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La isla amarilla. Iraklía

Alcé la cara al cielo,
inmensa piedra de gastadas letras:
nada me revelaron las estrellas.
Octavio Paz.

Cuando intentas traer a la memoria algún lugar y describirlo, siempre surgen colores. Cada isla tiene uno, como los estados de ánimo, y yo diría que Iraklía era rubia y ambarina, lo cual es pura memoria selectiva, ya que en el Egeo no hay nada que no sea azul, pero los recuerdos son caprichosos. Es pequeña y olvidada. Hasta su potente nombre se oye como una vacilación de la famosa Heraclio cretense, como un segundo homenaje, bastante desapercibido, al mitológico Hércules, que anduvo por todas partes sembrando la tierra de hijos y esqueletos. Sí señor, Iraklia era pajiza, de los montes agostados en otoño por el mar y el viento, amarilla, de las pupilas chifladas de las cabras que se esconden, se disfrazan y desaparecen en sus caminos.

-No tengo pan. Solamente por la mañana. – Apenas levantó su mirada de la revista que ojeaba con desgana. Sin la más mínima conmiseración por el camino cuesta arriba y cuesta abajo que acabábamos de hacer bajo un sol inmisericorde.

-Vaya, está bien, volveremos mañana. – Y se quedó impertérrita viéndonos proceder al nuevo ascenso y descenso, sin pestañear.

El puerto es pequeño y se hallaba obstaculizado por una inmensa plataforma desalinizadora que fue la envidia mundial cuando la trajeron en el 2007 y ahora no funciona porque vale mucho dinero hacerla trabajar y ahí se queda porque nadie la quiere y es más fea que un pecado y están esperando que algún dios venga y se la lleve, o un maremoto fulminante se la trague para siempre y la sumerja en las profundidades insondables del mar Egeo.

La trajeron en 2007, prometiendo agua para toda la isla sedienta. Costó un potosí y fue el orgullo de la labor investigadora de la Universidad del Egeo y galardonada por la Comisión Europea por su aporte innovador al desarrollo sostenible. La “Hidrada”, como se le llamó, era energéticamente autónoma y podía producir 70 metros cúbicos al día, con lo cual abastecería a las necesidades de la población incluso en verano, cuando se veía desbordada por el turismo. Así que muchos espabilados se frotaron las manos ante la expectativa de alquileres estivales y construyeron algunas que otras casitas. Tras 11 años sin cumplir, ni de lejos, las expectativas, porque su pequeño eólico y sus placas solares no daban suficiente energía como para mantenerla en funcionamiento, y a pesar de su elevado coste de 3 millones de euros, la hidrada se abandonó. Permanece inmóvil, humillada y afuncional en la entrada del puerto; parece un enorme catamarán varado con su molinillo eólico dando vueltas como el sombrero de un bobo. Los habitantes siguen dependiendo del barco aguador que trae el preciado líquido a la isla, y en invierno, cuando no llega por el temporal, se aguantan y sobreviven tan ricamente con el agua almacenada en sus aljibes. El problema es siempre la “seson” del buen tiempo y la utilización del recurso por los visitantes poco dados al ahorro.

 


El puerto es pequeño y se llena de barcos cada noche, así que nos quedamos con La Maga en una cala cercana, aunque eso implicara una excursión fatigosa para aprovisionarse.

–No tengo pan. –Seguía con la vista fija en la misma revista y quizás la misma página del día anterior. Yo observaba con lujuria las hogazas recién traídas por el panadero de la jora, ordenaditas en el cestón de mimbre, que casi cantaban la gloria de la mañana con sus efluvios a pan bueno –Hay que encargarlo. – El aroma inflamaba la tienda, pero no hacía perder la compostura a la señorita impasible.

–Podrías haberlo dicho ayer. –Estuvimos a punto de perder los nervios en un arrebato de hambre, pero nos calmamos. Al fin y al cabo, la pobre tenía toda la pinta de desdichada, de quien lo único que sueña en esta vida es en hacer dinero y salir pitando de su maravillosa isla amarilla para ir a parar a una ciudad de infelices donde residían las satinadas heroínas de sus revistas. –Pues te encargamos tres panes para mañana –Ni se molestó en anotarlo.

La isla apenas tiene coches y carece de gasolineras. Incita a grandes paseos por los caminos ocres del mediodía, azulados de la mañana, rojos rabiosos al atardecer y cabras que triscan entre sus hierbajos y se alejan espantadas del caminante incomestible. Behh, Bahhh. Un gran lamento. Estos sitios limpios y barridos te hacen recapacitar hasta vaciarte de lo superfluo, como ellos.

Llegó un yate inmenso que fondeó y se amarró a la costa con larguísimos cabos que ocupaban media bahía. Sin darle tiempo a la marinería a acabar la maniobra un retumbar surgió de las entrañas del barco, un tronar sordo, el ruido cósmico del que es imposible escapar y persigue a los visitantes de las playas en verano día y noche, fluyendo por el universo infinito, en un intento desesperado de demostrar, a los posibles extraterrestres, que en la tierra hay vida. Pero esta es poco inteligente. Ellos bailaban en la cubierta divertidos y hermosos, emperrados en que todos les miráramos. Encendieron los generadores, para soportar tamaños decibelios y ya aburridos, pero con la música puesta, para deleitar a los marcianos, se metieron dentro con el aire acondicionado.

Al atardecer fondearon varios catamaranes de charter, yo diría que diseñados por la misma mente perversa que creó la plataforma desalinizadora del puerto. Chaparros, arácnidos, con un palitroque y un espacio cuadrangular descansando sobre el mar que poco tenía que ver con la belleza de un velero al ancla. Ya he manifestado, en más de una ocasión, mi animadversión por estos artilugios flotantes, que no merecen el calificativo de barcos. Son estéticamente un insulto a la navegación. Cuadrados, como un adosado acuático al que solo le faltan unas jardineras llenas de margaritas y una chimenea embutida por dentro del mástil. Elevados sobre el nivel del agua a base de ponerle pisos de cubiertas y gobierno; carrozas de carnaval equipadas con aire acondicionado, lavavajillas, secadora y todo lujo de detalles para obligarles a llevar el motor encendido a todas horas porque no hay baterías que lo soporten ¿Qué tiene esto que ver con el espacio de libertad que buscábamos, poco tiempo atrás, la gente que elegíamos una vida más incomoda a cambio de la felicidad? Eres una abuela cebolleta, me respondo, porque cada año se incrementa el número de catamaranes de alquiler y disminuye el de veleros; resultado de que la gente que se acerca a este bello deporte no busca lo mismo que yo, sino lo mismo que tiene en su casa, pero en el mar; como los Pérez, que lo hicieron el año pasado y los Gómez, que se acaban de sacar el título y se lo pasan de miedo ¡Qué risa! con las maniobras en los puertos ¡Es qué debería haber una App que nos dijera como atracar! ¡Qué atraso y qué lata!

La verdad es que el mundo cambia muy deprisa y cuando te quieres dar cuenta, como los pinzones de Darwin, observas que tus congéneres pertenecen a una especie nueva que ya no se relaciona con la tuya, pero es ella la dominante; por pura selección natural acabará agotando los recursos y expulsándote del mundo. Buaa. Es lo que tienen estas gloriosas islas amarillas, que te hacen meditar hasta roerte los huesos.

–Solo podéis comprar un pan– dijo, adormilada.

–Pero… encargamos tres

–Hoy trajo menos el panadero, porque los jueves hace la mitad. –Pasó la hoja de la revista y esbozó una mueca labial, como de sonrisa. No tenía ningún sentido cabrearse con la señorita “piedra pómez”. Cogimos la barra y emprendimos de nuevo la cuesta. Al fin y al cabo, ya me estaba gustando eso de viajar al pueblo cada mañana.

Con el caer de la tarde se llega a esos momentos del día en que todo se vuelve sensual y encendido. Es la hora de esperar algo; que se pinten las estrellas, que el sol deje su rastro encarnado, que la luna clave sus cuernos blancos sobre el agua oscurecida, que se callen las chicharras y comiencen las lechuzas.

Pero el vibrar de los altavoces vecinos parecían palpitaciones del mismo corazón del mundo, temblando a ritmo frenético. Uno a uno fueron encendiendo las luces de cubierta de sus casetas de feria y los focos de la obra viva para alumbrar el mar como si fueran piscinas; verdes, azules, violetas. Iluminaron un agua que a esas horas debía ser fosca y pacífica. Se fundían unos haces con otros, como en los circos de varias pistas. Nadie hacía caso a sus luces, pero todos las exhibían, nadie bailaba la música, pero atronaban la playa. Los peces, desorientados, huyeron a lo más profundo. El mundo ya no era legible ni para mí ni para ellos.

 

 

Του ήλιου σβήστηκε το φως
εχάθη το φεγγάρι
και πάει το παλληκάρι
καημός και πόθος μου κρυφός

Πέτρα την πέτρα περπατώ
το αίμα του ανασαίνω
και πια δεν περιμένω
μου σκότωσαν τόν π’ αγαπώ

Καημός και πόθος μου κρυφός
η νύκτα τον τυλίγει
και τη φωνή μου πνίγει
ο πόνος μου ‘γινε αδελφός

Πέτρα την πέτρα περπατώ
το αίμα του ανασαίνω
και πια δεν περιμένω
μου σκότωσαν τόν π’ αγαπώ

Ήρθε να μ’ εύρει την αυγή
ήρθε να με φιλήσει
ήρθε για να γεμίσει
γαρύφαλλα κι αστέρια η γη

Πέτρα την πέτρα περπατώ,
φέγγει και ξημερώνει
Γλυκό πουλί τ’ αηδόνι
τραγούδα μου τον π’ αγαπώ.

Se apagó la luz del sol
se perdió la luna
y el muchacho se fue
mi dolor y mi pasión escondida.

Camino piedra tras piedra
respiro su sangre
y no espero nada más
Me mataron al que amo.

Mi dolor y mi pasión escondida
la noche le envuelve
y ahoga mi voz
la pena se hace mi hermana.

Camino piedra tras piedra
respiro su sangre
y no espero nada más
Me mataron al que amo.

Vino a mostrarme el amanecer
vino a besarme
vino a llenar
de claveles y estrellas la tierra.

Camino piedra tras piedra
clarea y amanece
Ruiseñor, dulce pájaro
cántame sobre el que amo.

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12 comentarios en «La isla amarilla. Iraklía»

  1. He sufrido, fondeado en una maravillosa cala de La Herradura, los insoportables decibelios del vecino de turno, que habiendo espacio más que suficiente, se empeña en casi abarloarse groseramente.
    En abril queremos pasar una semana en Creta.
    Algo muy especial que ver? No me digas que Creta que eso ya lo sé.
    Gracias por tu artículo, estupendo como todos.
    Un abrazo.

    1. Lo triste es que lo que antes era una anécdota, ahora es la norma. Antes eran ellos los raros, ahora lo somos nosotros y acaban ganado. El turismo masivo es una amenaza para el mantenimiento de los recursos; por ejemplo, Ikaría, que se ve obligada a destrozar su belleza natural para poner una potabilizadora y dar servicio a los visitantes veraniegos. Pero esta es la salida que le han dejado a Grecia.

      A mi, de Creta, lo que más me gustó fueron sus pueblos de la montaña. Es muy grande, tendrás donde elegir. Pasadlo bien.

  2. Hola Anuska, ya te echaba de menos y de menos echaba tus improperios contra los turistas náuticos. Nos pasamos la vida montando bancos de baterías en nuestros barcos, alimentados por placas estratégicamente colocadas por todos lados, con el glorioso fin de pasarnos días y días fondeados con la nevera repleta de cervezas frías, para que te vengan los “chartereros” a enmendarnos la plana. ¡Es que no hay derecho! ¿A dónde nos vamos a ir? En otro orden de cosas. Como siempre, he entrado en Google Earth y buscando la isla; la verdad es que os dabais una buena caminata para conseguir pan. ¿No os saldría a cuenta montaros en “La Maga” un horno de leña? Piénsalo, también se podrían asar cabritos (y no me refiero a los turistas náuticos).
    Como siempre felicidades por la entrada, me ha encantado.
    Mil besos
    Viriato

    1. Te contaría y no acabaría. El otro día, me decía un alumno, que qué aplicación se podía descargar para que le dijera como hacer la maniobra de atraque. Y otro: ¿No hay un servicio, de la costera, que te avise de cuando es peligroso estar en una cala? Y yo le contesté: ya te aviso yo: no salgas jamás si eres incapaz de tomar tus propias decisiones. Este verano va a estar el mar lleno de adosados flotantes, la gente solo alquila catas, para ir a motor a todas partes. Un asco.
      Lo del hornito de leña mejor se lo instalas tu al tuyo y luego te ayudo a deshollinar, figura.
      Beso, enorme

      1. Oye, lo de la app para atracar el barco me parece una idea estupenda, te quedas abajo durmiendo y que el barco se atraqué solo con la app; también habrá que inventar una para que fondee, limpie la sentina de aceite, friegue los platos, amase pan en ese horno tan chulo que vas a montar en tu barco, no sé si será una app, O se lo tendremos que pedir al PP ( que miedo verdad ?)

  3. Gloria Ferris Malonda

    Estupendo relato, de una realidad cada vez más fácil de encontrar y reventar los oídos. Con esa contaminación acústica y lumínica, que tanto gusta. Genial, Viriato, la propuesta del horno de leña. Pero un poco complicada, amasar quizás si. Bonita la canción. Besos

    1. Yo le llamo «el ruido cósmico», ese dum, dum, sordo y penetrante que asola el éter.
      La canción es de una película antigua que se llamaba Lola, muy desgarrada, siguiendo el trágico y melancólico gusto griego.
      Un besazo

    1. Hola Vula. Gracias a ti por leerme y comentar tus sensaciones. Bienvenida a bordo.
      Cuando vi tu comentario me dio un vuelco el corazón. Βουλα, es la tabernera de mi pueblo y una de mis grandes amigas griegas ¿Será ella ? pensé, pero luego lo descarté, pues no sabe nada de español y tu frase me parecía demasiado perfecta para el chapucero traductor de google. A partir de hoy ya tengo dos Vulas de las que ocuparme gratamente.

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