¡Lavate las manos!

Hoy he recibido noticias de Evgiros, mi pueblo griego. Me llegó un mensaje de mi amiga Vula: ¿Todo bien?, todo bien.
Todo bien significa que no sabíamos cuando nos veríamos, que la taberna permanece cerrada, que las millas hasta Grecia crecían de sopetón por la simple llegada del mensaje porque, hasta este momento, Evgiros estaba en mi pensamiento como una bengala salvadora que se encendía con solo invocarla, y a partir de ese instante tomaba consciencia de que había un mar infranqueable entre nosotros.
Y con esa forma encantadora que tiene el idioma griego de decir te echo de menos, añadimos: Me faltáis. Nos faltas.

Tantas veces he pensado, ahora hay mucho tiempo para pensar, en como sería mi vida si me hubiera pillado la ola rompiente en Grecia, si hubiera podido llegar surfeando hasta sus costas antes de quedarme varada en España. Posiblemente sería todo más incómodo, encerrada en un pueblo de pocos habitantes, sin supermercado ni panaderías. Me imagino saliendo cada día a la terraza, buscando la luz del faro del cabo Dukaton; su periodo de oscuridad es tan largo que te deja sin respiración esperando su destello, con el miedo metido en el cuerpo de que el mundo conocido haya sucumbido a una peste universal, pero al final resplandecería y me sentiría a salvo. Así estaría yo, esperando el rayo salvador. También saldría a espantar a los gatos, los pocos que haya dejado el invierno de tabernas cerradas; hambrientos y pelmas hasta la extenuación. Y recogería las hojas de la higuera, que pertinazmente y con cadencia desesperada tiene la costumbre de recordarme que la naturaleza sigue viva, produciendo tal masa de material vegetal por hora, que puedes ver aparecer, crecer y estallar sus brotes si tienes paciencia. Las lombrices, como fideos negros trepando por la fachada. Los palomos como taladros y las lechuzas ululando a las culebras.

¿Qué haría? No podría choricearle la wifi a la taberna porque estaría cerrada aunque seguro que ellos la dejarían abierta pensando en nosotros. Saldría a pasear y no vería a nadie, quizás a los vejetes sentados en la plaza, a los que saludaría desde lejos por precaución. Esos viejos resabiados que ya no temen a nada ni a nadie, porque como me decía una de mis amigas de ochenta y tantos: “hay un tiempo para morir, igual que lo hay para vivir, y no hay que avergonzarse de ello.” Y tu te quedas turulata de tamaña elocuencia, salida de una mujer menuda y sonriente; esas frases lapidarias que nosotros, con la venda en los ojos, tenemos miedo en pronunciar.

No tendría nada que comprar, no tendría nada que comer, pero aparecerían fenómenos paranormales en la puerta de mi casa, en forma de huevos anónimos, pimientos, calabacines y hasta alguna fiambrera de pasta con caracoles. Sería una reclusión total, pero de forma intangible, como una tela de araña se colaría por los muros de la casa un ectoplasma de afecto que nos abrazaría por las noches en la cama. Y por la mañana se oiría un grito lejano: ¿Todo bien?, todo bien.

Las epidemias de la humanidad son momentos críticos de la historia, hacen empujar a la sociedad en un sentido o en otro como la guadaña de la selección natural. El enemigo es incomprensible, invisible, omnipresente, escurridizo, sospechoso y sujeto a múltiples leyendas y fantásticas explicaciones. Mucho más poderoso que cualquier superhéroe de nuestra literatura.

Las sucesivas oleadas de peste sobre Europa modificaron los trazados de nuestras ciudades, la numeración de las calles y hasta la aparición de documentos nacionales de identificación. La Yersinia pestis, la bacteria de la peste, transmitida por ratas y pulgas, probablemente salió de China a finales del siglo XIII llegando a tierras europeas unos cuarenta años después y llevando la muerte a todos sus rincones. Acabó volviendo al país asiático para renacer en una nueva gran epidemia a mediados del siglo XIX, matando a unos diez millones de personas. Solo una mejor higiene, el reforzamiento del sistema inmunitario y los antibióticos pudieron frenar a la peste. No somos nada originales en cuanto al origen de las epidemias, sean ratas, murciélagos o changolines. En el caso de la peste se buscaron las más variopintas e increíbles explicaciones, como castigos divinos o envenenamientos ocasionados por los judíos, simplemente porque sufrían menos la enfermedad, a causa de sus costumbres de aseo más escrupulosas.

En griego la palabra higiénico y la palabra saludable son iguales: υγιεινός. Higía era la hija de Asclepios, dios de la medicina. Ella misma era la diosa de la curación, la limpieza y la sanidad, mostrando la sustancial relación entre el aseo y la buena salud para los griegos clásicos.

Ciertamente, en esta epidemia vírica, hemos comprendido la importancia de un acto tan simple como enjabonarse con esmero. Ahora me miro en el espejo y me percato de las escasas veces que lo hacía antes, después de haber deambulado por la calle y rozados cientos de elementos desconocidos. En este momento tomas consciencia de que los medicamentos no lo son todo para la sanación, sino que con más pastillas de jabón evitaríamos numerosas visitas al médico, que en griego se dice γιατρός, el que cuida de la salud y de la higiene. Y cuando miro mi reflejo veo a mi espalda a mi incansable abuela repitiendo: ¡lavate las manos!


Cuando Cristóbal Colón y sus hombres llegaron a América llevaron en sus naves un cargamento de parásitos, pulgas, gérmenes, bacterias, y enfermedades a las que ellos ya eran inmunes pero no los nativos americanos. El contacto supuso el fallecimientode gran parte de los indígenas. Los barcos eran entonces fuente de dispersión de enfermedades importantes, como ahora son los viajes en avión.

En la Grecia clásica, una extraña peste asoló Atenas durante las Guerras del Peloponeso; se conoce como la enfermedad de Tucídides y se cree que llegó al Ática transportada por los barcos mercantes que atracaban en el Pireo. En algunas revistas científicas como Life Science se especula sobre la posibilidad de que se tratara del primer brote documentado de Ébola. Según relatan los textos antiguos, los enfermos padecían fiebre, dolores de cabeza, molestias estomacales, fatiga y vómitos constantes. Otros signos menos frecuentes incluían sangrado de boca, enrojecimiento de los ojos, convulsiones, erupciones cutáneas y gangrena. Durante esta epidemia pereció el mismo Pericles y las tropas espartanas se alejaron de Atenas paralizadas ante el sobrecogedor resplandor de las piras funerarias.

La lista sería interminable y nos hace levantar la cabeza con espanto: conquistadores llevando sus miasmas al otro lado del océano, barbaridades cometidas contra la población judia que tenían como única culpa ser más limpia, leprosos en lazaretos, apestados expulsados de la ciudad ¡Qué tiempos oscuros! ¡Qué barbaridades! Ahora tenemos la tecnología, tenemos más conocimiento científico y somos más civilizados. Ahora ponemos en cuarentena a los astronautas cuando regresan a la tierra, sabemos lo importante que es la desinfección y a los enfermos los aislamos en salas lo más estériles posibles.

Todos estamos en estado de shock porque nos ha tocado vivir una experiencia que creíamos de otros tiempos y otros lugares. Los virus y las bacterias han evolucionado para perfeccionarse y colonizarnos, pero siguen creando en nosotros el nerviosismo insolidario de escapar, aun llevando a cuestas el contagio a sitios remotos. Los éxodos de probos ciudadanos intentando huir de las ciudades, buscando pueblos aislados, o islas distantes, nos recuerdan a los amigos florentinos del Decamerón, que escapando de la peste se refugiaron en un palacio en el campo, con un hermoso y amplio patio en el centro, y muchas galerías, salas y aposentos, donde aguardar seguros el fin de la pandemia mientras el viento transportaba el hedor de Florencia. Podemos constatar que los virus se han esmerado, pero nosotros seguimos en el mismo lugar.

¡Cuántos valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes gallardos a quienes no otros que Galeno, Hipócrates o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con sus parientes, compañeros y amigos, y llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!
El Decamerón, Bocaccio

Vuelvo a la imagen de mi pequeño pueblo y lo evoco con añoranza, con un gusto amargo en la garganta. Pero me consolaré con lo de “me faltais”, “nos faltas”, para poder seguir exclamando “todo bien”, “todos bien”. Esos viejos sabios, dulces como caramelos y frágiles como jarrones chinos, que se reúnen bajo el árbol y no se avergüenzan de nada, merecen ser preservados a toda costa; son los únicos que nos pueden recordar un poco más de tiempo que hay que asearse y lavarse las manos. Espero que sigan todos allí.

Entretendré mi encierro escuchando alguna sabrosa canción que me traslade a Grecia, como solo pueden hacerlo la música y la poesía. Teniendo en cuenta que es el día internacional de esta última, qué mejor que esta de Mikis Theodorakis con letra del gran poeta y premio Nobel Giorgos Seferis.

Άρνηση

Στο περιγιάλι το κρυφό
κι άσπρο σαν περιστέρι
διψάσαμε το μεσημέρι
μα το νερό γλυφό.

Πάνω στην άμμο την ξανθή
γράψαμε τ’ όνομά της
ωραία που φύσηξε ο μπάτης
και σβήστηκε η γραφή.

Με τι καρδιά, με τι πνοή,
τι πόθους και τι πάθος
πήραμε τη ζωή μας λάθος!
κι αλλάξαμε ζωή.

Negación

En una orilla escondida
blanca como una paloma
estábamos sedientos al medio dia
pero el agua era salada.

Sobre la arena dorada
escribimos su nombre
estupendo que soplara la brisa
y se borrara lo escrito.

Con el corazón, con la respiración,
con deseo y con pasión
iniciamos nuestra vida equivocada
Y la tuvimos que cambiar.

19 pensamientos sobre “¡Lavate las manos!”

  1. Hola Ana,
    Que bien describes la sensación de lo que estamos viviendo y que ciertos son los dos últimos versos… πήραμε τη ζωή με λάθος κι αλλάξαμε ζωή…
    Pero llegará la primavera quizá en el verano y volveremos a Grecia…
    Si es humanamente posible nosotros seguimos con la esperanza de poder navegar en junio a bordo de La Maga 3. Esto pasará.
    Un abrazo y ánimo a todos.
    Alicia (y Hugo)

  2. Hola Ana:
    El corazón se me encoge al encontrarme con tu nuevo escrito. En esta situación de incertidumbre y pesadilla manda ese corazón, la emoción.
    Por correo te comentaba algo pues necesito acortar distancias y saber.
    Luego, la música, los versos de Seferis, únicamente podría decir algo con lagrimas como tinta.

    Un fuerte abrazo.

    1. Ana superba sólidad y como creo que sí estamos en schok, pues ahora estoy con la emoción de tu escrito ( igual me entra a ratos la risa, que es lo que tiene este surrealismo). La canción una de mis favoritas y las noticias de allá pocas y confusas ( con esa sanidad que han dejado). Un abrazo Lola

      1. Ay, es que Theodorakis es un malvado retorcido, maestro en sacarnos las lagrimas. Las noticias de las islas son buenas; son poblaciones pequeñas y aisladas. El problema será el exodo Ateniense y me temo que ellos, como nosotros, son también muy indisciplinados. En estos casos la fatalidad oriental es mas recomendable. Un besazo.

    2. Hola Mario. Si, Theodorakis es unico para teletransportarnos a Grecia con sus notas. Y encima, con la palabras de Seferis más todavia. Esta canción es muy conocida y muchos discuten si Seferis se la dedicó a una playa de Chipre, donde vivió mucho tiempo, o de Grecia. En el fondo tanto da, a cada uno que le lleve a su rincon más soñado.

      Un abrazo Mario y Perastiká, que dicen los Griegos. Todo pasará.

  3. Hola Anuska.
    Entiendo perfectamente que estés con el corazón “partio”, que sientas a tu Grecia tan cerca y tan lejos a la vez. Todos viajamos constantemente a los lugares añorados con la imaginación, imagínate ahora confinados en casa… Pero esto pasará, más pronto que tarde, y regresaremos a la normalidad más fuertes y apreciando lo realmente importante. Por los menos algunos, que hay mucho cazurro que todavía no se ha dado cuenta de lo que está pasando…
    Qué bonita es la canción que has puesto y su letra. Me ha encantado.
    Por favor cuidaros tú y tu chico, que nos quedan muchas paellas por tomar y muchas navegaciones juntos.
    Un beso muy gordo
    Viriato

    1. Pues sí Cesar, ahora es el momento de darse cuenta de lo felices que eramos y sin embargo nos quejabamos. Algunos aprovechan la crisis para seguir despellejandose, otros a huir ellos y así salvarse demostrando una total falta de civismo. Me mantengo: qué fragil es el mundo y cómo nos lo amargamos nosotros mismos.

  4. Hola Ana, tal vez todo esto nos sirva para darnos cuenta de lo felices que vivíamos, o mejor dicho, de lo infelices que vivíamos teniendo todo. Ahora que no tenemos nada más que nuestra vida y un techo que nos protege, ahora que no tenemos mar, no tenemos montañas, no tenemos amigos y no tenemos padres a quien besar y abrazar, tal vez ahora nos demos cuenta que para ser felices en la vida ya lo teníamos todo.
    Nos toca ahora luchar para recuperarlo todo. Ayer hice una multi-video-llamada por whatsapp con mi hermano y mi madre, y la verdad es que fue emocionante, prometo dedicar más tiempo a ellos cuando todo esto acabe.
    Tu escrito es muy agradecido, ayer precisamente hablaba con mi mujer (ahora hablamos muchísimo je je je ) de como lo estarán llevando en esas pequeñas islas griegas donde apenas son un puñado de habitantes y el virus no ha llegado, imagino que alguna habrá limpia aún. que envidia.
    Añoro el mar Ana, lo veo desde casa, si extiendo el brazo imagino que lo toco y sueño con navegar y bañarme en el en verano. Pero sobre todo pienso en el Mediterráneo, nos acordamos muchísimo de él.
    Sigue escribiendo Ana, me ayudas a soñar.
    Muchos besos.

    1. Muy sabio comentario, Fernando: «lo felices que viviamos y lo infelices que creíamos ser». Yo he intentado siempre valorar lo que tenía; incluso ahora, que para que me de el sol me tengo que subir al tejado de mi casa me parece fabuloso ver pasar las nubes sobre nosotros. Afortunado tu que ves el mar, yo lo oigo cuando hay levante y las olas rugen en la playa. Y me lo imagino más limpio que nunca, porque lo dejamos descansar un poquito. Yo a mi madre tampoco puedo verla y sufro cada vez que tarda en coger el teléfono, pero los hijos de la posguerra están bien acostumbrados a las calamidades y nos suelen dar lecciones. Cuidaos mucho y saluda al mar de mi parte.

  5. Hola Ana, gracias de nuevo por tu nuevo relato. Si, son tiempos complicados para todos y difíciles de entender, pero es lo que nos toca vivir…..!!!
    Espero que cuando todo esto pase alguien aprenda la lección y ponga en sus prioridades lo bonito que es vivir con cosas tan sencillas como un simple paseo, o con el placer de sentarse en una terracita compartiendo una cerveza o un café con los amigos o la familia. Por otro lado pedirle a la clase política que también aprenda algo, me suena como a utópico, pero confió que al menos, la sanidad publica, en franco proceso de desmantelización (a favor de la privada, claro) sea valorada como se merece y que se le vuelva a dar el protagonismo que debe tener. Desde la distancia veo a las preciosas islas griegas como verdaderos «Oasis» sobre todo las pequeñas, donde el tiempo tiene otro ritmo y la vida otros valores. Les deseo a todas ellas que puedan permanecer aisladas de todo esto.
    Gracias también por esa linda canción que nos regalas un día más.
    Te adjunto, si me lo permites, una nueva canción con aires griegos, para que te acompañe en tus ratos de confinamiento obligatorio, «La Taberna de Zaphyr» habla un poco de esos pequeños paraísos perdidos de cualquier pequeño pueblecito de alguna isla griega. Que en otro tiempo tuve la suerte y el privilegio de conocer. Espero que te guste.

    https://youtu.be/4VdV_6BXoaE

    1. Hola Francisco. Solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando llueve, es ahora cuando pedimos a los cientificos que busquen la piedra filosofal y a los sanitarios que nos atiendan, hace unos meses pocos le daban la importancia que se merecían; eso sí, cuando salía el ultimo modelo de iphone todos como locos a investigar sus novedades. Las islas tienen la ventaja de serlos, eso las salvaguardará mejor que a las grandes capitales. Yo soy optimista y creo en la ciencia, esa pobre denostada que a pesar de todo nos dará pronto una solución. Pero espero que no olvidemos lavarnos las manos. Gracias por la canción, no me funciona muy bien internet y youtube; otra estafa de las grandes compañías de telecomunicacione; pero lo intentaré.
      Un abrazo y buenas lecturas con musica para estas próximas semanas.

  6. Qué delicia, Ana. Gracias. Creíamos que éramos intocables como especie…. el COVI19 nos ha mostrado a todos nuestra fragilidad… como una especie de cura de humildad…. la Tierra parece que pida a gritos respirar…parar la locura ambiental a la que la sometemos…relaxxxx……. para en la locura de producir y consumir sin freno y sin, como dicen en Valencia, trellat. Muchísimas gracias por escribir en tiempos del cólera… quiero decir, de lo que sea esto.

    1. Hola Xavi. Ya vi que habíais clusurado las jornadas saguntinas, qué pena.
      El SARS-Cov2 es uno entre los millones de virus que andan escondidos esperando poder saltar sobre nosotros y así ha sido desde comienzos de nuestra historia humana. Ya ves, una moleculilla de nada pone en jaque al ser más evolucionado, el que solo se ocupaba de amasar dinero y controlar invasiones extraterrestres.
      La verdad es que estos tiempos duros son también interesantes, te alejan de ciertas personas y te acercan a otras que nunca imaginaste. Seguiremos contando sensaciones en tiempos de coronavirus.
      Un abrazo virtual y sin trellat ni res

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