Necesito del mar porque me enseña
no sé si aprendo música o conciencia
no sé si es ola sola o ser profundo
o sólo ronca voz o deslumbrante
suposición de peces y navíos.
Pablo Neruda
Si miro al mar, veo una enigmática biblioteca parecida a la de Babel, ideada por Borges, llena de infinitos volúmenes, escondidos los unos dentro de los otros o apilados en largos pasillos interminables, que se cierran y se abren a tu paso. Al mar tengo que agradecerle el ser lo que ahora soy, el haber adquirido una gota de la sabiduría salada que atesora: fresca, peligrosa, agitada o amarga. Porque, si es cierto que se permanece joven a base de mantener el apetito por el conocimiento, aprender del mar puede llegar a ofrecer uno de los más suculentos banquetes. Alimentándonos cada día, cada año, cada minuto; dejando crecer el cosquilleo constante de la intriga, entre inspiración y expiración.
No hay profesión más hermosa que la de marino. Exige dominar tantos campos que acabas por mirar al mundo de frente, tanto en la cresta de las grandes olas como en las encalmadas tórridas y desesperantes. Se tiene tiempo, se tiene espacio, se tiene necesidad. El mar no tolera la procrastinación; el deber se cumple sin demora. La pereza, la ignorancia y la mala suerte son las diosas que gobiernan los naufragios y mantienen a los pecios en los fondos oceánicos.
Un capitán debe saber física y matemáticas, ¿cómo si no calcularía la estiba de la carga, el equilibrio en los temporales o el rumbo en la navegación? Es cierto que la electrónica y la constante conexión a internet han banalizado estas materias, pero el saber es interesante por sí mismo, no solo porque valga por su utilidad cotidiana. De otra manera, acabaríamos viviendo como los pollos de granja: comer, crecer, reproducirse y morir.
Yo disfruté con los triángulos esféricos, a base de hartarme de dibujar esferas celestes de colores, con estrellas incrustadas y observadores curiosos atrapados en su centro como una mosca en una botella. Alguien argumentará que dichos conocimientos están obsoletos y no sirven para nada porque existe el GPS. Es posible, pero, creo que ni los Padrinos de Coppola ni Con faldas y a lo loco de Billy Wilder habrían existido sin la lectura de las tragedias griegas o las comedias de Aristófanes.
Un capitán se apasiona con la meteorología y sus predicciones, con las nubes, las corrientes y los estudios de Humboldt. Hay una frase recurrente que se oye entre los patrones primerizos: “El parte meteorológico falla más que una escopeta de feria”. Aludiendo a que el viento no sopló cuando le anunciaron que lo haría, ni con la fuerza o la dirección que se esperaba.
Los pronósticos que ahora utilizamos se sustentan en modelos numéricos, basados en la teoría del caos y en el análisis de millones de datos meteorológicos que nos mandan los satélites. Son máquinas, sin corazón ni sentimientos. Un buen navegante debe ser consciente de cuáles son las condiciones locales, cómo es la orografía de la zona, si se encuentra a barlovento o sotavento de una costa aplacerada o acantilada, quién era Bernoulli y por qué los vientos rolan en los contornos del litoral. No es casualidad que, en las regatas de veleros, suelen ganar siempre los patrones locales y pocas veces los forasteros.
Un marino tiene que conocer y seguir al detalle los procedimientos radiotelefónicos, diseñados únicamente para entendernos a pesar de interferencias y cortes de recepción. No solo es de mal gusto, sino peligroso, coger el micrófono de la radio y hablar como si conversáramos con un amigo. Saber idiomas es recomendable: unos para comunicarse, otros para pedir en los bares y algunos, incluso para pelearse.
Los estudios de la marina mercante requieren aprender de leyes y reglamentos, para no infringir normas ni poner en riesgo la seguridad.
Un caso tristemente célebre fue la colisión, en 1956, entre el transatlántico italiano de lujo Andrea Doria y el barco de pasajeros sueco Stockholm, frente a las costas de Massachussets, en un día de niebla cerrada. Ambos buques estuvieron vigilándose en las pantallas del radar y realizando cálculos cinemáticos para evitar una aproximación peligrosa. Sin embargo, una serie de desafortunadas maniobras y respuestas ambiguas por ambas partes dio como resultado la colisión fatal; el barco sueco embistió al italiano por su costado, causándole el hundimiento y 46 víctimas mortales. Fue a raíz de este penoso accidente cuando se creó y redactó el reglamento internacional para la previsión de abordajes (RIPA), donde se detallan con exactitud las prioridades, preferencias de paso y las maniobras de seguridad. Su conocimiento y cumplimiento son obligatorios; sin embargo, si preguntas a muchos navegantes, te dirán que les suena… pero que ya lo han olvidado.
Pobre de aquel marino que no se excite planeando complicadas maniobras de amarre y aprendiendo de sus propios errores. Si hay una frase que detesto por encima de cualquier otra es esa de: mi barco va donde quiere él, no donde yo le mando. Como si fuera un perro arisco e indisciplinado que orina en el primer árbol que encuentra y no en el pipican. Quien la pronuncia no ha prestado ni una pizca de atención a las virtudes y defectos de su nave para utilizarlas en su provecho y deleitarse con su comportamiento en el atraque.
También es valioso comprender el faenar de otros tipos de barcos, como pesqueros, dragas, remolcadores o gabarras. No hace falta dedicarse a la pesca de la sardina para prever lo que hará el patrón de un barco trabajando al cerco y anticipar cuál va ser su maniobra para evitarlo.
Los navegantes de veleros están obligados a apasionarse con la hidrodinámica y la sustentación de los perfiles. A saber que Eiffel no solo diseñó una torre. A exprimir los vientos con el correcto trimado de sus velas y aparejos, para sacar los mejores rendimientos. Cualquier velero avanza sin necesidad de finuras ni comprobaciones, como avanzan los barcos de papel infantiles o los flotadores de playa, pero un barco mal trimado y mal aparejado es basura marina derivando con las corrientes, una vergüenza para quien lo manda y una asquerosidad para quien lo contempla.
Para los marinos solitarios, o con escasa tripulación, es ineludible saber de mecánica, electricidad, carpintería, pintura, corte y confección, zurcido en alta mar y, por supuesto, cocina.
Reparar las velas es una labor tediosa e inacabable, sobre todo cuando apremia el tiempo. Desde el momento que detectas el desgarro hasta que consigues arriar la vela, pueden pasar preciosos minutos y el siete se convierte en rifadura ante tus manos torpes y lentas. Coser y coser, al pairo, balanceados por las olas, sin poder moverte del asiento, aprisionado por el inmenso tejido rígido que no abarcan los brazos, con el rempujo en una mano y la aguja en la otra.
Recuerdo una travesía en el Atlántico en que la sesión de costura fue el leitmotiv de nuestra existencia. Una vela mayor envejecida y sin recambio, no dejaba otra alternativa que remendar, intentando no taladrarte las carnes con cada cabezada del barco.
Y en cuanto a la cocina, suele suceder que, cuando rindes viaje, quedan escasos víveres comestibles a bordo. Es el momento de agudizar el ingenio y recoger de los armarios cualquier elemento susceptible de ser hervido y condimentado con ajo, especias y aceite. Gastronomía primitiva y primordial. Por este mismo motivo, un buen marino es un excelente zahorí de las mejores tabernas portuarias.
El marino sabe gestionar la soledad. La del mando y la de la mar callada. Y con los años no será raro verlo hablar con su sombra ni rehuir multitudes. Vivir en un medio excluido, aislado, bello e ingobernable crea la ilusión de un universo particular, libre de contaminaciones. Los horrores humanos quedan varados allá lejos, en la orilla de las vanidades naufragadas. Pero tiene que diferenciar muy bien de lo que es realidad o ficción, o incluso alucinaciones, cuando el cansancio embota la mente.
Para las regatas de vuelta al mundo de veleros en solitario, los participantes se entrenan durmiendo cortos periodos de tiempo e intentando descansar lo suficiente durante estos pequeños intervalos. El cansancio y la falta de sueño se van acumulando y acaban produciendo visiones de gatos de colores, espíritus o monstruos. La prueba ronda el límite de la resistencia física de un ser humano y también de la locura. Aunque antes de dar el bocinazo de salida, estos navegantes ya están chiflados de remate, solo por atreverse a participar.
El marino aprende geografía e historia cuando viaja. Escucha a los que saben y sedimenta en sus meditaciones ante la monotonía de las olas.
La geografía se aprende a base de estudiar derroteros y cartas, mapas topográficos y todo tipo de información que te permita recalar con seguridad tras las travesías. Esos cabos de nombres imposibles que aprendíamos de memoria en el colegio toman una dimensión familiar cuando los doblas o cuando, a lo lejos, vislumbras la luz guía de sus faros. Intuir el primer destello de un faro es excitante para las tripulaciones y un contacto fugaz con la tierra firme. Doblar un cabo, como un pulso entre titanes, implica esfuerzo y concentración. Se percibe el sufrimiento y la batalla contra sus vientos acelerados. Y cuando por fin se deja por la popa, su nombre se hace difícil de olvidar.
Cuando llegué a Grecia por primera vez —hace ahora ya la friolera de 35 años— me propuse estudiar su idioma; por curiosidad, por respeto, por necesidad de trato cercano y por hacerle un feo a los soberbios angloparlantes. La terminología marina tiene sus ancestros en una lengua que se hablaba en el Mediterráneo hace milenios.
El griego es un idioma sabio en sí mismo, que te lleva de la mano por la historia, la mitología, la filosofía, la astronomía, la meteorología o cualquier vertiente relacionada con el mar; en una aventura inacabable de necesidad de saber más cuanto más sabes. Gracias a esa inquietud que despertó en mí el país y su lengua decidí abrir el blog de “navegandoporgrecia” y posteriormente escribí mi primer libro: «Mil viajes a Ítaca«. Un compendio de travesías, retornos, encuentros y pérdidas por los pasillos de esa gran biblioteca de la curiosidad.
Aprendí que en la bóveda celeste están representadas todas las partes de una nave: la popa, la carena, el compás o el timón del Argos de Jasón. Y que los galeones y las galeras tomaban su nombre del griego «galeos», un tiburón conocido en español como cazón, por comparación con los movimientos rápidos y resueltos del pez, que se atribuían también a las ágiles galeras.
Conocí las interesantes historias que hay detrás de los vientos y que las estrellas son las Scherezades de las mil y una noches de nuestras guardias. Así nació mi segundo libro: “Navegando por el cielo. Cuentos de dioses y estrellas.”
Siempre preferí la palabra marino, o marina en mi caso, a la de navegante. Un navegante, en la acepción estricta de la palabra, es la persona encargada de planificar y dirigir el rumbo de una embarcación, calculando su posición y cuidando la seguridad. Por lo tanto, un navegante deja de serlo cuando desembarca en puerto. Un marino lo es para siempre.
Aunque a veces me desoriento por los corredores y galerías, vuelvo a encontrar el camino para emocionarme con lo que aprenderé mañana si de nuevo miro al mar. Y si ahora esto os cuento, es por gratitud con este medio y esta profesión que te obliga a esforzarte en estudiar cosas diversas, a convertir la vida en un lugar interesante y a no lamentarte porque tu piel se arrugue con el salitre o tus manos sean como trapos viejos. Y también para comentaros que está en marcha un tercer libro, que saldrá en noviembre y que, como es habitual en mí, tendrá el mar como telón de fondo.
Mientras tengamos horizonte, los marinos podemos bajar las estrellas.
Ο καθένας άνθρωπος μοιάζει με καράβι
που θαλασσοδέρνεται βράδυ και πρωί
κι ο βαρύς ο πόνος του το κορμί του σκάβει
ώσπου το λιμάνι του κάποτε θα βρει.
Είμαι κι εγώ ένα καράβι τσακισμένο
κι από σένα λίγη αγάπη περιμένω.
Στη μεγάλη θάλασσα που ζωή τη λέμε
μας χτυπούν τα βάσανα με απανθρωπιά.
Στη μεγάλη θάλασσα κάθε μέρα κλαίμε,
όμως υπομένουμε, μα ως πότε πια.
Cada hombre se parece a un barco
que es azotado por el mar noche y día,
y su pesado dolor va excavando su cuerpo
hasta que alguna vez encuentre su puerto.
También yo soy un barco destrozado,
y de ti espero un poco de amor.
En el gran mar, al que llamamos vida,
nos golpean las penas con deshumanización.
En el gran mar cada día lloramos,
pero soportamos… mas ¿hasta cuándo?

una gozada de articulo,nacido de las entrañas de tus vivencias y muy bien escrito,esperaremos el libro sabiendo de antemano que sera uno para conservar.un fuerte abrazo
Gracias, Antonio. Ya os iré anunciando. De momento, la editorial me pide discreción, pero seréis los primeros en saberlo. Saldrá hacia noviembre.
Un abrazo
Excelente.
Viniendo de John Silver es todo un piropo. Muchas gracias John.
Un abrazo
Hola Anuska. He leído tu entrada después de haber realizado una larga travesía, y ha sido como leer la receta después de haberte comido un suculento y rico plato. Me ha sabido mejor. No sé si a mí el mar me ha hecho un poco más sabio (que lo tiene difícil) pero sí más tranquilo y más observador. Me ha domesticado la soberbia y ha fortalecido mi paciencia. Y me ha enseñado a aguantarme, que ya es bastante.
Qué ganas lo de tu próximo libro. Ya nos avisarás para comprarlo.
Un besito gordísimo desde Menorca para los dos.
VIRIATO
Sí, sí, esa se me ha olvidado: aprendes humildad a raudales.
Se me han quedado algunas en el tintero como: oratoria verdulera, tacos multilingües y hasta lucha libre; muy de moda en los puertos en verano. Son la cara poco amable de la profesión.
Bienvenido a España. Aquí te espera Penélope para echarte un buen responso por tu tardanza. Échale las culpas a La Maga; como Ulises con la hechicera Circe.
Un regalo leerte, por que compartas con pasión todo lo que significa ser marino/marina.
Un abrazo enorme Ana, a la espera de tu tercer libro
compartir tu pasión por la,nav
En vosotros pensaba justamente cuando escribía esta entrada. La cantidad de anécdotas e historias que os ha regalado el mar. Podríais escribir la Odisea cien veces.
Un abrazo a todos los marinos de la Roqueta
Mil gracias Ana,
un regalo volver a leerte,
un regalo tu pasión por la mar y el oficio de marino/marina.
Buen viento y un enorme abrazo a la espera del tercer libro
Eres una mujer afortunada porque eres un marino( a) de los pies a la cabeza, sobre todo de las entrañas y el corazón, mente clara y mirada puesta siempre en el horizonte, qué más se puede pedir a la vida? Un poco de amor, como dice esa canción que leo una y otra vez en griego a ver si ya empiezo a aprenderlo de una vez!!! Muy hermoso, ganas de que llegue noviembre, mientras tanto sigo navegando contigo por esos mil viajes de Ítaca!
» Cíclopes, anclas feroces
que nos amarran a tierra
sogas de luz
que hienden la oscuridad
con su ojo airado
la tenacidad del faro
alumbrando el camino
la constancia del farero
aguardando a su náufrago
El ansia del marino ( ese cambio es en tu honor)
la certeza del alba
Todo consiste en atreversea abandonar
la engañosa segurida de la cueva
desafíar al Cíclope que nos guarda
y hacernos de nuevo a la mar» ( No todos volvimos de Troya)
Tú consigues que nos hagamos a la mar en cada una de tus entradas, gracias mil!
Curiosamente, los griegos nunca fueron buenos marinos. Eran los minoicos y los fenicios los que tenían fama de buenos navegantes. Los griegos solían contratar fenicios como pilotos de sus trirremes.
Y luego estaba Piteas, que en el S. IV a.C. llegó casi hasta el polo norte, pero nadie le creyó. Y, sin embargo, todavía siguen discutiendo por donde pasó el tramposo y mentiroso de Ulises.
¡Unos crían la fama y otros cardan la lana!
Un abrazo
Lo que pasa es que tu además de marino eres poeta, difícil conciliación a menos que tengas el privilegio de saber ejercer una u otra profesión a voluntad. El pragmatismo de un marino tiene su belleza cuando uno (o una) sabe contarlo, pero es que tu no solo relatas, también recitas. Espero con ansia esa nueva entrega anunciada.
No, poeta es otro oficio, con sus reglas y sus normas. Yo soy más bien pluma libre, la poesía me viene muy grande. Pero sí que es verdad que la navegación dio grandes poetas y escritores: Conrad, London, Stevenson, Karkabitsas, Kavvadías… El mar deja muchas pistas para reflexionar.
Un abrazo, Alvaro
Me ha encantado, miraré la mar de otra manera, como un simple grumete.
Enhorabuena
Una buena tripulación hace bueno al mal capitán, y viceversa. Los grumetes son gente importante y algunos acaban ejerciendo de pilotos o capitanes.
Un saludo, Jesús.
«Un navegante, en la acepción estricta de la palabra, es la persona encargada de planificar y dirigir el rumbo de una embarcación, calculando su posición y cuidando la seguridad. Por lo tanto, un navegante deja de serlo cuando desembarca en puerto. Un marino lo es para siempre.»
Gran verdad Anuska… Y posiblemente por ello, «los otros» acaben «odiándonos», porque aún en tierra, nos acaba saliendo lo de «marear» por los poros.
Hay muchos navegantes vacacionales que se meten con los marinos profesionales, posiblemente porque no saben ni la décima parte de lo que hay que saber. El primer capítulo del libro que yo les haría estudiar es el que trata sobre el ridículo que hacen todos aquellos que van de sobrados por la cubierta de un barco.
Un abrazo
Y ya sabes… «No solo de macarrones vive el marino» , la frasecica dichosa es mía, aunque copiada de una novela «de aeropuerto» que leí hace muchos años («No solo de caviar vive el hombre»), y que he utilizado varias veces en entradas de mi propio blog.
Sí, y de sabrosos espaguetti al suco di mandorla revenida con salsa de soja petrificada. Son muy socorridos.
Bueno, siempre es mejor que disputarse el último trozo de tasajo de los galeones.
De acuerdo en todo. Sólo añadir que a navegar se aprendre navegando como patrón y sintiendo la responsabilidad y a veces la soledad, a pesar de ir acompañado. Es como aprender a nadar, no basta con mirar a otros cómo nadan, has de luchar tú para sustentarse en el agua, sin la ayuda de nada ni de nadie.
Tienes toda la razón, es una de las profesiones en las que la experiencia es lo más valorado. Por eso, en las titulaciones profesionales te exigen años de embarque certificado, para poder ir escalando en atribuciones ¿Te imaginas un neurocirujano recién salido de la universidad?
Pero, yo siempre añado que «leer de los que saben» es un requisito ineludible para ser un buen marino. La mayoría de los navegantes deportivos creen que con lo estudiado para el título y cuatro maniobras ya vale. Pero es la eterna discusión. Y yo, como mujer marina, he tenido que entrenar un carácter especial para bregar por esas aguas sin perder la compostura.
Gracias Joaquím por pasarte por aquí y por tu oportuno comentario.
Qué razón tienes en lo que dices. Hay muchos que se creen «alguien» (marino, navegante, músico, maestro, médico…) sin serlo. Miles de «expertos» en todas las ramas del saber, pero en el fondo no tienen ni idea de nada. Es el sino de estos tiempos. Menos mal que aún queda gente como tú. Espero con impaciencia el próximo libro, que disfrutaré a tope, al igual que los anteriores.
Ya sabes que el mundo está lleno de epidemiólogos, árbitros de futbol, bomberos, profesores, psicólogos, politólogos y especialistas en preguntarle sus cuitas a la IA.
Antes estaban restringidos a los bares, ahora, te conectas a internet y “salen”, como diría el visionario de Forges. En este campo del mar, y por ser mujer, me las he tenido que tragar dobladas. Algunos me dicen: «tienes carácter, no te achantas». ¿Como podría ser de otra manera?, les contesto.
Gracias, María, στο καλό να πάμε.
Gracias Ana por tus escritos. Su cadencia me recuerda la de aquellos faros que tanto anhelamos vislumbrar en la oscuridad para asegurar nuestra recalada. ¡Buena proa!
Qué generosa comparación, Miguel Félix. El primer destello de un faro en el horizonte es una descarga de alegría en las noches de cansancio, la conexión con el mundo que existe más allá de la regala del barco. A veces parece hasta magia.
Buena proa y buena mar
Apreciada Ana: esto ya es pura poesia de una belleza excepcional. Que disfrute leerlo y releerlo!!!!
Un abrazo
Muy agradecida, Paco. Creo que la poesía tiene más que ver con la música que con la literatura; los silencios y las pausas son tan importantes como las palabras. Un oficio grande el de los poetas, y poco gratificado. Yo escribo y escribo, pero de poeta tengo poco. En otra vida lo intentaré.
Un abrazo
Hay muchos doctores con sus respectivas tesis con menos conocimientos que tu en tu velero. Admirable: Que sigas naveganto a tu aire por los años que tu guiera.
Pues que los hados te oigan y pueda seguir navegando y aprendiendo. Eso es lo importante. Gracia Jl por pasar por aquí y hacernos compañia.
Me gusta mucho lo que cuentas y como lo escribes.Has conseguido que nos encante navegar y que nos guste Grecia como referencia náutica.
Si necesitas cocinera experta en limpieza de cámaras cuenta conmigo.Para coser velas no me veo capacitada aunque en ciertas situaciones todo puede suceder.
Tenemos ganas de veros y de leer tu próximo libro.Un beso
Pues hace tiempo que comentábamos lo de ir a veros a Santander. Maru Bernal, que ha escrito un comentario y un poema suyo más arriba, también vive por allí, en Cabezón de la sal. Si me localizáis una librería donde se pueda hacer una presentación, le diría a la editorial que se ponga en contacto.
Así tendríamos una disculpa ineludible de reírnos juntos un rato de nuevo.
Un besazo
Hablamos con Gil,que es la libreria donde presentó Juanjo su libro e intentamos concretar fechas.Además tenéis alojamiento en la misma plaza.
Estupendo. Hablaremos por privado cuando salga a la venta en noviembre. Qué ilusión que nos volvamos a ver.
Gracias, Ana, por tan emotiva, didáctica y sabia entrada; espero, con impaciencia, la aparición de tu tercer libro. Adelante
Un abrazo
Pronto daré más noticias. De momento, la editorial me mantiene bajo secreto de sumario. Ya sabes, solo puedo hablar en presencia de mi abogado. Pero, me muero de ganas de confesar.
Un abrazo, Carlos
Estoy en tierra y por tanto procastino, que es mi tendencia natural y por eso llego tarde a tu último artículo; pero no dejo de rastrear tu derrota como en mis primeros tiempos de marino novato (ahí continúo) siguiendo la estela de La Maga con mi Lunero por eso mares baleares (hace ya tanto…).
Gracias «Maestra de Marinos», nos vemos pronto y esperamos tu libro con fruición.
Las estelas de La Maga son muy entrañables para mucha gente que ha pisado su cubierta. Ahora ya me retiro, no de navegar, pero sí de trabajar. Me lo he merecido.
Claro que nos veremos cuando vaya a Madrid. Ya Hablamos.
Mañana viene Viriato por aquí, el rico en ardides.
Besos
Suscribo las letras y el espíritu del artículo. Después de muchos años trimando velas por esos mundos de Dios, unos cuantos por Grecia, no dejo de asombrarme con las emociones y el aprendizaje marinos. Toda una escuela de sabiduría invisible, humildad y belleza delicada. Brindo por el mar y los marinos.
Brindemos por los buenos momentos que nos da el mar y traguémonos los amargos, porque forman parte del juego.
Un saludo
José