetas de barcos de madera. Repetía con precisión milimétrica su interpretación personal del Argos de Jasón y de la nave de Ulises. Era un tipo singular, que había montado su improvisado negocio con chatarra y trastos viejos, dotando de un cierto confort a los húmedos bajos del edificio. Su sillón, su mesita, su “briki” para el café, y hasta alguna botella oculta de licor para sobrellevar el frio. Le faltaban un ojo y un brazo, y aunque en un primer momento podría despertar la conmiseración y la piedad, ponía tal pasión en el relato de la construcción de sus figuras que, al poco tiempo de hablar con él, sabías que entrevistabas a otro loco egregio heleno. Qué maravilla la de Grecia, que permite que estos interesantes chiflados deambulen libres por las calles alegrándole la vida al paseante. En España ya habría acudido la policía a llevárselo preso, por venta ilegal, por trapero, por subversivo y por maleante. Y nadie podría oír de su boca la versión de como atacar a una trirreme para hundirla por su punto flaco. Me alegró saber que vendía barcos a porrillo cuando llegaban los turistas.

A pesar de los siempre tristes y melancólicos puertos grandes, Kalamata es una ciudad agradable, transitable con bicicleta y a la que un alcalde con buen gusto ha dotado de un refrescante jardín que une el centro con el mar, aprovechando las antiguas vías de tren y dejando, para recuerdo de viajeros y estaciones, algunos vagones y locomotoras, donde los niños juegan mientras sus abuelos rememoran momentos de sus vidas pasados en esos carruajes de madera, entre silbatos y vapores. Kalamata es un buen ejercicio de la memoria.

Habíamos venido a Kalamata huyendo de una depresión profunda, que hasta había recibido el nombre de Jenofonte, centrada en el Egeo, que daba avisos de temporal fuerte para todas las zonas del país. Kalamata representaba un buen refugio para los vientos del norte que se avecinaban, aunque no tanto para los de dirección sur, pero estos no se esperaban. Cual fue mi sorpresa, al día siguiente de amarrar, cuando, al mirar el parte meteorológico vi que se estaba formando un huracán frente a las costas libias, muy cerca de nosotros. Me quedé de piedra.

Se les llama medicanes a los huracanes mediterráneos, ya que comparten con estos últimos una serie de características que les diferencian de las borrascas:
Son simétricos, sin frentes. Una espiral perfecta que se forma por el ascenso del aire cargado de humedad, en contacto con el Mediterráneo en otoño, que se va enfriando en su ascenso. La hermosa figura reconocible de la imagen satélite de una atmosfera humeante y algodonada enrollada sobre sí misma, como la lengua de una mariposa. Contenida su furia en poco espacio, la espiral tiende a salir corriendo arrollando a su paso, con sus fieros vientos, todo lo que encuentra.

Como los huracanes, los medicanes tienen un ojo central donde reina la calma y luce el sol; cuando pasa por encima, tienes la sensación de la resurrección de la que hablaba Bernouilli en su epitafio, loando la spira mirábillis, o de haber atravesado el espejo de Alicia, o el agujero de Hawking; pero con los pelos de punta. Pese al terrorífico escenario que nos anunciaba, no hay que negar que estos giróscopos del aire son hermosos, como giróvagos ciegos y místicos, y que, en su giro, dejan claro que la naturaleza, muda y poderosa, nos pone a todos en su sitio.

La sentencia de dicho huracán lo cambiaba todo, ya que traería vientos del sur muy fuertes y el consabido mar, para el cual Kalamata no estaba muy bien abrigada. Pero ya era tarde para rectificar, no había accesible ningún refugio seguro para esos pronósticos, la suerte estaba echada y si habíamos elegido mal, pues a fastidiarse. Me acordaba de muchos de mis alumnos, noveles en el complejo arte de la navegación. Ellos suelen pensar; también muchos de los ajenos a este mundo que, por el hecho de estar en un puerto, el barco y su tripulación están seguros. Nada tan poco exacto, les digo, y les cuento el relato del yate Pendragón, atrapado por el huracán Carol, que se relata en el imprescindible libro de A. Coles; “Navegación con mal tiempo”.

El Pendragón se encontraba fondeado en unas islas al nordeste de Boston, en un lugar no muy seguro para recibir al mal tiempo, pero no tenía alternativa. A pesar de pertrechar excelentemente el barco, en lo más fiero del huracán, un ketche empezó a garrear y se le vino encima. La tripulación no tuvo más remedio que picar el fondeo y largarse. El viento era demasiado violento para pensar en volver al abrigo del rompeolas, así que el Pendragón tuvo que hacerse a la mar en el sector peligroso del huracán. El ciclón causó numerosos estragos en tierra, arrancó grúas y casas, derribó una torre de televisión y la mayoría de los yates refugiados en el puerto rompieron sus amarras y acabaron varados en la playa o hundidos. El Pendragón, enfrentándose al temporal, con gran maestría por parte de su tripulación, consiguió salir casi ileso y regresar a puerto cuando todo había acabado. Me miran. Silencio. Está loca. Pues yo, en ese caso, me voy del barco al hotel más cercano, dicen casi al unísono, total será alquilado. Bah, soy romántica e ilusa, lo confieso.

Uno de los lugares mas animados de la ciudad es su mercado. Kalamata y toda la región de Mesenia, es uno de los graneros de Grecia. Si te alejas un poco, hacia las montañas, podrás contemplar sus dulces valles tapizados de olivos, meciéndose como olas de plata, una tras otra, hasta llegar al mar y encontrarse con sus hermanas saladas.

La abundancia de productos en los tenderetes del ágora es una gloria para la vista, sobre todo cuando se llega de las pobres Cícladas, donde uno come lo que puede, mas que lo que quiere. En particular, los días en que hay Laiki agorá, o mercado popular, la gran plaza explota de animación y exuberancia. El mercado popular me parece una excelente tradición. En muchas ciudades griegas, un día a la semana, los productores acuden al mercado para ofrecer sus hortalizas. Se consigue así comprar alimentos muy frescos, baratos y de gran calidad. Y los agricultores pueden dar salida a sus mercancías sin que los intermediarios las pongan por las nubes. Es una gozada pasearse por sus puestos de hierbas y mieles, y hasta buscar en el diccionario, después, qué narices es la τσαγια, la χειρασκαθα, el φελιτσι, o la αγγοριτσα que acabas de comprar. Qué grandes los aceitunones brillantes de aquel amable tendero. ¡Y las patatas! Bueno, las patatas son caso aparte, y pienso dormir con ellas, antes de comérmelas, pues no todos los días se tiene el privilegio de degustar tubérculos crecidos en las cumbres del Taigeto, del oscuro y misterioso Mani; llevan terrones espartanos adheridos a su piel.

A diferencia del caso del Pendragón, nosotros disponemos ahora de diversos modelos numéricos de predicción meteorológica, que cada 6 horas se actualizan, así que puedes ir imaginando lo que se te viene encima. Las derrotas de los huracanes son calculadas en potentes ordenadores que manejan infinidad de datos de los satélites meteorológicos. Pero los fogosos tifones resultan algo temperamentales e impredecibles, y en concreto, los medicanes, con la presencia de masas de tierra que los aprisiona por todos lados, todavía más; no es muy fácil saber por dónde se van a escabullir.

Todos los modelos coincidían en que Zorba, como habían decidido llamarle, se estrellaría contra las costas del oeste del Peloponeso con todo su ímpetu de recién nacido. A partir de ahí, las opiniones divergían. La mayoría de las fuentes vaticinaban, que después de este encuentro frontal, el ciclón resbalaría por la costa sur del Peloponeso, deteniéndose en sus cabos, pero sin adentrarse de lleno en sus golfos. A mi me parecía la hipótesis más razonable, ya que un ciclón es una masa compacta, lanzada como una pelota de billar, girando a toda velocidad y, como la bola, cuando encontrara el poderoso obstáculo de la cordillera del Taigeto, lo normal es que rodase hacia el sur, hacia el mar abierto, y en Kalamata nos rozara, pero no nos pasara por encima. Solo había un díscolo modelo que se mantenía firme en que subiría por el golfo de Mesinia sin titubeos. Pero era uno de tres, todavía quedaba esperanza.

Lo peor de un huracán, son las horas anteriores, la angustia de no saber con certeza lo que sucederá. Así que decidimos irnos a pasear para matar el tiempo, a confundirnos entre la multitud que abarrota los cafés de la ciudad y del griterío de escolares que salen en el recreo a engullir suvlakis como si no hubiera un mañana. Qué sabrán ellos de lo que es el mañana. Y a volver a inspeccionar los Argos trillizos y cuatrillizos de los soportales del puerto escuchando de nuevo la explicación de cómo atacar esas naves sin titubeos.

La noche cayó serena, sin una hoja que se moviera en su árbol, pero el cielo en el horizonte, estaba oscuro de espanto y se oía un gemido amortiguado, como los gritos de un manicomio lejano, que salía de la negrura del mar. Una familia de patos, residentes en la marina, se acurrucaba junto a la garita del vigilante barruntando el mal tiempo. Empezó a llegar una ola incomoda y comenzamos a movernos.

Al amanecer, todavía el viento no había hecho su aparición, pero las olas, venidas de más abajo, saltaban por la escollera, furiosas por el impedimento, y se adentraban en el puerto rompiendo en la bocana. Las tripulaciones desertaban de sus barcos, dejándolos a merced de los acontecimientos. Ni por un momento pensamos en hacerlo nosotros, abandonar a La Maga en esas circunstancias hubiera sido como dejar a un pobre perro fiel en la calle. Cualquier contratiempo, si no estábamos a bordo, podría significar su fin.

Los patos salieron nadando con una ola que barrió el pantalán, haciéndolos flotar contra sus deseos y dejando un reguero de plumas en el puerto. Aquella mañana y por desgracia, todos los modelos coincidían al unísono: Zorba venía directo hacia Kalamata, después de devastar Pilos y toda la costa oeste.

El viento del sur no tardó en llegar con una fuerza formidable; en tan solo un pestañeo surgió, acompañado de sus oscuras nubes, como si un demonio furioso hubiera salido de la cautividad de su botella milenaria, como si todo el aire del mediterráneo se colara por un sumidero situado en la misma Kalamata. Es difícil describir una pesadilla, pero cuando estás metido en ella pareces sobrevolar las cosas, tomar determinaciones, sin apenas ser consciente de ello y realmente te asustas cuando todo ha terminado; el viento arrancó nuestras sensaciones, como a la pobre familia de patos. El movimiento de los barcos era aterrador, lanzados como resortes con la acometida de las olas, mientras la tempestad bramaba y se arrastraba por el cielo en un torbellino de confusión. Nada se podía evitar ahora, ni nada remediar, excepto cambiar amarras estalladas, dejar el barco convertido en una tela de araña y mirar y remirar las imágenes satélites, confiando en una rolada rápida del viento que apaciguara las olas. Al final todo llega, aunque la espera sea eterna y el reloj se torne torpe y mentiroso, llegó por fin la calma amenazante del cíclope de un solo ojo, descanso necesario para que el ciclón recuperara el aliento. El viento roló 180 grados, volvió a escupir con furia y Zorba se fue como había venido, aullando y destrozando, pero perdiendo parte de su rabia en el trayecto hacia el este.

Cuando todo pasa, te entra la risa floja y es cuando te das cuenta de la gravedad de lo que ha sucedido. En el puerto de Kalamata, ese mismo día se habían hundido 12 barcos; todos ellos sin gente a bordo. Los daños de nuestro barco fueron muy pocos y los patos regresaron silenciosamente a su refugio, intactos, pero algo desplumados.

«Mutante y permanente, vuelvo a resurgir siendo el mismo».

8 pensamientos sobre “La espiral de Kalamata”

  1. Hola Ana, ya sabía por tí que los daños en la Maga fueron leves y me alegro por ello. Como sabes a nosotros nos pilló Jenofonte en Naxos, donde el tránsito marítimo fue cortado. Pudimos salir en fecha hacia Atenas un par de días después, junto con una marea de turistas que se habían quedado atrapados en la isla. A la hora de zarpar, la mar se veía tranquila, un poco rizada pero con vientos que no superaban fuerza 4. Sabíamos por ti que Zorba venía siguiendo la estela de nuestro ferry y de hecho casi nos atrapa al llegar a Atenas. No solo nos cambiaron la terminal para garantizar la estabilidad del ferry al atracar, también, al abrirse la rampa de acceso, se hizo complicado desembarcar por el movimiento de escora, a lo que se añadía una persistente lluvia que obligaba a pensarse dos veces si bajar al muelle o quedarse a vivir en el barco. En cualquier caso, conseguimos robarle el taxi a un adormilado turista inglés y poner pies en polvorosa hacia el hotel. Bueno, pies empapados gracias a los charcos, pero ni lo pensamos.
    Recuerdo que vimos un par de veleros salir al tiempo que nosotros de Naxos, aprovechando el viento de popa que les empujaba hacia algún puerto seguro, pero con toda seguridad iría subiendo en intensidad hasta llegar a fuerza 9, que es la que alcanzó a nuestra llegada al Pireo.
    Qué pudieron encontrar en su travesía esos temerarios de los mares? Desde la cubierta del ferry lo que se veía eran olas de 3 metros in crescendo. Así que espero que llegasen a su destino a tiempo de ponerse a sotavento de semejante infierno.
    En tan solo 5 horas pasamos de un envidiable día de navegación a una tempestad en toda regla. Benditos partes meteorológicos, sobre todo cuando aciertan.
    Un beso

    1. La verdad es que fue una pena; Jenofonte, Zorbas y sobre todo la patita de cabra que nos podíamos haber comido juntos. Pero yo creo que debemos seguir intentándolo.
      Lo de bajar del ferry en esas condiciones debe ser toda una experiencia. Los capitanes griegos son unos demonios amarrando barcos en malas condiciones. Puedes encontrar en youtube varios, sobre todo en el puerto de Kimolos, que ponen los pelos como escarpias. Como sé que el buen humor no os falta, supongo que lo pasasteis genial, incluso saltando por los charcos del Pireo.
      Lo dicho. Patas de cabrita nos esperan por los males procelosos.

  2. Lola y nuestro Zorba particular: Ya me habías dicho que «la suerte estaba echada» cuando reclamaba tu opinión y su clemencia (en el fondo) desde el norte del Peloponeso. Bueno pues eso, una noche toledana ( en este caso Trikalana) porque a 1000 m el viento rabió y rabió, el frío fue de esperar que nevara y la lluvia anegó caminos y repartió tierra roja por toda la carretera. La sensación de ser cerditas en la casita de paja fue un pensamiento que tratábamos de exortizar sabiendo que es de buena piedra. Rescatamos un gato que pasó la noche con nosotras tan tranquilo frente a la chimenea y al que muy poco le importaba el Zorba. ¡También nos habíamos equivocado de sitio! y en vez de la Kefalonia prevista (donde,efectivamente, hubo cantos de pajarillos) nos fuimos a refugiar en la montaña por la que pasó el ojo, pero «si te has equivocado te aguantas». En fin περιπετεια y continuamos para bingo. Gracias por todo.

    1. Sí, chica, tuvimos mala suerte. O buena, según se mire, los viajes anodinos apenas se recuerdan pero las peripecias ( qué hermosa palabra griega) llenan nuestros cuadernos de bitácora; luego nos reímos, aunque pasarlas sea un mal trago. Ya ves, al gatillo no le importó Zorba porque encontró una buena compañía.
      Sigamos viviendo Grecia, es apasionante como el primer dia.

      Un abrazo, aventurera

  3. Hola Anuska, perdona el retraso, pero como te comenté por teléfono estaba en Tierra Santa purgando mis incontables pecados, detrás muchos y buenos vasos de tinto español. (Allí todo muy santo, pero el vino que te ofrecen es de este lado del Mediterraneo).
    Igual que vosotros, (menuda tontería) yo seguí la evolución del rabioso Meltemi inicial y del Medicane final, navegando confortablemente desde mi ordenador en Madrid, y es cierto que a cada hora la ruleta cambiaba de signo. Imagino el placer cuando pudisteis rumbo a casa después de la fiesta. Te queda algo del bonito en aceite que envásate? Recuerda que me debes una.
    Un besito para los dos Viriato

    1. Hola, santísimo y pío Viriato. Mira que ir a Jerusalen buscando vino; eres de lo que no hay, peor que los cruzados.
      Sí, todos mirábamos la evolución del Cíclope cada minuto, y muchas veces el servidor se colapsaba, porque estábamos dándole al dedito en el móvil.
      De bonito solo te tengo a ti, pues el tragaldabas de tu amigo se lo ha zampado todo. A ver cuando nos vemos y habláis de cañas y metralletas; para horror de Isa, que debe estar hasta el pirri de tu nueva afición.

      Besitos, figurilla

  4. Hola Ana
    En una parte del relato dices es difícil describir una pesadilla,lo dirás por mi o por otros,por qué lo que a ti te concierne,no sólo me has tenido cogido de la mano llevándome de paseo con los ojos vendados,sino con todas las expectativas de adonde me lleva esta señora,una auténtica narración,creo que hasta escuche el viento,un abrazo y síguenos contando estas guapas historias (por lo bien escritas).

    1. Hola Antonio. Me alegro de haber mantenido el suspense para ti. Relatos de huracanes hay 2 memorables: El Pagano, de Jack London y Tifon de Conrad. Los leí hace mucho tiempo, pero sobre todo ese último recuerdo que me puso los pelos de punta.
      Seguiremos contando anécdotas. Un abrazo

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