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Querida amiga Vula

Cuando hago presentaciones de mi último libro y llego al capítulo de Bubulina, siempre digo que ella fue un personaje exageradamente heroico, muy del gusto griego y que podría parecer una caricatura excesiva. A no ser que tengas la ocasión de conocer a griegas de carne y hueso y te sensibilices con su temperamento y con el grado de locura, terquedad e insensatez que pueden alcanzar por defender sus pasiones; entonces valoras la verosimilitud del personaje. Bubulina forma parte de esa estirpe de mujeres hiperbólicas, acostumbradas a los desenlaces trágicos y a llevar en sus venas glóbulos rojos a punto de estallar. Papeles perfectamente asimilables a Antígona, María Callas o Melina Mercury. Pero lo que nunca supieron es que yo siempre pensaba en ti mientras hablaba.

Cuando te conocí, acababa de caerme con el coche a la cancha de baloncesto del pueblo. Te asomaste a la terraza de tu taberna, con un semblante serio e intimidante, y sin preguntarme nada, comenzaste a llamar a unos y a otros dando órdenes. Pronto apareció medio pueblo armado con palos, gatos y planchas, siguiendo tus directrices vociferadas desde la atalaya. Se les notaba sorprendentemente acostumbrados a estos menesteres y, tras grandes discusiones y forcejeos, lograron sacar el coche de allí. Todos sudábamos y resoplábamos, todos menos tu, reina en tus dominios. Frente a mi bochorno, me consolaste invitándome a comer. Y, aunque me costaba englutir cualquier alimento por el sofoco,  intuí yo de esa forma cuál podía ser el corazón de la pura Grecia, al margen de dioses y héroes.

Ha llovido mucho desde entonces y conseguí acostumbrarme a tu corteza dura y a tu zumo dulce. A tus miradas de Gorgona, cuando creías que algo era injusto; a tus calificativos desmesurados con los villanos y a tu voz almibarada cuando hablabas de los desamparados. A pocas mujeres he conocido que fueran más fuertes que tú, Atenea de las tabernas. Y tenías un perro que semejaba tu viva estampa: un rugido de león cuando te acercabas y un despatarre desmadejado cuando intimaba contigo.

Fuiste una estupenda narradora de fábulas y chismes. Una cuentista excesiva. En tus manos crecían las gambas que comías de pequeña en Oropó, pasando de medirse en la palma de la mano a la muñeca, al antebrazo y al codo. Y yo terminaba por imaginar que Ceto fue una quisquilla de tu infancia. Tus recetas infinitas; porque cada ingrediente tenía su historia adjunta; se confunden en mi memoria, por oírlas una y otra vez en diferentes versiones. Y aún me repito en silencio tus cuentos de serpientes, de locos enamorados, de médicos listos que salvaban a los niños con pócimas silvestres en el último momento, de personajes con un corazón enorme y de “malakas” con un corazón podrido.

   Για την Βούλα, H αδερφή μου αγαπημένη

 

Todavía me sonrío recordando cuando te dio por comprarte una incubadora de aves. Como, una vez nacidos los polluelos, no querías ni oír hablar de matarlos, la superpoblación de gallinas fue de tal magnitud que tu familia tuvo que poner freno a tu actividad. Nos fuimos a Roma, a visitar a tu hija, con el coche cargado de huevos y algún pollo desplumado. Otro año te entusiasmaste con preparar dulce de kumquat, creo que desde entonces lo aborrezco. Y otro, llenaste decenas de tinajas de aceitunas amargas, que regalabas en tu taberna a los comensales no “malakas”.

Dicen que cuando murió Pan, el ultimo de los dioses olímpicos, se oyó una voz desde un barco, el capitán anunció el trágico desenlace y del mar se elevó un gran lamento; con él, con ese quejido triste, el corazón del mundo clásico dejó de latir para dar la entrada a nuevos dioses. Así me sentí yo esta noche, cuando me dijeron que ya nunca volvería a verte: aturdida y desamparada. Algo se ha marchitado y lo que pueda renacer no es de mi agrado.

Tu me enseñaste a preparar la Koliva, la comida que acompaña a los difuntos en su viaje, la tentación de Perséfone. Ese dulce, con  aroma de amargura, que a vosotros tanto os gustaba y yo nunca me atreví a probar por si me atrapaban en el Hades. ¿Quién mezclará el trigo y la granada esta vez para ti? 

Querida amiga, me ha costado lo indecible juntar estos párrafos. Si lo he hecho, ha sido buscando alivio, pero finalizo con desesperación. Me quedaré aguardando a Perséfone de nuevo. Ya lo he intentado otras veces y no funciona; fue un engaño de Deméter: nadie retorna en primavera. Y tú tampoco lo harás. Busco el consuelo del perfume de los limoneros, con sus azahares empujando y dando gritos, para conversar con ellos. Con ellas, como tú tan entusiasmada me explicabas, ya que los árboles son femeninos en lengua helena: ¿acaso no son las madres de los frutos, las flores y la madera?

 

Όνειρο κι αυτό
σ’ αγγίζω και σε χάνω
μάτια μου γλυκά μου
αχ πόσο σ’ αγαπώ

Ένα σου φιλί
θέλω να χορτάσω
αχ να το κρατήσω
για πάντα φυλακτό

Βγαίνω στη βροχή
μόνο αυτή σου μοιάζει
μάνα που αγκαλιάζει
ό, τι όμορφο ξεχνώ

Έφερα κρασί
αντάμα να το πιούμε
που φεύγεις να τα πούμε
για ύστερη φορά

Και σου τραγουδώ
δεν μπορώ να κλάψω
μέσα απ’ το τραγούδι
βρίσκω ό,τι αγαπώ

Es solo un sueño,
te abrazo y ya te has ido.
Dulces ojos míos,
Aj, cuánto te quiero.

Un beso tuyo
Me basta,
Aj, para guardarlo
para siempre como amuleto

Salgo a la lluvia,
solo a ella te pareces,
madre que abraza
todo lo bello que perdí.

Traje vino
para beber juntas
¿por qué te marchas?
Hablemos por última vez.

Y te canto,
porque no puedo llorar;
dentro de la canción
encuentro lo que amo.

 

14 comentarios en «Querida amiga Vula»

  1. Anuska, precioso. Se que las palabras, por muy bien escritas que estén, nunca llenarán la falta de alguien tan importante en tu vida como Vula, pero es el mejor homenaje.
    Un beso muy fuerte desde Monemvasia.
    VIRIATO

  2. Hola Ana,
    Confieso que este hermoso texto sobre Vula me traslada a mis estancias en Grecia y a personas y situaciones que hemos ido viviendo.
    Tú lo expresas muy bien y tiene un doble valor: por una parte el emotivo relato que refieres acerca de una persona, relato hermosamente hilvanado. Y por otra, es muy necesario reflejar estás reflexiones sobre esta Grecia que poco a poco se irá desvaneciendo.
    Por mi parte guardo recuerdos de situaciones únicas que sólo allí me encontré. Y por ahí quedan en recodos de la memoria y del alma; únicamente asomando a la transmisión oral, cuando algunos otros tienen receptividad para esas historias.
    Me estoy liando y daría para mucho tiempo.
    Resumiendo: felicidades y no dejes de evocar vivencias y reflejos de aquellas gentes y aquellas tierras (alguno todavía sentirá curiosidad por comprobarlo antes de que sea tarde).
    Un abrazo!

  3. Es conmovedor. Un regalo lleno de amor y de belleza. Para ella y para nosotros que la conocemos por vez primera a través de tus ojos y de tu corazón. Gracias mil y un abrazo fuerte a esa nostalgia que sientes. Has conseguido que regrese un instante a la luz con tus palabras.

  4. Hola Ana
    Qué dolor inmenso habrás sentido al conocer la noticia de que ya no volverías a ver a tu hermana, a tu amiga querida. Fuisteis afortunadas en conoceros, en viviros, disfrutaros y reíros juntas tantas veces. Ahora el vacío que ella te deja nada ni nadie lo va a ocupar, pero esos recuerdos serán los que alivien el no volver a disfrútala. Me hubiera encantado conocerla, debió ser un terremoto que arrasaba por donde pasaba, fuisteis afortunadas, Ana.
    Un abrazo enorme
    Isa

  5. Holaa, Isa. Yo creía que tu habias estado en su taberna de Evgiros. Fue una persona fantástica. Una mujer anónima, como tantas otras, con una fortaleza envidiable, que merecería una historia para ella sola.
    Un abrazo

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