Los domingos de Poros

Los domingos de Poros son blancos, huelen a plancha y jabón. Atravesar con barco por el estrecho que la separa del Peloponeso es un pasatiempo entretenido. Como en un kinetoscopio de los inicios del cine, esos cilindros que daban vueltas proyectando imágenes encadenadas que, cuando tomaban cierta velocidad, daban la sensación de movimiento. El paso por el “perama” de Poros produce una sucesión de retratos en las que es dudoso determinar cuál es la parte estática y cual la móvil. Desde tierra hacia el mar tiene lugar la proyección de una película de múltiples personajes; la isla, el muelle, el pueblo, el reloj, el puerto, las tabernas, las barcas, los ferris, las tiendas, todo va quedando atrás y volviendo a aparecer tras un reposo; la isla, el muelle, el pueblo, el reloj, el puerto, las tabernas, las barcas, los ferris, las tiendas. Pacientes pescadores se transportan con sus cañas y cebos aun sin moverse, paseantes sin pasos, repartidores inmóviles y una ingente masa humana que se desplaza en un rodillo sin principio ni fin, un tiovivo ¿Quién es el listo que asegura que eres tú el que se mueve?

Poros no es una isla, sino dos, Sfera al sur y Kalavria, la más grande, al norte; ambas están separadas por un estrecho canal artificial y a su vez distantes del Peloponeso unos pocos metros, acoplándose a su contorno y dibujando uno de los mejores puertos naturales del Egeo. La pequeña Sfera sobresale como un pedúnculo, una gota colgante de Kalavria, y adopta una figura que el tiempo y el mar han ido modificando hasta transformarla en una verdadera sinapsis. No solo por su forma, también por el trasiego de barcas que cruzan de un lado a otro transportando pasajeros, materiales, alimentos. Trasvasando información.

Fue Ramón y Cajal el primero en definir el tejido nervioso como un entramado de redes en las que la unidad era una neurona y en las que las corrientes de información saltan a través de la sinapsis a otra célula, en uno de los mecanismos de transporte celular más complejos de los seres vivos. La sinapsis, la unión, tiene forma de vesícula achatada para acoplarse morfológicamente lo más posible a la célula sobre la que manda impulsos y en el espacio entre ellas tiene lugar el intercambio de moléculas y electrolitos que a la larga conforman lo que realmente somos; pura química.

Poros, al ser una de las islas más cercanas a Atenas, también es una de las más frecuentadas por los turistas, que la pueden visitar en una excursión diurna, con lo cual el trasiego y el bullicio es considerable. Los transbordadores atronan con sus bocinas y escupen riadas de gente que se adentran por las callejas o circulan alrededor del pueblo que asciende por la loma hasta la torre del reloj. Saludan.

En Grecia hay una ley no escrita que habilita al dueño de cualquier local a adueñarse de la acera frente a su negocio y llenarla de mesas, sillas, expositores y mercancías. Como resultado de esta peculiaridad, el peatón acaba por circular por la calzada esquivando los vehículos. En Poros esto llega a la exageración, los exteriores de los negocios se cubren con toldos para que los clientes tomen sus bebidas a la sombra mientras que los caminantes, a pleno sol, se asoman a la vereda del mar evitando ser atropellados. Saludan.

Frente a Poros está Gálata, un pueblo continental que se llama como el gran puente y la torre de Estambul y que une, como en el Cuerno de Oro, dos formas diferentes de ver la vida pero entrelazadas. Las barcas de madera que unen Poros con Gálata  nunca cesan su itinerario y los grandes ferris e hidrodeslizadores, capaces de llegar a cualquier hora, dejan todo convertido en un torbellino de aguas inquietas. Salpican.

Pero lo más entrañable de Poros son los domingos soleados, esos claros y almidonados. La gente, emperejilada, sale a caminar por el muelle y los cadetes de la escuela naval, de permiso, se lanzan sedientos y atildados sobre las terrazas del puerto, apilan sus gorras de plato sobre las sillas mientras el viento revuelve sus cintas azules como banderines. Hay un ruido de frus-fris de los pliegues de sus limpios uniformes, con pañoletas azules, que deslumbran a la luz del día. Dicen que el pañuelo a la espalda, originariamente, era de material impermeable y protegía de los pelos largos engrasados del marinero; dado que muchos no sabían nadar, si caían al agua era difícil rescatarlos, por lo que casi todos se dejaban melena para que se les pudiera agarrar fácilmente. Una improbable leyenda más. Pero tengo que reconocer que tiene algo el uniforme marinero que a la vez me agrada y me disgusta. Posiblemente porque muchos los sufrimos de pequeños, con gorras, con anclas, chorreras, timones y calcetines de perlé que tenían la manía de encogerse en los talones. Pero a Poros le dan un tinte inmaculado de dulce merengue.

En Grecia, como en gran parte del Mediterráneo oriental, se tapea con Ouzo o con Tsípuro, un tipo de orujo. En las Ouzerias, cada ronda se acompaña de Mezés, pequeños platillos con raciones para picar y no dejar caer el alcohol en el estómago vacío. Lo importante del mezé, a parte de su elaboración, es la sorpresa de la elección y el atino del tabernero. Y por supuesto servido en platos pequeños y colmados, lanceados con palillos y tenedores minúsculos; de otra forma no sería un mezé. La palabra proviene del persa y significa “sabor”; es el acompañante en el paladar del anisado ouzo o el seco aguardiente, y normalmente se apoya en fuertes contrastes salados, encurtidos o picantes, para apagar el fuego de la bebida. El ouzo con el agua fresca se torna opaco e irisado, pero blanco. Todos brindan.

Sigo viendo deslizarse las instantáneas de marineros, sentados en los bolardos, apoyados en las farolas, con los brazos en los hombros del amigo, con las manos en la espalda de la novia, conversando educados con sus padres y suegros, apurando los momentos en tierra que se esfuman como un bostezo y los besos robados y prometidos que dejarán a las muchachas como Penélopes resignadas. Blancos como las nubes del día y como las barcas que cruzan a Gálata trayendo y llevando humedades y almas. Una película muda donde los actores desaparecerán, pero volverán a reencarnarse a la próxima vuelta de la manivela que mueve el rodillo. Es la vida del marino, unos días en puerto, unos meses en la mar. El barco como sinapsis.

Unos coches hacen sonar sus bocinas recibiendo a una joven que desembarca procedente de Gálata. La espera en un banco su prometido. Juntos suben al viejo automóvil y se alejan entre pitidos. Lanzan las gorras al aire. En un año, matrimonio.

Ya hemos acabado de pasar Poros, al otro lado el impertérrito líquido elemento.

Το σαραβαλάκι μου πώς το κουλαντρίζω
μου σφυρίζει, του σφυρίζω,
βάζω το σακάκι μου, βάζω και βενζίνα
κι αλωνίζω την Αθήνα.

Το σαραβαλάκι μου πώς το καμαρώνω,
με μαλλώνει, το μαλλώνω,
τρέχει και το βάσανο, τρέχει και το νοίκι,
Πειραιά, Πειραιά-Θεσσαλονίκη.

Σάλταρε αδερφάκι μου, πες μου πού σε πάω
ωχ ωχ ωχ πώς τ’ αγαπάω
πού θα πάμε κούκλα μου, πάμε παραλία
να κοιτάζουμε τα πλοία.

Τα παλιοσαραβαλάκια αραγμένα στην ακρογιαλιά
στου γιαλού τα βοτσαλάκια, ιδρωμένα τζάμια και φιλιά
στου γιαλού τα βοτσαλάκια, ιδρωμένα τζάμια και φιλιά
τα παλιοσαραβαλάκια αραγμένα στην ακρογιαλιά

Γεια σου πατρίδα.
Γεια σου κι εσένα καπετάνιο.

Το σαραβαλάκι μου πώς το κουβεντιάζω,
με πειράζει, αχ το πειράζω,
κι άμα πάθει λάστιχο κι άμα μουλαρώσει,
η Express θα το φορτώσει.

Σάλταρε αδερφάκι μου, πες μου τι γουστάρεις
– να σε βλέπω να σωφάρεις
φερ’ το τσιγαράκι μου, σ’ αγαπάω παιδί μου
– βάλε τέταρτη μαζί μου.

Τα παλιοσαραβαλάκια αραγμένα στην ακρογιαλιά
στου γιαλού τα βοτσαλάκια, ιδρωμένα τζάμια και φιλιά
στου γιαλού τα βοτσαλάκια, ιδρωμένα τζάμια και φιλιά
τα παλιοσαραβαλάκια αραγμένα στην ακρογιαλιά.

Cochecito mío como lo manejo
me pita y le pito
Pongo mi petate, pongo gasolina
y recorro, recorro Atenas.

Cochecito mío qué orgulloso estoy
Me riñe, le riño
corren las penas y el alquiler
Pireo, Pireo-Salonica.

Sube, hermanita, dime a dónde voy
Ojojó, cómo te quiero.
Dónde vamos, muñeca.
Vamos a la playa a ver barcos.

Mi viejo cochecito anclado en la orilla
el mar, las rocas, cristales empañados y besos
el mar, las rocas, cristales empañados y besos
Mi viejo cochecito anclado en la orilla.

Hola, mi patria.
Hola Capitán.

Cochecito mío, como charlamos
me importa, le importo
Y si se pincha o se para
El Express, el Express lo remolca.

Sube, hermanita, dime que te gusta.
Verte conducir
dame un cigarrito, te quiero chico
pon la cuarta conmigo.

Mi viejo cochecito anclado en la orilla
el mar, las rocas, cristales empañados y besos
el mar, las rocas, cristales empañados y besos
Mi viejo cochecito anclado en la orilla

3 pensamientos sobre “Los domingos de Poros”

  1. Hola Anuska. Curioso sería que solo se moviera el resto y tu permanecieras parada. No sé si la palabra justa es curioso, lo que es cierto es que se convertiría en una jodienda, ya que siempre permanecerías en el mismo sitio y dejarías de contarnos tan maravillosas historias. O peor aún, siempre nos contarías las mismas. El perenne día de la marmota y al final no sabíamos qué responderte.
    Otro asunto me ha dejado intrigado. Hablas, en primera persona, de vestirte de marinero, de gorras, anclas, chorreras, timones y calcetines de perlé. Se te ha olvidado mencionar el silbato, imprescindible en los trajes de marinero, ese que nos ponían para hacer la primera comunión y que heredábamos de los hermanos mayores, ese que estoy seguro tú no te pusiste, ya que, como todas las niñas, irías vestida de boda prematura. ¿O me equivoco? Si es así y fuiste de marinero, por favor mándame una foto para que lo vea, que la enmarcaré y la pondré en el cabecero de mi cama para rezarle todas las noches.
    Mogollón de besitos
    Viriato

  2. No, yo nunca llevé pito, pero si trajecitos de marinera, a nuestras madres les chiflaba. Sobre todo, cuando había muchos hijos, hala, todos iguales y así no me como el tarro.
    Tu no mientas, seguro que ibas de almirante a tomar la comunión, con cordones dorados y toda la parafernalia.

    Un beso

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