Un hombre tranquilo

Un hombre iba y venía por el paseo de Preveza, indiferente a los aspersores de los jardines que lo empapaban sin remedio. Movía los pedales de su bicicleta al ritmo las manecillas de un reloj. Se deslizaba tan lento que desafiaba todas las leyes del equilibrio, como un funambulísta a baja altura ¿Cómo no se cae? Quizás, observándolo mejor, la velocidad era la crítica para él. La física es relativa y depende del observador. Un caracol se despeinaría al verlo pasar, pero un guepardo lo sentiría inmóvil sobre sus pedales. Cuando gira la rueda, cada pulgada de su perímetro tiende a agarrase a la superficie e intenta ir en línea recta, esta determinación en el avance, compensa la gravedad de la tierra cuando se inclina el ciclista, que sigue erguido contra todo pronóstico.

No recuerdo exactamente el motivo, pero acabamos llamándole “el tercer hombre” y de verdad que, por mucho que busco, no encuentro la conexión de ese vejete gordito con la película de espías; era el aguador del puerto y todas las mañanas venía a la misma hora para abrir el grifo del muelle y que pudiéramos cargar los tanques. En su viaje cansino y matinal, que supongo le dejaba mucho tiempo para pensar, había ideado un sistema “maquiavélico” para que no le sisaran el agua en su ausencia: le quitaba la maneta al grifo. Era una solución poco laboriosa y menos eficaz, ya que todo el mundo sabe que un grifo se puede abrir con una llave inglesa, aunque no haya maneta, pero para lo poco que cobraba el pobre, solo algún desalmado insensible se atrevía a perpetrar el hurto. Luego lo veías con sus amigotes, tomar un eterno café griego, en una tienda de efectos navales frente al mercado. Eso consumía toda su ajetreada mañana. Así que quedó bautizada su celeridad sobre el velocípedo, como “velocidad del Tercer hombre”, Ο τρίτος άνθρωπος, en griego.

Hace muchos años leí un libro que se llamaba “El descubrimiento de la lentitud” y que igual intento encontrar de nuevo. Aunque dada la ristra de títulos que tengo en espera, releer cosas, inconscientemente, parece una pérdida de tiempo.

El libro contaba la historia de John Franklin, un marinero británico que vivió entre el siglo XVIII y XIX, recorriendo el globo desde Australia hasta el Polo Norte. El protagonista era lento desde pequeño, incapaz de coger una pelota al vuelo, necesitaba mucho tiempo para entender a la gente y era famoso por quedarse contemplando el descenso de una hoja de un árbol hasta que ésta llegaba al suelo, sin importarle el lapso que se necesita para observar este fenómeno, para captar el instante, para ver lo que realmente estaba pasando. Esta deceleración le sirvió en sus viajes para aprender a conocerse y comprender cómo su lentitud iba de la mano de una infinita paciencia que le permitía deleitarse de momentos que a los demás les pasaban desapercibidos, porque para ellos equivaldrían a nanosegundos de la vida. Sus conversaciones con un pintor aventurero, discípulo de Turner y precursor de los impresionistas, que no deseaba representar en sus cuadros la realidad inmediata, le hicieron dudar de las apariencias; él verdaderamente buscaba lo permanente, la esencia, lo inmutable entre el mundo alterado de los sentidos y el ego humano. Su vida transcurrió paralela a la llegada de los cronómetros más exactos y como resultado de esto, de las exploraciones marítimas del Océano Pacífico y el Ártico. Esos tiempos que fueron, en realidad, la antítesis de John, años en que los hombres comenzaron a necesitar y a mirar incesantemente a esos inventos diabólicos que les hicieron prisioneros de la aceleración; los relojes. Pronto comprendieron que por mucho que corrieran, nada podría complacer a esos monstruos voraces.


Por motivos ajenos a mi voluntad y derivado de que los seres vivos somos pura química, prosaicos matraces con brazos y piernas, con ínfulas trascendentales, he sufrido durante las últimas semanas una ralentización obligada. Caminaba por las calles como un cyborg pesado y me costaba cruzar los semáforos para alcanzar la otra acera antes de que se pusieran en rojo. He comprendido en mis carnes la estupidez supina de los conductores airados ante la torpeza de vejetes desesperados cuyos pies no dan más de sí, aunque quieran. He entrado en otra dimensión y me he asomado a otra galaxia. Algo así como la primera vez que pones una gota de agua en el porta de un microscopio y te sobresaltas al ver todo lo que estaba escondido para ti a consecuencia de tu corta vista. Se ha mostrado ante mí la gloria de una rama agitada por el viento, dispersando su polen alrededor y el inicio de los estornudos de los viandantes que no habían notado siquiera la danza en suspensión de los minúsculos puntos amarillos que hacían volutas con el viento, se quedaban quietos un instante y desaparecían absorbidos por sus narices anónimas y despreocupadas. Quedarse absorta escuchando el modular de una voz que te dicta comandos incomprensibles para tu velocidad. Estados extrasensoriales que solo son posibles con el uso de alucinógenos.

No voy a engañaros, la experiencia no era placentera, porque no era voluntaria y al principio, en cierta forma, incomprensible, lo cual también inquieta. Pero como de todo se debe extraer el lado bueno de las cosas, una vez asumidas como inevitables, tengo que reconocer que ha supuesto un reto. Nunca hubiera imaginado pedalear al ritmo del “tercer hombre” sin caerme. De deleitarme con el choque repetido de una necia mosca de enormes ojos verdes, contra el cristal de la ventana; y el ritmo del zumbido que entonaba. Del baile insensato de las polillas que corren a abrasarse a las lámparas sin que nadie las llame. Del ruido de la hierba al crecer y de los diseños de lunares de las primeras gotas de un chaparrón primaveral. Del gusto en desmenuzar un aroma en sus componentes elementales. Todas aquellas cosas que entran en la definición de “perder el tiempo” y que de vez en cuando deberían ser obligatorias para recuperar nuestra humanidad. Como dibujar porque sí, cantar porque sí o escribir sobre la nada. Como navegar sin rumbo ni un destino concreto, por ver la simple hermosura del agua.

Y ahora, cuando empiezo a encontrarme un poco mejor y constato otra vez que vuelvo a estar subida en la cinta transportadora habitual, echo un poco de menos esa lentitud redimidora. Tenía entonces la sensación de que el tiempo era flexible y maleable. Pura ilusión que intento agarrar como tabla de salvación de todo este sinsentido.

10 pensamientos sobre “Un hombre tranquilo”

  1. Hola anuska, me alegro que ya estés bien, más que nada, porque como imagino, te toca dar patente a la Maga, a esas velocidades se te iba a pasar el verano. Es curioso lo que comentas, pocas veces nos ponemos a mirar lo que nos rodea con la suficiente quietud, o nos desborda lo rápido que los acontecimientos pasar a nuestro lado. El reloj es solamente el chivato. Cuando estamos a gusto fluye y cuando estamos jodidos se encadena nuestros pies; pero… iQue rápidamente pasa todo!
    Tomaros tu chico y tu un porrón de vinos a mi salud.
    Un beso muy gordo
    Viriato

    1. Se intentará lo de los vinos. Y todo lo demás , también. Yo creo que alguien hace trampa con los relojes, porque no es posible que otra vez estemos en mayo. Bah, para qué luchar contra eso.

      Besazos enormes

  2. Me has tocado la fibra Ana, si contra algo estoy luchando en estos, últimos, años de mi vida laboral, es contra las prisas y las miradas constantes al reloj… Trabajo sumergido en el mundo del pescado, de los que lo compran y los que lo venden, un mundo donde el mañana parece ya el ayer, me esta costando pero poco a poco voy situándome donde quiero. A veces sueño con que tiro el móvil al río Bidasoa… Ya lo dice Viriato, todo pasa tan rápido…
    Por cierto, aquel libro imagino que es este https://www.iberlibro.com/servlet/BookDetailsPL?bi=21649678407&searchurl=tn%3Del%2Bdescubrimiento%2Bde%2Bla%2Blentitud%26sortby%3D17
    Seguimos disfrutando leyéndote.

    1. Sí, el libro es ese. Parece ser que el autor, Steln Nadolny , se entusiasmó con la historia de ese personaje , real en un principio, pero que acabó tomando una existencia propia en su imaginación. Escribió una obra de teatro, que no tuvo el más mínimo éxito, y al final » El descubrimiento de la lentitud». Es por tanto una obra meditada, casi el leitmotiv del autor. No recuerdo si me gusto mucho su lectura, pero como ves, sí que dejó un poso en mi memoria; será porque vale la pena releerla.

      Gracias, Fernando. Por leerme y por todo.

  3. La segunda quincena del mes de Julio del año pasado me fui las vacaciones a mi pueblo a cuidar a mi madre como si presintiera lo que meses más tarde ocurrió . La mimé todas las horas del día ; sólo, antes de que se pusiera el sol , salía a pasear a Luna , su perreta. Campos inmensos, vacíos, las mieses apiladas en alpacas , algún árbol en medio de la nada , una casilla de campo y un tronco viejo y muerto que tomaba como referencia para la vuelta. Le puse nombre : Epicuro. Lo estaba leyendo. Ese paisaje , mi madre embellecida y agradecida con mis cuidados , fue el alimento que ahora me hace disfrutar de momentos de soledad que sólo a mí pertenecen . Alejarse de la naturaleza nos deshumaniza .Los grandes pensadores que llegaron a tanto y de los cuales vivimos todavía en cuestiones fundamentales, vivían inmersos en ella. ( la música de Stavros te envuelve . Es la 4ª vez que la escucho mientras escribo ) Gracías , Ana. En muchos casos , eres mi «magdalena «

    1. Supongo que te refieres a la magdalena proustiana ¿No? El otro día discutía con la correctora de la editorial donde se va a publicar mi libro. Proust, tanto hablaba de magdalenas, como de galletas o de tostadas y a mi me gustaba más la tostada de Proust. Pero no ha habido manera, como la magdalena es lo que ha quedado para la posteridad, magdalena se ha quedado. Gracias, por tamaño honor de nombrarme tu magdalena. No me has visto, pero me han salido las lágrimas; además de lenta ando algo sensible y hasta las bandas de música me hacen llorar. Tengo una amiga que, después de años y años, no puede ver E.T. sin salirse a mitad de película a sonarse con fuerza. y yo, que antes me reía, ando por el mismo camino.
      Esa vivencia que cuentas es triste pero enriquecedora. No hay nada más doloroso que no despedirse de alguien con toda la lentitud y la parsimonia.
      Gracias, Julia, por pasar por aquí y decir cosas tan bonitas.

  4. Hola…
    No leo ni escriibo casi nada…
    Pero cuando de dentro hay algo que te humedece los ojos, te eriza el vello de las extremidades y te dibuja el amor en los labios, siguiendo palabras escritas….es un regalo.
    Felicidades y gracias por el regalo Ana

    1. Hola Lluís, tu comentario sí que es un regalo; eso de que te comparen con la música te hace sentirte muy orgullosa. Para mi, la música, es el arte que te empuja más fácilmente a esos estados sensoriales placenteros de los que hablas, que mis palabras te lo recuerden, es un honor.

      Gracias por pasar.

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