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Las olas de Folégandros

Volver a un lugar después de tantos años me sume en un estado de inquietud. Pienso que el tiempo habrá hecho su destructor trabajo, destrozando en mi ausencia las imágenes y sensaciones que guardo como un tesoro en mi memoria. Nuevas casas blancas se habrán construido en las desiertas lomas, moteando con claros lunares aquel monótono campo sobrio, oscuro, aunque de numerosos y cambiantes colores según transcurrían las estaciones. Temor a encontrar los caminos, las ermitas y las tabernas, ocupados por gentes extrañas, intrusos que difuminarán mi sombra, tan nítida en aquellos brillantes días del pasado. Siguiendo el rastro, sin encontrarlo, de aquel aroma a pan recién horneado que se colaba por las callejas del castro y te orientaba hacia la felicidad, como el bramante de Ariadna. Cuando una historia se interrumpe, deberíamos ser capaces de hacer borrón y cuenta nueva, de lo contrario solo encontraremos nostálgicos cadáveres. Estas cosas pensaba yo antes de llegar de nuevo a Folégandros.

Cuando conocimos Folégandros, hace ya treinta años, estábamos al inicio de la primavera. Los montes pardos y plagados de espinos comenzaban a despertar de su sueño invernal y a bostezar con caracoles, mariposas y alguna que otra flor, que brillaba como un neón en aquella roca paralizada por las inclemencias de los temporales. Había muy poca gente en el puerto y se notaba que el turismo a penas había comenzado a dar sus primeros pasos. Éramos el único velero, y nos amarramos en la parte interna del muelle, junto a un pesquero de madera que nos hizo sitio amablemente para que cupiéramos, en aquella zona, bien resguardada del mar.

El patrón del pesquero era un orondo señor de grandes bigotes blancos, con mejillas suaves y sonrosadas, que cuando sonreía abrazaba su tripa como si se le fuera a escapar. Llevaba siempre puesto un mandil de cuero y charlaba por los codos, a voz en grito, mientras aclaraba los trasmallos con su maza, para dejarlos limpios y listos para el próximo lance. El ayudante era su antítesis humana: un joven delgado y moreno, con la piel acartonada por el sol, al que no se le oía la voz. Siempre asentía a las historias del patrón dando asertivas cabezadas, al igual que a nuestros saludos; pero también sonreía. La sonrisa es el polvo mágico de estos mares. Como si no hubiera otra contorsión que hacer con la boca. Dejar entrar los rayos de sol entre tus dientes blancos, alzar la cabeza mirando al cielo que, acabado el invierno, calienta y alegra el alma hasta hacernos reír de gozo. Y de gozo eran también los salmonetes que traían, frescos, brillantes, mofletudos como el propio patrón, que los acunaba en sus manos mientras me los mostraba.

–Mañana guárdame unos cuantos.

Y él me describía al detalle los buenos pastos que alimentaban a esos peces sabrosos. Las algas y gusanitos que mordían sus bocas en esas aguas transparentes de la isla. Nada comparable con las playas de arena. Porque aquí, las rocas y las olas, los vuelven fuertes y vigorosos, de carnes prietas y macizas, acumulando en sus chichas el suculento sabor del mar. Y en sus escamas las tonalidades de este ponto vinoso, colorado, azul, transparente, rico en peces. El mejor del mundo. Dejaba el pez en la cesta y acariciaba su barriga.

Los griegos tienen una tremenda obsesión por la pesca. Es frecuente verlos paseando por los malecones, hablando sin prestar atención a su interlocutor, atisbando todo lo que se mueve al otro lado del espejo, lanzando sedales desde cualquier sitio, y tirarse horas muertas esperando el más leve temblor de la línea. No era raro ver a los marineros de la patrullera matar sus guardias a base de anzuelos y cigarros.

Contagiados por esa pasión, que tiene más de acto meditativo que de simple afán cazador, sacamos una potera y la descolgamos por la borda. Tuvo a bien la fortuna, o el infortunio, todo depende de como se mire, de que pescáramos un pulpo. A la vista de todos y con gran regocijo por nuestra parte.

El patrón del pesquero, que nos observaba, amagó una mueca de disgusto, pensando quizás que ese pulpo era de sus dominios, de sus rocas y de sus algas, es decir; criado por él mismo. Y se fue hacia su barca sin mediar palabra. Su ayudante cabeceó con desdén y miradas de recelo. Al día siguiente, los salmonetes habían subido de precio y los saludos eran más escuetos y serios. Así finiquitamos el inicio de una marinera camaradería.

La Jora estaba lejos. Subíamos la cuesta interminable arrastrando unas oxidadas bicicletas plegables que rechinaban más que las primerizas chicharras de la primavera, aprendiendo cada piedra del camino entre gotas de sudor. Y el regocijo al doblar la curva y reconocer la ermita blanca que se recogía entre los riscos, preludiando el fin del martirio. Y nada más llegar, el aroma a pan que nos llevaba encandilados por las callejas del pueblo, hasta encontrar el horno de leña, en un vericueto de calles imposible de memorizar, que terminaban en una chimenea ennegrecida que sobresalía de las casas blancas.

Y nos descolgábamos de nuevo por la carretera, sin frenos y sin pedales, dejando que los panes saltaran de júbilo en nuestras cestas, no sin antes asomarnos a los acantilados para cantar canciones de pájaros.



Las olas, desde allá arriba, se veían insignificantes, como simples sombras a contrapelo sobre una felpa azulada. Diminutas, porque en verdad no existen. Una ola no es más que el mar que toma forma, efímera, se desploma y se desvanece, para volver, más tarde, a ordenar sus aguas frente a nuevos vientos. Aunque las gotas compañeras no vuelvan a encontrarse nunca más.

Un día llegó un pequeño mercante, de unos cincuenta metros, y se amarró a la cara externa del dique. No llevaba mucha tripulación y tampoco recuerdo su carga, pero sí que debía de ser preciada, a tenor del barullo que se montó durante su estiba. También recuerdo al capitán pidiéndonos el favor de que le largáramos las amarras, pues no le funcionaba la marcha atrás y tenía que salir maniobrando con las estachas. Lo sorprendente es que no nos sorprendió. En aquel bendecido mundo insular de entonces, hacía ya tiempo que no nos dejaba atónitos su desparpajo para solucionar los problemas sobre la marcha y tan solo con la necesidad de un  Καλή καρδιά, un buen corazón.
Cuando zarparon, los agradecimientos fueron efusivos.

—Amigos, nos encontraremos de nuevo en el mar, entre las olas— gritaba el capitán desde el puente. Y el resto de marineros saludaban desde cubierta y desde los portillos con pañuelos. Fue una despedida emocionante e improvisada. Mientras se alejaban hicieron sonar la bocina, que se fue perdiendo, desvaneciéndose, a la vez que el hollín de su pobre máquina, en el horizonte. Mugiendo, como el adiós de una vieja vaca cansada.
Aquello fue el inicio de una inesperada y marinera camaradería. Y como las olas, se desplomó y tomó nuevas formas.

Tengo que reconocer que Folégandros no ha cambiado en exceso, conservando su castro impoluto. Y, aunque han construido en las cercanías de la Jora, no han sembrado toda la isla de urbanizaciones. Hay más bien un cierto afán por la calidad y la belleza, que se refleja, por supuesto, en los precios abultados de las tiendas y tabernas. Las casas, pintadas y encaladas, siguen conservando la hermosura de antaño, aunque ya ajenas a cualquier otra cosa que no sea el turismo. Realmente, Folégandros está tan bonita, tan arreglada, que parece una tarta nupcial. Con su pueblo de nata asomado al acantilado oscuro de chocolate y la vistosa iglesia de la Virgen, coronando la montaña con una cobertura de merengue esponjoso, con un sendero empedrado que resbala por la ladera haciendo eses como la rúbrica del pastelero.

En su puerto se reúnen los enormes yates de lujo, dirigidos por un amarrador oficial. Pero cuando se van por la mañana, se queda todo prácticamente como estaba antes de su presencia. Y supongo que, en invierno, vuelven las barcas a sus puestos, a protegerse de los temporales y a esperar a los mercantes. Esos mercantes a los que, si no tienen marcha atrás, ya no se les permite salir de puerto.

Es la apuesta que parecen haber hecho en la isla: belleza impoluta y turismo exclusivo. Y no es mala cosa, cuando se observan los desmanes de islas vecinas como Mykonos o Santorini, en las que empieza a ser difícil admirar nada que no sean villas y apartamentos.

No me entristeció volver a Folégandros, tampoco me llenó de euforia. Cuando vuelve la ola a la playa no recuerda, nunca que antes estuvo allí. Fueron otras las aguas las que lamieron su costa.


Los amores son agua en la barca, agua en la barca nuestra
que entra siempre, agua en la barca, agua en la barca nuestra
Y si se perfora, agua en la barca, agua en la barca nuestra
Hay que taponarla, agua en la barca, agua en la barca nuestra.

Todo el mundo recorrí, pero solo eso sé,
yo sin ti sufro y padezco.
Se llenó mi barca de agua y ¿Cómo la vacío?
Me inundas el cerebro y empiezo a ahogarme.

Los amores son agua en la barca, agua en la barca nuestra
que entra siempre, agua en la barca, agua en la barca nuestra
Y si se estanca, agua en la barca, agua en la barca nuestra
Hay que achicarla, agua en la barca, agua en la barca nuestra.

Todo el mundo recorrí, pero solo eso sé,
yo sin ti sufro y padezco.
Se llenó mi barca de agua y ¿Cómo la vacío?
De nuevo contigo en la cabeza me levanto y me acuesto.

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14 comentarios en «Las olas de Folégandros»

  1. Gracias como siempre, Ana. Casi se puede oler el pan y oír los chirridos de las bicicletas. Posees un don para la evocación.
    La historia de los salmonetes me ha traído el recuerdo de una persona muy querida y ya muerta.
    Por vía materna, el 50% de mis orígenes son de Almería. Cuando en reuniones familiares en Almería en torno a una mesa y buenas viandas celebrábamos lo rico que es el pescado de aquellas costas y el regusto diferente al nuestro, al de Málaga, nuestro querido primo Juan siempre decía que aquellos galanes, salmonetes,etc. sabían así porque el pescado en Almería es de roqueo (además, claro, de tener todavía afortunadamente en la zona del Cabo de Gata fondos muy limpios). En su jerga afirmaba que aquellos sabrosos pescados que disfrutábamos estaban «amariscaos».

    Un beso grande,

    Leticia

    1. Eso de los salmonetes amariscaos me encanta. Y tenía razón tu primo, hay salmonetes con más sabor que las mismas gambas. Debe ser porque se las comen primero. El salmonete es el rey de los pescados cuando vive en aguas limpias y bastante mediocre cuando vive sobre el fango. Creo que en Roma era el bocado más preciado.

      Un abrazo, Leticia

  2. Hola Anuska. Recuerdo como si fuera ayer las historias que contabais de Folegandros, con su Jora inalcanzable, su increíble pan y su belleza. Esa imagen contada de Folegandros abrió dentro de mí la caja de los truenos y desde entonces no he pensado en otra cosa que ir a Grecia. Y a Folegandros. Qué demonios, cuando se idealizan los lugares no hay mejor medicina que metértelos en vena. Ya sé ocuparan ellos de decirte si estabas o no equivocado. O el corazón.
    Mogollón de besos
    Viriato

    1. Lo mejor de los lugares es que nadie te cuente nada de ellos y que seas tú quien los descubras. Así comprenderás lo que significan las Itacas, que decía Cavafis.
      Ahora que tienes nuevas velas no hay quien te pare.
      Un besote

  3. Monika Garcia Durañona

    Precioso relato, casi se puede oler el mar! 🌊 No he dejado de sonreír al leerlo, igual algún día conozco ese mar y a sus gentes!!
    Gracias por compartirlo🙏🏼

  4. Ana, te dejo el primer poema que escribí en Folégandros, hace ya 20 años. La isla ha cambiado mucho, pero sigue siendo un buen lugar para recorrer su jora, sus bancales y sus costas, aunque cada año nos la van turistizando más. Un abrazo.

    Folégandros, Folegandros,
    me gusta escuchar tu nombre
    mientras revivo tus mares,
    y sueño pisar tus montes.

    El pueblo de las seis plazas
    hierve de gente en la noche,
    capillas en cada esquina,
    cien iconos para un pope.

    Las calles son como ríos,
    las plazas son los remansos;
    en los cafés las parejas
    —sobre las mesas de mármol—
    beben “ussos” y licores
    frente a fichas de «backgammon»,
    a sus lado les contemplan
    las miradas de los gatos.

    Hibiscos y buganvillas
    que crecen entre las piedras,
    perfuman a las familias
    bajo un techado de estrellas;
    a lo lejos sobre el mar
    despunta la luna llena
    y entre las voces se escucha
    cantar a Cesaria Évora.

    En las tabernas, mujeres
    cortan pepinos, pimientos,
    tomates y queso feta;
    mientras, sobre los braseros,
    corderillos van girando
    en las espadas de fuego;
    luego, los hombres los cortan
    en pedacitos de cielo.

    Cuando llega el medio día,
    barcos que van a las playas
    abren el azul del mar
    y derraman sangre blanca,
    en sus vientres los viajeros
    contemplan, sueñan y callan,
    arriba, cien mil bancales
    domadores de montañas
    del barranco hacen terrazas.

    Por los estrechos caminos
    circulan burros de carga,
    sobre sus lomos los viejos
    los van azuzando y cantan
    recuerdos, viejas historias
    de vidas duras e ingratas
    de otros tiempos de esta isla
    y de sus gentes tan bravas.

    Folégandros, Folegandros,
    me gusta escuchar tu nombre
    recordando tus seis plazas,
    tus capillas, tus olores,
    las cenas bajo la luna,
    los bancales de tus montes,
    el azul que te rodea,
    todos tus otros colores
    y lo mucho que aprendí
    de tus días y tus noches.

    Ricardo Fernández Esteban ©

    1. Muchas gracias, Ricardo, por tu bonito poema sobre Folegandros.
      Es una isla que solo inspira cosas bellas. Y es verdad que el turismo la va cambiando, pero en este caso, como decía más arriba, no ha sido muy de devastador. Hay islas que ya ni sé reconocen.
      Un saludo

  5. Ana,tendrás que cambiar el nombre de los lugares que describes,para evitar encontrar a todos tus lectores en tú siguiente viaje.Nos los presentas tan apetecibles que todos queremos arrebatatartelos.Muchas gracias por compartir tus impresiones.

    1. Hola Almudena. Nada se puede hacer para parar el turismo. Yo tampoco puedo hacer nada con mis ganas de escribir sobre Grecia. Tienes razón con lo que dices, pero al menos, quien lea esto ya tendrá claro que a Folégandros no se va a bailar reggaetón. Algo conseguimos.

      Un abrazo grandísimo

  6. Hola, Ana. Gracias por tu nuevo relato. Coincido absolutamente con todo lo que cuentas de Folégandros. Hace ya muchos años que la recorrí de cabo a rabo, desde Ano Meriá hasta Karavostasis, el puerto, enamorándome de la preciosa Hora. Es, junto a Nísiros y Kárpathos, uno de mis refugios «secretos». Un saludo

    1. Hola, Kiko
      Folégandros es una isla muy especial que invita al paseo y la vida tranquila, alimentándose solo de los cielos infinitos que se ven desde sus ermitas. Es la isla con más ermitas por habitante. Supongo que es esa sensación de vuelo, la que se tiene en la isla, la que colma al viajero de felicidad y le hace volver una vez tras otra.

      Un abrazo

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