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La ruta de Urdaneta

En el siglo XVI el mundo se encontraba dividido en dos mitades por el tratado de Tordesillas. Si la determinación del meridiano 0, —al oeste del cual era territorio español, y al Este, posesiones portuguesas— fue un punto altamente controvertido, de igual forma, el establecimiento del antimeridiano tuvo que ser negociado en el tratado de Zaragoza, en el año 1529, para resolver las disputas sobre el tráfico de mercancías provenientes de las indias orientales. Dada la ausencia de cronómetros a bordo, el conocimiento exacto de la Longitud en la que se encontraba un barco en un punto dado del globo terrestre era aproximado. De ahí que, la delimitación de dicho meridiano fuera objeto de guerras y trifulcas en los mares circundantes a las Molucas, por donde se decretó que pasaba dicha línea divisoria. Incluso durante el reinado de Felipe II, cuando se consiguió reunificar temporalmente toda la península Ibérica bajo la misma corona, al otro lado del planeta, guerreros y navegantes seguían peleándose por conquistar territorios, ajenos a la política de pactos y casamientos que tenían lugar en los salones de las cortes de Valladolid o Lisboa. Cuando llegaban las noticias frescas de palacio, los combatientes ya se habían exterminado.

Felipe II sabía que las Filipinas caían en la demarcación portuguesa, según el Tratado de Tordesillas, pero también era conocedor de que eran islas poco frecuentadas por los portugueses. La importancia económica del archipiélago no era muy grande, aunque sí la estratégica, por la proximidad y la facilidad para acceder a las costas asiáticas. El establecimiento de una ruta que permitiera comunicar Filipinas con el Nuevo Mundo se consideró como una prioridad. Se evitaba así que las naves españolas tuvieran que retornar a la península escondidas, burlando la jurisdicción portuguesa en el Indico o el Atlántico oriental.

Aquel afán de la corona fue una llamada a todos los capitanes, pilotos, navegantes y buscavidas, sedientos de glorias y riquezas, para que se afanaran en conseguir los derechos reales que respaldaran travesías descabelladas y, normalmente, con finales fatales para naves y tripulaciones.

De entre todos, destaca un joven observador, calmado, nada vanidoso y con facilidad para las matemáticas y las lenguas que decide consagrar su vida a la iglesia. Andrés de Urdaneta había conseguido dar la vuelta al mundo con 28 años, a las órdenes de Elcano y había permanecido muchos años en las Filipinas, vigilando siempre los cielos y el horizonte. Y escribiendo tratados tan variopintos como la reproducción de las tortugas, la formación de los ciclones, el tratamiento de las fiebres tropicales o la navegación por el mar Caribe.

Urdaneta sospechaba de una disposición atmosférica en el Pacífico similar a la del Atlántico; con dos anticiclones, separados por una zona de iterconvergencia tropical. Si quería encontrar vientos portantes, debería navegar primero hacia el Norte, hasta encontrar el límite superior del anticiclón del hemisferio septentrional. Algo similar a lo que había ideado Colon para volver de América. Urdaneta partió de Cebú (Filipinas) el 1 de junio de 1565 con la nao San Pedro, ascendiendo hacia el nordeste hasta alcanzar aproximadamente el paralelo 40–42 norte, donde encontró vientos de componente oeste y la corriente del Kuro Siwo que le facilitó hacer el viaje en menos tiempo del calculado: tan solo cuatro meses.

Uno de los principales problemas de estas prolongadas expediciones era la falta de alimentos frescos y el escorbuto. Podemos imaginar hombres emocionados, gritando tierra con los ojos llenos de lágrimas, asomados a la borda, con la esperanza del triunfo y señalando una mancha difusa en medio de aquel infierno salado. Pero la realidad solía ser bien diferente: figuras cadavéricas y andrajosas, marineros desdentados con las encías inflamadas y sangrantes, abocados sobre la regala, dudando sobre si el grito de “tierra” que acaban de oír, venía del propio barco o del más allá; donde se dirigían sus débiles almas cansadas de tanto infortunio.

Urdaneta, que ya había visto de cerca la cruel merma de marineros cuando escaseaba la fruta a bordo, ordenó cargar la nave con abundantes partidas de cocos, para prevenir la deshidratación y la aparición del terrible escorbuto, o peste de los marineros, más tarde identificada como deficiencia en vitamina C. Redujo de esta forma la mortandad de la tripulación prácticamente a la mitad de la esperada en otras expediciones.

El fraile utilizó lo que hoy conocemos como navegación por círculo máximo, o navegación ortodrómica. Dado que el mundo no es un plano, sino una esfera, la distancia más corta no era una línea recta hacia el este, sino una curva hacia el norte. Su mapa fue un secreto de Estado de la Corona Española durante décadas para evitar que piratas ingleses interceptaran los tesoros que portaban las naves reales.

En cuanto al tamaño del barco, Urdaneta prefería una embarcación de cierto porte. Se estima que la nao San Pedro tenía unas 550 toneladas, con eslora de unos 27 metros, manga de unos 13 metros y un puntal de entre 8 y 9 metros. Pequeño para hoy en día, considerable entonces.

Él conocía bien el viaje de Magallanes-Elcano con motines y mucha violencia, que llegó a achacar a la variopinta procedencia de la tripulación y la arbitraria asignación de puestos y cargos. Sabedor de todo ello, su idea de partida era hacer un grupo de gente cohesionado, lo cual llevó a que casi un tercio de la tripulación fueran conocidos con anterioridad, evitando la presencia de “aventureros”. Quiso además que los tripulantes gozaran de buenas condiciones laborales y justos salarios. El resultado fue claro: ni un solo conflicto a bordo.

Quedó resuelta de esta manera la ruta del Tornaviaje, que permitió el comercio con China y el establecimiento de la línea regular del Galeón de Manila, conectando Acapulco con Manila durante más de 250 años. Y demostrando, una vez más, que las buenas preguntas nacen de la paciente observación de los fenómenos naturales, sin prejuzgar los resultados.



Hace ya algunos años, participando en una regata de vuelta al mundo de veleros, en su versión virtual, se me ocurrió seguir la ruta de Urdaneta. La etapa partía de China y llegaba a Argentina, recorriendo todo el océano Pacífico y cruzando el cabo de Hornos. La mayoría de los inscritos decidió buscar huecos entre los dos poderosos anticiclones, ahorrándose varios miles de millas. La ruta de Urdaneta parecía descabellada, pero estas contiendas virtuales están para experimentar. Y, además, como tú no vas a bordo, en el fondo te importan bien poco las penalidades de los tripulantes que navegan por altas latitudes, con frio y corriendo un temporal tras otro, como debió sufrir Urdaneta. En estas regatas se compite en tiempo real con la flota verdadera, y los barcos están sometidos a la misma meteorología que experimentan los navegantes de carne y hueso. El algoritmo solo muestra los barcos que van en cabeza y la posición del tuyo propio dentro de toda la flota; alrededor de 300.000 participantes. Fue realmente descorazonador ver a mi barco, semana tras semana, situado en la cola de la flota, solo seguido por las unidades abandonadas y olvidadas. La razón por qué no renuncié fue simplemente la curiosidad de como acabaría la aventura. Mi destino final no era Acapulco, como en el caso de Urdaneta, sino el extremo sur del continente americano, el mar donde reina el Señor de Oeste, como bien llamaba Joseph Conrad a las latitudes donde transitan las borrascas desgajadas del círculo polar antártico; los también conocidos como “rugientes 40” y “50 bramadores”.

Pero, la sorpresa fue mayúscula cuando un día, habiendo ya sobrepasado la longitud de Hawái, y dando rumbo claramente al sureste, mi posición iba escalando puestos hasta llegar a situarme en primer lugar de la noche a la mañana. Había conseguido sobrepasar al resto incluso haciendo una travesía de mil millas más. Aquel día recibí cientos de mensajes de otros contrincantes. Algunos hasta desternillantes, como: “Me parece increíble que una mujer me esté ganando esta regata”. Por supuesto, nunca contesté a tamaña simpleza. Quien juega en el mundo virtual debe esperar que hasta los pingüinos puedan ser estúpidos.

Ya os adelanto que nunca gané la regata, porque el malvado algoritmo programó la rotura de mis velas en el momento más crítico y fui sobrepasada por gran parte de la flota. Juré que nunca más volvería a jugar. No solo por el desencanto del perdedor con la miel en los labios, sino por la intuición de que aquel juego tenía algo de diabólico y que olvidarlo podría llegar a ser peor que abandonar el tabaco. Pero debo reconocer que aprendí mucho de meteorología y estrategia a largo plazo. Y quedé fascinada, una vez más, por las genialidades de nuestros predecesores, los buenos marinos pacientes y observadores.

Como decía Carl Sagan: “Hacemos un mundo importante por el coraje de nuestras preguntas y la profundidad de las respuestas”.

 

12 comentarios en «La ruta de Urdaneta»

  1. Hola Ana, no sé qué sucede con los comentarios a tus artículos del blog «Navegando por Grecia», al menos a mis comentarios. Cuando he enviado mi comentario me pide verificación de que no soy un robot y completar un chapta que luego me da error de navegación y me expulsa del blog. Ya me ha sucedido en los dos últimos y después de escribir las parrafadas (ya sabes) habituales en mí, me aburro y desisto de volver a reescribirlas. Mira que me digo siempre que debo hacer una copia del texto por si se pierde en la red. Pero no lo hago y en el caso de Urdaneta me había explayado.
    Es posible que sea mi navegador o usuario, lo miraré con más detenimiento, pero estos errores de red la verdad es que me desfondan. Bueno, en todo caso, que sepas que te sigo y que me parece un acierto si decides incluir en tus artículos las fuentes del inmenso océano de los siglos de la Época Virreinal española, o los siglos de la apertura del mundo y su conocimiento para los occidentales, los siglos de la navegación pura a vela donde -(como está escrito en un monolito de la Escuela Naval en San Fernando)- «El mundo aprendió a navegar en libros escritos en español».

    1. Yo creo que el problema debes de tenerlo en el dispositivo desde el que comentas. Cuando he intentado responder a algún comentario desde la tablet (Android) he tenido muchos problemas. Con el teléfono va más fluido. Pero, te entiendo, cuando te tiras dos horas redactando y se borra el mensaje, sacarías la escopeta recortada y te cargarías a todo lo que se mueva al otro lado de la pantalla.
      Sabía yo que esta entrada te iba a gustar. La gran aventura del pacífico es un espacio literario aún por explotar, en el que Cook, Drake, Fletcher y demás parecen habernos comido la tostada. Es una pena que, cuando se instituye la línea del Galeón de Manila, los grandes marinos empiezan a languidecer. Si desaparece la necesidad, desaparece la excelencia. Bueno y también que la corona española se arruinó y dejó de invertir en descubrimientos.
      Intenta otros comentarios, me gusta verte por aquí.
      Un abrazo

  2. Hola Anuska,
    conforme he empezado a leer tu entrada sabía perfectamente a dónde ibas a llegar. Me acuerdo muy bien de aquella anécdota, de cuando nos contaste —orgullosa y con razón— que ibas la primera.
    Lo que no recordaba es que el propio juego acabara desarbolándote el barco.

    Pero claro… ya estaban los salvapatrias machirulos incubando este fin de mundo rancio que parece que se nos viene encima.
    ¡Una mujer —y encima española— la primera! Imperdonable.

    Mira, casi se podría decir que has sufrido un #MeToo, incluso en una regata… aunque sea virtual.
    Mil besos a los dos
    VIRIATO

    1. En esos juegos virtuales, con 300. 000 jugadores inscritos no es extraño que aparezcan anormales, troles y busca peleas. Mejor no entrar al trapo. El caso es que aprendí bastante con el juego. Sobre todo a admirar a Urdaneta y sus compañeros. Nunca llegaremos a hacernos una idea de lo que supusieron esas expediciones.

      Un abrazo

  3. Hola Ana,

    Muy interesante relato, como todos los tuyos. Realmente Urdaneta era un marino y científico fuera de serie, asombra ver de lo que eran capaces aquellos tipos, trabajando con unos medios tan precarios, nada que ver con la tecnología de la que disponemos ahora.
    Por cierto yo también me «enganché» a la Regata Virtual Barcelona World Race en el 2014, se convirtió en algo adictivo y estaba pendiente de los trimados a cada hora, vivía embarcado en mi Imoca 60 ..creo que cuando finalicé mi familia descanso conmigo por fin (seguro que no fuí el único).

    Un abrazo, y enhorabuena por tus apasionantes relatos.

    1. Normalmente, estos exploradores eran científicos, marinos, escritores, dibujantes y un poco de todo. Es decir: eran curiosos. Solo bajo la inquietud de personas así se pudieron perpetrar tales hazañas.
      Lo mío fue una Volvo. Era la primera vez que se hacía una regata virtual a tiempo real. Al principio éramos 4, pero pronto los servidores se quedaron pequeños para tanto barco. Sí, son divertidas, pero, como tu bien sabes, tanto familia como amigos se quejan de tus ausencias. Je, je.
      Un saludo

  4. Guapo tema has sacado con Urdaneta, precisamente en estos momentos estoy leyendo El galeón de Manila, la ruta que cambió el mundo y es fascinante la epopeya de un hombre avanzado a su tiempo.
    Con respecto a las regatas virtuales, ya lo comentamos en otro lugar, lo provechoso y edificante de gestionar a tiempo real la meteorología al rededor del mundo
    Un abrazo Ana

    1. Para darnos cuenta del valor de estas expediciones hay que haber navegado mucho y pasarlas canutas alguna vez, como tú. Si a eso le sumas, la limitación de esos barcos, sus averías y podredumbres de jarcias y tablazones, la escasez de alimentos frescos, la falta de información meteorológica y la tendencia de las tripulaciones a amotinarse ante cualquier sospecha… Ya tenemos la tragedia que vivieron muchos grandes marinos.
      Y si ahora nos maravillamos de Urdaneta, no es porque tuviera suerte, sino porque supo observar con detalle todo lo que le rodeaba en aquel ignoto océano y el comportamiento de sus marineros
      Un abrazo, Ángel. Que se mejore pronto tu rodilla..

  5. Querida Ana, esta noche termino de leer tu libro “Retratos de mujer mirando al mar” y posteriormente esta entrada y no puedo por menos que quitarme el sombrero. Me han encantado todas las historias (quizás un poco más la de Bubulina por lo épico y por el triste final). Te agradezco que lo hayas escrito y espero con ansiedad poder oírte cuando vengas a Murcia.
    Por cierto, en mayo vuelvo a Ítaca, me acordaré mucho de ti, de La Maga y de todas las mujeres que habéis surcado los mares.
    Besos!!

    1. Hola Carmen, nos vemos pronto en Murcia, el día 9 de febrero, si no recuerdo mal. Te agradezco enormemente tu opinión sobre el libro. Para un autor siempre es muy valiosa esa comunión con el lector. Me gustan las presentaciones porque puedo intercambiar información, pero, en esos actos, la mayoría de gente todavía no lo ha leído. Así que recibo con placer este comentario a posteriori. Y es curioso que prefieras a Bubulina, es la que más me costó de escribir. Ya te contaré el porqué.

      Un abrazo

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