Las heridas de Quíos

La herida más grave de Quíos se la hicieron sus incendios. Yo oía hablar de ellos en la televisión cada verano y me preguntaba si quedaría algún trozo de isla intacto, pero hay que venir hasta aquí para vivir el desastre. Subiendo por la carretera de la costa oeste, kilómetros y kilómetros de desolación se extienden sin descanso hasta perderse en la bruma. Te invade una profunda tristeza al ver los pinares desaparecidos, con los esqueletos negros de los árboles, espíritus de ceniza que claman al cielo, con sus ramas erguidas y muertas, una venganza. El sonido del viento, sin obstáculos, se desliza como un lamento por las piedras grises y desnudas, mudas sin el abanico de las chicharras, el parloteo de los pájaros, ni el crujir de las hojas al pisar. Es la imagen de la vergüenza.

A Quíos la visualizas herida, como al quebrado tronco de sus lentiscos, a los que se hace sangrar mediante muescas para que sude su savia fragante y cristalina, lo que nosotros llamamos almáciga y aquí se conoce por mastija, con la que se elaboran licores y caramelos, y hoy hasta jabones milagreros que curan las pieles más especiales; todo lo sana, menos las heridas profundas.

Del mar llegaron las cosas buenas a Quíos, pero el mar también se las arrebató. La reciente crisis de los refugiados, que se quedaron atrapados en la isla entre el buenísmo inocente de unos, la hipocresía egoísta de otros, la inhumana avaricia de las mafias y el enorme corazón solidario de la gente corriente, ha dejado en la isla una leyenda de sospecha tan desproporcionada como para que los turistas no se acerquen a ella. Solo encontramos otros dos barcos en la marina de la ciudad. Si te asomas al malecón distingues con detalle la costa turca, sus urbanizaciones, sus generadores eólicos, sus lucecitas en la noche, y hasta cuando sopla el viento del este, músicas confusas que vienen del otro lado del mar. Un buen nadador podría intentar el cruce con entrenamiento. Los pescadores contaban, que las madrugadas de calma eran terroríficas hace un año, podían llegar hasta 3000 personas cada día flotando entre la neblina.

Del mar también llegaron a Quíos, hace un siglo, los refugiados de Asia Menor tras la expulsión de Turquía de la población griega y posterior incendio de Esmirna. Algunos de ellos, familias adineradas que rehicieron su vida en Grecia, convirtiéndose en ricos magnates con navieras importantes y muchos fijaron sus residencias aquí, aunque en la actualidad vivan en Nueva York o en Londres.

Amarramos en el pequeño puerto de Oinousa, la isla frente a Quíos y nos fascinamos al contemplar el lujo de sus instalaciones, con embarcaderos de madera nueva, y bancos de estudiado esquema por toda la ribera, en el que las barquitas de pesca casi se abochornan de ser tan pequeñas e insignificantes. Los caserones imponentes suben por la falda de la montaña en una escalada de vanidades; pero en realidad, el pueblo parece deshabitado, como los restos de una fiesta hace poco finalizada. Aquí y allá se yerguen las estatuas de miembros de las familias que donan dinero para el mantenimiento del puerto, los Pateras, los Lemos…

La vida en Quíos siempre estuvo ligada a la producción de mastija desde la época clásica. El trasiego de la sustancia maravillosa, los vinos y el comercio con la seda y las especias procedentes de oriente, hizo que la isla fuera un punto crucial del Mediterráneo, llegando a albergar casi a 120.000 personas en el siglo V a. C. La afluencia de nobles y comerciantes adinerados era constante y muchos fijaban su residencia en sus costas y puertos creando un ambiente de lo más sofisticado. En Kambos, al sur de la ciudad, se levanta un extenso barrio de palacetes amurallados que ocultan hermosos jardines y limonares. Paseando por sus calles los altísimos muros de piedra encarnada impiden ver el interior, pero dadas las proporciones mastodónticas es fácil fantasear. Los portales blasonados y decorados con tonalidades que van del ocre al rojo, culminados por grandes arcos y cerrados por pesadas puertas de hierro, exhiben escudos y leyendas de los ilustres clanes que las habitaron; muchas están abandonadas, otras emiten fragancias de flores y huertos cuidados y regados hoy mismo. Alguna cerradura desvencijada te permite arrimar el ojo para escudriñar sus jardines románticos, moradas de blancos fantasmas vaporosos, donde el sol se filtra pausadamente sobre las palmeras y jacarandas, como aguaceros de luz, salpicando el suelo y los estanques con gotas doradas. Al fondo, interminables filas de limoneros olvidados dejan caer a sus pies sus tesoros amarillos que se pudren en la sombra. Los clanes familiares bizantinos o genoveses, se instalaban aquí por temporadas, invitando a sus amigos para realizar grandes fiestas y reuniones. Era un club exclusivo, una necesidad de estar todos juntos y competir en barbaridades. Como las actuales urbanizaciones de lujo españolas, repletas de cantantes y futbolistas, en una carrera sin fin por la casa más cara y de más excepcional diseño. La moda perdura hasta nuestros días y en Kardamyla, al norte de Quíos, o en la isla de Oinusa, como contaba más arriba, las adineradas estirpes de navieros griegos rivalizan en el esplendor de sus mansiones, es decir, la aristocracia actual que, aunque vive en el extranjero, no puede perderse la pompa y el boato veraniegos de codearse con sus iguales.

La herida más profunda de Quíos es su ciudad, que nada tiene que ver con el pequeño pueblo blanco soñado del Egeo. Quíos nació grande y creció sin cariño tras el último terremoto. Un joven al que le viene pequeña la ropa tras el estirón adolescente. Las calles, estrechos ríos de hormigas, parten del puerto para ascender por la colina, y ya que las aceras son intransitables, por los comercios y bares que las hacen suyas, el peatón acaba jugándose la vida por una calzada de motos endemoniadas y repartidores impacientes. El puerto es grande y desabrido, con los colores apagados de una rada de paso, donde nadie en el fondo se quiere quedar. Esa imagen de transitoriedad que otorgan los barcos de pasajeros, nerviosos en sus cubiertas, buscando al familiar o al taxi que le sacará corriendo de la vorágine. Los cafés rodean en continuo todo el perímetro y la clientela se agolpa en sus mesas sin buscar el lugar coqueto de otros puertos griegos, sino estampas calcadas de otros viajeros apresurados, ya sea en Algeciras o el Pireo. Las patrulleras enormes del Frontex, con sus metralletas apostadas tras los candeleros, completan la imagen arisca de una ciudad muy poblada que se merecía mucho más.

Sus heridas nunca cicatrizan y el resquemor hacia la vecina Turquía es aquí mucho más patente y se petrifican las matanzas de la guerra sin disolverse. Por el VHF no cesa el constante llamamiento de la costera a los mercantes turcos que para ahorrarse unas millas invaden las aguas territoriales helenas. Otro tanto debe suceder del otro lado, aunque a mí no me llegan las ondas. A veces es complicado para un velero no apurar bordos peligrosos que te puedan meter en problemas fronterizos, pero parece que el barco de recreo tiene en principio bula y se hace la vista gorda con él. O es que nos consideran tan inútiles que dan la causa por perdida. En muchos casos tienen toda la razón.

A pesar de sus lesiones, la isla es grande y boscosa, con increíbles playas vacías, donde perderse. Literalmente lo hicimos, nos perdimos y milagrosamente encontramos el camino frente a las bodegas de Ariusa, donde llegaban las camionetas con la vendimia recién cosechada y un amable bodeguero nos mostró las bondades de sus caldos, mientras acariciaba y pulía los racimos de colores con el mimo de un cirujano.

–De aquí proceden el “vino negro” que embarcaron los aqueos rumbo a Troya. Y así lo seguimos produciendo.

Yo, ese cuento lo había escuchado en otras islas. Pero en el fondo, la realidad importa poco en el deslumbrante Egeo, pintado siempre del azul del sueño, y la verdad de la historia es tan relativa que solo pueden contarla los muertos y el eterno Homero, que precisamente dicen que nació en Quíos, sin que tampoco nadie, a ciencia cierta, pueda asegurarlo. En esa mañana soleada, oliendo el aroma de las uvas quietas en sus canastos, el imperceptible rumor del mar rompiendo allá abajo y el sagrado silencio de los barriles en la cava, uno se siente verdaderamente importante y se bebe todas las leyendas sin vacilación. Nos vendió varias botellas.

 

Σου πάει το φως του φεγγαριού
τις νύχτες του καλοκαιριού
απάνω σου όταν πέφτει

Σου πάει το φως και το πρωί
σαν κάνεις πρόβες τη ζωή
σε θάλασσα καθρέφτη

Στου κορμιού σου τ’ ακρογιάλια
θα με φέρουν μαϊστράλια
με καράβια χιώτικα

Και θα λάμπουνε για μένα
τα φεγγάρια τα κρυμμένα
και τ’ αλλιώτικα

Το στόμα σου μοσχοβολιά
από μαστίχα και φιλιά
τα μάτια σου ταξίδια

Για της αγάπης τους τρελούς
ωραίους και αμαρτωλούς
για ναυαγούς σανίδια

Στου κορμιού σου τ’ ακρογιάλια

Te sienta bien la luz de luna
cuando cae sobre ti
la noche de verano.

También la luz del día,
te pruebas la vida
frente al espejo del mar.

Me llevaran a las orillas de tu cuerpo
el viento de Mistral
y los barcos de Quíos.

Y lucirá para mí
la escondida luna
engañosa.

Tu boca aromática
de mastija y besos
Tus ojos como viajes.

Los amores de los locos
hermosos y pecadores
para el náufrago la tabla de salvación.

Me llevaran a las orillas de tu cuerpo

13 pensamientos sobre “Las heridas de Quíos”

  1. Una auténtica pena lo de Quíos. Yo estuve allí en varias ocasiones a finales de los 90 y era una preciosidad. Confío, no obstante, en que sabrá resurgir de sus cenizas como el resto de Grecia.

    1. Hola Miguel Angel, sí que son una preciosidad los bosques de Quíos, supongo que la naturaleza sabrá reparar nuestra barbarie, pero esos pinos tenían muchos años mirando al mar. Lo importante es que no ocurra más, si es posible. Es una isla bellísima.

      Saludos

  2. Hola Anusca, menudo cambio, de la pequeña y solitaria Psara a la inmensa Chios, de las mas grandes del Egeo. Que interente todo lo que cuentas, pero lo que no me creo, perdoneme usted, es que os perdierais y, curioso, acabarais en las bodegas de Ariusa. ¡Menudo olfato!. Y el vino negro… ¿que tal esta?. Espero que os tomarais alguno a mi salud. Otra cosa, me encanta una frase de la canción con que nos has deleitado esta vez; muy bonita por cierto: «te pruebas la vida frente al espejo del mar». ¡Ahí la vida siempre te queda niquelada!.
    Un beso muy gordo a los dos
    Viriato

    1. Pues te lo creas o no, fue así. Llegamos a un cruce de caminos, por un lado te llevaba al museo de la mastija; trajes regionales, utensilios antiguos y tal, ya sabes que nos encantan; por otro se iba al más allá, es decir: la bodega. Ya entiendes que en esta tierra uno no es dueño de su destino, siempre hay dioses observando y dirigiendo.
      Me tomé varios a vuestra salud, como siempre.

    1. Estupendo que te lleve la imaginación, pero son impresiones mías y espontáneas, seguro que a ti te sugieren otras. Siempre es necesario volver una y otra vez sobre la misma isla para encontrar todos sus secretos.

      Abrazos

  3. Siempre es un placer leerte, Ana, aunque en este caso sea un tsnto triste. A mí me gustó Quíos, sus bosques de pinos y lentiscos, incluso no vi tan fea a la ciudad como tú nos cuentas. De ahí mi pena ante la devastación del fuego. Es la gran peste de nuestros días, la vivo en Galicia y la viví desgraciadamente varias veces en Atenas y en Lesbos, aquí un verano fue tan terrible que en el hotel dondenos hospedabamos y teníamos el curso de griego, no pudieron servirnos la comedia porque tenían que cocinar para las brigadas antiincendios, menos mal que había confianza y estábamos acostumbrados a autoservirnos.
    Φιλιά πολλά, Ana!

    1. Hola Carmen, siento que me haya salido tan triste, no era mi intención. La ciudad no me pareció fea, esa no es la palabra, porque también la comparo con el Pireo o Algeciras y ambas me traen muy buenos recuerdos. Quizás me influenciaron mucho las patrulleras del Frontex , su color gris y su significado, o el movimiento infernal que había para los barcos amarrados. Intento ser imparcial pero no siempre lo consigo. Ya sabes que a mi, todo lo griego me gusta y le encuentro su salsa por oculta que esté, pero si siempre digo que todo es maravilloso, a parte de parecer una “folclórica” tipo Carmen Sevilla ¿Quién me iba a creer?
      Quíos es tan grande que necesita muchas visitas. Solo son pinceladas de una viajera curiosa.
      Los incendios en Grecia son la peor pesadilla de los veranos. Y en Galicia también, ya lo creo.

      Μια χαρά ειναι, οπως πάντα, Carmen

  4. Hola Carmen, siento que me haya salido tan triste, no era mi intención. La ciudad no me pareció fea, esa no es la palabra, porque también la comparo con el Pireo o Algeciras y ambas me traen muy buenos recuerdos. Quizás me influenciaron mucho las patrulleras del Frontex , su color gris y su significado, o el movimiento infernal que había para los barcos amarrados. Intento ser imparcial pero no siempre lo consigo. Ya sabes que a mi, todo lo griego me gusta y le encuentro su salsa por oculta que esté, pero si siempre digo que todo es maravilloso, a parte de parecer una «folclórica» tipo Carmen Sevilla ¿Quién me iba a creer?
    Quíos es tan grande que necesita muchas visitas. Solo son pinceladas de una viajera curiosa.
    Los incendios en Grecia son la peor pesadilla de los veranos. Y en Galicia también, ya lo creo.

    Μια χαρά ειναι, οπως πάντα, Carmen

  5. La Mastica me encanta. La tomo después de comer en Periplos bar, de mis amigos Luca & Yannis en Madrid. Ellos son de Corfú. La historia de que Homero está enterrado ahí, me lo contaron en Paros, en una playa, frente a la isla. Lo maravilloso de Grecia, es que, estés donde estés, siempre hay una historia que hace del lugar algo mágico.

    1. Yo solo la he probado una vez, realmente es como comerte el campo. Los griegos son muy aficionados a bebidas evocadoras como la Mastica o la Retsina. Por el Jónico elaboran la Tentura, es un aguardiente flojo con mucha canela y clavo, está muy rica con hielo. Es típica de Kálamos.

      Un abrazo, Julia

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