Zapatos marineros

Todo empezó hace muchos años, cuando a alguno se le ocurrió que la confortable vida terrestre dejaba la boca llena, pero con un agrio sabor a pérdida de tiempo. El mar, bello y refrescante, pero también áspero e incómodo, ofrecía la posibilidad de sentir las cosas desde otro punto de vista. La navegación a vela y los elegantes barcos podían sublimar el viaje y ascenderlo a la categoría de leitmotiv de la existencia. Sufrir y esforzarse para llegar a sitios remotos, puertos que tus ojos nunca soñaron y viajes interminables que te hacían más sabio con cada ola, para nunca llegar a Itaca, porque esta era felizmente inalcanzable. Los lugares son más interesantes si requiere un serio esfuerzo llegar a ellos, las cumbres más peligrosas dejan el corazón de quien las culmina repleto de gozo y una sensación de plenitud que no comparte el pasajero que las sobrevuela en un cómodo avión de línea, los puertos se muestran más acogedores cuando te abrigan de una mala travesía, no cuando desembarcas por la gran pasarela de un ferri, y el coche no depara tan grandes momentos como una caminata a pie o en bicicleta. Los malos tragos te preparan para el efervescente placer que se produce a tu llegada. Sin estas cosas seríamos como gallinas de un corral.

Los barcos eran pequeños y carecían casi de cualquier cosa deseable; una nevera era realmente un lujo, ya que implicaba la utilización de grandes acumuladores de electricidad y el espacio interior no lo permitía. Por eso llegar al bar y pedir una cerveza helada podía considerarse como algo más suculento que la ambrosía olímpica. Y una comida caliente, en invierno, el mejor de los caviares. Para alojar una cocina y un refrigerador decente fue necesario subir de eslora.

Ya he contado las primeras flotillas que se organizaban en Grecia, con participantes del todo aventureros. Los barcos eran minúsculos y cabían casi en cualquier puerto griego, repleto de barcas y también de tamaño reducido, viviendo un poco a salto de mata y de los víveres accesibles en cada escala. El crecer de eslora no beneficiaba mucho, pero permitía realizar mayores travesías con cierto grado de humanidad. Entonces llegó el alquiler.

Los primeros en hacer chárter eran aficionados a la vela que, por motivos de tiempo o presupuesto, no podían ser propietarios de un barco, pero si alquilarlo, con o sin patrón, ahorrando un poquito o simplemente, planteándose sus vacaciones de una forma diferente al común alquiler de apartamento en la playa. El interés era, sobre todo, navegar, esperar la brisa de la tarde para poder desplegar las velas, disfrutar de esos grandes momentos de libertad y arribar al puerto ya de anochecida, para una seria inspección de los restaurantes del lugar, donde como eran cuatro gatos siempre había un sitio donde amarrar. Al día siguiente, más de lo mismo ¡Qué afortunada la vida! Entonces se popularizó el chárter.

Empezaron a aparecer legiones de pasajeros ajenos al mar y a la navegación que alquilaban un barco simplemente porque se lo había dicho un amigo. Sus conocimientos sobre el tema eran nulos o casi, su interés por aprender era inferior. Los barcos eran tan incómodos, sin lavaplatos, sin microondas, sin secadores de pelo, que la única solución fue seguir creciendo en eslora. Los puertos empezaron a quedarse pequeños.

Cuando la meteorología era buena, la flota se desperdigaba por las calas y la situación era soportable. Pero cuando hacía mal tiempo y todos querían meterse en puerto seguro, comenzaban los problemas, los gritos, las voces, las maniobras desesperadas de patrones sin pericia, el desespero de los ya amarrados que veían venirse encima unidades de ya ciertas toneladas y la desconfianza de que sus anclas fueran a aguantar las noches toledanas. Pero seguían apareciendo nuevas tripulaciones que cada vez querían barcos más grandes, con camarotes más amplios, baños como los de su casa y cubiertas para tomar el sol que, desgraciadamente, tenían un palo con velas y encima escoraban cuando hacía viento. Como ya no se podía crecer más en longitud sin menguar la seguridad de tripulantes y embarcaciones, se creció a lo ancho, aparecieron los catamaranes de alquiler.

Un amigo decía que al barco feo la mar lo castiga. Nada más falso, porque, siento decirlo y temo herir sensibilidades, los catamaranes de crucero son cajas de galletas con un mástil adosado; mástil que encima está capado por motivos de seguridad. No he oído que el mar haya castigado particularmente a ninguno. Pero la estética en la navegación, para mi tan importante, parece que se la trae al fresco a la mayoría. Y la dinámica de fluidos también; la sabia naturaleza nunca ha producido seres marinos con forma de cubo.

Los catamaranes ofrecen gran habitabilidad interior y una estabilidad que no tiene el monocasco; son una verdadera casa flotante y mucho más fáciles de maniobrar. Disponen a proa y popa, entre patines, de grandes espacios que el clamor de la clientela ha ido transformado en terracitas, a las que solo les falta unas macetas de geranios. Cuando hay que competir en el mercado, si ya no se puede subir en eslora ni manga ¿Qué hacer? Lo hacemos crecer en altura y los llenamos de puentes y sobrepuentes, para que el patrón parezca un rey mago en su carroza, dando órdenes a todo grito para ser oído en cubierta.

Siempre pensé que, debido a su precio abusivo, los clientes no los demandarían excesivamente, pero me equivocaba, hay mucha gente deseosa y capaz de dejarse un dineral en sus vacaciones, así que los catamaranes son un “must”, o quizás un “It boat”. Y si el año pasado había 50, este año hay 200. En el 2020 espero que todo haya explotado y empecemos de nuevo, evitando errores pasados ya aprendidos. Pero, hoy por hoy, el mar parece el resultado de una riada que hubiera arrasado una zapateria; cajas flotando sin concierto, deambulando, arriba y abajo a toda velocidad para llegar pronto a puerto y tener un sitio. El último grito son las flotillas de catamaranes, todos juntos y al unísono, creando un ruido y un barullo digno de discoteca de Ibiza.

Ayer, había anunciado mistral, y a las 11 de la mañana había tal aglomeración  de barcos intentando entrar al puerto que parecía el fin del mundo, como si el agua del mar se dispusiera a precipitarse por un desagüe apocalíptico. La jornada había acabado para ellos, porque lo único importante en esos momentos era atracar antes que los demás.

Pervertido ya todo el sentido de lo que son unas vacaciones en velero, solo les quedaba sudar en el puerto, rodeados de otros catamaranes. O mejor, meterse dentro, cerrar puertas y escotillas y poner el generador con el aire acondicionado y encender el televisor. Mientras tanto, fuera, el mar seguía azul y salado como siempre, lleno de delfines, tortugas y alguna foca. También algún enajenado velero que se inclinaba en las rachas y saltaba como un potro, disfrutando de las olas; bien tonto él, porque no iba a encontrar ni un resquicio en el muelle, por llegar tarde. Se lo tiene merecido.

Esta mañana hemos entrado en el puerto a comprar pan, cuando todos ya se habían ido. Yiorgos, más conocido por George, debe de ser uno de los personajes más populares de las islas jónicas y el que más veces ha debido aparecer en cuentas de Instagram de los turistas. Con su barca, cada día ayuda a amarrar a los veleros, les dice dónde tirar el ancla y si es necesario se la coloca él mismo. Todos acuden a Kálamos para que aparezca el isleño George, tan simpático, amable y decidido, y les solucione la papeleta de colocar el barco en su atraque para ir a cenar, un curioso detalle que ellos no habían valorado como que fuera tan complicado y molesto.

A Yiorgos lo conocemos desde que todos éramos escandalosamente jóvenes, cuando tenía una pequeña tabernita, bajo el enorme plátano del puerto, que sombreaba deliciosas tertulias. Como empezó a venir el turismo se quedó la casa de la esquina y amplió la taberna. Como había más trabajo compró más mesas y contrató a más camareros. Ahora gana lo mismo que antes, pero trabaja más. Se vanagloria de ser capaz de colocar el mayor número de barcos en el menor espacio posible.

-Cada día tienen menos experiencia, no saben nada del mar- nos dice, con cara de desesperado. – Y cada vez hay más catamaranes. Donde cabía una flotilla ahora cabe solo un barco, con la mitad de personas.

-Consuélate- le dije- ¿Sabes jugar al Tetris? Bien, pues entonces comprenderás que el cuadrado es la figura geométrica que más fácilmente permite el encaje. Así que cómprate una tablet y maciza el puerto cada tarde como si fuera un panal, luego los haces salir por orden y todos tan contentos. En sus selfis y fotografías es fácil borrar el resto de barcos con un poco de conocimiento del Photoshop, al final, es lo único que importa.

Podemos iniciar la eterna discusión sobre si todo el mundo tiene el mismo derecho a disfrutar de las cosas. Creo que eso es una ley inamovible, pero debería haber unos límites: no molestar al vecino, ni atronar con ruidos insoportables, no destrozar la naturaleza, no alterar el paisaje, no dejar que la sagrada diosa de la oferta y la demanda convierta las cosas bellas en esperpentos. Si cumplimos todas estas objeciones, nos daremos cuenta de que muchos sobramos o estamos fuera de lugar. O mejor, quizás aprendamos que los placeres son a menudo más sencillos de lo que creemos.

Siempre hay que dejar una visión optimista: llegado el invierno, los barcos desaparecen en marinas y varaderos. Las islas vuelven a su quieta hermosura hasta la próxima primavera, como las mariposas.

Αργό το βήμα μες στη νύχτα
με την καρδιά βαριά βαδίζω
φύγανε όλοι και μ’ αφήσαν
να περιμένω κάποιο δειλινό

Μόνο για μένανε καράβι
δεν έχει πια να ταξιδέψω
και τα λιμάνια και οι κάβοι
και οι καρδιές μ’ αφήσαν έξω

Σύννεφα σκέπασαν τ’ αστέρια
αργεί πολύ να ξημερώσει
ο κόσμος ρήμαξε για μένα
καθώς απελπισμένα περπατώ

Μόνο για μένανε καράβι
δεν έχει πια να ταξιδέψω
και τα λιμάνια και οι κάβοι
και οι καρδιές μ’ αφήσαν έξω

Paso lento en la noche
con el corazón pesaroso camino
se fueron todos y me dejaron
esperando algún crepúsculo.

Ningún barco hay para mi
para que viaje
y los puertos y cabos
y los corazones me dejan fuera.

Nubes cubrieron las estrellas
tarda mucho en amanecer
el mundo se destruye para mi
mientras camino desesperadamente.

Ningún barco hay para mi
para que viaje
y los puertos y cabos
y los corazones me dejan fuera.

8 pensamientos sobre “Zapatos marineros”

  1. Cuantisima razón tienes Ana en todo lo que dices.
    Pero quiero pensar que también hay alguna excepción en todo esto.
    Yo también prefiero los veleros pero la cuestión es que hay que rendirse a la evidencia y la comodidad de las «cajas de galletas» con palo como tu dices.
    Por cuestiones de tiempo durante los meses de Agosto, durante varios años he estado navegando por Grecia con un Lagoon 400 de alquiler. Lo pillabamos un grupos de amigos, y siempre eramos unas 10/11 personas. Tocabamos los puertos lo imprescindible, para recargar agua y hacer las compras necesarias, poco más. Hemos navegado por el Jónico, partiendo dese Atenas, cruzando el canal de Corinto y haciendo noche en la preciosa Trizonia. También hemos estado en las islas del Argosaronico, y recalando en sitios del Peleponeso tan preciosos y únicos como Monenvasia. Otro año fuimos al Dodecaneso, desde Kos hasta Castellorizo, pasando por Kalimnos, Symi, Astipalea, Rodas, y haciendo una extensión hacía las costa turcas tocando la costa de Kalcan, Fethiye, Dalyan o Bodrum. Haciamos unas vacaciones muy bonitas, yo preparaba las rutas y junto a un amigo llevabamos el cata. Navegabamos muchas horas cada día, el lagoon nos daba mucha estabilidad y es un barco que por su eslora es muy cómodo. Siempre fuimos respetuosos con el medio que nos rodeaba en cada instante, sobre todo en las calas y fondeados fuera de los puertos. Aun así hemos visto verdaderas barbaridades de monocascos y catas con personas que solo van a «reventarlo todo» y a beber y a tener la música a tope a parte de ninguna experiencia….pero ese es el mal que lleva esto del charter. Antes de alquilar un barco por responsabilidad y sentido común se le debería hacer un Psicotecnico al responsable que tenga el titulo. Pero eso no sería muy popular, no…? Me sigue gustando muchísimo más navegar en mi barco de 35 pies, pero no por ello dejo de ver esa gran ventaja en la comodidad de los catas, sobre todo en su habitabilidad y zonas de confort (bañera, red, cabinas, baños) Perdona por el rollo Ana. Cuídate mucho y sigue regalándonos tus preciosos relatos. Hasta el siguiente…….

    1. Tienes razón, cuando se hace una queja como esta se tiende a la generalización; ni lo uno es tan bueno ni lo otro tan malo. Tengo que confesar que a mi los catamaranes no me gustan, pero muchas veces he envidiado su estabilidad en los fondeos, cuando los demás damos balances de borrachos. Pero el problema es que este tipo de embarcación llama a un publico determinado, y la nueva moda de ir todos en grupo es popular entre turistas algo bebedores y ruidosos; ya sabes a que me refiero. En los monocascos es lo mismo, pero al menos no colapsan los pequeños puertos. En la foto que he puesto, en una cala preciosa para disfrutar del momento, estaban abarloados y amarrados de popa, entre si, dejando un pequeño espacio para el baño, como el patio de una corrala, con la música a volúmenes dañinos para el oído humano. Mi critica va mas en el sentido de no entender que están haciendo aquí, cuando serían más felices en Ibiza o Mikonos, en un buen apartamento con piscina.
      También tengo amigos que navegan en catamarán y no lo cambian por monocasco.
      En todo caso, felices navegaciones y ojalá la moda se deshaga como la espuma.
      Un abrazo y gracias por pasar.

  2. Hola anuska, solo se me ocurre decir una cosa… iiiiAmen!!!!
    Y ahora flotilla de catamaranes ? Que los dioses nos cojan confesados…
    Pero no te preocupes, ahora con el cambio climático todo se va solucionar. Lluvias torrenciales, vientos sinsentido de cojones, calor como para freír huevos fritos en la cubierta… En dos telediarios todo se habrá ido a la mierda y ya no tendremos más aglomeraciones veraniegas. iiEs que el hombre blanco avanza que es una barbaridad!!

    Mil besitos
    Viriato

    1. Pues vaya consuelo, colega. Y qué te crees tu eso, harán catamaranes totalmente cúbicos con unos aires acondicionados dignos de el corte inglés. Ya se están planteando hacer unidades sin palo, total ¿Para qué lo quieren?
      Yo diseñaría unos en plan adosado, con su jardincito, que fueran a la deriva. 15 o 20, haciendo barbacoas veraniegas y juegos al aire libre. Casi no haría falta ni fondear, chocarían contra una isla y se quedarían varados en la playa esperando remolque, tu te podrías forrar a reformas. Ya hablaremos de ello.

      Besos

  3. Hola, Ana. Suscribo totalmente lo que dices. Lo que nunca he visto y me deja asustado es una flotilla de catamaranes. ¡Ahhh! Lo que sí veo, año tras año, es la pandilla de pardillos que en pleno verano, cuando más sopla el meltemi, me dicen ufanos que se van a navegar a las Cícladas y cuando les pregunto, asombrado, si conocen el meltemi, me responden «¿eso qué es?»
    Espero surcar este año el Egeo, en septiembre. Hasta la próxima. Un saludo
    Kiko

    1. Pues prepárate para verlas. La primera vez que me encontré una fue en Santorini, para ir a ver la puesta de sol. Pensé, bah, es Santorini. Pero poco a poco se han ido extendiendo hasta en los sitios más remotos. Hartos ya de montar el show en Santorini o Miconos, donde nadie los mira, lo montan en islas menos conocidas, así tocan las narices al resto del personal que por supuesto, sí se fija en ellos. Afortunadamente, las Cícladas, están protegidas por el Meltemi, bendito el viento que las barre de virus infecciosos.

      Un abrazo

  4. Bueno en fin yo no creo que la culpa sea el tipo de barco que se lleva sino el personal que va dentro y a los catas el palo les vale igual que a los monocascos es cuestion de saber hacerlos navegar.en fin
    generalizar no es bueno !!

    1. Sefo, no tengo nada contra los catamaranes, ni contra la gente que navegáis en ellos o que los alquila; si he dado esa impresión en mi artículo, lo retiro y pido disculpas, pero creo que si lo lees otra vez veras que lo que critico es que la sagrada ley de la oferta y la demanda lleva, inevitablemente, a que las cosas se salgan de escala. No me meto solo con los catamaranes, sino también con la escalada de eslora que han emprendido la empresas para competir, que en estas islas de puertos tan pequeños, lleva a pervertir la esencia de la navegación; siempre bajo mi punto de vista. Tu puedes hablar con mucho más conocimiento de causa que yo , porque llevas navegando con ellos décadas; sé que son excelentes barcos, como los demás; no soy tonta y valoro su comodidad y estabilidad, incluso alguna vez me he planteado cambiarme a ellos. El problema es como siempre el turismo masivo, al que le importa un bledo mar o montaña y solo están aquí porque es lo que se lleva. La naturaleza y el medio tienen un límite; resulta realmente deprimente la foto que he puesto más arriba, de una hermosa cala ocupada por una voluminosa flotilla en forma de corro, con la música a todo berrido. Me dirás que los monocascos también lo hacen y te contestaré que por supuesto, pero de alguna forma la «incomodidad» del monocasco filtra un poco la demanda ¿Sabes que ya se está poniendo de moda el alquiler de catas sin palo? Las empresas ya los están comprando. Total ¿Para qué? no utilizan las velas, la mayoría, y es una fuente de averías menos.
      Como te dije en otro lugar, seguro que con una cerveza delante llegamos a las mismas conclusiones. Discutir por escrito es engañoso.
      Un abrazo y buenos mares azules y llenos de delfines.

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