Cuando yo llegué a Grecia, allá por los años ochenta, Palamari no existía. Bueno, eso es inexacto: existía, pero nadie lo podía asegurar. Sepultada bajo capas de sedimentos marinos, barros y rocas arrastradas por los temporales, permanecía aletargada hasta que unos arqueólogos se empecinaron en sacarla a la luz.
Palamari fue una próspera ciudad de la isla de Skyros que rivalizó en importancia con la propia Troya. Fortificada, con bastiones en forma de U, una cuidada planificación urbana, canalizaciones de alcantarillado y un puerto natural —hoy anegado por la arena—, visitar este recinto nos mete de lleno en los siglos oscuros, en el colapso de la Edad del Bronce y en cómo el abandono de la escritura y la lectura pudo producir un roto tan grande en nuestra civilización.

El asentamiento de Palamari estuvo habitado aproximadamente entre el 2800 a. C. y el 1800 a. C. (Edad del Bronce Antigua y Media). Nadie sabe muy bien por qué esta ciudad fue despoblada, abandonada y borrada del mapa.
Durante la Edad del Bronce se construyó una malla de ciudades-reino que conformaban una compleja red de interdependencia entre ellas, sometidas a un delicado equilibrio de cooperación, comercio, diplomacia y trasiego de barcos de una parte a otra del Mediterráneo. La importancia del estaño, como elemento fundamental de la aleación del bronce, mantenía en funcionamiento este sutil sistema linfático que las alimentaba y protegía. Cada ciudad podía estar comprometida, mediante tratados, a auxiliar a las vecinas que estuvieran en peligro. Tendría así algún sentido que la guerra de Troya fuera precedida de un reclutamiento de todas las casas reales del Mediterráneo oriental, como transcribe Homero al comienzo de la Ilíada.
Conocían la escritura, el lineal B, que se empleaba fundamentalmente para anotar mercancías de entrada y salida en cada reino, así como la carga guardada en los silos y almacenes. La finalidad de prácticamente todas las inscripciones que conservamos era registrar la administración del palacio durante un periodo de un año. Cuando este concluía, se destruían las tablillas y se comenzaba de nuevo.
Es sorprendente admirar, en el Museo Arqueológico de Skyros, el grado de sofisticación de la cerámica, los utensilios domésticos, las alhajas, los anzuelos, los juguetes y las flechas. En concreto, hay un caballo infantil montado sobre cuatro ruedas que posiblemente se remolcaba tirando de un cordel y que se asemeja bastante a los actuales coches y camiones de juguete con los que disfrutan los niños.
El colapso de la Edad del Bronce se produce alrededor del 1200 a. C. y se completa en un breve periodo de tiempo. Las causas de esta debacle constituyen uno de los mayores misterios que traen de cabeza a historiadores y arqueólogos, ya que durante estos siglos la civilización mediterránea abandona la escritura y la lectura y se sumerge de lleno en un periodo de oscuridad del que no existe ningún documento escrito.
Se baraja que una de las causas pudo ser un ciclo prolongado de sequías que trajo consigo la escasez de materiales y la hambruna. Los habitantes de estas ciudades se lanzarían al mar en busca de alimento en urbes vecinas, rompiendo así el delicado equilibrio e impidiendo el paso de convoyes marítimos y caravanas terrestres cargados de estaño desde Oriente. El ejército se quedaría así sin armas y se haría imposible defender las fortificaciones. Quizá fueran estos los enigmáticos «pueblos venidos del mar»: piratas, al fin y al cabo, que desestructuraron ese precario orden establecido, generando un efecto en cascada, acelerado por la sucesión de desastres naturales, parecido al cataclismo de Santorini, que acabó con la civilización minoica unos siglos antes.
También pudieron producirse tensiones internas y revoluciones. Los sistemas palatinos estaban muy jerarquizados y se mantenían en pie siempre y cuando todo funcionara a la perfección y hubiera grano acumulado para abastecer a la población. Se provocarían incendios para expulsar a esta aristocracia, que ya no respondía a sus necesidades ni les protegía. Sirva como ejemplo el palacio de Néstor, en el Peloponeso, sepultado durante milenios bajo las cenizas. Se calcula que el 90 % de la población del Egeo desapareció durante esos años.
Justamente, la clase dominante era la que sabía leer y escribir. Si ellos dejaban de hacerlo, ¿quién podía dejar constancia de lo ocurrido? No hay registros de textos griegos entre el 1200 y el 800 a. C. Lentamente, la escritura se olvidó. No había palacios que mantener, ni escribas, ni reyes; solo piratas asolando las costas y sembrando el pánico. Así hasta el siglo VIII a. C., cuando Grecia adopta la escritura fenicia, comienza a escribir de nuevo, descubre el hierro y crea las ciudades-estado.
En ese intervalo de tiempo, sin literatura escrita, las narraciones se cantaban o recitaban, como hizo Homero. Lo cual no deja de ser bello, pero también una pesadilla para el rigor histórico.
Contemplando estas excavaciones, sus murallas, sus calles y la ubicación del antiguo puerto —hoy una simple charca—, se siente el vértigo del pasado. Recuerdo la famosa frase de Gila: «Grecia es un país todo roto». Es muy cierto. Pero también lo es que por cada una de esas grietas emergen dioses y leyendas. Cuando llega un periodo de silencio, una se inquieta y pega más el oído, esperando percibir algún rumor, algún aroma. ¿Hablar con los muertos a través de estas grutas o poner en marcha nuestro ingenio? He ahí la cuestión.

Constato que cosas consideradas tan simples y cotidianas como un barco o una palabra grabada sobre un soporte pueden suponer un tesoro tan valioso para la civilización. Y es fácil establecer paralelismos con situaciones actuales. Las redes y las comunicaciones han dejado de respetar el rigor, las normas, la ortografía y la veracidad. Empieza a ser difícil diferenciar las certezas de los bulos, y más aún lo será cuando se perfeccionen las inteligencias artificiales. Los textos tienen que ser cortos y estar cargados de memes, llenos de sensacionalismo y generadores de envidias. Viendo qué rápidamente puede destruirse una cultura, surge la duda de si no podría volver a suceder de igual forma. Donde pone estaño, poner petróleo; donde aparece el Mediterráneo como cruce de caminos, poner las rutas mundiales del comercio global; donde pone sutil equilibrio diplomático, poner sutil equilibrio de potencias. Y donde pone guerra, poner guerra.
Los barcos siguen siendo necesarios como motor de nuestra economía, ahora como entonces. Pero, si perdiéramos la escritura, ¿Qué sería de nosotros y de nuestros historiadores? Polvo somos y en polvo sepultado podríamos convertirnos de nuevo. Siempre quedará la esperanza de que un avispado arqueólogo decida excavar sobre Nueva York o París. O bien que descubran una cueva con las rocas cinceladas, con la figura de un corazón atravesado por una flecha y una enigmática inscripción desconcertante: «Jaimito y Mary Tere se aman y se besan», acompañada de algún símbolo obsceno universal que les permita reconstruir la estructura de nuestros órganos genitales.
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Preciosa canción Ana!
Hola,Alicia. Si que lo es. Trae muchos buenos recuerdos.
Un abrazo.
¡Qué buena reflexión acompañada con esa acertada canción!
Ja, ja, anónimo, te ha salido un pareado. Muchas gracias
Hola Anuska, es acojonante lo que cuentas, que la escritura pudiera desaparecer durante tantos años, quedando la historia oral, contada de padres a hijos cada vez más exagerada y distorsionada. Como Twitter, Facebook X , o cualquiera de todas estas porque ya, yo, me he quedado muy antiguo, y creo que estoy volviendo a mi propia edad de hierro.
Síguenos contando todas esas historias que son interesantísimas, alucinando con la desaparición de ciudades que seguro, sus propios habitantes pensaban que eran eternas.
¡ Qué miedito me da la similitud con aquellas culturas maravillosas!
Un besito para los dos navegando por el norte de la isla de Rodas.
VIRIATO
Cuando desapreció la escritura y se puso de moda la literatura oral, los ciudadanos tenían la memoria muy desarrollada y podían recitar poemas larguisimos, como la Odisea, sin equivocarse. Ahora somos incapaces de aprendernos la matricula de nuestro coche. Algo nos está pasando. Si olvidamos todo…¿quien recitará por nosotros?
Besotes, navegante. Evitaa las sirenas ante todo, ya sabes que solo mienten.
Seguramente,
has leído «Colapso».
Es de Jared Diamond.
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No, no lo he leído.
A mi, lo que más me inquieta del colapso de la edad de Bronce, es que llegaron a olvidar la escritura y la lectura. ¡Se convirtieron en analfabetos! El que La Odissea haya llegado hasta nosotros es una de las maravillas de la civilización. Gracias a los aedos y rapsodas, de portentosas memorias, y a Pisistrato que decidió trancribir el canto del famosismo e influyente Homero.
Un abrazo
¡Ay, Ana, pues, sí! ¡Amén a todo! ¡Qué maravilla poder estar ahí!.
Besos,
Leticia
¡Qué maravilla este mar que nos dio tan variados prodigios! Cuanto más sabes, más quieres descubrir, y eso nos mantiene jovenes; es el único elixir. El bálsamo de Fierabrás, qué diría el otro gran heroe de la literatura.
Un beso gordo, Leticia.