La serendipidad de unos boquerones

Andaba yo escribiendo un libro fantasioso sobre la rebelión de los seres marinos cuando, de repente ciertas cosas empezaron a transformarse en la realidad. Imagino que esta experiencia le ha debido pasar a muchos escritores de ficción. La casualidad, o como queramos llamar al genio de lo sorprendente, sale de su botella y nos deja pasmados, rascándonos la cabeza, examinando las elucubraciones de nuestros propios cerebros y comparándolas con el mundo real. Es posible que la casualidad no exista y que seamos nosotros mismos los que, al conectar con el entorno, creemos circunstancias coincidentes. Lo que si existe es la serendipidad, algo así como encontrar las gafas perdidas hace un año, cuando realmente, ahora, buscabas las llaves.

Una serendipia es un inesperado hallazgo que surge sin buscarlo, de forma accidental. Y la serendipidad es la acción de reconocer esa insospechada solución, escondida entre los pliegues de la obviedad. La palabra es fabricada, tomada del inglés y hace referencia a un cuento tradicional persa.

Hace mucho tiempo, vivió en Serendip, en el Lejano Oriente, un poderoso rey que tenía tres hijos. Les dio la más exquisita educación para que adquirieran las virtudes necesarias de un príncipe, pero pensó que su sabiduría no serviría de nada hasta que no viajaran y conocieran pueblos diversos y diferentes al suyo. Emprendieron los tres un largo viaje iniciático.

En su camino se toparon con las huellas de un camello. Observándolas, dedujeron que el animal estaba cojo, tuerto y mellado, que llevaba a cuestas una mujer encinta y acarreaba miel en una alforja y mantequilla en la otra. Poco después, apareció un mercader que había perdido un camello, les preguntó por él, y ante la respuesta tan detallada de los tres príncipes, les acusó de habérselo robado. Los príncipes fueron llevados a presencia del emperador. Este les preguntó cómo habían adivinado con esa exactitud tantas cosas sobre el camello sin haberlo visto de cerca. Los hermanos así se expresaron: «el camello había comido hierba del lado del camino en que esta era menos verde, así que debía haber sido ciego de un ojo. Había a lo largo del recorrido montoncitos de hierba masticada, del tamaño del diente de un camello, que debieron caer por el hueco del diente que le faltaba a éste. Las huellas mostraban que arrastraba una pata, así que debía de ser cojo. Había hormigas en un lado del camino, atraídas por la mantequilla derretida, y moscas en el otro, comiendo la miel derramada. Junto a las huellas del lugar en que el camello se había arrodillado, estaban las de unos pies y, junto a ellos, orina de una mujer. Había también huellas de manos, por lo que supusieron que la mujer estaba embarazada y tuvo que apoyarse en sus manos al orinar».
Afortunadamente el camello tuerto, cojo y mellado fue encontrado y restituido a su dueño. Los hermanos fueron liberados y colmados de honores por su sagacidad.

La historia de la perspicacia de los hermanos se hizo famosa gracias a Voltaire, quien la usó en su entretenido libro de cuentos: Zadig o el destino. Como los derechos de autor han caducado, me permito poner un enlace para el que quiera leerlo estas Navidades. Es realmente agradable. Leer Zadig o el destino

Me costó un poco encontrarlo. Buscando en Google, al poner palabras como «Voltaire» y «Zadig»,  las diez primeras páginas estaban dedicadas a una marca de moda y perfumes; ningún resultado relacionado con el famoso escritor y su novela. Al principio me molestó, pero luego pensé que aquello era un buen ejemplo de serendipidad: alguien que decidiera comprar un caro bolso y acabara descubriendo el Zadig de Voltaire; un hallazgo mucho más hermoso que un capazo de plástico con hebillas doradas.

Pero volvamos a mi pequeño viaje. Este año ha sido anómalo en muchos sentidos. Aunque hay algo que me ha dejado un agradable sabor entre tanta desazón: he aprendido que muchas de las cosas buenas que nos suceden pasan a nuestro lado sin percatarnos y debemos prestar más atención, porque son únicas e irrepetibles. Así que cuando sientes la serendipidad de haber encontrado algo sorprendente entre los momentos de zozobra, te sientes triplemente dichoso.

Acabábamos de soportar un ciclón, un medicane. Desgraciadamente era un fenómeno raro pero que en los últimos años no lo ha sido tanto. Destruyó la bella Cefalonia, asoló Zante y dejó maltrecha a mi querida Itaca. Después de un año de imprevistos, pandemias, huracanes y amenazas diversas de meteoritos, decidimos que a veces es mejor dejarse llevar por los acontecimientos y no emperrarse en ir a ningún sitio, sino que los sitios se presenten ante ti. Cuando te relajas, conformado a tu suerte, es el momento para que ocurran cosas serendipidas; es posible que no se diga así, pero al fin y al cabo es una palabra inventada y yo me aprovecho del invento.

El huracán pasó, pero el tiempo se quedó, eso sí, con esa inestabilidad que dejan las grandes borrascas. Es la inercia de la atmosfera, que en verano es terca, bonancible y estable hasta que alguien le saque de su letargo estival. Cuando se cuela el mal tiempo, hay que armarse de paciencia para dejarlo pasar, porque se acomoda y se apoltrona como un huésped pelma. Llovía a mares. Llovía como solo el Jónico sabe llover cuando se entusiasma. Caían las cascadas de agua empujando lodos y piedras, depositándolas en el fondo del mar. Parecía que la tierra tuviera ganas de borrar las huellas molestas y dejarlo todo raso y nuevo. Entre chaparrón y chaparrón, entreverados entre nubes densas, lucían Júpiter y Saturno en su cíclico baile de salón, ahora más cerca que nunca. Algunas estrellas guiñaban sus ojos en los claros. Volvía a llover. Y los nubarrones corrían como pollos si cabeza, arrastrando truenos que relamían las montañas. Se iluminaban los montes como el laboratorio del Doctor Frankenstein. Y yo esperaba ver la resurrección del famoso monstruo de Mary Reilly entre las copas de los cipreses. No sucedió nada de eso, pero acaecieron otros hechos.

Ya era bien entrada la noche cuando oímos un fuerte rugido en el casco, como si hubiéramos encallado. Salí fuera y el sonido cesó; el barco permanecía quieto en su fondeo. Pensé que quizás había sido un terremoto. Esta zona tiene gran actividad sísmica y normalmente los movimientos van acompañados por un retemblar de la cadena del ancla. No le dimos mayor importancia y nos fuimos a dormir. Transcurrió una hora, aproximadamente, y volvimos a sentir que algo raspaba los fondos del barco. Cada vez que nos asomábamos cesaba el rumor. Ya era muy de madrugada cuando, entre la lluvia, la luna apareció en un instante de serenidad y devolvió mil reflejos plateados en el agua que parecía hervir como una marmita. El ruido había vuelto a despertarnos y salimos de la cama somnolientos. La lancha auxiliar que utilizamos para desembarcar bullía también, llena de pequeños seres que daban bocanadas de desespero y saltaban con exasperados coletazos. Se agolpaban en el agua acumulada y movían sus agallas, intentado buscar la sal que dejaron en el mar y que el agua de la sosa lluvia no les proporcionaba. A la mañana siguiente encontramos un buen puñado de boquerones flotando en la barca.

Ya sé que muchos pensarán que no es un hecho muy insólito, que los bancos de pequeños peces, perseguidos por grandes depredadores, saltan a ciegas buscando salvación. Aunque, en este caso, el salto debía constituir un esfuerzo considerable para su tamaño. Bien, los freímos y ya está.

A la noche siguiente se volvió a repetir el fenómeno. E incluso otra y otra más. Nos levantábamos por la mañana y encontrábamos la barca llena de peces, cada vez más numerosos, cada vez mas limpios y plateados. Y lo más sorprendente es que cuando oíamos el rumor del roce en el fondo del barco y salíamos como una flecha a observar el prodigio, todo parecía calmarse. Como si el mar estuviera jugando al escondite. Lluvia, peces, nubes. Peces, lluvia, nubes. ¡A qué no me pillas!

Los grajos se acostumbraron a apostarse frente al barco cada mañana, esperando nuestro descuido. Y graznaban como poseídos cuando empezaba la lluvia. Pero en vez de iniciar sus rafias al unísono, se peleaban entre ellos, propinándose encarnizados picotazos. Con lo cual todos, menos uno, se espantaron. A este último lo espanté yo.

Un día apareció una gran tortuga, levantando su cabeza entre las matas de lentisco que se inclinan sobre la playa. Era tan grande que parecía un buceador. Cuando elevó su coraza, la vi plagada de lapas de gran tamaño, como si fueran volcanes a punto de erupción, y ella, una cordillera a la deriva. Pensé: «ya está, esta es la culpable de todo el barullo nocturno; viene a devorar a los pececillos». Pero las tortugas son lentas para los rápidos boquerones. No, no podía ser ella. La vi pasearse con solemnidad, alargando el cuello sobre la superficie cristalina del mar en calma, creando un surco sinuoso en el agua. Luego se zambulló dejando dibujos con forma de eses, que se quedaron flotando y desvaneciéndose, haciéndose cada vez más y más amplios.

Otra mañana vi a lo lejos una foca. Descansaba sobre una piedra y me miraba con recelo. Ahí sí que estaba la autora de la cacería nocturna. Me acerqué con un boquerón en la mano. Me miró con indiferencia, con sus ojos saltones, y se lanzó al agua sin interés. Es posible que le gustaran las piezas más grandes, no era animal de pequeños bocados.

Pensé que aquella difícil pandemia que nos había tocado sufrir tenía una parte positiva: en nuestra ausencia, el mar había sido capaz de sanarse un poco y los animales se atrevían a mostrarse al descubierto. La vida es difícil, pero afortunadamente, también es difícil acabar con la vida.

Había una barca de pesca amarrada en las cercanías. El dueño venía con un par de pulpos por las mañanas, los golpeaba y los limpiaba en las piedras de la orilla, pero no le veía recoger boquerones.

–¿Ha encontrado pescado dentro de la barca estos días? – Negó con la cabeza sonriendo.
–Pues yo encuentro la mía todas las mañanas llena. –Silencio. Decidí pincharle un poco más. –¿Qué les obligará a saltar por la noche?
–Buscan un mundo mejor. Cuando llueve de forma torrencial, no son capaces de ver al otro lado del espejo. La lluvia enturbia la superficie. Seguro que saltan en los claros, porque ven el cielo limpio y quieren contemplar la luna.
–Pero, a su barca no saltan.
–Quizás solo saltan a la tuya porque tu quieres que lo hagan.

Se fue y me dejó con la palabra en la boca. Al principio pensé no haberle entendido bien. Pero, ¿Y si tenía razón? Este mundo es tan extraño que hasta la piedra más firme se acaba moviendo. Igual saltaban porque yo les había hecho saltar en mi imaginación, porque el mundo fingido es tan importante como el que vivimos y sentimos como real.
Aquella solución me dejó una sensación dichosa; no solo por la casualidad de vivir lo escrito en mi libro, sino porque había encontrado la respuesta a una pregunta que me hacía últimamente: ¿Por qué sigo año tras año con esta bitácora? Porque la serendipidad te deja regalos escondidos en los textos de otros y, cuando buscas, siempre encuentras historias que te generaran más preguntas para construir nuevas historias, como la gemación de una hidra. Si le damos tiempo acabaremos viendo que el circulo se puede cerrar y lo real se junta con lo soñado; como la conjunción de Júpiter y Saturno que ahora mismo observamos al crepúsculo.

Mi deseo para todos es que no os sintáis infelices en estas Navidades fuera de lo común, sino que estéis atentos; en cualquier momento podéis encontrar algo que no buscabais. Como el Zadig de Voltaire que ahora os regalo.

Ανοιχτά παίζει η σαρδέλα,
έλα καπετάνιο, έλα, να καλάρουμε,
μια και είμαστε μπατίρια, να ρεφάρουμε,
έλα καπετάνιο, έλα, να καλάρουμε.

Μπρος παιδιά μεσ’ στο καΐκι,
ο μικρός να δέσει κάβο, έξω στη στεριά,
η ψαριά είναι μεγάλη, κάργα τα κουπιά,
έλα καπετάνιο, έλα, να ρεφάρουμε.

Φίσκα είν’ ο σάκος μέσα,
έλα καπετάνιο, δέσ’ τα, να σαλπάρουμε,
πάμε τώρα στον Περαία, να φουντάρουμε,
έλα καπετάνιο, έλα και ρεφάρουμε.

Πάμε τώρα στον Περαία, να φουντάρουμε,
έλα καπετάνιο, έλα και ρεφάρουμε

En el mar anda la sardina
Venga, capitán, venga, a calar las artes
que estamos secos y nos recuperaremos.
Venga, capitán, venga, a calar las artes.

Adelante, chicos, dentro del caique
el chaval que amarre el cabo, salgamos,
la pesquera es grande, prestos los remos.
Venga, capitán, venga, a recuperarnos.

El saco está repleto
Venga, capitán, venga, amárralos para zarpar,
vamos ahora al Pireo a saltar por la borda
Venga, capitán, venga, a recuperarnos.

Vamos ahora al Pireo a saltar por la borda
Venga, capitán, venga, a recuperarnos.

17 comentarios en «La serendipidad de unos boquerones»

    1. Hay algunas colonias por el Jónico, no solo en Strofades, de hecho allí no he visto nunca. El problema es que son huidizas y cuando hay mucho barco se esconden. Pero hay una pareja en Formikula, que a veces sale a jugar con los bañistas. Yo las he visto en numerosas ocasiones, pero nunca tan cerca como este año.
      Un saludo, Joaquím.
      Se me olvidaba contestar a tu pregunta: estábamos en Meganisi

      Un abrazo

  1. Hola Anuska. Muchas veces te he comentado que intento no repetirme en mis respuestas chorras a tu blog, aportar algo más qué el “ que bien me escribes puñetera“, pero, tras leerte, no me dejas otro camino… iQué suerte la de los boquerones de ser merecedores de tu pluma!. Chapo compañera. Me ha encantado el artículo. No conocía la historia de los tres príncipes serendipios, y me alucina tus problemas con los boquerones. Me encantaría hacerlo mío. Ríete tú de los peces voladores en la travesía del Atlántico. levantarte por la mañana y ya tener solucionado el segundo plato. iCon lo que nos cuesta algunos pescar algo más serio que unos plásticos al Curricán! Me gusta tu frase:”La vida es difícil, pero afortunadamente, también es difícil acabar con la vida”. Me encantaría suscribirla, pero tal como estamos cuidando los mares y depredándolos, los próximos boquerones que te van a aparecer en el anexo van a ser con la bolsa integrada.
    Espero que paséis unas felices fiestas, y que el año entrante nos permita vernos con cierta regularidad. Tampoco pido tanto.
    Cuidaros mucho que tenemos muchas navegaciones que hacer por delante.
    Mil besos VIRIATO

    1. Realmente este verano ha sido especial, el mar parecía haber recuperado su juventud. Con lo que se demuestra que nuestra presencia masiva es la causante de muchos males y que cuando se ponen las cosas difíciles solo viajan los intrépidos y a los que realmente les gusta. Este verano había que currarselo mucho para llegar hasta Grecia, y eso no interesa a la mayoría, que lo quiere todo organizado y sin sobresaltos. Pero ya sabes, en cuanto abran la puerta otra vez, se volverá a llenar todo de barcos, turistas, etc…
      Pero para paellas estamos siempre dispuestos 🙂
      Besos y buenas proas

  2. Hola Ana: No recuerdo bien como apareciste con tus escritos en mi computadora, (serindipidad?)pero fué solo un instante el sentirme hermanado por los mismos sentimientos, Grecia y el mar… no conozco Grecia lamentablemente, estuve en Italia, España y Portugal, es una deuda que tengo pero viajo imaginariamente a traves de tus relatos tan llenos de vida, y también navego un poco… de niño quería ser marinero, quizas reminiscencias de mi abuelo pescador en Italia. Espero seguir disfrutando de tus hermosas historias, mientras tanto te envío un gran saludo desde Argentina.

    1. Hola Victor, bienvenido a esta bitácora. Me alegro mucho que los hados te hayan traído hasta aquí. Ya sabes que los griegos creían mucho en el destino. Será eso, qué los dioses del Olimpo nos agitan para luego dejarnos reposar y que nos juntemos.
      Un abrazo y felices momentos marinos para el año que viene.

  3. Apreciada Ana:
    Muchas gracias por regalarnos para acabar este año, oscuro como un largo túnel, con este relato tan fresco, vivo y bello. Que los vientos sean propicios en el próximo.
    Un abrazo y otro a Jesús
    Paco López

      1. Sabes Ana ? Hace muuuuuchos años navegando en la primera Maga Azul , salieron de repente y nos acompañaron durante un rato varios delfines con sus maravillosos saltos, es uno de los imborrables recuerdos de aquella travesia
        Feliz Año y besos para los dos⭐🐟

  4. Sabes Ana ? Hace muuuuuchos años navegando en la primera Maga Azul , salieron de repente y nos acompañaron durante un rato varios delfines con sus maravillosos saltos, es uno de los imborrables recuerdos de aquella travesia
    Feliz Año y besos para los dos⭐🐟

  5. Hasta hoy no he podido leerlo.
    Me encanta la serendipia, pero sobre todo el mar.
    Y tus relatos me transportan a él. Gracias!
    ¿Será serendipia que hace poco a un amigo que está allí le dió un pequeño mordisco una foca?
    Un abrazo desde tierra adentro soñando con el mar…

    1. Hola Eduardo. Eso del mordisco de la foca es preocupante, normalmente son muy asustadizas, igual se han coscado de que no somos tan poderosos como pretendemos. El mar esta muy cabreado esta noche, pero siempre hermoso. Esperemos que el temporal barra virus y malos humores.
      Un gran abrazo para ti.

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