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La venta de la Maga Azul

Voy a retomar las crónicas de la Maga Azul, que quedaron aparcadas en verano. Cuando pierdo el hilo me cuesta un poco recobrarlo, pero, allí voy. Para el que no haya seguido este serial marinero, aquí dejo los enlaces a capítulos anteriores:


El peso y el alma de un barco
El vientre de la ballena
La botadura de la Maga Azul
El color de la Maga Azul


Después de la botadura y del programa de “Al filo de lo imposible”, La Maga Azul viajo por muchos mares. De uno ya no pudimos escapar: se llamaba Grecia, y eran los años 90. Del flechazo y de las crónicas de aquellas singladuras ya di buena cuenta en mi libro: «Mil viajes a Itaca», así que no quiero repetirme. Esos relatos primerizos, de una Grecia que ya no existe, me sorprenden por su candidez. La misma que tiene uno al encontrarse un viejo cuaderno de caligrafía infantil que rescata y reconoce, salida de su mano pequeña. La Maga azul fue nuestro hogar durante más de 10 años. Luego la vendimos.

Siempre que recordamos detalles de las casas donde alguna vez habitamos, nos vienen a la memoria aquella esquina molesta, o el desconchón de la pared, o el estante vencido del armario, la galería con los vecinos asomados, las humedades del descansillo, la manoseada barandilla, o el color del buzón. Con el tiempo, esas imágenes amarillean y se evaporan. Por eso nos causa desasosiego contemplar las medianeras de edificios derribados. Los restos de sus papeles pintados, sus azulejos, el garabato de un niño, los antiguos escalones; la vida de la gente, desnuda y sin decoro. Ante esa pared, que ahora se asoma al abismo, hubo alegrías y tristezas. Alguien apoyó su frente sobre las baldosas, lloró sus amores y sus lágrimas resbalaron por aquellos tabiques que ahora se exhiben con descaro. Es deshonesto mostrar esas intimidades; por eso me alegro cuando enlucen y pintan de nuevo. Los muros dejan de vociferar.

Acordarse del barco donde habitamos tanto tiempo es muy diferente. A sus detalles los acompañan paisajes, experiencias, trabajos interminables, puertos sorprendentes, peligrosos temporales y encalmadas aburridas. Es difícil recordar un barco sin que se quiebre algo en tu interior. Sobre todo, cuando lo viste crecer desde sus costillas. Ya sea bueno o malo, fiel o traicionero, hermoso o feo; si es que hay barco feo para un armador ilusionado; la despedida de un barco es un momento cruel, incluso para el más desalmado materialista. Nunca se me olvidará el momento en que lo vi desaparecer tras el malecón. No tuve valor de asomarme para ver alejarse su estela, en otras manos, hacia otros puertos. A diferencia de una casa, en las que siempre se salvan los muebles, como se suele decir, en un barco van adheridos casi todos nuestros sentimientos ¿Qué por qué lo vendimos? Buf, no voy a entrar en esas cuestiones. Solo diré que fue motivo de la más enconada trifulca, terrible batalla, espantosa guerra, de la que salí derrotada y obligada a firmar el armisticio. Sentí algo parecido a lo que se debe experimentar al dar a tu viejo perro en adopción; la mirada de incredulidad del animal te acompañará el resto de tu vida.


Corrían los primeros euros y más corrían las pesetas, les quemaban a muchos en los bolsillos. Así que no tardó en aparecer un individuo que se quiso quedar el barco sin apenas inspeccionarlo. Bajó de un automóvil de alta gama, con un maletín esposado a la muñeca y nos dio la señal de compra. Fue entonces cuando lo vi: un bulto en su chaqueta. Y un mango oscuro que asomaba del bolsillo.

—¡Lleva una pistola!
—No digas tonterías.
—Te juro que la vi.
—Bueno, pues bien, lleva pistola. Y a ti, ¿qué más te da lo que haga ese señor?
—Puede ser un gánster ¿Cómo te puede dar igual?, ¿no sabes que los barcos tienen alma?, ¿no temes que su espíritu vague perdido por los mares, como el holandés errante?

Derramé amargas lágrimas, pero el resultado fue el mismo. No apareció ningún dios olímpico a enjugar mi llanto. O sí, pero eso ya lo contaré más adelante.

La personificación de las cosas materiales es una condición humana. Es una forma de sentirnos menos solos. En el mar esa costumbre se acentúa, quizás porque en medio del universo líquido la sensación de aislamiento es mayor. Además, dada la propensión de los marinos a la superstición, esta encarnación del barco nos reconforta y nos permite gratificar la fidelidad que un buen velero debe brindar a sus ocupantes. Él me cuida, yo le cuido y le otorgo su pequeña inmortalidad. Un barco requiere mimos y lisonjas. Es una relación de lo más profunda, aquella en la que el navegante vela celosamente por su nave, para que esta le proteja y corresponda. Adquiere así aquel vaso flotante, el habla, la respiración y el pensamiento. Navegamos solos y soñamos solos, pero no tanto. Sin prosopopeya no habría literatura, ni música, ni cuentos. El murmullo de las hojas, la caricia del viento, la sonrisa de la Luna, la sabia naturaleza, el llanto del cielo. Y el corazón de un barco.

Un día llegó una pareja de jóvenes extranjeros, altos y rubios como la cerveza, y se la llevaron. No sabían nada de sus debilidades, ni de sus bondades, ni de las pinturas que cubrían su casco, ni de los cuidados que necesitaba. Apenas conocían su nombre, pero se la llevaron, dando avante a toda máquina, dejando una humareda de hollín y desolación.

Cuando una puerta se cierra, otra se abre, a rey muerto, rey puesto, o un clavo saca a otro clavo. Son las frases circunstanciales de los agnósticos que no creen en almas marinas y se consuelan con cualquier argumento. Pero, tengo que reconocer que así fue. Encontramos en Atenas la que sería la nueva Maga; hermosa, elegante, aparejada en ketch y también azul, marca distintiva de la casa. Y, aunque seguimos siendo felices con su dulce navegar, con su suavidad de formas y con la confianza en la manera que tiene en pasar las olas, nunca podré olvidar aquellos frescos amores de juventud. Hasta el último momento, cuando registramos el contrato de compraventa en Capitanía marítima, tuve la esperanza de que la operación se desharía y volvería a verme de nuevo en su salón de popa, mirando pasar las olas tras los portillos. Lo curioso de las cosas que deseas es que a veces suceden, pero de una forma muy diferente a lo planeado. Eso también es un artificio literario, lo deseado y lo que obtienes en respuesta a tus plegarias. Como en el cuento de La pata de mono, de Jacobs, o El Diablo en la botella de Stevenson.

No os preocupéis, esto no va de relatos de terror y fantasía, pero, sea lo que sea, lo continuaré en otro momento. Seguid a la escucha si os interesa.
Cambio y corto.


Καράβια βγήκαν στη στεριά
και πιάσανε τα όρη
ποιος είδε βάρκα στο Χελμό
στο Μέτσοβο βαπόρι

Ποιος είδε νύχτα με δυο φεγγάρια
ποιος είδε ήλιο σαν αχινό
κι ερωτευμένα πουλιά και ψάρια
να κολυμπάνε στον ουρανό

Καράβια βγήκαν στη στεριά
και χάθηκαν στο χιόνι
κι αυτός που τα ονειρεύτηκε
τα περιμένει ακόμη

Ποιος είδε φάρο στον Ψηλορείτη
στην Ελασσόνα λευκό πανί
κι ένα καράβι από την Κρήτη
να πιάνει Ξάνθη Κομοτηνή

Ποιος είδε νύχτα με δυο φεγγάρια
ποιος είδε ήλιο σαν αχινό
κι ερωτευμένα πουλιά και ψάρια
να κολυμπάνε στον ουρανό

Los barcos salieron por tierra firme
y llegaron a los montes
¿Quién vio una barca en Helmo,
o un vapor en Metsovo.

¿Quién vio una noche con dos lunas?
¿quién vio un sol como un erizo de mar?
Y pájaros y peces enamorados
nadando en el cielo.

Los barcos salieron a tierra firme
y se perdieron en la nieve.
Y aquel que lo soñó
todavía los espera.

¿Quién vio un faro en el Psiloritis?,
en Elasona una vela blanca
Y un barco de Creta
amarrar en Xanthis y Komotini.

¿Quién vio una noche con dos lunas?
¿quién vio un sol como un erizo de mar?
Y pájaros y peces enamorados
nadando en el cielo.

18 comentarios en «La venta de la Maga Azul»

  1. Hola Ana, que bueno que vuelvas a La Maga Azul. Ese recuerdo que también tiene tintes azules en mi historial y nos hace revivir buenos tiempos pasados. Supongo que más tarde contarás cuál fue el devenir de La Maga; así que no voy a destripar la narración pero advierto a los lectores que tendrá intriga, pasión aderezada de tristeza con algo de melancolía y frustración. No se la pierdan, je, je.
    Yo ya me he despedido de dos barcos y aunque por ahí corre el dicho de los dos momentos de felicidad con los barcos: cuando los compras y cuando los vendes, no es cierto en su segunda afirmación. En las dos ventas y pese a pasar a barcos más en consonancia con las nuevas exigencias vitales, con los dos me tocó llorar al despedirme y volver la vista atrás. Y aciertas cuando dices que la sensación se asemeja al dar a tu viejo perro en adopción, ese último cruce de miradas (por que los barcos miran y ven, por eso hay que dibujarles un «Oculi» en las amuras) y el movimiento horizontal de su rabo diciéndote: vale, ya sé que volverás en unos días, como siempre…. te deja el regusto amargo de la traición.
    Luego viene el interés por saber qué ha sido de ellos; pero eso es contenido del próximo capítulo. Y no lo vamos a destripar.

    1. Hola, Lunero. Ya veo que me entiendes. Sin prosopopeya no hay cuentos, y sin cuentos no seríamos nada más que bits, como una IA mediocre que se pierde como lágrimas en la lluvia.
      Cada barco tiene su espíritu, el que le otorgamos, y su mística, la que adquiere a base de pasar olas. No es lo mismo ser armador de un Puma 34 a ser armador del Lokki. Así se escribieron las grandes historias de la Bounty, el Endevour, el Beagle o el desgraciado Titanic, que trascendieron a su condición de barcos para convertirse en leyendas.
      Continuará en breve. Un abrazo

  2. Hola Anuska, como bien sabes, yo no gozo de mucha experiencia en el cambio de barcos, como diría el otro, solo cero o una, pero la transición no me supuso una amputación. Mentiría si dijera que el “Viriatuno”(como tú siempre le llamas) no fue la niña de mis ojos en su momento. Fue el barco donde me desvirgué como patrón, me enseñó mucho de lo poco que sé y pasé muchas de las navegaciones más bonitas que recuerdo. Pero los dos estábamos de acuerdo. (VIRIATO UNO y yo) Había que cambiar. Él me había revelado hasta donde podía, estaba muy cansado y yo necesitaba crecer. El día que le vi alejarse me sentí huérfano, pero para serte sincero diré que era por no tener recambio, a pesar de haber visto, días antes, el que iba a ser mi segundo barco. No sé si algún día habrá un VIRIATO TRES, hoy en día el DOS me tiene loco. Para que decir más.
    Y de la MAGA AZUL poco añadir que no haya dicho antes, la vi nacer, crecer, te naveguen ella. Sentí mucho cuando la vendisteis, pero así es la vida del barquero. Avanzamos y crecemos gracias a nuestros barcos. Si hasta les ponemos hasta nombre. ¿Cómo no van a tener alma? Espero y deseo que nuestros ex sigan siendo felices, aunque como bien dice Lunero esa es otra historia…
    Mogollón de besos para los dos
    VIRIATO

    1. Viriato, tú eres un superviviente que se adapta a todo. El valor sentimental de las cosas no es cuantificable, porque depende de cada cual. Tampoco es exclusivo de los barcos que hemos poseído, puede ser simplemente de algún barco en el que hayamos navegado un tiempo. Los patrones de la Vendee, cuando se bajan del velero en Les Sables d’Olonne, tras la vuelta al mundo en solitario, experimentan una sensación de perdida tremenda al separarse del barco, incluso aunque la navegación haya sido un auténtico tormento.
      Un abrazo

  3. Sencillamente, gracias, Ana, por tus relatos.
    ¡Envidia! De la que sea, sana, mala…, es decir, admiración por tu (vuestro) testimonio de vida en comunión con la mar. Empecé a experimentarla cuando os vi armar el barco en el náutico de Valencia, y la he consolidado leyéndote (tus dos libros y tu blog).
    Me identifico por completo con lo que dices. En dos ocasiones me he despedido mi velero, y aún se me humedecen los ojos cuando recuerdo el momento en que lo vi zarpar quedándome yo en el pantalán.
    Finalizó igual que empecé: ¡Envidia! Por favor, sigue alimentando nuestras ilusiones por el mar. Gracias.
    Un abrazo
    Carlos

  4. Estimada Ana,
    para mí, la venta de un barco para comprar otro mayor siempre ha sido una decisión dolorosa.
    A todos los barcos que he tenido, los he cuidado y agradecido la belleza que me han regalado.
    Me declaro ateo sin fronteras pero reconozco que en cada uno de mis barcos había y hay un alma, de todos y cada uno tengo recuerdos buenos, aunque a veces las hayamos pasado mal.
    Un barco tiene su alma, por eso duele dejarlo a otros.
    Gracias por tus bellos textos.
    Agur.

    1. Hola, Santiago. Sí que es verdad que, a veces, pueden ser díscolos y traicioneros, pero los buenos momentos compensan con creces a los problemas a la hora de evocarlos con cariño. Pero siempre me pregunto: los clónicos catamaranes de charter ¿tienen alma? Me cuesta mucho apreciarla. Supongo que el mundo del alquiler está cambiando cualquier percepción romántica de los años dorados del navegante de velero. En fin, una pena
      Un abrazo y gracias por pasar.

      1. Claro que los clónicos barcos de chárter tienen alma, Ana. El sufrimiento, la decepción, el hastío…. ¡el horror! del que hablaba Conrad está impreso en las deslucidas letras de su nombres en el espejo de popa o en sus amuras; en el aspecto de plástico blanco que los delata («plastiquitos blancos» que me cuentan que decía El Mono a bordo de su hierro azul en Ushuaia). Pero, claro que tienen alma. En la vida de los barcos, como en la de todo ser viviente ha de haber claroscuros y además, como decía ese secundario a bordo de la Pilgrim en la peli «el mundo en sus manos»: «la mar es así, trata igual a los justos que a los pecadores». Y a algunos barcos el destino les depara una vida de hastío, grima y arcada; a otros la tragedia y a muchos, largas singladuras con el viento en sus aletas, mar turquesa, crestas blancas y amantes dotaciones.
        Quizás se merecieran estos desdichados barcos una de tus crónicas que, me temo ácida, por tus experiencias en el Sector.

        1. Hola, Lunero. Discrepo, no creo que tengan ni alma, ni nada de nada. El simple hecho de ser un objeto flotante no les otorga categoría de barcos. Son artilugios deslizantes sobre el mar, tripulados por seres coloridos y vociferantes, a los que les importa más la marca de cápsulas de la cafetera que el carácter marinero de la embarcación: «Flota, pues ¿qué más quiero?», selfi en las calas oficiales y a volar. Hablo con total conocimiento de causa. Los veo todos los veranos arriba y abajo por el Jónico. Y he dado clases de náutica y sé lo que buscan los nuevos titulados. Ni ellos son patrones, ni lo que alquilan son barcos.
          Porque si nos ponemos así ¿Qué pasa con las colchonetas, con los unicornios de colores y los pelícanos rosados? El mundo se ha banalizado, también los mares y Conrad es un escritor al que todo el mundo dice haber leído, pero no parecen haberlo comprendido bien. Un escritor viejuno.😡
          Ya hablaremos

  5. Mira por donde me he metido a volver a leerte, y he visto que con Lunero te has enzarzado en un tema peliagudo. El mundo de chárter. Lo siento Jesusito, pero estoy de acuerdo con Ana. La deriva que ha tomando el mundo del chárter, y de los (me cuesta llamarle patrones) que se suben a sus cubiertas a… ¿navegarlos? rompe con todo lo que, por lo menos para mí, supone el mundo de la navegación y de los veleros y el amor por el mar. Y no quiero decir con esto que todas las personas que alquilan un barco para navegar sean unos cafres. Conozco “conejo-propietarios” que les tenían que prohibir salir con sus barcos, aunque solo fuera por el bien público. Pero solo con ver el acercamiento que a este mundo, del que yo estoy enamorado, hacen, la falta de preparación, la fe ciega en la última tecnología, desdeñando todo lo tradicional, esa manera en la que, casi hasta ayer, nos enseñaron para a navegar, la forma y manera como quieren vivirlo, da náuseas y miedo cuando se te acercan en los fondeaderos, sin contrar esa manía de poner la música siempre a tope a todas horas y echar al agua cualquier artilugio ruidoso que zumbé y moleste y haga ola. No sé si cualquier tiempo pasado fue mejor, pero echo mucho de menos aquel tiempo en que hablar de barcos era hablar de navegar y no de desplazarse.
    Un beso muy gordo para los dos, y otro a Lunero para que no se cele.

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