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Mensaje en una botella

Hay un suspiro nostálgico y un arrebato sentimental en el acto de lanzar una botella al océano e imaginar cuándo y a dónde llegará. Aunque dado como están las cosas, ahora pudiera ser considerado más como una cochinada que como un acto romántico. Las botellas con mensajes bombean nuestra sangre novelesca: imágenes de islas, piratas, secretos, tesoros, mapas y barcos. Misivas de desconocidos que han viajado en el tiempo para que otro las encuentre a sus pies, las recoja y las descorche intrigado. Será entonces cuando pueda escapar el genio de la lámpara, guardado largo tiempo en su cárcel de cristal. Solo en ese momento tomará forma su vida y su memoria, como con el dichoso gato cuántico cuando al abrir su caja podemos pillarle vivo o muerto.

La vida está llena de mensajes en botellas, aunque no les prestemos atención. A veces esos mensajes son tristes y desesperados. En 1794 se produjo el naufragio de un barco japonés frente a una isla del pacífico. Todos sucumbieron en la isla, pero el marinero Matsuyama escribió un mensaje tallado en madera de coco y lo metió en una botella. Nadie supo qué había sido de la tripulación hasta que la botella fue descubierta 150 años después.

Cuentan que en el Titanic viajaban dos primos irlandeses. Antes de zarpar, la madre de uno de ellos le dio una botella de agua bendita. Cuando el gran crucero se hundió, uno de los primos escribió en un papel: «Desde el Titanic, adiós a todos, Burke de Glanmire, Cork». Un año más tarde, la botella llegó a la orilla a pocos kilómetros de su casa familiar.

En 1914, el soldado Thomas Hughes, escribió una carta a su esposa, la selló en una botella de ginger-ale y la arrojó al Canal de la Mancha. Murió dos días después luchando en Francia. En 1999 un pescador encontró la botella en el río Támesis. Era demasiado tarde para entregar la carta a la Sra. Hughes, que murió en 1979, pero no demasiado tarde para la hija de Hughes, de 86 años, que sólo tenía un año cuando murió su padre. El mensaje le fue entregado en su casa de Nueva Zelanda.


Pero además de misivas sentimentales, las botellas y vasijas se han utilizado desde su invención como método de prueba de la existencia de corrientes. Así hizo Teofrasto, filosofo griego, cuando en el 310 a.C. se empleó en demostrar su teoría de que las aguas del Atlántico alimenta al Mediterráneo.

Es posible que el método fuera utilizado también por los vikingos para predecir las corrientes beneficiosas en sus singladuras. La mitología vikinga cuenta que Thor ordenó arrojar maderas al mar y seguirlas en su viaje hasta tocar la costa, donde deberían fundar un asentamiento. Fue así como colonizaron Islandia en el S. IX: siguiendo el ataúd flotante de su caudillo. Supongo que también se guiaban por el olor nauseabundo.

Así que, más allá de su componente épico y fabuloso, las botellas mensajeras constituyeron una forma de experimentación para los navegantes. El almirante Alexandre Becher publicó en 1843 los Bottle papers (estudios de la botella) en los que incluía las rutas trazadas por centenares de estos envases lanzados por la borda. Y fue así como descubrieron que las aguas del Atlántico tienden a fluir desde el golfo de México desplazándose hasta el norte de Europa; lo que hoy todos conocemos como corriente del Golfo.
Sus orillas y su fondo son de frías aguas, pero su cuerpo es cálido. No hay en el mundo río tan majestuoso como este, más rápido que el Misisipi o el Amazonas.

Durante el S. XIX, los capitanes alemanes recibieron orden de lanzar botellas al agua, anotando la fecha y la posición en un mensaje para que quien la encontrara la remitiese al Observatorio Naval de Alemania. Se perseguía de esta manera tener un registro de las corrientes de todos los océanos. Tras los 69 años que duró la práctica se recuperaron 662 botellas. La última fue hace poco, en 2018, encontrada por una paseante australiana; estaba fechada en julio de 1886, ¡habían pasado 132 años!

Es famoso el naufragio de un carguero en el Pacífico que desparramó su carga de patitos de goma. Como en una película de Walt Disney, salieron los alegres patos nadando por todo el océano y alcanzando Alaska en algo menos de un año. Ebbesmeyer, que estaba entonces haciendo un estudio sobre corrientes marinas en Washington, aprovechó la coyuntura para seguir a los muñecos en su viaje, o más bien, esperarlos y recuperarlos en la costa. De esta forma se consiguió cartografiar los sistemas de corrientes del Pacífico. Ebbesmeyer era un defensor de la idea de que Colón había utilizado objetos a la deriva para obtener información en la planificación del viaje.

Las corrientes, esos caudalosos ríos de agua dentro del agua que viajan en ella, pero sin mezclarse. De igual manera, las nubes son masas de aire dentro del aire y mantienen sus formas de manera persistente frente al viento que las intenta disolver. También nuestras vidas, como decía Manrique, son los ríos que van a dar en la mar… Curiosas coincidencias.

Si observamos a las pardelas en su retorno anual a los mares africanos, notaremos que trazan exquisitamente la misma línea que dibujaron los navegantes oceánicos hasta el siglo XVIII. Posiblemente, fueran estos sabios marinos los que descubrieron las autopistas de los vientos a base de mirar pájaros desde la borda. Mientras, otros miraban al mar y seguían el rastro de riachuelos de maderas y ramas, buscando la tierra de donde provenían.

En esencia, descorchar una botella con mensaje es abrir el libro de algún escritor que nos quiere contar una historia misteriosa, guardada celosamente por años y en exclusiva para nosotros. Es un viaje en el tiempo y en el espacio, hacia no se sabe dónde ni cuando. Algo parecido a escuchar una antigua melodía. Eso me pasó el otro día al oír esta hermosa canción de Joni Mitchell: se abrió un frasco de raras esencias, lanzadas al mar mucho tiempo atrás, pero que volvían ahora con una fuerza y un significado que no tenían antes. Supongo que eso es la vida, como dice la letra: ver las cosas desde diferentes orillas y saber que en el fondo nunca llegarás a conocer nada.

Aprovecho para despedirme del Mediterráneo occidental, nos vemos de nuevo por Oriente. Pero antes, para los que estéis por Valencia: el próximo día 3 de mayo estaré en la Feria del Libro de Valencia: jardines de Viveros, casetas 39 y 40, librería Somnis de Paper. Estaré a vuestra entera disposición desde las 5 a las 7 de la tarde.

8 comentarios en «Mensaje en una botella»

  1. Hola Anusca, que bonita es la canción, pero yo la conocía cantada por Judi Colins (no se si lo he escrito bien).
    Cuantas veces de pequeño me he pateado la playa esperando encontrar un mensaje en una botella, que ilusión me habría hecho dar con una y leer el mensaje oculto en su interior por algún navegante. Que mares habría navegado, que islas descubierto … que ganas de meterme en su pellejo!!!! Y aqui me tienes, no se si buscando mensajes, pero si botellas; a poder se de vino tinto.
    Mogollón de besos mucho mas a occidente
    Viriato

    1. Sí, creo que la cantaba Judy Collins, pero la canción era de Joni Mitchell y me gusta más su versión. Da igual, el caso es que la oí el otro día, después de muchos años, y fue como abrir la botella con un mensaje: salieron de allí tantos recuerdos y sentimientos que me apeteció dedicarle la entrada, porque de repente decía cosas que yo no había escuchado antes.
      La del tinto también me gusta encontrarla, claro.
      Besos

  2. De niño dejé en el mar alguna botella con mensaje dentro, y con la ilusión (también dentro) de que algún día muchos años después alguien la encontraría. Nunca he hallado, sin embargo, una botella en el mar ni en la orilla con cartita, pero el vino albergado en una botella también tiene su mensaje, el de centenares y miles de años de sabiduría y trabajo de los hombres y mujeres que lo hicieron.
    Gracias.

    1. Está claro, todo lo que se guarda en botella vale la pena, ya sea vino o mensaje. Se supone que ha estado ahí reservado por mucho tiempo, hasta el momento en que alguien lo abra. Por eso, sea vino o carta, se merece todo el respeto y la ceremonia. Brindemos por esas botellas que trae el tiempo.

      Un abrazo

  3. Como soy de secano en vez de botellas yo encuentro «los tesoros evocadores del pasado» en la cámara de mi casa desde pequeña porque era y es el cuarto de los trastos, baúles con ropa, cajitas con fotos y postales….esos lugares son un pozo sin fondo.Encuentras todo tipo de cosas entre el polvo y el estornudo.Son también como mensajes del pasado porque no conoces al que fué su dueño y tienes que imaginar el trayecto sentimental del mismo.Puedes encontrar ropa para disfraces en un baúl , revista de ropa hombre/ mujer de los almacenes de la capital , una foto de un tío que murió joven vestido de militar sin serlo al lado de un mueble cualquiera de madera, el primer avión que rulaba de tu hermano pequeño, un libro de contenido raro …
    Y lo del «gato de Schöringuer» se asemeja al árbol de Stefan Bleek , que si se cae al suelo y no hay nadie que lo oiga no se sabe si hace ruido o no.Si ya resulta enajenante la realidad siempre hay un pensador centroeuropeo que viene a » volverte» majara con sus teorías .No tenía todavía digerida la teoría de la relatividad y vienen éstos con la cuántica ….

    1. Siempre me hubiera gustado tener un desván lleno de polvo como el tuyo, con secretos inacabables. Pero mi vida nómada me ha obligado a cargar con poco equipaje, lo cual también te da más agilidad y te vuelve menos perezoso para cambiar de aires.
      En cuanto al dichoso gato, ¿sabes lo que decía Hawking al respecto?: «si alguien me vuelve a hablar de él, sacaré mi revolver».

      Un abrazo

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