La serpiente de la casa

En todas las eternidades
que a nuestro mundo precedieron,
¿cómo negar que ya existieron
planetas con humanidades;
y hubo Homeros que describieron
las primeras heroicidades,
y hubo Shakespeares que ahondar supieron
del alma en las profundidades?

Serpiente que muerdes tu cola,
inflexible círculo, bola
negra que giras sin cesar,
refrán monótono del mismo
canto, marea del abismo,
¿sois cuento de nunca acabar?
Amado Nervo

Existe un cuento popular sobre una serpiente que protegió a los habitantes de una casa durante un terremoto:
La señora Diamanto, aseaba su vivienda junto al rio para pasar el verano con sus hijos y nietos. Los niños, nada más llegar, se lanzaron sobre el columpio entusiasmados y los adultos se dirigieron a sus labores del campo. Al medio día una enorme serpiente entró por la puerta de la casa. El griterío de los chicos alertó a la abuela que acudió a protegerlos. El hijo de la señora Diamanto cogió una hoz y un palo y se dispuso a encontrar el escondrijo del maligno reptil, pero su madre le paró los pies y le dijo:

«Es de muy mal augurio matar a una serpiente en la casa, nos traerá años de mala suerte. Mejor quemamos azufre y una zapatilla vieja para espantarla.»

Así lo hicieron y la serpiente no se dejó ver en varios meses. Llegado el momento de la siega, una tarde luminosa y calmada, con el brillo de la mies flotando en el aire quieto, los niños dormitaban en la cocina. Apareció la serpiente colgando de una viga, con su sonido sibilante y su lengua veloz. Los chavales comenzaron a gritar y salieron espantados de la casa. La señora Diamanto estaba sola, cogió un garrote y se encaró con el reptil, pero la serpiente se revolvía y enseñaba feroz sus colmillos, descendió al suelo por la pared y se quedó frente a ella desafiante, haciéndola retroceder con rápidas embestidas. La abuela se reunió con sus nietos, abrazándolos y consolándolos del terror que les producía el animal, sin saber muy bien que hacer para espantarlo. La serpiente permanecía en el quicio de la puerta y se erguía triunfante como dueña absoluta del hogar. La mujer esperó paciente la vuelta de su hijo, quemando rastrojos para evitar que la serpiente se acercara a los niños, pero el animal aguardaba inmóvil, enroscado en la entrada, con los ojos fijos sobre ella, siguiendo sus pasos y movimientos sin ceder un centímetro de su puesto dominante. En un ultimo intento, la mujer intentó fustigarla de nuevo con una vara, la serpiente se elevó hasta alcanzar la altura de la vieja y le escupió su bufido más maligno. Entonces, la tierra comenzó a temblar y la señora Diamanto se acurrucó con los nietos mientras las piedras de la casa bailaban, los guijarros del camino saltaban y un polvo dañino lo envolvía todo. El dintel de la puerta sucumbió aplastando a la serpiente y partiéndola por la mitad. Unas horas después, cuando la tierra pareció calmarse de su furia, se acercó la señora Diamanto a la puerta y vio a la víbora aplastada y cenicienta. Con mimo y agradecimiento cortó su cola y su cabeza y las guardó para siempre en el sótano, para que aquellos talismanes protegieran por siempre a su familia.

Tanto si es verdad como fábula, el cuento nos sirve como enseñanza: entre los más temidos enemigos podemos encontrar protección y viceversa, dios nos libre de los amigos traicioneros. Pero la desdichada serpiente siempre estará asociada al demonio y sus tentaciones, por mucho que intente lo contrario.

La serpiente es considerada como animal maligno, astuto y traidor. Serán sus ojos biliosos, amarillo de locura, color de enfermos y muertos, de venenos y azufres diabólicos. O serán sus pupilas rasgadas, casi inexistentes, como cerraduras que llevan a su mundo oscuro e impenetrable. O tal vez sus movimientos rápidos e inesperados, arrastrando sus miserias por el suelo; los azotes de su lengua, con la que huelen y presienten enemigos y presas; su cobardía de animal sordo; su sigilo de acechador nocturno. O quizás sus afilados colmillos, inyectados en mortales tóxicos y ponzoñas. Será que los miedos los creamos nosotros, antes, mucho antes de que adquieran su presencia, y ella, animal fúnebre y cazador silencioso, lo sabe y nos paraliza con el terror de su sombra, enroscada entre las raíces y las matas, mordiendo las manzanas de la sabiduría, persiguiéndonos para llevarnos al infierno.

Pero también la serpiente tiene un secreto que contiene la vida y la muerte, lo malo y lo bueno; el veneno letal y la medicina en sus mandíbulas. En muchas culturas se la considera símbolo de fecundidad y protectora de los agricultores y el ganado. En Asia Menor es estimada como “guardián de la casa”. Salvaguarda el hogar, el jardín y las tumbas, garantiza la abundancia de los campos. No se debe matar a este tipo de serpiente, la “serpiente negra”, que vive entre los cimientos de las casas, apadrina a todos sus moradores y evita que entren otras serpientes ajenas y desconocedoras de sus labores de guardiana. Los residentes saben que la serpiente vive allí, pero no aparece nunca. Asustar, dañar o matar a esta serpiente significa una mala suerte para este hogar durante generaciones, porque la pareja de la serpiente retornará para vengar a su compañera.

Cada año, en los días anteriores a la fiesta de la Asunción de la Virgen María, docenas de serpientes llegan hasta un monte en Cefalonia. Desde hace cientos de años estas víboras sombrías aparecen en la isla y ascienden al monasterio de la Dormición de la Virgen entre el cinco y el quince de agosto. De acuerdo a la tradición, este inusual acontecimiento comenzó en 1705 cuando las monjas del monasterio estaban a punto de ser atacadas por piratas. Sus rezos desesperados fueron escuchados por la Virgen que mandó una plaga de serpientes haciendo huir a los atacantes. Desde entonces, las pequeñas serpientes negras aparecen cada año, antes de la fiesta agostil, y se dirigen hasta las paredes y las entradas de la iglesia para “venerar” el ícono de plata conocido como la Panagiá Fidoussa o Virgen de las Serpientes. Algunas de estas culebras poseen una cruz en la cabeza, añadiendo más folclore a la leyenda. Cuando en estas fechas, las serpientes adoradoras escasean, los devotos se llevan las manos a la cabeza, temerosos de un aciago año. No aparecieron en 1940; durante los meses siguientes, Grecia fue invadida y ocupada por Alemania. En 1953, tampoco acudieron a su cita los ofidios y la isla sufrió uno de los más grandes terremotos de su historia, el que destrozó por completo su capital.

Así que cuando mi amiga Vula me contaba su particular relato de la granja de su abuela y de Το φίδι του σπιτιού (la serpiente de la casa) yo ya sabía que nos adentrábamos en el mundo mágico de los cuentos. Ella entornaba los ojos, con el candor de los que recuerdan los momentos brillantes y límpidos de la niñez y yo extendía mis orejas, porque siempre me han gustado las historias de abuelas y sótanos.

Tenía la yaya de mi amiga una finca con animales y cultivos. Guardaban los excedentes en el almacén de la bodega. Allí residía la serpiente de la casa. Se ocultaba en una tina de barro y su abuela, cuando bajaba la escalera, golpeaba con un palo la cerámica, para que la serpiente se alertara y desapareciera sin dar susto a los niños.

–¿Tú la viste?
–No. Pero la oía.

Ella estaba segura de la existencia del cancerbero, al acecho en la oscuridad de su encierro, en el silencio de su sordera, deshaciéndose de ratas y de alimañas, pero jamás de los jamases tocó un saco de harina o de grano, ni rompió un huevo, ni volcó el aceite o el vino, ni se asomó a las orzas de alimentos para el invierno. Las gallinas no la temían y ella solo esperaba paciente el vibrar de los pasos del ama en la escalera, el retumbar de los golpes de la madera sobre la loza y la respiración entrecortada de los excitados niños. Sin luz ni sonidos.

–¿Cuándo llegó?
–No lo sé, ella siempre estuvo allí.

Es posible que penséis que la abuela se inventaba la triquiñuela para mantener a los nietos apartados del almacén. Pero la creencia de la serpiente negra que protege la casa es más antigua que la historia de mi amiga.

–¿nunca salía de la tinaja?
–Cuando mi abuela murió, la granja pasó a manos de mis tíos. Yo nunca volví a oír hablar de ella. A veces pienso que fue un sueño, pero un día, hablando con un matrimonio de cierta edad, salió a la conversación los tiempos pasados y la vida en el campo. Ellos me confesaron que en su granja también había una serpiente que guardaba la casa.

Cuando acabó su relato, ambas respiramos profundamente. Yo también tuve una abuela con corral, pero las culebras las mataba a pedradas en cuanto las veía. Decidí que, de ahora en adelante preguntaría a todo el mundo si alguien había tenido una serpiente en su casa. La mayoría de los encuestados me responden con pavor y me toman por excéntrica.

Ayer, los gatos me trajeron una serpiente. Eran tres gatos feos y estropeados, con orejas puntiagudas, ojos de mostaza y pelaje deslucido, como si los hubieran metido en un cubo de lejía. Daba miedo solo de verlos.

–Sois los gatos mas feos que he visto en mi vida. Como os hayáis cargado a la serpiente de mi casa os vais a condenar.

En el fondo, los felinos solo intentaban agradarme para que les diera los restos de mis basuras. No hay amigos o enemigos. En la noche oscura todos intentamos sobrevivir.



11 comentarios en «La serpiente de la casa»

  1. De los mejores relatos Ana. Lo leo subiendo de Mikonos había Evia. Huyendo del Meltemi que vuelve a entrar en los próximos días. Cinco minutos de lujo. Gracias

  2. Hola anuska buenos días, qué gusto leerte de nuevo, aunque sigo paladeando tu libro que cada capítulo es como un plato nuevo del menú, a cada cuál mejor. Yo te he contado muchas veces que los veranos de mi infancia los pase en un molino de agua, junto al río lagares de mis amores. Alzira, la dueña del molino y como una segunda abuela para mi, tenía gallinas, patos, un cerdo gordo, mucho maíz y mogollón de patatas guardado en lo más oscuro de la casa. Serpientes no vi nunca, en Galicia deben ser como las meigas que haberlas hailas, pero ratas gordas como gatos, pululaban en el río como las góndolas en Venecia. Por suerte, a la parte de arriba de la casa, que es la que habitábamos nosotros y tenía una galería de catorce ventanas sobre el río, solo subían sus vástagos pequeños, que me entretenían con sus rápidas carreras mientras realizaba los tediosos cuadernos de vacaciones y los interminables dictados para corregir mis famosas y imperecederas faltas de ortografía. iÉstas sí que eran serpientes de verano!
    Mogollón de besitos a los dos
    VIRIATO

    1. Es verdad que hace tiempo que no escribía, he estado un poco ocupada. Y además me he propuesto escribir de las cosas que lo merecen, no rellenar entradas por obligación. Las serpientes me imponen respeto, pero las ratas…me dan una aprensión tremenda. Yo soy de las que se sube a una silla al verlas.
      Abrazotes

  3. Me encanta!
    Puedo cerrar los ojos y oler el verano en el campo, sentir el amor de los abuelos, la paz y la felicidad de la infancia, la intriga y el temor que provocaban los reptiles y disfrutar de leyendas y cuentos tan bonitos como los que tú tan bien nos cuentas.
    Gracias!

    1. Así es, el verano nos trae el calor de los abuelos, el campo y la libertad de descubrir una vida nueva, sorprendente y sin usar. «Al viento los ombligos, volaban 4 amigos, picados de viruela y huérfanos de escuela»… que decía Serrat.
      Un abrazo, Eduardo

  4. Leticia Bravo Banderas

    Gracias, Ana. ¡Cuánto te echábamos de menos! ¡Cuántas cosas fascinantes y curiosas nos cuentas! A mí me dan pavor las ratas y las serpientes. De las dos hemos visto por aquí, en la casita de la playa, a pie de monte donde pasamos los veranos. Con la última serpiente/culebra no se sabía quién corría más, si ella o yo. Aun así, me armé de valor y ayudé a mi marido sosteniendo el cubo donde la echó tras cogerla con un palo. Después la llevó de vuelta al monte. Con una rata nunca me habría atrevido al más mínimo acercamiento. Terror.

    Un fuerte abrazo. En unos días tendré tu nuevo libro, que espero con tanta ilusión. Descansa y disfruta mucho.

    1. Gracias a ti, Leticia. A mi me dan miedo las serpientes, porque no distingo si son venenosas o no, pero las ratas…ay, esas si que me producen terror, muerdan o no. Cuando hacía las prácticas en la carrera, con ratas de laboratorio, les tomé ojeriza, porque te clavaban los dientes al menor descuido. La verdad es que pobres animales, lo único que hacían era defenderse. A partir de ahí me dediqué a la bioquímica vegetal; era más agradecida y las plantas no protestan. Bueno, eso fue en otra vida.
      Besitos

    2. Hola Ana
      Antes que nada, lei tu ultimo libro,una verdadera gozada, volaron las paginas,y al llegar al final estaba yo como los niños cuando les estas contando un cuento mientras se duermen y te detienes pensando que estan dormidos y te dicen” venga, continua”,menos mal que continuaste con esta entrada,muy buena como siempre.donde vivo, una serpiente de las llamadas escalera,nos libro de ratas inmensas que colonizaron en su dia un cobertizo de un vecino, años despues aparecio otra de mas de un metro de largo,le hice un video y dejamos que marchara, y es verdad que da un poco de repeluz estos bichos,pero realizan su labor dentro del equilibrio ecologico, en todo caso educar a los niños de no matarlas pero tampoco educarlos haciendoles creer que son una mascotas.
      muchisimas gracias por tus escritos

    3. Hola, Antonio. Me alegro mucho de que hayas disfrutado con el libro. 😊 Espero que sean muchos los atardeceres y las noches para contemplar el cielo y que mis historietas te amenacen las veladas.
      Si puedes, y te apetece, por valor, deja una opinión en Amazon para ayudarme a preomocionarlo.
      Un abrazo
      An

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