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Los elementos de Psérimos

Una vez, alguien me preguntó: ¿Qué puedo hacer en la isla X? ¿Qué me recomiendas?
Cómete una aceituna con un vaso de vino, dibuja una barca y charla con una cabra, le respondí.

El sujeto en cuestión pensó que le estaba tomando el pelo y me miró con asombro. Y no, no me estaba burlando. Yo no sabría qué otra cosa contestar porque, aparte de invitar a visitar playas y monumentos, que vienen en cualquier guía, no se me ocurre mejor manera de recomendar la búsqueda de sentimientos y sensaciones; para mí son el único objetivo de los viajes. Realmente le sugería los elementos esenciales para entender una isla. Bueno, siempre que habláramos el mismo lenguaje y el vocablo “entender” significara lo mismo para ambas partes.

Odisseas Elytis lo dijo de otra forma: si Grecia es destruida por completo, quedarán un olivo, una vid y un barco. Eso es suficiente para reconstruirla desde el principio. Ahora explicaré por qué cambio la cabra por la vid. Aunque no es trueque, solo la añado, para rozar la perfección.

Vivir en una isla sin barco es inconcebible, sobre todo si es escueta, cómo Psérimos. Una barca es la ligadura de una isla al mundo, para no flotar a la deriva empujada por las tempestades, el bramante que une el globo a la mano para no perderlo en el oscuro universo. Los zapatos salvadores para caminar sobre las aguas y los peces. Si hay un lugar donde una barca alcanza solemnidad y trascendencia, es en estos pequeños cachitos de tierra segregada. ¿Cómo si no blanquearían la ermita del acantilado?, ¿Cómo si no llevarían el enfermo al médico?, ¿Y quién si no pescaría hermosos calamares en las noches de luna?, ¿Cómo ocultarte con tu bella amante en una isla sin árboles, si no? El baile de las barcas en el puerto, cabeceando como peonzas, dan alegría al espíritu. Y vida a la isla a la que pertenecen. Dibujar sus contornos y prestar atención a sus colores es el mínimo tributo que merecen, por lindas y por fieles.

Vuelvo a centrar la atención sobre la obstinación griega de habitar las islas más inhóspitas y pequeñas, alejadas de la civilización y de las facilidades cotidianas de las ciudades: colegios, hospitales, comercios. Esta terquedad es bastante menospreciada por la clase política de Atenas, que no quiere oír hablar de invertir más en mantener esas pequeñas comunidades de tozudos isleños. Pero a la postre, le vienen de perlas como bastiones en el eterno contencioso sobre aguas territoriales que mantiene Turquía sobre Grecia. Los islotes y arrecifes pertenecientes al estado griego que se deshabiten, Turquía los declarará “no definidos” y, por tanto, sujetos a negociación. Así que ese puñado de vecinos que tiene Psérimos son un baluarte de resistencia frente a los temidos otomanos.

En las aguas hay un acuerdo para limitar la soberanía en cada lado a seis millas náuticas en lugar de las doce habituales. Este tratado es peliagudo y con muchas lecturas, porque en el caso de algunas islas del Dodecaneso, como Psérimos, la distancia entre las dos costas es menor a esas seis millas. Casi es posible espiar al vecino con unos prismáticos baratos.

Este año, la pequeña Psérimos ha saltado a las portadas de los periódicos, porque según un diario turco, escondían destacamentos y armamento pesado ¿Dónde?, me pregunto yo, en una isla pelada de unos 15 km², donde desde el aire se pueden distinguir las orejas de las chumberas como hito verde entre las piedras.  Y en cualquier fotografía aérea destacarían las enormes banderas griegas pintadas entre los riscos, en los tejados, en las paredes, ondeando en el puerto, tiesas y desgarradas por el reseco Meltemi. Αυτό είναι Ελλάδα, esto es Grecia ¡Nadie debe confundirse!

 “Podemos llegar una noche, de repente”, avisó el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, el primer fin de semana de septiembre. Y los de Psérimos se apresuraron a repintar y recoser sus banderas.

Mientras los políticos se amenazan y se enfrascan en interminables agravios, el pueblo llano sigue con su vida corriente. Y las embarcaciones con la bandera roja y su media luna vienen a pasar sus vacaciones a las islas griegas, donde son recibidos como cualquier otro turista.

 

 

El puerto de Psérimos es apenas una playa, de color esmeralda, con unos pequeños muelles de abrigo. Semeja un juego infantil. Atracar allí el barco parece estar fuera de escala, como un Gullivert marino. Pero si lo consigues serás un Gullivet atormentado. Agitado por el trasiego de golondrinas cargadas de visitantes que no cesa hasta el declinar del día. Hay barcos que salen de Kos para la excursión diaria a Kalymnos pasando por Psérimos. Cuando llegan, comprimen el puerto con naves esperpénticas, a mitad de camino entre un galeón de Don Juan de Austria y otro de Jack Sparrow, con tibias y calaveras. Sus toldillas y alcázares repletos de turistas requemados y gritones, acompañados de una estruendosa música que aturde a su entrada y va dejando una estela de desolación sonora según se alejan rumbo a su próxima escala.

Cómete una aceituna.

Cuando voy a algún restaurante de esos de platos con títulos de dos líneas y sabores mezclados, sin más intención que la de mezclar, me acuerdo de las gloriosas olivas con pan de las tabernas griegas. Morder una aceituna, contemplando el deslumbrante mar de Psérimos, es acordarte del olivo que la parió.

 «¿No quieres nada más?»

Y cómo podría querer yo algo más, si no hay placer más genuino que el de trinchar despacito una aceituna con los dientes, dejando que te eche el aliento de su árbol. Y darle vueltas al hueso en la boca hasta que desaparece el último efluvio de hojas, ramas y raíces. Comer no es sólo deglutir y alimentarse, sino también recordar y emocionarse. Y las aceitunas tienen en sus jugos mil historias concentradas para llenarte la cabeza de evocaciones. Yo les llamo aceitunas azules: por tu lengua entra el sabor y por tus ojos el color que envuelve el universo del Egeo. Tu cerebro procesa ambas sensaciones como un regalo que te otorgaran los dioses y que, como decía Elytis, podrían servir para reconstruir este mundo tras una guerra nuclear.

También hay alcaparras en Psérimos, que podrían servir de azul aperitivo si fallaran las aceitunas. Es más, a la isla se la conoce con el nombre de Kappari; no sé muy bien si por su forma redondita, con pedúnculo, como un botón floral, o por la abundancia de la planta que crece salvaje entre sus rocas. La alcaparra progresa en pedregales, solo debe encontrar agua en el subsuelo, pero es capaz de soportar grandes temporadas de sequía. Por eso son plantas mediterráneas, porque aguantan lo que les echen. Lo que les eche la truculenta historia de este mar, el inclemente clima y las sucesivas invasiones. Y lo que amablemente dejen las cabras.

Cerca de mi pueblo, en Evgiros, se escapó un rebaño entero de cabras, atosigado por los jabalís. Desde entonces campan a sus anchas destruyendo jardines y huertos. Como ya no son de nadie, salen a “recogerlas” con escopeta.

 ¡Ay!, me dijo un conocido cazador, esas, esas que lamen el agua de la orilla son las más sabrosas. Un día te vienes y las cazamos desde la barca. Ni lo sueñes, le respondí. Yo me la como, pero sin saber su nombre y apellidos.

Las cabras sueltas por las islas son la esencia de Grecia. Como la alcaparra, aguantan lo que les echen. Trotan libres por los riscos, devorando cualquier arbusto, y lamen las rocas de la orilla para añadir sal a su dieta. Llegada una cierta hora de la tarde, más pronto en otoño y más postrera en verano, cuando los rayos del sol inciden con un cierto ángulo sobre la tierra, emprenden su regreso. Van despacito, parándose en las rocas bañadas por las olas para degustar sus últimos lametones salineros. Los cencerros colman la tarde de una deliciosa música sosegada que se va apocando y alejando, dirigiendo su rebaño hacia el aprisco.
Es un momento extraordinario, un pistoletazo inaudible de salida, un carrillón que las despierta de su modorra en la sombra y las incita al movimiento hacia su majada. Por motivos indescifrables, a veces todas se paran, atascándose en su viaje, hasta que de nuevo el rebaño reinicia el desfile acompañado de balidos, pezuñas, rocas y algunos pedos.

Si nadas muy despacio a su encuentro, sin agitar el agua o hacer ruido, se quedan mirando sorprendidas. Si te acercas mucho, saltan asustadas. Pero, a base da bajar un día y otro, una negra me tomó confianza en una playa de Psérimos. Clavaba sus pupilas amarillas en mis ojos, quieta como una estatua divina, con sus cuernos de diabla y su mirada de loca. Nos observábamos y dejábamos pasar el tiempo, hasta que el badajo reclamaba su presencia.  Tras esos encuentros silenciosos, ella se alejaba agitando el rabo y yo flotando en un bienestar pacífico. Un día me tuve que ir y le dije: no bebas aguas arnisias y saladas, amiga, porque los cazadores pretenden tus prietas carnes. Mejor come amargos cardos.

Es posible que me contagiara su locura. Es mejor que nadie nos viera en compañía, como dice la antigua canción de Viky Mosholiou. Solo en los juegos somos todos niños. Aquí os la dejo en una versión de Socratis Malamás con la guitarra como único acompañamiento. Cuál si fuera una simple aceituna.

El vaso de vino no lo olvido. Ese para después.

 

 

 

Ασφαλώς και δεν πρέπει να μας δούνε παρέα
Επεράσαμε ωραία λίγες ώρες μαζί
Είναι η πρώτη μας νύχτα, πρώτη και τελευταία
Ασφαλώς και δεν πρέπει να μας δούνε παρέα

Ασφαλώς και το ξέρω πως δεν είμαστε ίδια
Μοναχά στα παιχνίδια είμαστε όλοι παιδιά
Και αν εσύ το ξεχάσεις η ζωή στο θυμίζει
Και πεθαίνει η αγάπη και σωπαίνει η καρδιά

Είμαι εκείνη που είμαι και έχεις όνομα κάποιο
Σε χρυσό κόσμο σάπιο δε χωράω να μπω
Κάνε εκείνο που πρέπει, όλα τα επιτρέπει
Το δικό σου το πρέπει ένα πρέπει θαμπό

Seguramente no debemos ser vistos en compañía
Pasamos muy bien unas pocas horas juntos
Es nuestra primera noche, primera y última
Seguramente no debemos ser vistos en compañía.

Por supuesto que sé que no somos iguales
Solamente en los juegos somos todos niños
Y si lo olvidas, la vida te lo recuerda
Muere el amor y calla el corazón.

Soy aquella que soy, y tienes nombre para eso
En este mundo podrido por el dinero, no quepo
Haz aquello que debes, todo está permitido
Tu propio deber es un deber difuso.

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20 comentarios en «Los elementos de Psérimos»

    1. Hola, Aurora. Allí seguro que te inspirarías. Pocas cosas te distraen de mirar al mar en estos puertos minúsculos. Bueno, las cabras, claro.
      Besazos y muchas felicidades por tu premio merecido.

  1. Lo de la cabra me gusta especialmente.En mi familia tenemos relaciones de ese jaez con los animales.Tengo muchas anécdotas y más con ellos que aquí no caben.
    A mi terraza ( Madrid) viene Jacinta ( la coja) y Perico el mensajero.Les echo pipas del super y ya se turnan para dormir aquí.
    Y ahora, que veo que «te miras» con las cabras de esa forma, me atrevo a sugerirte dos libros ( uno fácil y otro ,tela )
    1* : «La zarigüella de Schrödinger» de Susana Monsó.Y el 2*: Seguir con el problema.Generar parentesco en el Chthuluceno» de Donna. J.Haraway.Con ésta , lo intentaré de nuevo por el interés de su propuesta porque es dura de «pelar».
    Buen día .
    Aurora, me voy también.🤗

    1. Supongo que Jacinta y perico son dos pajarillos. Nunca me ha dado por los pájaros. Las cabras me producen paz, mirándolas un rato es como si fuera meditación Zen. Sus campanilleros me alegran la vida, como los grillos del verano. De estos últimos ya hay poquitos.

      Un abrazo. A dónde te vas?

  2. Hola Ana, buenos días, genial el relato, como siempre.
    Curiosamente, hace dos semanas nosotros fuimos testigos directos en Psérimos del desembarco salvaje de las hordas de Jack Sparrow a ritmo de sus tambores de guerra. En pocos minutos la tranquila población y su playa de aguas esmeraldas se vio ocupada por una tropa bien entrenada de turistas nórdicos aguerridos que con su arsenal de toallas, sombrillas, bronceadores y bikinis infumables se hicieron dueños del terreno sin resistencia local. Actuaron sin compasión. Nosotros por suerte huimos intactos del puerto porque en el fragor de la batalla Sparrow no advirtió nuestra fuga sigilosa. Sin desperfectos en el velero, pero impactados por la crudeza de lo vivido. Toda la magia precedente había sucumbido al instante. Muy triste.
    En cuanto a las cabras griegas, tienen una mala fama injustificada, yo también creo que detrás de esa mirada loca se encuentra una gran sabiduría,y encuentro muy razonable que dialogaras con ella.
    Preciosa la canción que acompañas.
    Un abrazo, buena proa.

    1. Son terribles esas esperiencias que cuentas, te borran de un plumazo la beatifica calma de la isla y lo llenan todo de colores que no cuadran. No sé porque las cabras griegas tienen mala fama, nunca lo había oido. A mi me dan mucha paz esas cabalgatas de cabras por la orilla, me tiro horas muertas mirandolas. Y es como una medicina. La verdad es que observar a los animales a sus anchas siempre da bienestar. Excluyo a los Hominidos, sobre todo si ponen reggaeton.
      Si te gusta la canción puedes tambien escuchar la versión más antigua de Viky Mosholiou (está en el enlace), es muy buena. Aunque esta de Malamás es más simple, con solo dos guitarras.
      Un abrazo, Fernando, veo que nuestros caminos se han cruzado este verano

  3. Es cierto, coincidimos navegación por el Dodecaneso este verano. Con el velero de un buen amigo rodeamos Kalymnos desde Leros,no era ésta nuestra derrota inicial, pero el Boreas del Norte impuso su ley, y cambiamos rumbo Sur.
    Gracias por la recomendación de escuchar Ασφαλώς και δεν πρέπει, cantada por Βίκυ Μοσχολιού. muy intensa. Curiosamente esta cantante también tiene una versión de Άνθρωποι μονάχοι, maravillosa (y muy intensamente triste) canción que incluistes en un relato tuyo hace un par de años, cantada por Χάρις Αλεξίου.
    Por cierto, aplaudo tu reivindicación de las aceitunas (en todas sus variedades) y las discretas alcaparras. También yo las devoro hasta dejar el hueso pelado, y pensaba que era un bicho raro.
    Un abrazo.

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