Las guardias del amanecer

¡Qué bonito debe de ser ver amanecer en el mar!, dicen los que imaginan.

Nunca me gustaron los amaneceres en las travesías, sí los atardeceres. A esas horas siniestras de la madrugada, el mar bosteza sus humedades y entre la bruma lucen soles pálidos y enfermizos. Si hace mal tiempo, al sol le cuesta asomar sobre las olas; si impera el bueno, la luz se abre paso sobre un horizonte lleno de nubes de calima matutina. Si soplan Mistrales despejados, los primeros rayos hieren tus pupilas, si imperan Sirocos lluviosos, nunca acaba de amanecer y el día barrunta gris, el ánimo está gris y la cama blanca.

Una taza caliente entre las manos me traslada a madrugadas de guardia en el mar. Poner la tetera, esperar a que pite y verter el agua caliente sobre la bolsita. Ya sé que esa forma de tomar el té no es muy ceremoniosa, pero en el mar cualquier simpleza es todo un acontecimiento: sujetar la tetera, asir fuerte la taza, no quemarte y no salir despedida por la cocina con la próxima ola. Cuando lo consigues, te sientes realmente afortunada. Pasado ese momento de gloria, luego viene lo de salir a cubierta. La miel se me olvidó, pero da igual ¡cualquiera baja de nuevo!

La ansiada guardia del alba es un desperdicio de suaves sabanitas calientes, unos parpados como plomos y unos huesos helados ¿Qué haré yo aquí? A pesar de ello, siempre me ponía el despertador 10 minutos antes del cambio de turno. Por un lado, para evitar la mirada ansiosa y triunfal del que salía de servicio, mirando la litera como su más dulce hogar; por otro, para no gruñir y bufar improperios envidiosos. Y, en tercer lugar, para tener tiempo de hacerme un té que calentara el abatido espíritu del que recorre la milla verde. El té infundía en mí una fuerza renovada. Aquella pócima milagrosa, cuando caía en el estómago, encendía la caldera y poco a poco iba resucitando mi cerebro. Cuando la de los dedos de rosa se reflejaba en el agua yo ya me hallaba despejada. Y cuando acababa mi guardia ¡qué pena! Ya no tenía ganas de volver a la cama ¡Pues tampoco está tan mal contemplar el alba!

Me gustan las bebidas que tienen rituales, nada más aborrecible que las verbenas y fiestas de la universidad en las que se sujetaban vasos de plástico arrugados, ondulados y rotos. Cualquier amante cervecero sabe que tanto el recipiente como la forma de tirar la cerveza es fundamental si queremos apreciar sus aromas y conservar su espuma. Y cuando se sirve un buen vino, el fino cristal y los contornos de la copa son importantes para observar al rojo líquido girando adherido a sus paredes. Es en este momento cuando deja de ser un fluido para convertirse en una esencia divina, toma cuerpo y hablamos de caldo, aromas y tintes. De esta manera se adivinan los sabores, incluso antes de dar cada sorbo, haciéndonos una idea de lo que podemos esperar. Nuestra cabeza engañosa disfruta más con la expectativa que con la realidad. El cerebro acelera las neuronas corticales para intensificar el sabor del líquido que vamos a beber. “Así, es”, diría el pobre perro, mientras Pávlov le sacaba el plato de comida.

El té entra dentro de esa categoría de líquidos místicos; es una de las infusiones más antiguas y más ampliamente consumidas en todo el mundo. El café invita al despertar mañanero y a la charla con un amigo: “quedamos a tomar un café y te cuento”. El té incita a la introspección y la reflexión y va acompañado de una liturgia de preparación que alcanza el máximo en la ceremonia del té japonesa. En ella, a base de un estricto y complicado protocolo, se busca realizar el proceso con el menor número posible de movimientos, siguiendo las enseñanzas del minimalismo Zen. Es una sutil llamada a olvidar todos los objetos materiales y purificar el alma para alcanzar un estado de armonía. Los utensilios utilizados para preparar el té son verdaderas obras de arte, dentro de la tónica general de sencillez y austeridad. La liturgia completa puede durar unas 4 horas y se disfruta en una casa especial y destinada a tal importante evento.

En Marruecos, el té es de una tradición traída de Oriente con los Bereberes del desierto. Es preparado por el hombre de la casa cuando agasaja a sus invitados. Emplea para ello los vasos más decorados y vistosos, vertiendo la infusión desde la tetera de latón reluciente, mantenida a cierta altura para que genere espuma; señal de fortuna y buena suerte. Siempre se descarta la primera aguada de la infusión, oscura por todos sus taninos y “amarga como la vida”. Se sirven las siguientes tazas, ya con hierbabuena y azúcar; fuertes, como debe ser el amor; y dulces, como debe ser la muerte. La fantasía magrebí es proverbial para dotar de magia esta ceremonia, que en un principio sería tan simplona como hervir unas oscuras hojas secas.

Y en Inglaterra ya sabéis, con la compañía de una nube de leche, se sirve en finas tazas de porcelana que se sujetan en la mano, intentando con disciplina no estirar el dedo meñique, please.

Existen muchas clases de tés, pero hay un tipo especial que se llama té de roca o de montaña.
El término es un cajón de sastre donde se confunden hierbas y nombres, para no saber muy bien de lo que estamos hablando: Rabo de gato, Samarilla blanca, Hisopillo, Siderita, Hierba terral, Zahareña. Y si te pones a buscar en la Wikipedia, veinte o treinta nombres vulgares más. Pasa como con los peces: la misma merluza puede convertirse en bacalao en otra parte del mar.

Me gusta la palabra Zahareña, que proviene del árabe” ṣaẖr”, piedra, o de “sahra”, desierto. Con lo cual nos deja a entender que era una planta que no requería muchos mimos ni mucha agua para su crecimiento.
El género botánico descrito por Linneo es Sideritis. El término proviene del griego, como siempre, y hace alusión a su uso, ya descrito por Dioscórides, para curar las heridas de lanza de hierro (σίδερο). Habita en las zonas montañosas de rocas calizas y soleadas muchas horas al día. Aparte de las propiedades medicinales, es muy conocida por desprender un olor intenso y un aroma especial.

Y si buscamos sus virtudes terapéuticas ya solo querremos tomar eso el resto de nuestros días: desde anticatarral hasta anticancerígeno, mantiene la memoria y la capacidad cognitiva, previene la hipertensión y la osteoporosis, el estrés oxidativo y el envejecimiento, reduce los edemas y protege el intestino. Resumiendo: una taza al día nos puede transformar en inteligentes jóvenes inmortales. Yo por si acaso me he aficionado y me lo traigo de Grecia. Y si es posible de la variedad Sideritis clandestina, crecido en el mismísimo monte Taigeto, porque es posible que lo desayunara Leónidas, rey de Esparta, y él era muy valiente. Y se llama clandestina porque sus raíces se esconden entre las peñas, como un preciado tesoro, para evitar que alguien las arranque.

El caso es que el té de monte tiene un sabor muy suave y está estupendo mezclado con salvia. Despeja, sin alterar los nervios. Ahora mismo, veo subir las volutas mientras lo agarro entre mis manos, y me doy cuenta de que ya ha amanecido. Deposito la taza en la cocina y dejo descansar la cabeza sobre el mullido y aún frio almohadón. Se acabó mi guardia. Buenos días y buenas noches. Espero no haberos desvelado con mi charla, pero solo los que han navegado alguna vez conocen las melopeas que se piensan en las guardias del amanecer.


Ξημερώνει
κι εγώ στους δρόμους τριγυρνώ
κι αν χαράζει
το φως δε φτάνει εδώ

Που να είσαι;
Ποια χέρια σε κοιμίζουνε;
Ποια τραγούδια
σε νανουρίζουνε;

Μια καρδιά, έχω μόνο μια καρδιά
που για σένα κλαίει κάθε βραδιά

Ξημερώνει στου κόσμου όλου τις καρδιές
μα για μένα δε χάραξε ποτές

Σε φωνάζω
και να μ’ ακούσεις δεν μπορείς
ξημερώνει
κι εσύ δε λες να ’ρθεις

Μια καρδιά, έχω μόνο μια καρδιά
που για σένα κλαίει κάθε βραδιά

Amanece
y yo vago por las calles
Y si raya el alba
la luz no llega hasta aquí.

¿Dónde estás?
¿Qué mano te acuna?
¿Quién te canta
una nana?

Un corazón, solo tengo un corazón
que por ti llora cada noche.

Amanece en los corazones de los otros
pero para mí no se hace de día jamás.

Te llamo
y no puedes oírme.
Amanece
Y tú no dices que vendrás.

Un corazón, solo tengo un corazón
que por ti llora cada noche.

13 comentarios en «Las guardias del amanecer»

  1. Buenas noches Anuska y feliz año. Las amanecidas en el mar no tienen la belleza de las puestas de sol, que animan a la contemplación y el palique, si no hace un frio del carajo y el resto de la tripulación está a resguardo en la cabina. Las amanecidas siempre te tocan después de que el gracioso saliente golpee la puerta de tu camarote y abriendo la boca suelte el consabido “es la hora, y date prisa que tengo sueño y un mercante por babor nos andan tocando las narices”. Si, saltar de la cama sobre las cuatro de la mañana y con prisas no apetece nunca. Y tienes razón, vendido el café o té que te reconforta cuando sacas la gaita por el embucho en busca del maldito mercante y una bofetada de viento helado te recuerda lo agustito que estabas hacía un momento. Pero pasado este revolcón, volver a distinguir la línea del horizonte reconforta, sobre todo cuando la noche ha sido sin luna, cerrada de nubes e intensa de viento. Has regresado a los contornos conocidos. Reconoces el perfil de tus velas, el perímetro de tu barco. Ya no estas aislado en un mundo solo de ruidos. Ajustas escotas, te preparas otro té, te arrebujas en la bañera y entiendes por qué diablos llevas días metido en esa coctelera y no te bajarías nunca. Y para rematar te sienta como un tiro que te llamen para el cambio de guardia. ¡Con lo bien que estaba yo aquí solito con el mar!
    Mil besitos para los dos
    Viriato

    1. Me hace gracia, porque cuando digo que no me gustan los amaneceres en el mar, la gente cree que es porque los desconozco. Y todo lo contrario. Se nota el novato a la legua cuando te dice eso de: «Qué guai debe ser pasar un temporal en alta mar». Seguido de: «Me pido la guardia del amanecer». ¿Y no sospecha nada cuando nadie le contradice?

      Un abrazo de oso blanco. Del de Cádiz

        1. No he navegado mucho en invierno, quizá por eso no me disgustan los amaneceres en el mar o quizás porque recuerdo uno espectacular cuando el crepúsculo y los pirmeros rayos del sol te confirman que ni el compás ni el GPS se han equivocado y sobre el horizonte se recorta Cerdenya, cuando vas en compañía de tu gente querida y la visión de tu destino te vaticina unas maravillosas jornadas con ellos y en tu querido mediterráneo.
          Me tomaré un té a tu salud!

          1. Normalmente, los amaneceres en mar abierto no son bonitos. El mar suele generar bruma a esas horas de la madrugada. No es lo mismo que ver amanecer sobre el mar, pero desde tierra. La tierra es más seca y la visibilidad es mejor. Pero sí que hay alguno inolvidable, quizás precisamente por eso, por ser uno entre un millón.

            Un abrazo, Eduardo

            1. Cuando pienso en los amaneceres en el mar, siempre me viene el recuerdo de aquel amanecer llegando a la isla de Othonoi, el primer punto de Grecia a donde arribé hace casi 5 años. A partir de ese momento entré en este universo mágico del que no puedo o no quiero escapar, y por eso tan grato recuerdo exonera a todos los demás amaneceres. Por otro lado navegar en solitario hace que para mi el amanecer signifique el regreso de la luz y el ocaso de la incertidumbre. Un abrazo!

              1. El amanecer viendo tierra siempre es emocionante. Y más si es una tierra por descubrir. Pero si no me gustan las guardias del amanecer, cuando hablamos de navegación en solitario, no te quiero ni contar: te tocan fijo. En ese transcurso de la aurora es el momento en el que más sueño me entra. Después de aguantar toda la noche, como una rosa, veo el primer destello de luz y solo sueño con la cama. Me acuerdo de cuando traía barcos desde Francia y, para abreviar y no eternizarme en el golfo de San Jordi, hacía de un tirón desde Barcelona hasta Valencia, acababa viendo visiones y manteniéndome a base de pellizcos. Pero sí que es verdad que con entrenamiento te acostumbras.
                Un saludo, Daniel

            2. Que linda experiencia Voy a anotar ese té que no conozco.
              La noche en el mar debe ser temible y me acordé de la muerte de Natalie Wood que estando en un velero fondeado cerca de una isla aparece muerta ahogada al otro día. Seguro no había guardia porque nadie vio nada. El amanecer sin dormir te agarra mal físicamente y no hay tè que valga. Prefiero los grandes barcos de puertas de hierro y de pasajero. Tampoco tengo mucha experiencia por eso tus relatos me fascinan. Ευχαριστώ πολύ τα λέμε.

              1. La noche en el mar no es más temible que en tierra, siempre que seas consciente de en que medio te mueves y seas cuidadosa con tu seguridad. A mi, ya ves, no me gustan los grandes cruceros, me dan más sensación de claustrofobia. Me alegro mucho de que te fascinen mis relatos; para eso son los cuentos, para entrar en una fantasía de la mano de otro.
                Un abrazo, Verónica.

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