Los osos y las cerezas

En un lugar de Grecia, de cuyo nombre no quiero acordarme, había una pequeña plaza con un gran árbol que daba sombra a todas sus esquinas. Cuando entramos en aquella población, sentí un cosquilleo especial que subía por mis piernas pasando por el corazón y llegando hasta la cabeza; supe al instante que debíamos quedarnos. Discutíamos sobre si los pueblos semiabandonados resucitan gracias al turismo, o si finalmente los mata y los convierte en bailarinas autómatas de lindas cajas de música y tiovivos de ferias con caballitos desangrados.

El gran plátano gigante oscurecía la explanada donde unos niños jugaban a cualquier cosa; bicicletas, escondites, escupitajos, pelotas y tirones de pelo, sin orden predeterminado y siguiendo el movimiento perpetuo que llevan los niños; de un lado para otro, sobre una pierna, sobre las dos, como el baile de una avispa. Una niña me saludó:

-Hola
-¿Cómo te llamas?
-Angela ¿Y tú?
-Mi nombre es fácil, capicúa, con solo 3 letras, bueno, 4 en griego. -Se paró para pensar un poco en la adivinanza, pero se cansó al instante y se escabulló con un alarido de despedida hacia su casa.

Unos obreros construían un murete alrededor de las raíces del mastodonte, un “pefkuli” se llama en Grecia a esos bancos de piedra donde uno está obligado a sentarse a charlar con su sombra. Troceaban los bloques de arenisca y pizarra y los disponían, pegados con cemento, según su rompecabezas. Al lado, una mesa grande reunía al resto de la población que comía y bebía alegremente, criticando o ensalzando la faena de los “maestros”. Los trabajadores, de vez en cuando se enfadaban por la puesta en duda de su maestría o se envalentonaban por las alabanzas, dejaban el trabajo y se sentaban en la mesa a echar un trago o rebañar los platos. Y como siempre, había un vejete sentado en un banco, que elevaba los ojos al cielo ante tamañas barbaridades y a punto estuvo de levantarse un par de veces para enseñarle a esos mentecatos como se construía un pefkuli como Dios manda.

 

 

Al llegar nosotros, todos se callaron y nos miraron de arriba abajo, como si hubiéramos abierto las puertas del saloon de un pueblo del oeste americano. Yo vi una mesa, un poco apartada, y le pregunté al tabernero si podíamos tomar una cerveza. El hombre movió la cabeza en señal negativa, que quiere decir sí en Grecia; nos sentamos. Nos sirvió la cerveza y un plato de “yigantes” cremosas y calientes, con un sabor a bosque que te dejaba turulato; a eso le llamo yo cocina hiperrealista.

Había un edificio grande que cerraba la plaza, estaba abandonado y con las ventanas cerradas y desnudas, a través de su gran puerta se entraba en un patio que compartía con la iglesia; si querías ir al templo, necesariamente debías pasar por sus soportales. Tenía un gran letrero que decía “αρρεναγωγείο”. El “αγωγείο” significaba que era un centro educativo, pero “αρρενα” tuvimos que mirarlo en el diccionario: ἄρρην era varón, un término arcaico. Así que pregunté al tabernero:

-Eso ¿Era el colegio?
-Sí, el de los chicos. El de las mujeres estaba al otro lado- señaló más allá del árbol, subiendo por la montaña.

Esa segregación parecía un poco extravagante en un pueblo tan escueto. Por un lado, los hombres, absolutamente controlados, en sus entradas y salidas, por el pope y los altos muros de la iglesia, con sus iconos que todo lo ven, desde la luz o la oscuridad, desde aquí o el más allá. Por el otro, las chicas, ascendiendo penosamente por la ladera, al otro lado del mundo civilizado y familiar. Pero si lo pienso bien, era una solución para mantener la tensión erótica en una comunidad tan pequeña, dejar los romances en suspense, sin marchitarse por el aburrimiento y el roce cotidiano y repetitivo; suspirando desde las ventanas, buscando entre las hojas, más allá de la bruma del invierno, entreviendo el color de su pañuelo, la señal secreta, la sorpresa fugaz, la urgencia de los paseos dominicales, la intriga de no verse y la imaginación solitaria.

Desde la plaza se veía el resto del pueblo que subía por la colina, rodeado de montañas puntiagudas y bosques interminables, con sus techos de pizarras como sombreros chinos y las chimeneas coronadas por piedras lacerantes y afiladas. El tabernero pareció leerme el pensamiento.

-Todo el mundo me pregunta que hago aquí todo el año, mirando ese mismo paisaje. Me dicen que el mar cambia cada día, pero las montañas son siempre iguales- se paró un rato para meditar lo que decía, con una calma y un sosiego que le otorgaba la propia ventana al mundo que tenía delante-. Hay quien no comprende como cambian los colores, los rojos, ocres y amarillos del otoño, el blanco del invierno, la exuberante primavera; tiene tantos tonos de verde que necesitaríamos un libro lleno de palabras para describirlo. Lo único que se necesita para ver las alteraciones es cambiar la escala del tiempo. – Se sentó a la mesa con nosotros; habíamos roto el hielo.

-¿Cuántos habitantes tiene el pueblo?
-¿En invierno o en verano?
-Hum…en invierno.
Sonrió y levantó tres dedos de su mano.
-Yo, ese alto de allí y otro más que ahora está en Zakintos en un negocio turístico. Cuando acaba la temporada viene a desintoxicarse, harto de borrachos y música estridente ¡Ah, Zakinthos, cómo ha cambiado!

Aquel hombre tenía una sabiduría oculta en su mirada y miles de secretos de los que aprender, pero preguntar en exceso siempre lo he considerado descortesía. No solo no había intentado en ningún momento dirigirse a nosotros en inglés, cosa que a estas alturas me cabrea y tomo como un desprecio, sino que ni siquiera se había sorprendido de que habláramos en griego; le parecía totalmente natural que aquel que se acercase a su negocio, y no fuera un plantígrado o un nematelminto, debía hablar la lengua de los romanos civilizados.

-¿Tiene algún hotel el pueblo?
-Sí, tiene dos pequeños. Pero nosotros no queremos  turistas- su contrasentido de tabernero que se esconde de los potenciales clientes me enamoró-. Yo soy de Atenas, me vine aquí, al pueblo de mi padre, para huir del ruido y las prisas.
-El turismo trae dinero, pero todo lo destruye al final.
-Sí, como las minas de cobre que contaminan los ríos.

Con la frase retumbando en mi cabeza, le pedí otra ronda. Nos sirvió un plato de “galotiri”, ese queso ancestral de oveja y cabra, tan cremosa que parece espuma que vaya a salir volando con el viento; un yogur en el que te vas encontrando trocitos de queso que mordisqueas entre la nata.

-Tendríais que venir en octubre. Los osos, ya hambrientos, bajan a comerse las manzanas y a menudo rebuscan en las basuras; se preparan para el invierno, alimentándose todo lo que pueden. En primavera, los nuevos oseznos me destrozan el cerezo del jardín. En las noches de invierno, solo se oye el crepitar del fuego y el aullido de los lobos.

Estuve a punto de decirle que no hablara más, que guardara sus secretos a buen recaudo, que yo podría ser el enemigo agazapado, armado de cámaras y palos, y que podría acabar colgando fotos por las redes sociales, diciendo: “Pueblos que no te puedes perder”. Pero tuvo suerte; yo era un oso civilizado, al que le chiflaban las cerezas, y que pensaba olvidar el nombre del lugar, nada más salir de allí, al beber en la fuente, en las aguas estigias.

Se acercó un segundo paisano curioso.
-¿De dónde venís?
-Somos españoles- dije
-Eso ya lo sé, pero del ¿Real o del Barkelona?

Así comenzó el consabido teatrillo griego de aspavientos de asco y de desprecio, seguido de tremendas risotadas; ese rasgar de vestiduras, fingido o no, que forma parte de la introducción en sociedad de un pequeño pueblo griego. Tras los dimes y diretes, llegó el momento de la despedida y se empeñaron en enseñarnos el camino hasta el siguiente pueblo; sin enterarse de que ya todos llevamos navegadores en los móviles. Pero asistimos atentos a sus descripciones. Uno decía que, por aquí, el otro que por allá, por los montes escarpados para que viéramos el paisaje y los rebaños semisalvajes.

-Pero vamos a ver, no seas pesado- le interrumpió y se dirigió hacia nosotros
– ¿Tenéis un jeep?
-No.
-Pues entonces, no le hagáis caso y seguid por la carretera o destrozareis el coche.

En el fondo me dio un alivio no tener un guruno (cerdo), que dicen ellos cuando se refieren al todoterreno. Porque ya me estaba imaginando, transitando las alturas vertiginosas, entre nieves perpetuas, cercados por los osos y las rapaces carroñeras, seguidos por manadas inmensas de ovejas salvajes a las que les había crecido unos fuertes colmillos y observados por los lobos hambrientos que venían tras el rastro, mientras nos sorprendía la noche y salía la luna llena ¡Espeluznante!

Μην κλαις και μη λυπάσαι που βραδιάζει
εμείς που ζήσαμε φτωχοί
του κόσμου η βροχή δε μας πειράζει
εμείς που ζούμε μοναχοί

Τα σπίτια είναι χαμηλά
σαν έρημοι στρατώνες
τα καλοκαίρια μας μικρά
κι ατέλειωτοι οι χειμώνες

Μην κλαις και μη φοβάσαι το σκοτάδι
εμείς που ζήσαμε φτωχοί
του κόσμου η απονιά δε μας τρομάζει
θα έρθει και για μας μια Κυριακή

Τα σπίτια είναι χαμηλά…

No llores ni te entristezca que anochezca
nosotros que vivimos en la pobreza
La lluvia del mundo no nos importa
nosotros que vivimos en soledad.

Las casas son bajas
como cuarteles desiertos
nuestros veranos son pequeños
e interminables los inviernos.

No llores ni te asustes de la oscuridad
nosotros que vivimos en la pobreza.
La crueldad del mundo no nos importa
llegará para nosotros un nuevo domingo.

Las casas son bajas…

10 pensamientos sobre “Los osos y las cerezas”

  1. Hola anuska, parece que habéis vivido el cuento de Hansel y Gretel. Si el tabernero os hubiera dicho que le acompañarais dentro de las instalaciones del antiguo colegio, yo, si estuviera en tu piel, me habría mosqueado. Fíjate ahí sola, en ese pueblo donde en invierno lo habitan lobos y osos, metida dentro de una jaula y bien alimentada para engordar. Qué quieres que te diga… por que tu chico no vale ni para hacer una sopa, de lo escuchimizado que está.
    Un beso muy gordo, y la próxima vez ir dejando miguitas por el camino, mucho más seguro que los GPS’s actuales.
    Viriato

  2. Jolín, Cesar, que cuento tan cruento te has montado. El tabernero no sé, pero esas ovejas de colmillos sanguinolientos nos tuvieron un rato desternillandonos. Eso de la sopa y de Jesús, ¿supongo que no habrás pensado decírselo a la cara? Prepárate cuando te vea.

    Abrazones

  3. Hola Ana:
    He visto que en Νυμφαιο hay una reserva de osos y lobos que ocupa 50.000 m2 a una altitud de 1350. ¿Te referías a esta zona en tu artículo?
    Muchas gracias,
    José María

  4. Hola José María. No, no conozco la zona de Νυμφαιο, pero Grecia es muy montañosa, sobre todo en su frontera norte, tiene que haber muchos sitios con osos y lobos. Espero que la naturaleza se mantenga mejor que en la costa y en ciertas islas.

    Muchas gracias por tu comentario

  5. Ay un pueblo con 3 habitantessss….. yo quiero vivir así, fuera del tiempo y casi que del espacio…. pero creo que vivimos en una locura absoluta con el cronómetro en la mano….. espero que en otra reencarnación aparezca en otro planeta más humano y habitable…..

    1. Hola Xavi, perdona si no te contesté hace días, pero andaba de travesía y no había recibido la notificación de tu comentario. Como decía el tabernero del pueblo anterior: el tiempo es relativo.
      Sería fenomenal que esto se parara, pero creo que ya no tiene solución y el planeta se contrae y se hace cada vez más pequeño en relación inversa a las velocidades de la comunicación. Disfrutemos, que no es poco de estos hallazgos griegos, o romanos.

      Un abrazote

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