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Los pescadores fanfarrones de Anáfi

Hay islas que te miran cuando arribas. Un abrir ventanas y descorrer visillos al acercarte y ojos que se clavan como alfileres ¿Quién será? ¿Qué querrá? ¿De dónde vendrá? En este universo insular, pelágico, con el mar como el caos y la entropía feroz, la ordenada estructura de la tierra la atisbas desde lejos, reconoces sus perfiles en las cartas y lentamente la ves agrandarse, más grande, elevándose para producir una sombra y hacerte olvidar que alrededor es la anarquía marina. Hay islas como peñones, hay islas tan retiradas que la llegada produce asombro, tanto para el visitante como para el visitado y ambos se observan con intriga.
La primera vez que pasamos un invierno en Grecia; hace ya tantos años que prefiero no contarlos, por norma espiritual; lo hicimos en el
Egeo, alternando unas cuantas islas, desde grandes y autosuficientes como Naxos, hasta pequeñas y arrinconadas como el Folégandros de entonces. Pero todas ellas tenían en común el vivir a ritmo de la llegada del ferry, la conexión con el mundo de verdad, ese que existía más allá de su rocosa existencia. La expectación en un puerto vacío unas horas antes de que se oyera el tan esperado  bocinazo atronador, toda
una exclamación de júbilo, que daba lugar a un frenesí en el que todos corrían de un lado a otro nerviosos por la llegada de los parientes, los turistas, los camiones de mercancías deseadas. A la entrada del barco todo se iluminaba como en unas navidades improvisadas, con el campanilleo de las anclas dejándose caer sobre el mar oscuro. Terminado el trasiego todos se alejaban y se volvía a la armoniosa calma de una isla invernal. Finalizaba el festejo con ese susurro afligido que dejan las amarras de los barcos cuando zarpan e incluso después, con el
lamento de sus sirenas que se hacen eco de la partida, un mugido de vaca triste, hasta que sus luces se vuelven invisibles.
Siempre quise llegar a Anáfi, quizás porque viendo su figura de gota en la carta y las descripciones de los derroteros la tenía por la isla más difícil a la que arrumbar; y lo es. Imagino que la tremenda explosión que reventó la vecina Santorini produjo entre tsunamis y terremotos la
formación de unas islas efímeras que emergerían y se sumergirían al ritmo de esas olas monstruosas. Santorini se convirtió en una caldera, Astipalea en una mariposa y cada una de las Cícladas se retorcieron sobre sus piedras hasta adquirir la forma actual. Anáfi, como una lagrima redonda y lisa se quedó destinada al fracaso de una isla sin puerto. Ni un solo doblez de su costa abriga la esperanza de dar refugio a un barco. Tan solo hay un muelle, que no da resguardo ninguno, para el desembarque de pasajeros y mercancías. Cuando  hace mal tiempo los barcos no tienen otro remedio que ser varados mediante una grúa. Pero incluso en los días buenos, la pequeñez de la isla hace que la mar de fondo dé toda la vuelta y el balanceo sea considerable. Aquí solo se puede nacer o llegar en barco. La importancia del ferry es absoluta, toda conexión depende de su llegada y su partida y cuando en invierno, debido a los temporales, no puede amarrar, la isla se atrinchera en su autogestión obligada dejando pasar los días de vendavales mientras se aguarda el bocinazo rescatador.
Los sueños se cumplen alguna vez, así que este año logramos fondear en Anáfi y a pesar del bailoteo nocturno pudimos conocer algo de su
universo particular. A parte de paseos y paisajes, a mí me gustan más las anécdotas y conversaciones porque dibujan con pinceladas gruesas el conjunto de una acuarela que es en el fondo el poso que nos dejan los viajes, el resto es material de instagram y selfies. Lo importante no es donde estuve si no que me llevo de equipaje en el maletero de mi cabeza.

El puerto son cuatro casas blancas y la vida de Anáfi se reduce a la vida de la jora, 2 kilómetros montaña arriba. En realidad cuando
quieres alejarte del muelle siempre te enfrentas a alguna pendiente descabellada; todo sube. En la taberna se oía una algarabía de gente que brindaba voceando. Era un grupo que habían venido desde Santorini con una neumática descomunal y un motor de 200 HP. Se pavoneaban de las maravillas de Santorini, de sus bellezas, de las manadas de turistas que todo los días llegaban allí, haciendo participes al resto de comensales que nos distribuíamos por las mesas vecinas. No paraban de pedir cervezas como demostrando su riqueza y poderío mirando por encima del hombro a dos pescadores que tomaban café cabizbajos en su mesa. La tabernera protestaba entre dientes porque le daban mucho trabajo pero en el fondo la cuenta iba a ser pequeña.
Es curioso como en unas islas se enfrentan a las penurias con sonrisas y unas millas más allá, todos son lamentos y reproches. La mujer que
llevaba la taberna me decía que este invierno que se les avecinaba sería penoso. Solo les habían dejado 2 ferris semanales y un médico; su madre, que apenas se movía ya de la silla tenía que buscar a alguien que la llevara hasta el banco una vez a la semana para cobrar su pensión, debido a ese corralito al que no se le veía final. Creo que esa era la razón de que le doliera un poco el jaleo presumido que
montaban los visitantes pomposos.
– ¿Sois españoles, verdad? Os vi llegar con el barco. Aquí siempre estamos pendientes de las visitas; vienen bien pocas a estas alturas
del año. En un mes nos quedaremos solos.
Las voces iban en aumento y cuando nos retirábamos hacia el barco la conversación había subido de tono y versaba sobre pescados. Los de
Santorini chafardeaban del tamaño de los peces de su isla. Los pescadores taciturnos de la mesa colindante levantaron la cabeza para decir que “vaya trola” y la volvieron a bajar sin enervarse. Siguieron con los calamares y langostas de proporciones monumentales, meros y atunes casi alienígenas que ellos habían atrapado y vendido a los restaurantes pero que en Anáfi sería difícil, por no decir imposible de pescar. Siguieron cayendo cervezas frescas hasta que todo el mundo estuvo bien caliente. Cuando el fantasmeo llegó al punto culminante los forasteros decidieron que era hora de irse, el cielo estaba ya rojo con la despedida solar, momento que aprovecharon para ir dando tumbos hasta su embarcación, subieron cómo pudieron y con la música a todo volumen encendieron el potente motor. Con el sopor de las cervezas olvidaron poner la cola en posición vertical y la hélice empezó a girar a media agua generando un chorro tan gigantesco como los peces de los que hablaban; se fueron empapados y maldiciendo pero dando tremendas risotadas.
– Ya ves- dijo uno en la taberna- Estos no han visto un calamar fresco ni dibujado. Nosotros pescamos pero no se lo decimos a nadie porque nos lo comemos.- Se echaron todos a reír. Se levantaron dando un golpe en la mesa con sus vasos y se dirigieron hacia las barcas que se mecían en la orilla. Fueron arrancando una tras otra hasta que su petardeo se perdió en el horizonte.

 

Σε καινούρια βάρκα μπήκα
και στον Αϊ-Γιώργη βγήκαΈχετε ψαράδες ψάρια
αστακούς και καλαμάρια

Εχουμε παστά και χλώρια
και πέντ’εξι οκάδες χώρια

Πάρε βούρλα βούρλισέ τα
και άμα έχεις πλήρωσέ τα

Εχουμε ,δεν τα πουλάμε
με τους φίλους θα τα φάμε

Entré en una barca nueva
Y en San Jorge sali
Tenéis pescadores peces
Langostas y calamares
Tenemos salados y frescos
Y 5 o 6 ocas (medida de peso) apartadas
Coge y elige lo que quieras
Y si tienes págalo
Tenemos, no lo vendemos
Con los amigos lo comeremos.

8 comentarios en «Los pescadores fanfarrones de Anáfi»

  1. Hola Anusca, he entrado en la carta, he buscado Anáfi y no me ha costado imaginar la noche o noches bailonas que habéis debido pasar. Si mi derrotero no me falla, os toco fondear y eso ayuda. Al baile me refiero. Ahí te entra mal tiempo y te tienes que ir corriendo. La verdad es que es una isla muy apetecible de visitar. Hoy, para que no me deis tanta envidia, os escribo desde la mesa de cartas del Viriato.
    Un besazo
    Viriato

    1. Gracias a la mesana la noche fue aceptable y no nos caímos de la cama. En Anáfi no hay que esperar el mal tiempo, con el bueno ya tienes que levar anclas. Una pena porque me gustaría conocerla más; yo siempre me quedo pegada a todos los sitios. Así es la ley: el barco te lleva pero también te impide quedarte.

      Besitos miles

  2. He mirado un poco en Panoramio las fotos que sube la gente de esa isla, hay algunas realmente espectaculares. Es increíble ver semejantes cumbres saliendo del mar como si fueran la punta de Excalibur.
    El pavoneo que suele existir entre los pescadores sobre quien la tiene más, perdón, quien lo pesca más grande, es algo habitual.
    Muchas tardes acostumbro ha acercarme hasta nuestro Siracusa, ya se sabe, siempre hay algo que hacer en un barco. Allí, junto a nuestro velero hay otras embarcaciones, la mayoría de pescadores jubilados que ya solo salen por afición. Es habitual que se reúnan varios en la cubierta de alguno de sus barcos a contar sus historias, yo suelo estar en silencio, liado con mis cosas, pero con el radar puesto atento a sus voces, es fascinante escuchar el tamaño que pueden llegar a tener en ocasiones algunas de las capturas…
    Muxu bat.

  3. Bueno, en esta caso no solo era fanfarronadas de pescadores si no competencia entre islas. Ya sabes que Santorini es una de las islas más famosas del mundo, mientras que a la pobre Anáfi no la conoce casi nadie; mejor para ellos que la tienen para disfrutar en exclusiva. Sí que tiene turismo, pero poco y elegido; la mayoría va a donde les manda el tripadvisor.

    Muxu bat

  4. Estupendo relato Ana, te seguiré porque, sin duda, tienes la virtud de trasladar tus viviencias al papel, y eso no es nada fácil. De esa forma, en las épocas en las que yo no pueda viajera, será como si viajara un poquito a través de tus ojos. Ha sido una maravilla tener la posibilidad de adquirir algo de tu conocimiento este fin de semana, un verdadero placer. un beso! Ricardo Sancho

    1. Muchas gracias, Ricardo. Tengo una ventaja, Grecia me inspira.
      Me enorgullece mucho que hayas aprendido en mis clases, siempre se me queda algo en el tintero, pero en 16 horas tampoco da tiempo a mucho más. Ahora eres tú el que debes seguir aprendiendo, seguro que lo harás.

      Un abrazo y buenas travesías.

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