Reseña Erytheia. Revista de estudios Bizantinos y Neogriegos

 

MIL VIAJES A ÍTACA. Una visión personal sobre Grecia. Ana Capsir, Ediciones Casiopea 2017, 439 pp.

Todo viaje -si se sabe llenar de experiencias- es un viaje a Ítaca, e Ítaca puede convertirse tanto en el punto de llegada, como en el punto de partida de nuevas experiencias. Lo importante de Ítaca -como advertía Cavafis- es siempre el propio viaje, lleno de experiencias que se han de saber encontrar. En un mundo sembrado de islas como es Grecia, el deseo del viajero de llegar a Ítaca cargado de aventuras, conocimientos y experiencias propicia fácilmente el encadenamiento de un punto de llegada con otro de salida en el mismo mar que junta y separa unas islas con otras. Este es precisamente el motivo del presente libro: La memoria de una mirada personal de mil viajes a través de las islas griegas, un viaje contínuo a Ítaca a través de mil rutas distintas. Se cumple así un largo  periplo a través de muchos años, desde las Espóradas al Dodecaneso, vuelta a las Cícladas, y las del Jónico, además de otras incursiones por el Peloponeso o incluso una puntual arribada a Estambul. Actualmente parece que la autora ha fijado su residencia en la pequeña Efgiros, cerca de Léucada, lugar del que también nos cuenta su cotidianidad a la sombra de Ítaca.

Ana Capsir es bióloga y patrona de altura de la marina mercante y ha ejercido durante muchos años su arte de marear en el gran archipiélago. Por ello, el libro es, en cierta medida un cuaderno de bitácora (como en cierta manera lo es la mismísima Odisea) propio de quien pertenece por pasión y profesión al mar. Esta pertenencia se nota en el lenguaje (arrumbar, orzar, derrotero, gradiente, amura, etc.) Pero también se trata de un diario personal al hilo de sus viajes, viajes de alguien que se confiesa y define poseída por los efectos de la “islomanía”: “hábito, tendente a la obsesión, de vagabundear de isla en isla en busca del espíritu, el pneuma de cada una de ellas”. Y esta búsqueda, este proceso de ir enhebrando una isla con otra, acaba convirtiendo a la autora en una voraz coleccionista. Se trata -reconoce la propia autora- de un libro proustiano, porque son los sabores, olores, sonidos y colores, los que permiten recordar una y otra vez Ítaca, por ejemplo, la infancia (así lo descubre, al modo de Marcel Proust, en una tienda de ultramarinos con bacalao -un pantopolío– que le hace revivir sensaciones de niñez en la isla de Sérifos). Pero su libro es muchas más cosas, por ejemplo, el registro de elementos de la biología, la flora, el cielo estrellado, o las costumbres de las islas griegas de alguien con muy buenas dotes de observación. Sus descripciones están hechas con precisión y elegancia: Me gusta el vacío, el lienzo uniforme y sin matices de estas montañas ocres, la singularidad de algún árbol y el borrón de su sombra reconocible a lo lejos, dice de Evia, o Me gusta este color para acompañarme bajo los árboles que tamizan los rayos como un cedazo y dejan la tierra moteada de luces y sombras. De cuando en cuando, alguna chispa de sol alcanza a un ciclamen que se yergue hipnotizado y más flor que el resto. Allí al fondo está el azul ineludible del Jónico que, aunque no se ve, se imagina y se huele, dice en Paxos. Hay, en efecto, en el libro muchas descripciones detalladas de paisajes, y también de formas de vida. Suele la autora fijar su atención con especial cuidado en las primicias humanas que sólo una mirada humanista sabría descubrir: La observación de los entresijos de la Grecia Moderna actualmente tan convulsa y castigada, lo que podríamos definir como intrahistoria de sus habitantes, siempre desde el punto de vista de sus gentes sencillas. Aborda asuntos como el hecho de que se les quite a sus habitantes subvenciones para transportes a islas pequeñas, el desguace de naves pesqueras requerido por la UE o la voracidad de la Hidra del Turismo organizado y su secuela, el comercio turístico para masas, auténtico Saturno -en palabras de la autora- de nuestros días. Trae a colación la privatización de caminos o la transformación y pérdida de encanto de las antiguas tiendas convertidas ahora en horrendos establecimientos turísticos funcionales (todo esto puede resultar familiar a quienes habitan en Baleares o en la Comunidad Valenciana, región natal de la autora). Consecuentemente e inevitablemente se acaba cayendo en la liquidación de oficios ancestrales,  viejos oficios que se pierden como la fabricación de cacerolas artesanales en Sifnos. Es también la autora consciente de los estragos que acaban degradando el paisaje, cubriendo todo de cemento y  melancolía. En todo momento, Ana Capsir parece registrar un mundo que acaba, pero sobre todo, nos enseña cómo mirar la forma de vida de las islas que aún sobreviven.

La selección de estampas que ofrece dibuja el mapa de su sensibilidad: Recuerda que la áspera Leros, la maldita, fue la isla de los presos y de los locos donde estuvo recluido el poeta Ritsos. Puebla sus descripciones con personajes mitológicos, como Heracles, el Río Aquelóo o las aventuras hipnóticas de Endimión y Selene, e inventa figuras  imaginadas de héroes encerrados ahora en personajes cotidianos. Nos informa de personajes maravillosos, como el perro Dick, en la isla de Limnos, al que las autoridades mataron por ser amigo de los prisioneros, (y al que, por cierto, Ritsos dedicó un poema). Fija su atención en la descripción del alción o martin pescador y de su mito, en los blancos asnos de la isla de Cea o en las barquitas solas amarradas en sencillos puertos, cada una con su vida. Nos hace reparar en la importancia de un ferry interinsular y su función “primordial”: ser enlace y cordón umbilical de las pequeñas islas. Hace incursiones en el mundo de la poesía y la canción (Cavafis, Leonard Cohen; Sabbas Yeorgiu, etc.) y ofrece semblanzas de figuras tan distintas como Markos Vamvakaris, de Ermoúpolis, el carnicero de Siros que, fascinado al oír tocar un bouzuki, se convirtió en una figura del rebético, o de Roberto Giscardo y la emperatriz Anna Comena. Este libro, en el que puede encontrarse desde la receta de la sopa de pescado (kakabiá) a datos insospechados para quien planea un viaje, donde cabe la reflexión del significado de muchas palabras griegas y que cuenta con un rico anecdotario sobre la idiosincrasia del pueblo griego, se lee con voracidad, y siempre con una sonrisa en los labios. Solo parece echarse de menos algún mapa de las rutas que describe y un índice de lugares, tanto en griego moderno como de sus denominaciones en griego clásico, para cumplir así mejor la función de guía, que, entre otras muchas cosas, este libro es.

 

 

JOSÉ  RAMÓN  DEL  CANTO  NIETO.