Termópilas, Artemision y unas barcas rojas

Honor a aquellos que en sus vidas
custodian y defienden las Termópilas.
Sin apartarse nunca del deber,
justos y rectos en todos sus actos,
no exentos de piedad y compasión;
generosos cuando son ricos, y si pobres,
modestamente generosos;
caritativo cada uno según sus medios,
diciendo siempre la verdad,
mas sin guardar rencor a los que mienten.

Y mayor honor les es debido
cuando prevén (y muchos son esos que prevén)
que aparecerá Efialtes finalmente
y pasarán los medos.

Termópilas C. Kavafis

La vida tiende al desorden y a la expansión, distanciándonos cada vez más, separándonos de nuestros afectos, amigos, familia, hasta desmembrar las mismísimas moléculas y los átomos en un caos total. Pero, por instantes triviales, animada de una fuerza oculta, la naturaleza parece recomponerse, como un preciso rompecabezas, acomodarse a un diseño, entre millones posibles, que resulta delicadamente perfecto. En esos pequeños instantes podemos ser y notarnos felices, que no es poco, pero pueden pasar desapercibidos si no nos detenemos a esperarlos o buscarlos en las cosas más sencillas.

Siguiendo rumbo hacia el Norte, siempre contra el viento, pasábamos por el norte de Evia, dejando a un costado el golfo Maliako, donde se encuentra el paso de las Termópilas y en la proa el cabo Artemision. Ambos nombres sugerentes para amantes del mundo clásico y ligados a dos legendarias batallas de la historia.

Estamos en el 480 a.C. el hijo de Dario, Jerjes, decide continuar con la tarea de su padre de conquistar Grecia y envía su ejército, tanto por tierra como por mar; esta vez accediendo a Evia por el Norte, a diferencia de Dario que entró por el Sur. Es el inicio de la Segunda Guerra Médica. La flota persa se encuentra con la alianza griega frente al cabo Artemision, mientras que la caballería y la infantería se dirigen hacia Atenas, estando obligados a pasar por el estrecho desfiladero de Termópilas; cuyo nombre quiere decir puertas calientes, debido a las fuentes termales que por lo visto había.

Termópilas es hoy una llanura ganada al mar, sin excesivo interés evocador. Nuestro oráculo personal, mi amigo Rodi de Fuca, me sugería que nos adentráramos por el golfo Maliako, hasta Agia Marina, donde se encontraba una taberna sensacional de unos familiares suyos que nos recibirían con todos los honores; como buena familia griega, la suya es inmensa, hospitalaria y desperdigada por todo el territorio nacional. Dudamos un poco, pero ante la perspectiva de tener que remontar más millas contra el viento al día siguiente, nos decantamos por fondear frente a Artemisio. Al fin y al cabo, La Maga es un barco y la batalla naval tuvo lugar allí.

La batalla de las Termópilas es una de las gestas más conocidas y utilizadas en literatura, la pintura, las canciones, los videojuegos o las películas. Durante una semana, un pequeño número de griegos, comandados por el rey Leónidas I de Esparta, bloqueó el único camino que el ejército persa podía utilizar para acceder a Grecia, un pequeño desfiladero frente al mar. Al sexto día, un griego llamado Efialtes traicionó a los aliados mostrando a los invasores un oculto camino que podían usar para acceder a la retaguardia de las líneas griegas. Es una curiosidad que “efialtes” en griego signifique pesadilla y un hecho el que la gente deshonesta, oportunista y traicionera es un mal sueño. Leónidas, perdida la esperanza, despidió a la mayoría del ejército griego y permaneció allí para proteger su retirada junto con 300 espartanos, 700 tespios, y 400 tebanos, hasta que todos perecieron.

La armada aliada recibió en Artemisio las noticias de la derrota en las Termópilas con desaliento ya que la estrategia requería contener a los persas en su avance contra Atenas y, ante la pérdida del paso, mandaron evacuar Atenas y se refugiaron en Salamina. Los medos solo tuvieron que pasearse por el Ática para conquistarla. Al respecto de la siguiente parte de la historia, la batalla de Salamina, ya me he referido a ella en otra entrada.

El poeta griego Simónides de Ceos compuso un epigrama que fue utilizado como epitafio sobre el montículo funerario dedicado a los espartanos. El texto, según Heródoto, decía:

Cuenta a los Lacedemonios, viajero, que, cumpliendo sus órdenes, aquí yacemos.

La batalla de las Termópilas se convirtió en leyenda; un ejemplo de valentía y sacrificio de unos cuantos hombres por la defensa de la identidad común frente al invasor. Se transformó en punto de referencia para subrayar la resistencia y el valor que se requieren en un líder, y hasta donde se puede llegar por la lealtad. El icono de la batalla ha propiciado la visión idealizada de los espartanos que ha trascendido hasta hoy y de su rey, Leónidas, como inspiración de personajes extraordinarios y frases magistrales. Como su famoso y hasta chulesco “Μόλον λάβε”, “ven y cógelas”, cuando un emisario persa le pide que se rinda y deje las armas.

La batalla de las Termópilas fue, durante la guerra de independencia de Grecia, el estandarte del filohelenismo. Durante el sitio de Messolongi, los periódicos internacionales, alentados por la figura de Lord Byron que se encontraba tomando parte en la revolución, proclamaban que todos los habitantes de la ciudad estaban preparados para la muerte como Leónidas y que eran los dignos descendientes del mítico rey.

Nos refugiamos en el continente, frente al Pelión y Evia. La bahía conseguía reducir el viento hasta hacerlo desaparecer y el mar quedó coagulado y quieto. Unas barcas rojas iban y venían con una actividad frenética; las había de muchos tamaños, pero todas coloradas. En su trayectoria cortaban la lámina de calma superficie, seccionando el cielo y las nubes a la vez y las siluetas encarnadas se multiplicaban y triplicaban en las ondas como geranios deshojándose al atardecer. El cárdeno del ocaso incendiaba las lejanas montañas y los pinos, con las puntas radiantes por los últimos rayos, dejaban resbalar la oscuridad por sus troncos y raíces, mientras que el humo de una casa ascendía a la vez por el aire y se extendía por el mar, bifurcándose en dos mitades idénticas a la salida de la doble chimenea especular. Solo se oía el petardeo de los motores que se alejaban y se acercaban arrastrando los sedales por la popa, ronroneando la canción monótona de las barcas griegas.

Saltaron las agujas, todas juntas, como flechas disparadas por arqueros invisibles; apuntando con sus picos en la dirección de la mejor huida, la señal de la supervivencia. Y en el fondo oscuro del mar se dispararon proyectiles azules, que zigzagueaban moviendo sus colas amarillas incandescentes; los voraces dorados, las veloces llampugas. Como en el “Cielo estrellado” de Van Gogh, todo estalló en fogonazos azules y amarillos; más tarde se le añadió el rojo de las naves persiguiendo el prodigio. Y yo, con la boca abierta, me senté a presenciar tan artístico espectáculo.

Ποιο το χρώμα της αγάπης
Λουδοβίκος των Ανωγείων

Ποιο το χρώμα της αγάπης
ποιος θα μου το βρει;
Να ‘ναι κόκκινο σαν ήλιος
θα καίει σαν φωτιά.
Κίτρινο σαν το φεγγάρι
θα ‘χει μοναξιά.
Να ‘χει τ’ ουρανού το χρώμα
θα ‘ναι μακριά.
Να ‘ναι μαύρο σαν τη νύχτα
θα ‘ναι πονηρή.
Ποιο το χρώμα της αγάπης
ποιος θα μου το βρει;
Να ‘ναι άσπρο συννεφάκι
φεύγει και περνά.
Να ‘ναι άσπρο γιασεμάκι
στον ανθό χαλά.
Να ‘ναι το ουράνιο τόξο
που δεν πιάνεται
Όλο φαίνεται πως φτάνω
κι όλο χάνεται.Ποιο το χρώμα της αγάπης
ποιος θα μου το βρει;

El color del amor
Ludovicos ton Anogión

El color del amor
¿Quién me lo puede encontrar?
Si es rojo como el sol
Quemará como el fuego
Si es amarillo como la luna
traerá soledad
Si tiene el color del cielo
Estará muy lejano
Si es negro como la noche
Será malvado
El color del amor
¿Quién me lo puede encontrar?
Si es una nube blanca
Irá y vendrá
Si es un blanco jazmín
Se marchitará al florecer
Si es un arcoiris no podre atraparlo
Siempre parece alcanzable
Pero se me escapa
El color del amor
¿Quién me lo puede encontrar?

8 pensamientos sobre “Termópilas, Artemision y unas barcas rojas”

  1. Yo también me he quedado con la boca abierta leyendo tu colorida descripción final. Prefiero el rojo de las barcas al que lucían las capas de los heroicos espartanos, y me quedo con las flechas azules y amarillas de las llampugas, antes que con las flechas de los persas, que no dejaban ver el sol.
    Saludos.

    1. Gracias; Juanjo. Es verdad, las flechas que no dejaban ver el sol. Esas exageraciones clásicas me gustan. Como ves, siempre añades cosas valiosas. Gracias por hacer tus comentarios. A partir de aquí, creo que nuestro viaje se bifurca.

      Un abrazo

  2. Hola Anuska, yo, igual que Juanjo, estoy maravillado con tu prosa. Que digo prosa…¡Poesia!. También tengo que reconocer que el párrafo primero, me lo he tenido que leer un par de veces para metermelo en la mollera. Ya sabes que soy un poco duro de ídem, pero no puedo más que admirarte ¡Literatura pura! Ana de Lefkada te voy a llamar a partir de ahora. Que tiemblen las poetisas de antaño. Espero que a ti no te dé por andarte tirando del cabo Adoucato como a la otra, que ya sabes que la fama es ”mu” mala.
    Un millón de besos
    VIRIATO

    1. Cesar, te veo un poco hiperbólico hoy ¿Has tomado mucho café? No tengo pensado saltar por ningún precipicio, ni siquiera por el Ducaton. Ya sabes que veo su faro, todas las noches desde mi casa.Tampoco creo que Safo o Artemisa lo hicieran, pero la pos verdad histórica es así de falsa.

      Un abrazote

  3. Hola Ana,
    Me gusta tanto lo que escribes que me acabo de crear una carpeta “Ana Capsir” en mi correo para que no se me pierdan de vista tus publicaciones y poder releerlas.

    Καλό ταξίδι!

    1. Hola, Alicia:

      Gracias por tu comentario. Me siento muy orgullosa de que te gusten mis entradas, no sé si merezco tanto, pero procuraré esmerarme de ahora en adelante. A mi también me gusta escribirlas y me alegro muchísimo de que sirva de disfrute α vosotros.

      Φιλάκια, Αλήθεια μου

  4. Hola Ana:
    Ahora, ya en el otoño, época como de retirada, nos traes tus relatos por aguas de la historia. Ciertamente es siempre estimulante recordar esos episodios y una delicia tu forma de narrarlos.
    En nuestro última incursión en las Sarónicas, aunque días antes no hubo barcos por un meltemi del carajo, con el viento tuvimos suerte. Sí pillamos una buena tormenta y la recibimos en una taberna del puerto de Spetses con gente del lugar viéndola llegar del Peleponeso hasta que tuvimos que huir todos los que allí estábamos del mirador privilegiado hacia dentro del bar. Caía de lo lindo. Lo peor es que justo al llegar empezaron a suprimir el transporte por mar y tierra (por falta de clientela suficiente) y en Spetses, fuera de la motos, poco puedes hacer. En fin… pese a las cosillas, muy bonito (y muy sabrosos los salmonetes como siempre). Algo ya habitual por aquellos lugares y pese al cáncer del turismo que va haciendo de las suyas.

    Bueno, buen regreso y buena suerte en este estado de cosas tan poco ilusionares (por eso es encantador volver a Salamina, a la Atenas de Pericles, etc.).
    Un abrazo

    1. Hola Mario. Espero que lo pasarais muy bien. Yo estuve en Spetses hace ya la friolera de 28 años ¡Dios mio! Tengo muy buenos recuerdos de la isla, aunque ahora me han dicho que se ha puesto algo de moda.
      Es difícil que las islas del Sarónico se queden sin barco, el meltemi sopla pero no como en el Egeo; pero las tormentas son impredecibles.
      El turismo es la peor plaga de hoy, necesario para sobrevivir pero dañino a largo plazo. Pero como siempre digo: qué nos quiten lo bailado.

      Un abrazo

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