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Lo que piensan las mujeres

«Los hombres han sido considerados justamente los amos del mundo. Los hombres han dominado a los animales salvajes. Los hombres han penetrado en las profundidades de la jungla y han podido investigar la Luna y los planetas. Pero sigue existiendo un lugar donde ningún hombre ha puesto el pie, un lugar que ni siquiera ha podido ver».

Así empezaba la película de Lubitsch, Lo que piensan las mujeres. Una obra menor del director, pero que constituye una comedia fresca y entretenida, con un humor irónico y refinado, como es su estilo, y con algunos toques desternillantes. Gracias a su sutil lenguaje, a su toque Lubitsch, logró que las insinuaciones y el erotismo consiguieran saltarse la censura de la época.

En 1930, ante ciertos escándalos y malas conductas de la gente del cine, el sector más reaccionario de los Estados Unidos creó un organismo para regular contenidos. De ello se encargó un tal Will H. Hays, un conservador bastante radical que redactó su código de conducta, un manual que debían seguir los estudios de cine. Por supuesto, los desnudos y las relaciones íntimas, o incluso los besos muy largos, eran censurados. Tampoco se podía hacer mención explícita del adulterio, pues el matrimonio era considerado una institución que debía ser protegida.

Muchas de estas prohibiciones están presentes en la película de Lubitsch, quien, lejos de dejarse atrapar por la prohibición, se zafa de ella de forma ingeniosa. No solo aborda estos temas, sino que se centra en ellos, mostrándolos de forma velada y sugiriendo cómicamente todo aquello que le estaba vetado.

Supongo que ahora podría ser tildada de machista y superficial, pero hay que considerar que es una película del año 1941, con una perspectiva de género bastante alejada de la que tenemos hoy. Si Lubitsch se libró entonces de la censura, no estaría bien que cayera presa de ella ahora. Además, Lubitsch es Lubitsch y ¡Dios lo tenga en su gloria!

El recurrente argumento de lo inescrutable que es el pensamiento femenino ha sido lugar común de muchas producciones de Hollywood, así como de ficciones literarias. Un enigma ante el que dicen sentirse derrotados escritores, cantautores, pintores y poetas. A mí siempre me ha parecido una sandez inventada, pero los mitos se construyen a partir de cimientos imaginarios.

Oscar Wilde dijo: «Las mujeres han sido hechas para ser amadas, no para ser comprendidas». Y, como lo dijo Oscar Wilde, pues ahí queda.

Sí que es cierto que hay un imaginario particular de mujeres charlando de «sus cosas», que a mí me resulta muy atractivo. Recuerda a esas cafeterías de antaño, aromatizadas con olores a cruasán y tostadas con mantequilla; con el sonido de platillos y cucharillas tintineando sobre el metálico mostrador y el silbido del vapor calentando la leche; el estruendo del café al ser molido y su exquisito aroma, que regurgitaba desde las boquillas de las cafeteras caldeando el ambiente. No sé por qué, pero esos entornos siempre han representado para mí un lugar seguro, y recurro a ellos cuando tengo atribulado el pensamiento. Me imagino tras las amplias cristaleras, observando a esos corros de señoras, sentadas, apretando el bolso en su regazo y hablando de sus intimidades, mientras el vidrio se empaña y gotea; devolviéndome finalmente al presente mezquino e inodoro. Es increíble, ¡con lo aburrida que me parecía entonces una cafetería!

El eterno masculino era otro: abocados sobre la barra de un bar, con el pie sobre el escabio, que sorteaba montones de servilletas y palillos, gritando improperios a los futbolistas de un aparato de televisión. Los hombres salían solos del bar; las mujeres, cogidas del brazo.

Cuando estoy en Evgiros, me complace bajar a la taberna de mi amiga Vula a las horas de poca afluencia de comensales. Sentadas en una mesa cercana a la cocina, charlamos de cosas importantes. Son tan importantes que podemos hablar en diversos idiomas sin molestarnos. Dependiendo de las contertulias, usaremos el griego, el español, el albanés, el italiano y hasta, si nos visita alguna petulante emigrante de Chicago o Canadá, dejará constancia de su amplio mundillo despreciando el griego y hablando en inglés.

¿De qué hablan las mujeres? De serpientes, de gallinas, del pasado, del futuro, de infiernos y paraísos. Los temas políticos y emocionales se acompañan de grandes muecas y aspavientos. ¡Malakas!

—Mira, te han llegado unos clientes.
—¿Y qué demonios querrán ahora?
—Mujer, es una taberna, ¿qué van a querer?
—Pues si me preguntan si la musaca es casera, se la encasqueto en la cabeza.

Está graciosa, dirigiéndose sonriente hacia los comensales, y retornando a la cocina con el rostro de Medusa. Nuestro rincón, lleno de tazas, menús, vasos y ceniceros. El sol cayendo a plomo sobre la mesa de los turistas. Itaca al fondo, envuelta en nubes de viento.

—Hoy soplará fuerte en Vathy.
—¡Aj! Ojalá se vuelen todos.

Uno de los aspectos más valiosos de las conversaciones intrascendentes es que no sabes dónde te van a llevar. Ese hablar por hablar, nombrar las minucias, dejar correr la tarde, es una manera de estimar el tiempo. Una charla insustancial que tiene múltiples vericuetos y bifurcaciones, con finales imprevistos.

—Por favor, la cuenta.

Ahora es de nuevo una gorgona la que toma la libreta y va anotando, mientras susurra improperios.

—¿Os he contado que mi abuela tenía una serpiente en el sótano? Era la serpiente del hogar.
—Varias veces, pero cuéntalo otra vez.

La conversación banal debería ser un arte. Antiguamente, las personas aprendían de sus padres o de sus maestros esa oratoria liviana, para poder pegar la hebra educadamente, con ingenio y elegancia. Luego llegaron los emoticonos y el mantra de que una imagen vale más que mil palabras.

La amistad firme y duradera es un proceso que requiere voluntad y tiempo. El componente de intimidad ha de ser lo bastante fuerte como para resistir los cambios, los desencuentros y los altibajos. No se improvisa, sino que se construye con tesón y paciencia, como los buenos caldos cocidos a fuego lento y con ingredientes elegidos. Si el consomé hierve deprisa, se espuma y se enturbia.

Es poco probable que mi querida amiga lea estas líneas. Pero, si lo hiciera, entendería al instante que aquellas espontáneas pláticas simplonas no consiguieron cambiar el mundo ni una coma, pero, con los años, lograron transformarme a mí y convertirme en lo que hoy soy: una sopa de palabras y emociones.

Μιλάνε για καιρούς δοξασμένους, και πάλι

(Άννα μην κλαις)

θα γυρέψουμε βερεσέ απ’ τον μπακάλη.

Μιλάνε για του έθνους, ξανά, την τιμή

(Άννα μην κλαις)

στο ντουλάπι δεν έχει ψίχα ψωμί

Μιλάνε για νίκες που το μέλλον θα φέρει

(Άννα μην κλαις)

Εμένα δε με βάζουν στο χέρι.

Ο στρατός ξεκινά

Σαν γυρίσω ξανά

θ’ ακολουθώ άλλες σημαίες.

Ο στρατός ξεκινά

Hablan de tiempos gloriosos, otra vez

(Anna, no llores)

volveremos a pedir fiado al tendero.

Hablan de la nación, otra vez del valor

(Anna, no llores)

en el armario no queda ni una miga de pan.

Hablan de victorias que traerá el futuro

(Anna, no llores)

a mí no me convencen.

El ejército se va

cuando regrese otra vez

seguiré otras banderas.

El ejército se va.

6 comentarios en «Lo que piensan las mujeres»

  1. Anuska feliz año. Qué bonito lo que cuentas. Las charlas entre amigos, sean de lo que sean, nunca son insustanciales porque, como bien dices, son el pegamento que aglutina la amistad. Si juntáramos en una línea imaginaria todas nuestras charlas, desde que tu y yo nos conocemos, darían varias vueltas al planeta, y estudiadas al microscopio, seguro que el 90 % no pasarían el listón de trascendentes, eso sí, casi todas empapadas de agua de mar, y acompañadas por su buena ración de botellas de vino tinto.
    Pero también te digo. ¿ Tú crees que estaríamos aquí, si nuestra amistad fuera el resultado de ese 10 % de charlas de alto vuelo?
    Un beso muy gordo a los dos
    VIRIATO

    1. Bueno, bueno, charlas empapadas de agua de mar, y de otras sustancias que aflojan las lenguas y las mandíbulas, no seas modesto. Para charlas de alto vuelo las que tenéis en el grupo de WhatsApp los Jesuses y tú. Parecéis el Think tank de la ONU.
      Un abrazote, amigo. Sé bueno, si puedes, y los Reyes te traerán algunas cosas.

    1. Hay muchas maravillas en la vida que no vemos por no prestarles atención, por pensar que son una perdida de tiempo. Pasar la tarde con un amigo, hablando de nimiedades es una de ellas.
      Un abrazo, Eduardo y Feliz día de Reyes

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