Puchero de pobres

Hay momentos en la vida que se quedan grabados para siempre, otros se escapan como peces ágiles sin que los podamos atrapar. Por mucho que me esfuerce no sé cuándo pasé a la vida adulta, cuando dejé de martirizar a mis muñecas, de jugar a la goma, en que día constaté lo que es una pesada resaca, cuando me pintarrajee la cara como una mona o me puse los primeros tacones. Posiblemente son cosas graduales. Pero hay hitos, un antes y un después, experiencias que no podemos localizar en los fotogramas de nuestra película. Aquellos odiosos purés de lentejas, se transforman, sin transición ni detalles, en una olla de pardas perlitas, que se arrejuntan en la cuchara y saltan alegres en la boca, y que yo soy capaz de comer diez días seguidos sin rechistar ni parar de mojar en el plato. Los niños odian, odiábamos, las lentejas más que al hombre del saco. Ahora me pirro por ellas. Con seguridad se me han perdido varias secuencias del largometraje.

Debió ser porque se emperraban en triturarlas y convertirlas en barro viscoso, parecido al que excretaba mi perro cuando estaba malo y comía hierbas. Qué manía, creían que con no verlas; sus ojos diminutos mirando desde el plato, sus caritas redondas de bobas, sus islas de flotantes tropezones y sus palmeras de laurel; se nos acabaría el espanto que producían en nuestra imaginación infantil engullir tan aburrido alimento, cada cucharada idéntica a la anterior, sin princesas ni príncipes ni ratones colorados; a lo sumo podían llegar a ser tildadas de perdigones. Hasta llegar a aborrecerlas ¿Cuándo fue la transición? ¿Cuándo pase de retorcerme en su presencia a desear meterme en la cazuela con ellas, abrazada a mis amantes tesoros? Nunca lo sabré.

Sí que me acuerdo de la historia de Esaú y Jacob, los dos hermanos que eran gemelos, pero que uno había nacido primero y era el primogénito. Y aquí empezaba la primera duda, la primogenitura esa, debía ser algo despreciable, cuando no le importaba cambiarlo por un plato de lentejas con pan. Y el otro hermano ¿Era tan tonto como para aceptar el plan? La Biblia está llena de metáforas, decía la de religión. Bueno, pues eso será, unas lentejas metafóricas y no estofadas o molidas en el chino, que cuando giraba, dejaba caer gotitas marrones sobre el plato; plif, plof; mientras tu corrías a esconderte debajo de la cama.

Las lentejas son una de las primeras legumbres cultivadas y consumidas por el hombre desde hace 10.000 años. Provenientes de Siria y Palestina, se extendieron por el valle del Nilo y comenzaron a popularizarse como sopas y harinas para el pan. Lo que nunca consiguieron es librarse del San Benito de ser una humilde comida de pobres.

Aristófanes, en su última comedia, Pluto, nos presenta al dios del dinero, ciego por las calles, triste porque no sabe a quién otorgarle sus dones que, en realidad, desearía repartir con justicia entre toda la gente honesta. Pero Crémilo, un agricultor arruinado, le devuelve la vista y se genera una revolución, como en todas las comedias del autor, al que le encantaba el intercambio de papeles. Pluto es el sueño del reparto justo de la riqueza, preocupación tan antigua como la humanidad. Aristófanes se mofa de su país, donde la democracia se devaluaba, donde la corrupción de sus políticos era peligrosa, el nivel de pobreza se incrementaba y algunos ciudadanos se hacían esclavos para trabajar y poder comer al menos un plato de lentejas. Siempre he creído que Aristófanes, como Julio Verne, fueron visionarios adelantados a su tiempo; sus profecías se están cumpliendo ahora, en estos momentos.

No es tan malo el muchacho, ahora que es rico no le gustan las lentejas, antes, la necesidad le obligaba a comer de todo.»
Pluto.

Un día estaba el cínico Diógenes comiendo un plato de lentejas. En ese momento llegó Aristipo, otro filósofo que vivía con todo el lujo gracias a lisonjear a reyes y poderosos y le dijo:
Mira, si fueras sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas
Diógenes le contestó:
Si tú aprendieras a comer lentejas, no tendrías que humillarte adulando al rey

En Egipto, se las tenía como antidepresivas y se ofrecían durante los funerales, para aliviar a los familiares del dolor por la pérdida. Según palabras de Apiano de Alejandría, “al comer lentejas, el hombre se vuelve alegre y divertido”. Es posible que de ahí venga la costumbre italiana de terminar el año consumiendo un buen plato, como signo de buen augurio.

Al otro lado del Mediterráneo, en Kos, el médico Hipócrates recomendaba a los enfermos del hígado tomar un caldo concentrado de lentejas para protegerlo. En la Edad Media volvió a desplazarse su consumo a las comunidades menos favorecidas. En el siglo XVII se resolvió que era más útil utilizarla como ingrediente en las dietas para animales, hasta que, en los años de la Revolución Francesa, y por culpa de la escasez de alimentos, volvió a ser parte de la mesa de los hogares para permanecer hasta nuestros días, cuando han sido ensalzadas por los más expertos nutricionistas, como uno de los grandes alimentos de la humanidad.

Grande Covián aportó una gran contribución a las ciencias de la nutrición, cuando estudió las deficiencias alimentarias en la población del Madrid asediado durante la Guerra Civil. Descubrió que los dos alimentos que salvaron a los españoles de perecer por inanición fueron las lentejas y las sardinas en lata. Durante el resto de su vida, nunca abandonó la costumbre de recomendar el consumo de legumbres y de potajes.

Lo cierto es que los pueblos que baten récords de supervivencia las incluyen en su dieta. En las montañas de Barbagia (Cerdeña) se da la mayor concentración de hombres centenarios del mundo. Y Ogimi, en el archipiélago japonés de Okinawa, no se queda atrás. Son dos de las zonas azules del planeta. En su alimentación está presente esta legumbre prodigiosa.

Hay un pueblo en la isla de Lefkada que se llama Engluví, situado en el centro y rodeado de montañas. Su clima y emplazamiento le hacen ideal para el cultivo de las lentejas. Tanto es así, que cada 6 de agosto celebran la fiesta de la lenteja, disponiendo de enormes calderos en la calle donde cocinan kilos y kilos de la legumbre para invitar al visitante. Dicen que la variedad de lenteja que crece aquí es la misma desde la dominación veneciana de la isla. Cuando llega la primavera y se cosecha, se suele comer fresca, aderezando sabrosas ensaladas. Desgraciadamente, como todas las cosas que se vuelven famosas, su precio se incrementa y alcanza niveles desorbitados. Como en la comedia de Aristófanes, con el tiempo, solo los ricos serán capaces de comerse un buen plato.

 


Buscando recetas de lentejas, me topé con esta, donde acompañadas de pulpo, dicen que elaboran los monjes del  monte Athos. Los monjes y las monjas, siempre han sido conocidos por su esmerada cocina tradicional, resultado, supongo, de las horas y horas de meditación a la que se someten. Los fogones requieren de calma y de mimos. Sobre todo, las lentejas, ya sabéis que si las pierdes de vista se acaban pegando entre ellas. Es mejor calmarlas y no dejarlas discutir.

Lentejas con pulpo y arroz del monte Athos
Ingredientes

Pulpo de 1 kg.
Un vaso de vino tinto.
300 gr. De lentejas
4 cebollitas picadas
2 tomates pelados.
1 pimiento rojo
1 diente de ajo y perejil
100 gr de arroz de grano medio
sal, pimienta y aceite de oliva
Elaboración
Cocer el pulpo en una olla con agua y un chorrito de vinagre. Mientras, poner las lentejas en una cazuela y hervirlas durante 5 minutos a fuego lento. Sacarlas, colarlas y volverlas a poner en la cazuela con agua y las cebolletas, cocerlo todo otros 15 minutos.
Una vez hecho el pulpo, se corta en trozos y se mezcla con las lentejas, los tomates, el pimiento sofrito en aceite, el ajo y perejil machacado y el arroz, cuidando de que tenga agua suficiente. Introducir en el horno a 180º y esperar a que se haga el arroz y absorba el caldo, unos 20 minutos.

Un día, viendo una entrevista de Socratis Malamás, le preguntaron por su gran éxito, la canción que lo lanzó a la fama: Princesa. Contaba Socratis que se le ocurrió, como un juego, cuando observaba a su mujer preparar unas lentejas y decidió componerla como un regalo en el día de su cumpleaños. En aquel entonces, el músico y su pareja solo podían aspirar a esta humilde comida.

ΠΡΙΓΚΗΠΕΣΑ

Άλλα θέλω κι άλλα κάνω
πώς να σου το πω
Έλεγα περνούν τα χρόνια
θα συμμορφωθώ.

Μα είναι δώρο άδωρο
ν’ αλλάξεις χαρακτήρα
Τζάμπα κρατάς λογαριασμό
τζάμπα σωστός με το στανιό.

Έξω φυσάει αέρας
κι όμως μέσα μου
μέσα σ’ αυτό το σπίτι
πριγκηπέσα μου
το φως σου και το φως
χορεύουν γύρω μας
Απίστευτος ο κόσμος
κι ο χαρακτήρας μας.

Άλλα θέλω κι άλλα κάνω
κι έφτασα ως εδώ
Λάθη, στραβά και πάθη
μ’ έβγαλαν σωστό.

Ξημερώματα στο δρόμο
ρίχνω πετονιά
Πιάνω τον εαυτό μου
και χάνω το μυαλό μου.

PRINCESA

Una cosa quiero y otra hago
como decírtelo
Decía que con el pasar de lo años
me adaptaría.

Pero es un regalo absurdo
cambiar de forma de ser
En vano llevas la cuenta
En vano tratar de ser correcto a la fuerza

Fuera sopla el viento
Aunque dentro de mí
en esta casa
princesa mía
tu brillo y la luz
danzan a nuestro alrededor
Increíble es este mundo
y nosotros mismos.

Una cosa quiero y otra hago
y llegué hasta aquí
Errores, equivocaciones y pasiones
me convirtieron en persona.

Clarea en la calle
lanzo los sedales
pero termino por pescarme a mí mismo
y perder la razón.

10 pensamientos sobre “Puchero de pobres”

  1. Ana la de las dos palmeras

    Es curioso cómo los sabores se mezclan con los recuerdos. En el desierto líbico, siguiendo la antigua ruta de los oasis con nuestros guias bereberes, comíamos cada día lentejas guisadas con cebolla y lo único que tenían: dátiles. Cocidas en la hoguera, y aderezadas solo con Ras el Honout, esa mezcla de comino y especias que es el curry del Sahara. Esa extraña combinación de sabores dulces y especiados, que las lentejas lograban milagrosamente casar, me sabe desde entonces a desierto, a cielos estrellados, a frío, al olor de la hoguera y a soledad. Quizás por eso las preparo de vez en cuando…

    1. Hola, Ana. Qué placer el saber cosas de ti y de tus exquistos platos de este verano, que todavía recuerdo.
      Ya sabes, las legumbres son la carne de los pobres, y casan tan bien con tantas cosas, como el arroz, que se pueden comer casi todos los días. Esta receta del pulpo la encontré en un libro de cocina griega, pero aquí en España, también cocinamos los garbanzos con pulpo que están buenísimos.
      Las lentejas siempre traen buenos y malos recuerdos, como la vida misma, por esos son tan importantes.

      Besos miles

  2. Hola anuska, recuerdos de la infancia… iDios mío adonde me llevas!, A mí las lentejas me han gustado toda la vida, curiosamente algo que sí se que a ti te priva, yo era incapaz de comerlo de pequeño. Las alcachofas. Ahora me vuelven loco. Pero mira por donde, me acuerdo perfectamente de mi primera borrachera y de mi primera “pota”, y seguro estoy que el dueño de la cafetería en la que la esparcir por toda la barra se sigue acordando de mí y de mi padre. Qué tiempos. Las lentejas ha sido un plato que siempre se ha comido con mucho gusto en la casa de mis padres, y ahora en la mía lo preparamos regularmente. Guisadas, en ensalada, con patatas… hasta el puré me gustan, mira tú. Me gusta la receta que propones hacer un pulpo y al horno. Ésa cae seguro. Me llama la atención el que se le añada arroz.Para mí el arroz siempre ha acompañado a las judías pintas. Costumbres. Me ha gustado la canción.
    Un montón de besos
    Viriato

    1. Hola figura, ya me imaginaba que te gustaban las lentejas, tu eres mucho de cuchara; o de cucharón, dependiendo del hambre. Yo el puré no lo soporto, no he conseguido superar el trauma infantil. Basta que dijeras que no te gustaba para que te lo pusieran más veces.
      Con pulpìllo deben estar riquísimas, pero te soy sincera, no he probado la receta. Ya me cuentas tu, cocinero.

      Besos

  3. Hola Ana, siempre he sido de lentejas y no de puré. Y las he guisado con calamares, aunque tuve que oír:» las lentejas sin chorizo, pierden todo su hechizo», de un adolescente que ahora las come de todas las maneras, menos puré. Si que conozco la mezcla de arroz y lentejas, más que con judía blanca y siempre lo he considerado un plato nutritivamente muy completo. La receta con pulpo y horno, la encuentro compleja, pero será cuestión de probar. muy interesante la historia de la lenteja, deliciosa lectura cómo siempre. Besos

    1. Con chorizo están muy buenas, pero me encanta experimentar con las legumbres. En Grecia suelen ser más simples y vegetarianos, las cuecen con verduritas y especias; son más sanas.
      Una vez, en primavera, María me regaló garbanzos frescos, todavía en su mata. Son como altramuces.

      Tu también eres una estupenda cuinera.

  4. Hola Ana
    Vaya en primer puesto los halagos:un hermoso artículo,redondo en su perfección,yo también soy amante ya en mi adultez de las lentejas,quizás por la forma de prepararla al estilo siciliano,sin el hechizo del chorizo dicho por Gloria ferris,a mis hijos se las preparaba una vez a la semana,día a día cambiaba de plato,y de camino del colé a casa,jugábamos a la adivinanza,¿papa que has hecho hoy?. Tiene aceite,agua,patatas,cebollas,pimiento,apio,sal,chorizo,Un Bien,lentichie!! encantados y le metían pan dentro del plato,solo comían pan con los huevos fritos y las lentejas y obvio los bocatas.no sé si por las lentejas o que,pero son además de buenas personas buenos cocineros.el sábado próximo nos juntaremos a comer,así que haré lentejas con pulpo,ensayo y error,ya veremos qué dice el distinguido público.
    Un fuerte abrazo

    1. Hola Antonio. Me encanta la cocina siciliana y sus aromas, pero no he tenido ocasión de probar las lentejas. Algún día tendrás que contarnos la receta.
      El otro día fui al mercado buscando pulpo para elaborar la receta antes de publicarla, pero solo encontré pulpitos pequeños y creo que se merecen un gran pulpo. Con garbanzos si que lo hago muchas veces, pero esta habrá que ponerse manos a la obra.
      Qué no te importen las criticas. Suerte, maestro.

      Un abrazo

  5. Me encantan las lentejas. El día que se hacen en casa, (mejor comerlas al día siguiente) es plato único.
    Hace ya muchos años, había que quitarles las piedrecitas que añadían los pícaros. Primero los agricultores, después los mayoristas y por último los comerciantes.
    Afortunadamente, ahora sólo hay que saber cocinarlas.
    Abrazos.

    1. Sí que es verdad, que antes se ponían en un cedazo para buscar piedrecillas. Y si habláramos con nuestros abuelos, nos nombrarían las famosas lentejas rellenas… Rellenas de bichos que se metían dentro a devorarlas, pero con el hambre que pasaron, como para tirarlas.
      Hoy es todo más aséptico y fácil, menos mal.

      Un abrazote

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